CAPÍTULO 6
Naomi
Estaba vestida como si fuera a ir a una fiesta, pero solo sería otro paseo de tarde con Daniel. El primero después de nuestro beso.
Me miré en el espejo: mis mejores vaqueros, mi blusa más atrevida, mi par de botas favoritas, con aquel indecente tacón alto y caña hasta la mitad de los muslos, para no parecer tan pequeña a su lado. Dentro de mí, un mar de segundas intenciones.
—¿Na? —oí que llamaban a la puerta de la habitación.
Era él. Sentí un súbito escalofrío de excitación recorrerme la espalda. Hoy le arrancaría la verdad. Nadie que hubiera sido capaz de dar un beso tan apasionado habría hecho aquello porque sí.
Lo quería para mí y, aunque siempre me había tratado con indiferencia en ese sentido, aquel beso contradecía todo.
Cogí la mochila de cuero, respiré hondo y fui a abrir la puerta.
—Dani, llegas tarde —fingí irritación, intentando que no se transparentara la alegría que sentía al verlo.
—Es media tarde, como prometí —intentó explicarse mientras yo pasaba junto a él y entraba en el pasillo de las habitaciones, con el imponente sonido de «toc-toc» de los tacones contra el suelo de madera—. Ya he cogido las llaves del coche.
—¡Vamos en moto! —respondí sin mirar atrás.
—¿No vamos a hacer compras? —preguntó todavía intrigado.
Continué por el pasillo hasta llegar a la escalera, con él detrás de mí. O seguía haciéndome la dura o no resistiría las ganas de lanzarme a sus brazos. Llegué a la puerta de acceso al garaje e ignoré los coches hasta llegar junto a la moto.
—¿Mi casco? —pedí con voz firme y decidida.
Él no dijo nada; simplemente colgó las llaves del coche en uno de los portallaves de la pared y abrió el armario para sacar dos cascos, entregándome uno.
—Sabes que a Seiji-sama no le gusta que salgas en vehículos que no sean blindados, ¿verdad? —afirmó más que preguntó al subir a la moto.
—No me importa y estamos en tiempos de paz —respondí al montar detrás de él, rodeando con los brazos su firme torso, y percibí que su respiración se volvía profunda y perdía el ritmo.
—¿Adónde vamos? —preguntó cuando ya atravesábamos la puerta automática de la residencia.
—Al parque de Ibirapuera[35].
—¡Na! —se rio ante mi respuesta—. Allí no hay nada que comprar.
—No, pero hay césped donde tumbarse —respondí con toda mi sinceridad.
—Lo de ayer debería quedar enterrado... —sentí que reducía la velocidad de la moto.
—Tenemos que hablar bien sobre lo que pasó —insistí y volví a abrazarlo con fuerza, no sin antes deslizar la mano provocativamente por su abdomen, sintiendo que una vez más sus músculos flaqueaban.
De casa hasta allí, y más aún en moto, se tardaba bastante poco.
Como la noche anterior, apoyé la cabeza, con el casco puesto, sobre la espalda de Daniel y cerré los ojos, ignorando el viento y el ruido, sintiendo únicamente el aroma de su perfume.
Llevábamos cinco años viviendo juntos; ya lo conocía lo suficiente como para saber que podría vivir a su lado el resto de mi vida.
Las guerras de palomitas mientras veíamos películas, los entrenamientos de artes marciales que al principio manteníamos ocultos de mi padre, las competiciones de natación, todo aquello habría pasado desapercibido, pero no fue así, porque mi relación con él era muy diferente de la que tenía con mi hermano mayor.
Quizá, al principio, yo era demasiado ingenua para comprenderlo, pero ahora sabía que siempre había albergado sentimientos por aquel chico; solo necesitaba entender qué estaba sucediendo para conseguir abrir los ojos y enfrentarme a las fantasías que tenía.
Daniel aparcó la moto en una plaza dentro del aparcamiento del parque y aseguró los cascos a la moto con un cable especial. Así, todavía un poco tímidos y callados, nos mezclamos con la multitud, hasta que él rompió el silencio.
—¿Qué vas a decirle a la obasan Sumiko cuando llegues allí con las manos vacías?
—Nada —respondí—. Fue una excusa, una mentirijilla inocente para que pudiéramos salir juntos.
—Na, ¿has mentido a tu padre? ¿Otra vez? ¿Y si se entera?
—No se enterará, porque mi tía sabe que quería salir con un chico y, si papá le pregunta, confirmará mi versión.
—¿Obasan sabe lo que pasó? —se detuvo al caminar y lo vi palidecer.
—No —intenté tranquilizarlo—. No sabe que eres tú, al menos no todavía, no hasta que hablemos y entendamos qué está pasando entre nosotros.
—Nada, Na —no resultó lo bastante convincente—. No está pasando nada, olvídalo.
—¿Por dónde se llega a aquel puente de metal? —ignoré lo que había dicho y reanudé la marcha.
Encontramos una de las entradas laterales del parque y atravesamos el puente de metal, en forma de arco, sobre uno de los brazos del lago, hasta que llegamos a un lugar más tranquilo.
Elegí un rincón de sombra entre los árboles, caminando con cuidado para no hundir el tacón en la tierra, y utilicé la misma manta de la noche anterior para extenderla sobre la hierba.
Definitivamente me gustaba estar al aire libre.
