CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Daniel

Seiji-sama, vestido con un quimono de color gris verdoso, estaba sentado sobre un cojín en el centro de la mesa.

A su derecha estaba Naomi, con su quimono de seda blanco, verde y dorado, con motivos florales.

Llevaba el cabello recogido en un moño sujeto con hashi de plata; un maquillaje suave realzaba su piel clara y sus labios carmesí.

Los demás invitados se sentaban en las mesas dispuestas fuera de la veranda, que quedaban apenas un paso por encima del nivel del suelo, de acuerdo con su rango jerárquico en la Yakuza o con su importancia como invitados, pues empresarios de los más diversos sectores habían respondido a la invitación, incluidos un concejal y un diputado, que era el hombre sentado al lado de Seiji-sama.

Como acababa de incorporarme a la organización, ni siquiera debería haber estado presente, pero el hecho de haber sido criado como hijo adoptivo me otorgaba ciertos privilegios y participaba en el evento sentado a la mesa de la familia.

No sabía el motivo de la fiesta. Había estado fuera de la ciudad acompañando a un consejero veterano en la inspección de algunos locales nocturnos del interior, que pertenecían a la organización.

Seiji-sama me había encomendado, como primera misión siendo ya miembro oficial, la función de servir como seguridad, si fuera necesario.

Había regresado aquella misma mañana y no había conseguido encontrar a Naomi, ni siquiera para aliviar un poco la nostalgia que me ardía en el pecho, y no me había atrevido a preguntarle al oyabun, ni a ningún otro veterano, qué estaba ocurriendo, pues eso habría supuesto una grave infracción de las estrictas normas de etiqueta.

Si hubiera sido necesario que lo supiera, me habrían informado; por eso me resigné, aunque la curiosidad era enorme.

De repente, el oyabun se levantó e hizo un gesto pidiendo silencio. Cuando tuvo la atención de todos, dijo:

—Mis amigos, me habéis honrado aceptando la invitación a esta pequeña festividad —comenzó, sosteniendo una copa de sake en la mano derecha—. Sé que la invitación ha sido un tanto misteriosa, pero ahora que estamos todos reunidos puedo compartir el motivo.

El silencio se hizo más denso.

—Hoy anuncio el compromiso de mi adorada hija Naomi con Roberto-san, el hijo de mi gran amigo y socio Hideoshi-san —afirmó, levantando la copa hacia el joven que estaba al lado de Naomi y hacia el hombre que se encontraba junto a él.

Los invitados aplaudieron efusivamente mientras yo sentía que el mundo desaparecía bajo mis pies.

¿Casamiento? ¿Cómo era posible? ¿Acaso Naomi sabía de las intenciones de su padre y no me había contado nada?

¿Y nuestros planes de pedirle permiso para que pudiéramos salir juntos?

Por un breve segundo nuestras miradas se cruzaron y observé que sus ojos se llenaban de lágrimas, pero ella bajó la cabeza. No lograba descifrar aquella escena.

Unos camareros llegaron desde el otro lado del jardín, donde funcionaba la cocina del servicio de catering contratado, llevando platos de comida y botellas de bebidas, mientras Seiji-sama cumplía con los protocolos de la reverencia oriental junto al joven y a su padre.

Estaba aturdido por la noticia de que Naomi se casaría con un hombre elegido por su padre. Durante todo el tiempo intenté buscarla con la mirada, pero, como una verdadera dama japonesa, ella se mantuvo constantemente con la cabeza baja.

El elegido era el hijo del diputado. Fue entonces cuando asocié el nombre con la persona: el oyabun lo había apoyado en las últimas elecciones y, además de político, aquel hombre era propietario de una industria farmacéutica de la que la familia Asano poseía un porcentaje de las acciones.

Aguanté la ceremonia con el semblante impasible, aunque mi sangre parecía hervir cada vez que veía a Roberto tocar la mano de Naomi o susurrarle algo al oído.

—No hagas nada de lo que puedas arrepentirte, Daniel-san —escuché la voz de obasan Sumiko a mi lado—.

Nuestra pequeña no tuvo más remedio que aceptar, como una buena y honorable hija, las cadenas de la obligación y el honor; siguen siendo nuestro modo de vida, aunque muchos las consideren anticuadas.

—Obasan —respondí, volviéndome hacia ella y haciendo una leve reverencia.

—Entiendo tu dolor y, créeme, entiendo el dolor que ella está experimentando —continuó, mirándome fijamente—. No la presiones ni hagas nada irreflexivo.

—Hai (sim), obasan —respondí, acatando su consejo.

—Ahora, como un buen japonés, oculta tus sentimientos. Tu expresión te delata; solo no lo ve quien no quiere verlo —me reprendió nuevamente.

—Hai —respondí mientras la observaba alejarse con pequeños pasos debido al quimono tradicional y a los zuecos de madera.

Me escondí en un rincón, sentado sobre la hierba cerca del garaje, y evité beber. No podía correr el riesgo de avergonzar a mi oyabun; había sido entrenado y educado como un japonés, debía ocultar mis emociones tras un semblante inexpresivo.

Tras la ceremonia, los invitados se dispersaron por el hermoso jardín, mientras Seiji-sama y el diputado, acompañados por Naomi y Roberto, recorrían los pequeños grupos que se habían formado.

