CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Naomi

Media hora después encontré a Daniel en la puerta trasera. Me entregó un casco y no intercambiamos una sola palabra, al menos no hasta que salimos del barrio para sumergirnos en la noche paulista.

—¿Adónde quiere que la lleve? —preguntó finalmente, haciéndose oír incluso con el potente rugido de la moto resonando por las calles tranquilas a esas horas.

—¿No íbamos a salir a bailar o algo así? —se rio ante mi petición—. Que yo sepa, cierra al público al final de la tarde —respondió, convencido.

—¿Desde cuándo un aspirante a Yakuza, un completo fuera de la ley, respeta el horario de apertura de las atracciones públicas? —lancé el desafío.

Llegar a la cima del pico seguramente sería un desafío bastante sencillo en comparación con las cosas que tendría que hacer para su oyabun si realmente deseaba ser aceptado en el clan.

Daniel no dijo nada, simplemente continuó conduciendo la moto conmigo de paquete, mientras yo lo abrazaba con fuerza, pegando mi cuerpo al suyo y apoyaba la cabeza, protegida por el casco, contra su espalda.

Fueron pocos minutos por la carretera de los Bandeirantes hasta que dejamos la carretera y seguimos por el camino que nos llevaría a la subida.

Con la moto sería fácil superar cualquier obstáculo que imaginaba que podía haber debido a que el parque estaba cerrado, pero no estaba del todo segura, pues jamás había estado allí.

Cerré los ojos y me dejé sentir la brisa de la noche, calentada por el calor del cuerpo de Daniel.

En algún momento tomamos un tramo de tierra para después volver al camino asfaltado.

La oscuridad era absoluta para mí, que iba de paquete; él no pareció dudar ni un solo momento.

Algunos tramos eran sinuosos y empinados, me sentía flotar, agarrada a él en cada curva, hasta que detuvo la moto.

Miré a mi alrededor; no parecíamos estar en la zona principal, pero el pequeño claro nos ofrecía la abertura suficiente para ver São Paulo brillando, iluminada, allá abajo, en una de las escenas más fascinantes que había visto en mi vida.

Había dejado encendido el faro de la moto, pues la oscuridad era excesiva.

—¡Es preciosa! —me refería a la ciudad, que solo había visto de aquella manera en fotografías.

Saqué de la mochila que llevaba a la espalda una manta fina y la extendí en el suelo, invitándolo a sentarse allí conmigo. Solo entonces apagó el faro de la moto y se sentó a mi lado.

—¿Por qué has querido venir aquí? —preguntó de repente, después de unos minutos contemplando, a lo lejos, la inmensidad de las luces de la mayor ciudad de América Latina.

Durante un buen rato contemplé aquellos que parecían pequeños diamantes arrojados al suelo, parpadeando con un brillo intenso, haciendo parecer que la vida sería siempre aquella eterna calma que veíamos desde las alturas.

Me estaba preguntando cuál era el verdadero motivo por el que estábamos allí para saber qué responderle a Daniel, pero, de repente, necesitaba estar segura de lo que quería decir.

Él se dio cuenta de que todavía no tenía nada que decir, por eso se tumbó sobre la manta y se puso a contemplar las estrellas, mientras yo continuaba concentrada en el alucinante resplandor de la ciudad que ansiaba conocer mejor.

Abracé mis rodillas y respiré hondo; quería, pero no podía mentirme a mí misma. Iba a hacerle una pregunta, pero aquel no era el verdadero motivo por el que estaba allí.

—¿Estás decidido a convertirte en uno de ellos? —pregunté después de un largo silencio.

Jamás había visto tantos conflictos en una sola persona como en él.

Parecía incoherente que una persona tan correcta y protectora, que valoraba la lealtad y las buenas costumbres, pudiera desear convertirse en un fuera de la ley.

Más aún teniendo en cuenta las enseñanzas que había recibido de su difunta madre.

Hasta aquel momento, no había hecho nada malo al clan; todavía tenía la oportunidad de echarse atrás en aquella decisión absurda.

Daniel era una persona pura de corazón, de buena educación, que había vivido de pequeños hurtos cuando era niño por una cuestión de supervivencia; estaba solo en el mundo.

