CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Naomi

Mis salidas al cine con mis amigas empezaron a hacerse cada vez más frecuentes y, con la ayuda de la tía Sumiko, ya no eran clandestinas.

Me divertía en las sesiones de tarde con el grupo y esperaba ansiosamente alcanzar la mayoría de edad para poder entrar en un bar por la noche, sin temer que me detuvieran en la puerta.

Intentaba llevar una vida normal como cualquier otra occidental y procuraba no pensar demasiado en los negocios ilícitos de la familia.

Cada vez recibía más invitaciones a fiestas en casa de amigos, que tenían una posición económica tan buena como la mía. Eventos junto a la piscina, barbacoas acompañadas de música y todo lo que ofrecía la vida occidental.

Me encantaba salir con el grupo de la academia de preparación, porque eran más animados que los amigos del último año del instituto.

Salíamos de clase directamente hacia el bar de la esquina, que servía la mejor feijoada[27] al son de la MPB[28], y así también iba dejando de lado los onigiris[29] y los sukiyakis[30].

A estas alturas, Daniel y yo parecíamos estar cada vez más distantes; él estaba ocupado con los estudios para asegurarse una plaza en la universidad y apenas tenía tiempo para mí.

Cuando hablábamos, se mostraba frío. Yo ya había pasado por la etapa del corazón roto, de la pérdida, y ahora intentaba comenzar una nueva etapa, una en la que él ya no marcaría ninguna diferencia en mi vida y en la que quería conocer al mayor número posible de personas para llenar aquel vacío que sentía.

Fue en una de las fiestas junto a la piscina donde conocí a Vinícius, el primo de una de mis amigas, y durante algunos meses iniciamos un romance adolescente con muchos arrumacos y numerosas caricias indiscretas.

Todo empezó cuando me tiraron a la piscina y él saltó justo después para rescatarme. Por supuesto que yo sabía nadar, pero ¿quién no ha fingido alguna vez algo para hacer que los demás se sientan culpables?

Aquella noche, antes de que volviera a casa, me entregó una notita con su número de teléfono y me dio un beso. Mi primer beso, y precisamente del chico más guapo de la fiesta.

Vinícius tenía unos grandes y expresivos ojos azules y era casi rubio, fuerte, aunque no excesivamente alto. Un tipo de belleza que atraía la atención de muchas, incluida la mía.

Pero, claro, no era alto, esbelto y definido por los músculos que se iban formando cada día, como Daniel.

No había nada de especial en mi amigo; tenía los ojos y el pelo castaños, el vello de la cara empezaba a engrosarse y él se empeñaba en afeitárselo todos los días. Sus fuertes piernas eran firmes y, por mucho que me encantara la compañía de Vinícius, era imposible no compararlos.

De vez en cuando, Daniel me escoltaba, junto con el chófer, en mis encuentros de tarde con Vinícius; esos días no intercambiábamos palabra alguna.

Un día, Vinícius había insistido en tener más intimidad conmigo.

Yo no tenía fantasías sobre el momento especial de la pérdida de la virtud femenina, pero había leído que la lujuria provocaba sensaciones incontrolables y yo no las sentía junto a mi noviecito.

Fue aquella misma noche, en la que me negué a llegar hasta el final con él, cuando volví a casa inquieta y, durante la madrugada, tuve sueños eróticos con Daniel, de esos que hacen que tengas que cruzar las piernas para soportar una sensación enloquecedora en el centro de todo.

Me desperté jadeando, todavía con el corazón acelerado y una necesidad instintiva fortísima de llevarme la mano a la intimidad y, con Daniel en mente, masajeé aquella zona sensible, introduje el dedo en el orificio húmedo y prohibido y arranqué de mí una insoportable e inédita sensación de placer.

Al día siguiente puse fin a mi relación.

A partir de entonces me sentía confusa respecto a la clase de mirada que tenía hacia Daniel.

Me gustaba la forma de su cuerpo, su expresión, su pelo y sus ojos negros, además de que cada día estaba más corpulento.

Aquel que era un niño cuando nos conocimos, ahora me parecía un atractivo ejemplar de la especie humana masculina.

