CAPÍTULO 2
Naomi
Aunque había nacido en Brasil, en mi propia casa rara vez tenía permitido hablar en portugués; tenía que enfrentar una doble jornada de estudios: la de la escuela ordinaria y la del nihongakko (escuela de lengua japonesa).
También vivía prácticamente en una prisión. Otousan (papá) no me permitía tener muchos amigos y rara vez podía salir de casa. Por eso, un día como aquel me maravillaba.
Ella insistía en pedirme disciplina, para que no mostrara el entusiasmo y la fascinación que sentía ante los altos edificios, pero yo quería vivir, disfrutar del mundo y, siempre que podía, rechazaba el formalismo de la educación que estaba recibiendo.
Mamá nos dejó demasiado pronto. Había traído consigo todas las costumbres de una familia tradicional japonesa, hablaba en voz baja, tenía gestos delicados y atendía a mi padre en todo, caminando siempre un paso detrás de él.
Pero era feliz, incluso cuando, en mi inocente rebeldía, me negaba a llamarla okaasan y prefería llamarla simplemente mamá.
Con el tiempo, también me di cuenta de que su sonrisa aparecía cada vez con menos frecuencia y que el rubor natural de su rostro iba dejando paso a una palidez extrema. Nos dejó a causa de una enfermedad que mi padre nunca quiso explicarnos del todo.
Durante todo el proceso, nosotros solo sabíamos que algo iba mal. Perdía el cabello tan rápidamente que papá le regaló una preciosa peluca de largos rizos, pero ella nunca llegó a tener la oportunidad de usarla.
Yo todavía sentía mucho su ausencia; era mi madre, pero creo que fue papá quien quedó devastado.
Un día, ka-chan me llamó para hablar mientras hacíamos tsuru (ave sagrada) de origami (plegado de papel) y, de repente, con su suave voz de hada, me pidió que fuera fuerte, porque no permanecería mucho tiempo con nosotros, que debía ocultar mis lágrimas y dar las gracias a nono-sama (Buda en el lenguaje infantil) por haber podido vivir hasta entonces.
Le hice la promesa de no sufrir y, por difícil que fuera mantenerla, lo había estado intentando.
Ryu, mi oniisan (hermano mayor), y yo no teníamos muchas afinidades.
Él había sido criado por papá según las costumbres excesivamente machistas de los ritos tradicionales, tan diferentes de la manera en que yo había sido educada, porque mamá, hasta entonces, intentaba transmitirme las enseñanzas que había recibido de mi abuela para convertirme en una esposa frágil y delicada, igual que ella.
Pero ahora ya no estaba allí y, por mucho que Hiroko- san[10] intentara seguir el estilo de mi madre, yo sentía que dentro de mí nacían opiniones y deseos propios, basados en lo que veía al otro lado de las puertas de nuestra casa.
—¡Abunai yo, Naomi-chan[11]! (¡Es peligroso!) —se apresuró a decir mi tutora cuando me desabroché el cinturón de seguridad para poder mirar mejor por la ventana.
Ya tenía trece años y ya no me interesaban los kimonos (vestimenta oriental) de odori (danza) ni las canciones folclóricas.
Quería escuchar rock’n’roll, ver series policíacas en la televisión y participar en las fiestas de pijamas de mis amigas del colegio.
Odiaba tener que ensayar odori con las tomodachi (amigas) del gakko (escuela japonesa).
Ignoré su petición y seguí sin abrocharme el cinturón de seguridad, admirando aquella selva de cemento, mirando por la ventanilla del asiento trasero del coche, en cuya parte delantera iban el chófer y un guardaespaldas.
Una vez le dije a papá que tenía una actividad extraescolar en el colegio brasileño por la tarde y que, por ese motivo, faltaría a clase en el gakko.
Era una mentira inocente, pues al lado del colegio había un cine, donde fui a ver el estreno de una película de superhéroes con las chicas de mi clase.
Estaba maravillada, ya que solo había conocido una escuela de verdad en la enseñanza secundaria; toda la educación primaria la había cursado con tutores en casa.
También tenía el sueño de ir a Disney y, para conseguirlo, me metí en la cabeza que necesitaba aprender a hablar inglés. Por desgracia, para satisfacer mi deseo, me asignaron un profesor particular, en lugar de permitirme asistir a colegios ordinarios; aun así, me divertía aprendiendo el idioma.
Mi siguiente petición a papá sería que me permitiera recibir clases de artes marciales.
Prometería seguir practicando odori si me concedía el derecho a aprender técnicas de defensa personal.
Se volvería loco, pero, al mismo tiempo, papá se sentía tan desorientado por la pérdida de mi madre que, si se lo pedía sin que Hiroko estuviera presente, posiblemente accedería, y la tía Sumiko siempre estaría de mi parte.
Estaba tan distraída con todos aquellos pensamientos que el brusco zigzagueo del coche me tomó por sorpresa.
—Kiwotsukete (¡Cuidado!) —gritó el guardaespaldas y, a continuación, solo oí el estridente sonido de los neumáticos del coche al rozar el asfalto.
Salí despedida contra el respaldo del asiento del conductor y, como era pequeña, caí en el hueco del suelo; solo entonces sentí el impacto del coche contra algo.
—¡Tasukete! ¡Tasukete kudasai! (¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor!) —oí gritar a Hiroko al guardaespaldas, y lo que hice fue abrir la puerta del coche y salir gateando, ya que no estaba herida ni sentía ningún dolor.
El hecho de no llevar puesto el cinturón y ser pequeña me había protegido al salir despedida contra el suelo enmoquetado.