Era la sensación de libertad que siempre había anhelado, pero que nunca había tenido por completo, salvo durante mis escapadas a escondidas de mi padre.
Daniel se sentó a mi lado y, en ese momento, apoyé la cabeza sobre su pecho.
Durante el primer segundo pareció no saber qué hacer, pero enseguida la necesidad pudo más que él, cuando me abrazó y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.
Fueron largos minutos de silencio entre nosotros, mientras yo escuchaba los latidos de su corazón y me sentía protegida entre sus brazos.
—¿Por qué estás haciendo esto, Na? —finalmente se atrevió a preguntar.
—Dime que no sientes lo mismo que yo.
—Esto no está bien... —dijo después de mucho tiempo en el que permanecimos allí abrazados—. Seiji-sama es como un padre para mí.
—Dime que lo de ayer no significó nada para ti y te dejaré en paz —lo desafié, aunque me sentía extremadamente insegura, ya que ni siquiera yo creía en mi propia afirmación. No renunciaría a él tan fácilmente.
—¿Qué esperas de mí? —preguntó con cierta vacilación—. No me hagas mentirte por el bien de tu seguridad.
—Quiero que me digas la verdad, nada de mentiras, sé sincero.
—¿Por qué me estás poniendo entre la espada y la pared?
—Porque no quiero renunciar a lo que siento, es más fuerte que yo, Daniel.
Percibí que me apretaba con fuerza en un largo abrazo; quizá también era más fuerte que él, era mi deseo. Había tantas sensaciones que desconocía, gritando dentro de mí, haciendo que mi corazón estuviera a punto de explotar.
¿Qué era aquello? ¿Qué estaba haciendo Daniel conmigo? ¿Cómo era posible que, de repente, su proximidad, su contacto, su olor, su voz despertaran tantas cosas inéditas?
Casi dejé de respirar durante un segundo, intentando sobrevivir a aquel calor de sus brazos, y en el momento en que despejé mi mente de tantos interrogantes y conclusiones, sentí que su corazón palpitaba con tanta fuerza como el mío, casi haciendo que su pecho saltara.
¿Por qué huía de mí?
Me enfrentaría a mi padre por él. Era alguien por quien estaría dispuesta a hacer tantos sacrificios.
Poco después, me apartó unos centímetros de su cuerpo y, en el momento en que estaba a punto de protestar, sentí sus labios tocar los míos en una explosión de sensaciones indescriptibles.
Su beso fue aún más apasionado que el de la noche anterior; incluso a plena luz del día, extendía su sabor por mi boca y yo lo saboreaba con el corazón a punto de explotar.
Podría pasar horas besándome con él, con nuestros cuerpos pegados por sus fuertes brazos alrededor de mi cintura, que a veces se deslizaban por mi zona lumbar hasta llegar a mi nuca y después emprendían el camino de regreso, empeñándose en hacerme sentir sus manos firmes y fuertes.
—¿Y tu novio, Na? —de repente tensó el cuerpo al interrumpir el beso, aunque su pregunta salió entre su respiración entrecortada.
—No tengo novio, Dani —confesé por primera vez—. Vinícius y yo terminamos hace tiempo, no teníamos nada que ver el uno con el otro. No era él quien hacía palpitar mi corazón, ni mucho menos quien llamaba mi atención.
No había otra posibilidad, estaba enamorada. Ya no éramos niños y no podía tener mayor certeza de lo que sentía; estar a su lado era demasiado especial comparado con lo que había experimentado con Vinícius.
—Te he deseado durante tanto tiempo, pero Seiji-sama, mi respeto por él es muy importante —confesó, dejando aún entrever el conflicto en su mirada—. No puedo arriesgarme a decepcionarlo, lo entiendes, ¿verdad, Na?
—Ya encontraremos la manera, Dani; nadie tiene que saberlo ahora, podemos ser cuidadosos.
—Le debo la vida a tu padre y no puedo traicionarlo de esa manera.
—Dime que no soy importante, aquí, en mi cara, sin mentir, de corazón. Dime que tu lealtad a mi padre es más importante para ti que yo.
Sabía que había sido dura con él, pero también creía que Daniel no podía pasar el resto de su vida sintiéndose en deuda con mi padre.
Ya hacía tanto por su oyabun que, a veces, incluso hacía más que mi propio hermano.
Y su silencio ante aquella pregunta fue suficiente para que comprendiera lo que quería decir, pero que le resultaba tan difícil verbalizar.
Lo conocía tan bien y aquello ya me bastaba.
Pasamos el resto de la tarde en el parque, entre besos, abrazos, arrumacos e incluso paseos cogidos de la mano.
Hablábamos poco y absorbíamos mucho de aquel momento que tantas veces había deseado que fuera eterno, porque estaba siendo uno de los momentos más felices de mi vida.
La sensación de libertad combinada con la presencia de Daniel era el mayor regalo que podría haber recibido.
Regresamos a casa durante la puesta de sol. Acordamos que seríamos discretos, que, si sabíamos cómo comportarnos, nadie lo descubriría.
También sabía que podía contar con la tía Sumiko; era una mujer de mente abierta y quería mucho a Dani, me trataba como a la hija que jamás había tenido y fue gracias a ella que conseguíamos pasar algún tiempo juntos, saliendo en su casa, entre besos y abrazos en lugar de prestar atención a las películas.
Vivía en las nubes; hasta resultaba difícil explicar mi felicidad.