Sus entrenamientos de artes marciales los hacía con quimono, pero de vez en cuando lo observaba, a escondidas, haciendo pesas sin camiseta. Levantaba el equivalente a mi propio peso en pesas y, cuando lo hacía, sus músculos se volvían más prominentes y se le marcaban las venas.

Día tras día me resultaba cada vez más difícil resistirme a estimularme pensando en su voz susurrándome al oído o a tener su imagen fija en mi mente.

Fantaseaba con pasar las manos por el tatuaje de dragón de su espalda, encontraba mil y una excusas para que fuera él quien me acompañara en algunos de mis compromisos, había descubierto los horarios del guardaespaldas e inventaba algún compromiso siempre que él estuviera fuera de servicio.

Miraba a Daniel con otros ojos y él parecía no darse cuenta nunca, o fingía no reparar en ello, pero yo estaba decidida a probar sus besos, aun sabiendo que nuestro «padre» lo acribillaría a balazos si se enteraba.

—¿No vas a la universidad? —preguntó al verme en la zona cubierta de la casa, orientada hacia el jardín que daba a la piscina.

Era mi primer año de estudios superiores en la facultad de Administración. Yo asistía a clase por las mañanas; él, al turno de noche. Solo teníamos las tardes en común y nuestros momentos de cercanía eran cada vez más escasos.

Daniel había terminado su entrenamiento de musculación, estaba sudado, sin camiseta, solo con un pantalón corto de deporte y la toalla blanca alrededor del cuello.

Los años le habían sentado bien: ahora parecía medir casi el doble que yo y mostraba una complexión impecablemente atlética, con los hombros anchos, el pecho firme y los brazos y las piernas cada vez más definidos por los músculos.

—Hoy no tengo clase —le dije al acercarme y quitarme el albornoz, dejándolo sobre uno de los sillones de la terraza y mostrando mi cuerpo esbelto, cubierto únicamente por un bikini minimalista.

Tenía que haber alguna forma de llamar la atención de Daniel, pero él continuó mirándome fijamente, sin apartar la mirada ni un solo segundo.

Siempre habíamos sido grandes amigos, nos llevábamos bien en todo, y me irritaba que me viera como a su hermana, porque no éramos hermanos y, además, yo ya no era una niña. Me había convertido en una mujer, tanto como él se mostraba ya como un hombre.

Odiaba saber cuándo salía por la noche, después de las clases, para encontrarse con sus ligues. Daniel tenía a varias chicas detrás de él y, por mucho que intentara ocultar los celos siendo racional, las aborrecía a todas.

—¿Tu antipático novio viene hoy? —preguntó mientras se secaba el pelo con la toalla.

—No, Vinícius no viene —todavía no le había contado a nadie que aquel noviazgo había terminado hacía semanas. No sabía exactamente cómo hacerlo.

Me puse los auriculares y subí la música casi al máximo, dándole la espalda; lo último que quería era hablar de mi ex. Él había vuelto a romper el ambiente que yo intentaba crear con tanto esfuerzo.

—Espera... Naomi —a pesar de que la música estaba alta, lo oí, pero fingí que no. Sin embargo, él fue tras de mí y me puso una mano en el hombro, y entonces me detuve de inmediato.

Me volví hacia él, me quité lentamente los auriculares y lo miré fijamente, intentando no cambiar de expresión.

—Dime... —Daniel pareció dudar un poco.

Durante una fracción de segundo, por primera vez, creí haber visto que sus ojos recorrían mi cuerpo, pero rápidamente volvió a mirarme a los ojos.

—Tú... —parecía buscar las palabras, intentando formular lo que quería decir—... pronto tendré la oportunidad de entrar oficialmente en el clan.

Me dolía en el alma saber que Daniel sería uno de ellos.

Yo no lo quería, jamás había deseado eso para él.

Pertenecer a la Yakuza representaba un camino sin vuelta atrás, pues se juraba fidelidad incondicional; renunciar a la familia supondría una acción deshonrosa y papá no lo perdonaría si cometía un desliz.

Yo deseaba que renunciara a todo antes de que fuera demasiado tarde; sin embargo, quizá ya estuviera atado.