—Naomi, entiendo tu opinión sobre esta opción mía, pero ya estoy decidido. Sabía que lo haría desde el día en que acepté vivir en tu casa; es mi forma de corresponder al hecho de haber sido acogido. Le debo respeto y gratitud a tu otousan (padre) y no quiero hacer nada que pueda decepcionarlo.

—Tú no lo decepcionas, nunca —aquella era una conversación difícil para él.

—Pero es como si solo tuviera un contrato con la mafia y no formara parte de todo lo que sois vosotros; no estoy excluido, pero soy diferente y deseo ser uno más.

Suspiré profundamente y me recosté a su lado, apoyando la cabeza sobre su hombro.

Era la primera vez que hacía aquello de esa manera.

Toqué su pecho con la mano derecha, nada diferente de lo que ya habíamos hecho otras veces, jugando en la piscina, durante los entrenamientos de artes marciales a escondidas de Ryu, cuando empuñaba una katana[33] (espada japonesa), después de que él me hubiera contado que los observaba, o las veces que lo ayudaba a arreglarse la corbata para algún acontecimiento formal; solo que, al mismo tiempo, aquella vez todo era diferente.

Sentí que colocaba el brazo derecho por debajo de mí y me abrazaba, haciendo más cómoda mi posición, mientras acariciaba mi cabello, que llevaba suelto.

—Sumimasen (perdón), Daniel-kun, wakarimashita (lo he entendido), prometo no insistir más en este asunto —odiaba hablar el idioma, pero él siempre había sido tan leal a mi padre que era quien más hablaba japonés en el día a día, en nuestra casa, y al responderle así le demostraba cuánto reconocía su esfuerzo.

Me acurruqué aún más contra su pecho, intentando encontrar el valor que siempre había tenido para todo, sobre todo en mi alocada vida entre los gaijin, pero parecía que ahora me fallaba precisamente con él.

Sentí que su corazón se aceleraba dentro del pecho, igual que el mío, y su calor calentaba mi cuerpo contra la brisa, allí, en lo alto del pico.

Me incorporé un poco sobre él y, aunque era muy pequeña, fui capaz de alinear mi mirada con la suya.

Él me observó con curiosidad, pero no dijo nada.

Había muchas palabras no dichas entre nosotros y muchas percepciones implícitas.

El problema era que cada uno creía saber lo que pasaba por la mente del otro, porque, después de notar que su pecho se hinchaba con mayor intensidad, llegué a la conclusión de que no sabíamos nada.

Acaricié el contorno de su rostro con la punta del dedo índice y lo posé sobre sus labios, cuando él parpadeó más lentamente; después llevé la mano hasta la altura de su mandíbula, ligeramente áspera por la barba descuidada, y me acerqué tanto a él que podía sentir su respiración cálida sobre mí.

—Na... ¿qué estás haciendo? —de vez en cuando me llamaba «Na», pero nunca con aquel tono, nunca así, casi como un susurro.

Cerré los ojos y dejé que mis labios quedaran a milímetros de los suyos. Quería que me besara, quería sentir su sabor en mí para saber si mis fantasías más insensatas, en mis sueños, eran reales o si aquellas sensaciones provenían únicamente de mi imaginación.

Lentamente sentí que su mano se deslizaba desde mi cintura por mi espalda hasta llegar a la curva de mi cuello y fue suficiente para que pegara sus labios a los míos y penetrara con su lengua cálida en mi boca, calentando todo mi cuerpo, especialmente mi centro.

Con él todo era muy diferente, mi corazón parecía explotar dentro del pecho, sentía el cuerpo temblar y la sangre correr más deprisa por las venas.

Cuanto más me entregaba, más profundo hacía nuestro beso, presionándome contra él con la fuerza del otro brazo, que hasta entonces había permanecido libre.

Parecía que me ahogaría por falta de aire de lo excitada que me sentía, pero aquel contacto entre nosotros me abastecía constantemente, permitiéndome únicamente soltar discretos gemidos.

Quería que aquel beso y aquella noche duraran para siempre, pero sabía que era un sueño imposible, aquello estaba prohibido. Otousan (papá) expulsaría a Daniel de casa en el mismo instante si se enteraba de aquello.

—Na... —intentó decir mientras jadeaba, como si respirar en aquel momento fuera la tarea más imposible del mundo—. Esto está mal.