Ryu me encontró; estaba ligeramente ebrio por la cantidad de sake que había ingerido.

—Ahí estás, hermano mío —me abrazó con fuerza, dándome unas palmadas en la espalda—. ¿Qué opinas del prometido de Naomi? ¡Hoy es día de fiesta! ¿Vamos a beber un poco más?

Gruñí algo ininteligible como respuesta y él me miró fijamente, como si el alcohol que nublaba sus sentidos se hubiera disipado.

—¿Qué has dicho? —finalmente pareció comprender.

—Olvídalo, Ryu —le pedí, avergonzado.

—¿Olvidarlo? ¿Cómo que olvidarlo? ¿Cómo puedes estar tan en contra de uno de los miai mejor planeados de los últimos tiempos? ¿Cuántas familias no darían todo por un matrimonio concertado como este?

—Aquí no ha pasado nada...

—Claro, estás enamorado de ella —murmuró, incrédulo—. ¿Cómo no me había dado cuenta?

A pesar de nuestra amistad, nunca me había atrevido a contarle lo que sentía por su hermana ni que salíamos a escondidas.

—No... claro que... —desistí de negarlo; no sería justo para Naomi, ni para mí, ni para nadie más.

—Lo siento, Daniel —dijo, apretándome los hombros—. Si quieres ir a hablar con otousan, puedo ir contigo e intentar convencer al «viejo» —sugirió con una sonrisa torcida.

—No hay nada que hablar —suspiré, resignado.

—Tú sabrás —respondió, y se volvió al oír que otros dos jóvenes lo llamaban, probablemente hijos de consejeros del clan.

Lo observé alejarse con pasos tambaleantes.

Finalmente, ya entrada la noche, todos comenzaron a retirarse y observé a Seiji-sama y Naomi acompañando a Hideoshi y Roberto hasta la salida.

Me había quedado allí hasta el final para ser testigo de todo el tiempo que mi chica permanecía junto a su prometido, quizá para hacerme sufrir aún más y convencerme de que debía resignarme.

Solo cuando los vi atravesar la puerta de entrada me retiré a mi habitación.

No conseguí dormir; me sentía devastado por la noticia y me atormentaba no haber sido capaz de intercambiar siquiera una palabra con ella. La madrugada ya estaba avanzada cuando mi móvil sonó con el número de Naomi.

—Na... —susurré.

—Dani, encuéntrame en el salón de té de la tía Sumiko —pidió y enseguida colgó.

Me quedé mirando el móvil. Sabía que ella se había quedado a dormir en casa de su tía, a quien correspondería instruirla sobre los ritos del compromiso y del matrimonio japonés.

¿Debía ir a encontrarme con ella? Sabía que era un error y un riesgo extremadamente alto que podía costarme incluso la vida.

Al principio, había intentado resistirme con todas mis fuerzas a involucrarme con ella, pero saber que ella sentía lo mismo por mí había hecho que aquella tarea resultara imposible y, después de ceder a mis sentimientos, ya no veía ningún motivo para dejar de luchar por nosotros dos.

La amaba y, por ella, arriesgaría con gusto mi alma y mi cuerpo.

Me puse un quimono ligero y me escabullí por los pasillos oscuros y silenciosos de la mansión hasta llegar al jardín.

Entré en la pequeña chashitsu[49] que estaba anexa a la residencia de obasan Sumiko.

Era una estructura cuadrangular hecha de madera y con un tejado típicamente japonés.

En aquella sala especial, obasan servía, practicaba y enseñaba la chanoyu[50], la ceremonia formal de servir el té.

Deslicé silenciosamente la shoji (puerta corredera japonesa) y la cerré a continuación. El lugar estaba iluminado únicamente por una linterna japonesa.

Naomi, arrodillada en posición formal y vestida con un quimono blanco, tenía a su lado un cuenco de cerámica, el recipiente para el té en polvo, una cuchara de bambú, el cucharón, también hecho de bambú, y el paño de seda, además de un hornillo portátil y una tetera oriental de la que emanaba el vapor del agua hirviendo.

Me miró y me hizo un gesto para que me sentara frente a ella.

La obedecí en silencio y me arrodillé en actitud formal.

A continuación, Naomi purificó todos los objetos con el paño de seda antes de comenzar a preparar el té.

Sus movimientos eran fluidos, meticulosos, pero delicados, transmitiendo una sensación de paz que consiguió calmar los latidos descontrolados de mi corazón.

Sin decir una palabra, me ofreció un omogashi, un dulce a base de judías que ayudaba a suavizar el sabor amargo del matcha[51].

Después, sirvió la bebida en una taza con un dibujo de garzas sobre un río y, con movimientos lentos, me la tendió. La tomé con ambas manos, rozando deliberadamente mis dedos con los suyos, y percibí que se sonrojaba.

Llevé la taza a los labios y bebí un sorbo, depositándola lentamente sobre el tatami. Solo entonces volvimos a mirarnos.

—Naomi, quiero que te cases conmigo —afirmé de repente, sin poder contenerme. No era eso lo que había planeado decir, pero definitivamente era lo que sentía.

—Daniel...