—Yo deseaba algo mejor para tu futuro, no esto —fui sincera, aunque jamás habría sido capaz de admitirlo abiertamente. Si le debía algo a mi padre, era respeto.

—No digas eso, Naomi, por favor —le pidió él—. Al igual que Ryu, yo también debo entrar oficialmente en el clan. No te alejes de mí por eso.

—Jamás, Daniel —suspiré profundamente; era él quien se había estado alejando de mí—. Te debo la vida, aunque fuera hace años; precisamente por eso deseaba algo mejor para tu futuro.

Ryu, mi oniisan (hermano mayor), se había convertido en un gran amigo de Daniel y era quien más lo animaba a entrar oficialmente en el clan, pues, en esas condiciones, mi hermano tendría un brazo derecho de confianza cuando asumiera el mando, tras la jubilación de mi padre.

Me había cansado de verlos conversar y soñar con las grandes y honrosas hazañas que conquistarían juntos cuando estuvieran al mando.

Eran evidentes el empeño y la dedicación de Daniel hacia nuestra familia a lo largo de los años que había vivido con nosotros; se sacrificaba para demostrar que era digno, se había ganado el cariño y la confianza de papá y, muchas veces, había recibido un trato privilegiado respecto a Ryu, dada su fuerza de voluntad para superarse.

—No te decepciones de mí, Naomi-chan, por favor, entiende que para mí esto es un honor, porque finalmente formaré parte de la familia por completo.

—Ya eres parte de nuestra familia, solo tienes que verlo —concluí con una nota de tristeza. Volví a ponerme los auriculares, le di la espalda y me dirigí hacia la piscina.

Yo jamás me había sentido orgullosa de formar parte de una familia mafiosa y ahora veía que Daniel estaba firmando una sentencia de muerte.

Muchas veces me sorprendía pensando si no habría podido llevar una vida mejor de no haber sido llevado jamás a nuestra casa, pero no...

me sentía demasiado egoísta como para no quererlo cerca de mí.

Sin embargo, la «cercanía» que ahora deseaba iba más allá de lo aceptable; mi padre jamás me permitiría estar al lado de un gaijin.

Vinícius, a sus ojos, había sido una aventura sin importancia; tenía razón.

Pero Daniel... aunque hubiera sido criado como un hijo, la verdad era que mi padre jamás dejaría de ser un oyabun para él.

Decidí que tenía que hacer algo al respecto. Daniel no podía estar tan convencido, ni tan ciego, como para no ver que todavía tenía la oportunidad de tomar la decisión correcta.

Solo quería lo mejor para él; si pudiera mostrarle otra faceta de la vida, quizá cambiaría de opinión.

O, en realidad, si pudiera mostrarle un poco más de mí, ¿quién sabe?

, quizá muchas cosas fueran diferentes entre nosotros.

Y la tía Sumiko me ayudaría si algo salía mal; sería un pequeño favor que me haría. Sabía que podía confiarle mi secreto.

Mi tía era una mujer de una fortaleza y un valor sorprendentes, viuda y sin hijos. Vivía sola en la casa anexa a la propiedad y compartíamos las zonas comunes, como el jardín, la piscina y el espacio destinado a las fiestas.

—Mañana voy a dormir en casa de mi tía. Busca la manera de encontrarte conmigo en la puerta trasera con tu moto; quiero que me lleves a dar una vuelta después de volver de clase —le pedí de repente.

Daniel tenía una motocicleta deportiva de gran cilindrada, importada de Japón, que mi padre le había regalado por su mayoría de edad, unos meses antes.

—Naomi, si tu padre se entera...

—¿Tienes miedo, Daniel-kun? —pregunté con una sonrisa llena de segundas intenciones.

Normalmente era sensato; no se dejaba llevar por las provocaciones porque tenía ese carácter centrado, pero yo tenía ese poder sobre él: bastaba con desafiarlo cuando quería algo, como acababa de hacer en aquel mismo momento.

Solo me decepcionaba saber que probablemente aquel poder provenía del cariño que sentía por mí como hermana.

—¡No! —se apresuró a responder, irritado—. No tengo miedo de nada. Estaré allí; llevaré un casco integral.