—No, Dani... —acaricié su rostro, concentrándome en la textura de su piel—. No hay nada malo en lo que acabamos de hacer. Mi familia es la que tiene unas costumbres anticuadas, pero lo que hemos hecho no es pecado; yo lo deseaba muchísimo, desde hacía tanto tiempo.

—El oyabun... tienes prohibido hacerlo, ¿no lo entiendes? —volví a silenciarlo con mis labios.

Yo sabía que él ya había salido con tantas mujeres y siempre había estado tan decidido sobre lo que quería; jamás lo había visto tan reticente como aquella vez respecto a alguien, pero yo tenía suficiente valor por los dos.

Volvimos a casa en silencio. Sentía la brisa fría de la madrugada contra mi rostro, pero mi cuerpo estaba protegido por la chaqueta de cuero negra que él me había prestado.

Todo parecía diferente entre nosotros. Me dejó en la entrada trasera de la casa de mi tía y, después de entregarle el casco, hice ademán de quitarme la chaqueta.

—¡No! Quédatela. Hace frío —dijo mientras me sujetaba la mano, impidiéndome seguir adelante, y le sonreí al aceptar su oferta.

—Dani...

—Na... lo que hemos hecho está mal y no quiero que te pillen aquí fuera conmigo. Por favor, entra y ten cuidado de no despertar a la obasan (tía) Sumiko. Hablaremos después, te lo prometo —me pidió, y no pude hacer nada. Allí, en el jardín de nuestra casa, sería realmente muy peligroso.

Entré corriendo en casa de mi tía, mientras él llevaba la moto al garaje de la casa principal y, cuando entré en la habitación, me llevé los dedos a los labios, todavía sintiendo la presión de los suyos sobre los míos, impregnada por su olor que había quedado en la chaqueta.

Estaba ansiosa por poder volver a repetir las sensaciones que había experimentado aquella noche solo con sus besos y sus fuertes manos alrededor de mi cuerpo.

Aquella había sido una de las sensaciones más mágicas que había sentido en toda mi vida.

Daniel sería mío, porque solo tenía una certeza: sería a él a quien me entregaría cuando llegara el momento adecuado.

A la mañana siguiente, cogí una fruta de la cocina de la tía Sumiko y regresé temprano a casa de mi padre, atravesando el jardín y cruzando la zona de la piscina, con la esperanza de encontrar todavía a Daniel antes de que saliera. Cuando llegué, estaban desayunando.

—Ohayô gozaimasu (buenos días), Naomi-chan —dijo mi padre—. ¿Asagohan (desayuno) iru?

Hice una ligera reverencia a mi padre por el saludo de buenos días.

—Iranai (no quiero), iie kekko desu (estoy bien así, gracias) —y, aunque no había aceptado el desayuno, cogí un vaso de zumo de piña con jengibre para no ser descortés al sentarme con ellos—. Buenos días, Daniel —miré directamente al objeto de mi interés e ignoré a Ryu.

—Genki (¿todo bien?) —respondió él con la mirada baja.

—Papá —lo obligaba cada vez más a acostumbrarse a que siempre hablaría en portugués—, la tía Sumiko necesita algunas cosas y me pidió que se las comprara —mentí—, pero hoy es el día libre de mi guardaespaldas.

—¡Ryu! —bramó inmediatamente mi padre, para que mi hermano me llevara a salir, ya que, a pesar de que acababa de cumplir dieciocho años, nadie en aquella casa me permitía utilizar mi propio coche, a menos que fuera acompañada por el conductor, que también era mi guardaespaldas.

—¿Al centro comercial? Ni hablar... —respondió tan rápido como había llegado la petición de mi padre. Sabía que mi hermano solo haría aquello si estaba obligado.

—Oniisan no tiene la más mínima paciencia para eso, pero podría ir con Daniel —lo oí atragantarse con el missoshiro[34] que bebía directamente del cuenco.

—¿Daniel-san?

—Hai (sim), Seiji-sama —respondió él, todavía con la voz entrecortada, sorprendido por mi petición, mientras mi hermano se reía de la tarea de la que se había librado, sintiéndose victorioso. Poco sabía él que la victoriosa era yo—. Vendré a recogerte a media tarde.