CAPÍTULO 3 #2
No era solo su riqueza lo que justificaba la cantidad de guardaespaldas que teníamos en la mansión o que nos acompañaban en nuestros compromisos fuera de la propiedad; era el grado de peligro que rodeaba a nuestra familia lo que nos obligaba a ser tan discretos.
Mis amigos, por aquel entonces todos gaijin, no sabían nada.
Aunque admiraba a mi padre por su fuerza, liderazgo y determinación, y no tenía ninguna queja sobre el amor que me profesaba ni sobre sus enseñanzas acerca de la perseverancia, sentía cierta decepción al saber que era un forajido.
Su comportamiento era contradictorio, la mafia era contradictoria y descubrí que también era así en Japón. Estaba al frente de tantas actividades ilícitas, pero, al mismo tiempo, era uno de los mayores benefactores de la comunidad.
Fue a partir de entonces, durante mi adolescencia, cuando empecé a llevar una doble vida: aquella que me parecía normal, hablando portugués, divirtiéndome con mis compañeros del colegio y aventurándome en restaurantes italianos, franceses y españoles, y la vida que agradaba a mi padre, u otousan, como él quería que lo llamara, con nuestras conversaciones diarias en nihongo (lengua japonesa), sirviéndole el ocha (té) antes de acostarse, cuando llegaba temprano a casa.
Poco a poco, introducía cada vez más elementos de Occidente en mi vida; era una forma de olvidarme de la mafia.
Daniel, aunque siempre estaba cerca y era muy querido por mí, se involucraba cada vez más en los negocios de mi padre y eso me partía el corazón.
Si al principio me había alegrado tanto de que hubiera sido rescatado de los robos y de la vida en la calle, ahora, años después, descubría que había salido de una vida delictiva para entrar en otra.
Pero no me correspondía a mí decidir su futuro.
Creía que las personas debían vivir de acuerdo con sus propias elecciones y asumir la responsabilidad de cada una de sus decisiones.
Yo estaba afrontando las mías: intentar no decepcionar a mi padre siendo una buena hija, pero, al mismo tiempo, preparándome para tener derecho a tomar mis propias decisiones.
Algún día estaría fuera de aquella mafia; hasta entonces, intentaba vivir dentro de las reglas.
Cuando terminara la universidad, tendría un trabajo y dirigiría mi propia vida, dejando que mi corazón me guiara hacia el mundo que yo consideraba correcto. Fuera cual fuera.
¿Y quién sabe si Daniel podría formar parte de mi nueva vida?
Daniel
Con el paso del tiempo, sobre todo al comenzar la enseñanza secundaria, fuera de los muros de la mansión, Naomi empezó a actuar con mayor libertad y, poco a poco, pasó a comportarse como cualquier chica de su edad.
A su manera, intentaba rebelarse contra la cultura oriental, hablaba portugués y cada vez tenía más amigos gaijin.
A pesar de que Seiji-sama[25] quería mantenerla alejada de los asuntos del clan, era demasiado inteligente y astuta como para no saber que su padre era el jefe de la mafia japonesa en São Paulo y lo que eso significaba.
Hablábamos varias veces sobre el tema. Ella no estaba de acuerdo con las actividades ilícitas de su padre y se enfadaba cuando yo decía que algún día sería admitido oficialmente en la Yakuza. Pero, para mí, aquel momento supondría la culminación de un sueño.
Yo había convivido con la miseria que el Gobierno y los poderosos imponían a los más desfavorecidos.
Aquello había encendido en mi alma una llama de rebeldía que jamás se extinguiría.
Había jurado que nunca me sometería a los patrones impuestos por una sociedad hipócrita; pertenecer a una organización que actuaba al margen de la ley y protegía ferozmente a sus miembros era todo lo que deseaba.
Con ellos sentía que pertenecía a algún lugar y que era acogido.
La observé mientras caminábamos uno al lado del otro hacia el interior de la mansión.
Naomi había comenzado a estudiar en una prestigiosa facultad de Administración, llevaba ropa occidental cada vez más atrevida y se reunía con sus amigas en pequeños bares, aunque siempre bajo la vigilancia de dos guardaespaldas.
A medida que crecíamos, aunque nuestra amistad perduraba y seguía siendo lo más importante de mi vida, algunas cosas habían cambiado. Necesitaba mantenerme distante para evitar los pensamientos impropios que tenía sobre ella, sobre todo porque cada día estaba más hermosa.
Yo intentaba seguir mi camino, mientras que ella parecía ir muy bien por el suyo.
Incluso había iniciado una breve relación con un chico, lo que, extrañamente, me había provocado una irritación desmedida.
Sin embargo, por respeto, no dejaba traslucir nada; al fin y al cabo, Naomi era mi hermana de corazón.
—¿Es realmente esto lo que quieres, verdad?
—Sí —respondí a su pregunta con orgullo.
—Lo siento —dijo con voz triste—. Tendrás una vida dura.
—No me importa —respondí—. Tu padre me aceptó y me crió; se lo debo todo.
Y debía hacerlo. Gracias al oyabun, el jefe del clan, terminé mis estudios de secundaria después de haber recuperado todo el tiempo que había perdido mientras vivía en las calles.
Hice un curso técnico de tecnologías de la información y también fui admitido en la facultad de Ciencias de la Computación, que me tomaba muy en serio hasta poder ingresar oficialmente en la Yakuza.
Gracias a la vida que Seiji me había proporcionado, también hablaba con fluidez japonés, inglés y español; incluso sabía un poco de mandarín[26].
Desde un año antes, había comenzado a trabajar para él.
Hacía pequeños encargos como mensajero o, en ocasiones, ejercía como guardaespaldas informal de Naomi cuando iba a las clases preparatorias, a las que, debido a su insistente rebeldía, asistía paralelamente a las clases del último curso.
El conductor del coche que la llevaba iba armado y tenía una pistola de reserva en la guantera que yo debía utilizar en caso de necesidad.
Cuidar de ella era mi actividad preferida. Ya había memorizado su sonrisa y podía descifrar con tanta facilidad el brillo de aquellos hermosos ojos ligeramente oblicuos.
Fue por aquella época cuando me hice mi primer tatuaje.
Era tradición de la Yakuza tatuarse todo el cuerpo mediante la ancestral técnica japonesa llamada irezumi, con todo el trabajo realizado a mano; es decir, la tinta se introducía bajo la piel utilizando herramientas manuales no eléctricas, con agujas de bambú o de acero.
El procedimiento era caro y doloroso, y yo había elegido tatuarme un enorme dragón entre un bosque y el mar, en la espalda.
Con el tiempo, también tenía pensado tatuarme un tigre en medio de una tormenta, en la zona que ocupaba el pecho y el abdomen. Sabía que tardaría años en terminarlo, y me los haría a medida que fuera ascendiendo en la jerarquía de la organización.