Asustada, vi que la parte delantera del coche estaba destrozada por la colisión y que, justo detrás, unos hombres armados se dirigían hacia nosotros.
De repente, era como si todo fuera una de las películas que veía a escondidas de Hiroko, en casa de la tía Sumiko: llevaban traje y corbata, corrían y disparaban en todas direcciones.
El ruido se mezclaba con el chirrido de los neumáticos de los coches que circulaban por la avenida e intentaban escapar de la escena.
Algún que otro peatón gritaba ante lo que estaba sucediendo y la gran mayoría corría para encontrar un lugar donde esconderse de las ráfagas de disparos.
Yo simplemente miraba a mi alrededor sin saber muy bien qué hacer.
Un chico delgado y alto, de cabello y ojos oscuros, parecía mirarme desesperado después de oír los disparos y enseguida extendió el brazo hacia mí, dando a entender que tenía que salir corriendo de allí. Acepté su ofrecimiento de llevarme con él.
Aquello no era un juego; realmente estaba ocurriendo algo muy malo, algo muy peligroso, y mientras corría a su lado, empecé a asustarme.
Sé que era fuerte y que mamá me había dicho que no podía llorar, pero estaba aterrorizada. ¿Sería por eso por lo que papá jamás me dejaba salir de casa?
—Eh, no te preocupes, no voy a hacerte daño —dijo el chico, intentando ser amable—. ¿Cómo te llamas? —intentó entablar conversación cuando ya estábamos dentro de la habitación que había conseguido para escondernos.
—Naomi Asano —le murmuré. Era muy diferente de los demás chicos que conocía en el colegio y en el gakko. Parecía sencillo, iba mal vestido y llevaba el cabello sin cortar, aunque hablaba portugués con bastante soltura.
Se presentó como Daniel y me hizo una serie de preguntas sobre dónde vivía.
«En una situación de peligro, Naomi-chan, jamás salgas sola a la calle; si estás en un refugio, quédate escondida, porque, de una forma u otra, otousan (papá) siempre te encontrará».
Aquella frase de mi padre no dejaba de rondarme por la cabeza.
Le di a Daniel el número de teléfono de casa, pero no iba a salir a la calle aquella noche; eso habría ido en contra de las normas de seguridad y podía incumplir cualquier otra prohibición, menos una que pusiera a alguien en peligro.
Y la habitación en la que estábamos no tenía ningún aparato telefónico; era uno de los lugares más sencillos en los que había puesto los pies hasta entonces.
Al hablar conmigo, sabía que intentaba distraerme para que me tranquilizara.
Daniel-san parecía un buen chico; estaba solo en la vida, su madre ya había fallecido, igual que la mía.
No sabría decir hasta qué punto era difícil su situación, siendo tan joven y luchando por sobrevivir.
Me conmovió su historia y, aunque intentaba mantenerme callada y discreta, me resultó imposible no emocionarme.
Al día siguiente, Daniel-san salió temprano del hotel y, con la puerta cerrada con llave, aproveché para bañarme en el pequeño y sencillo cuarto de baño de la habitación.
No estaba acostumbrada a un ambiente tan humilde.
Sabía que había personas pobres, pero verlo con mis propios ojos estaba siendo una experiencia enriquecedora y me conmovía profundamente.
«¿Por qué yo tenía tanto y algunos tenían tan poco?»
Pasé horas encerrada, protegida por aquellas paredes, escuchando el estridente sonido del tráfico del exterior, muy diferente de la tranquilidad del barrio donde vivía.
Cláxones, motores y frenazos bruscos. A veces eran todos tan fuertes que hacían que el corazón me diera un vuelco.
Me asusté de verdad cuando oí unos golpes en la puerta; ya había pasado el mediodía.
Hice ademán de esconderme debajo de la cama, pero enseguida apareció aquella reconfortante voz de Daniel-san, identificándose.
Cuando entró, percibí el delicioso aroma del yakissoba, que parecía estar todavía caliente, y el estómago me rugió de hambre. No habíamos comido nada durante la noche y yo no podía ofrecerle nada, porque había dejado mi bolsito en el coche.
—Domo arigatou gozaimasu (muchísimas gracias), Daniel-kun —definitivamente, Daniel-san podía ascender al nivel de kun.
Dispuse la comida tal como me habían enseñado, aunque no teníamos muchos utensilios, ni cubiertos ni chawan (cuenco). Aun así, las comidas eran sagradas y, aunque no pronuncié mi agradecimiento en voz alta, itadakimasu[12], lo hice en silencio, con una discreta reverencia.
Daniel-kun era un ángel enviado para protegerme.
Sin saber explicar por qué, me sentía cómoda con él. Ryu, mi hermano, siempre decía que no podíamos confiar en los gaijin (no japoneses), pero Daniel era diferente; él cuidaba de mí y reíamos y sonreíamos mientras compartíamos el bentô (tentempié/comida).
De repente, oí el estruendo de la puerta y me quedé petrificada.
Toda la tensión de la noche anterior volvió a aterrorizarme.
No sabía que el mundo de los adultos podía ser tan cruel.
Entonces, con el corazón latiéndome con tanta fuerza que parecía querer salírseme por la boca, comprendí que era papá con sus guardaespaldas.
Si yo me quedé aliviada, Daniel, en cambio, no sabía de qué se trataba y reaccionó con un valor y una valentía increíbles, haciendo que me sintiera orgullosa de él.
Le pedí a mi padre que lo dejara libre; mi nuevo amiguito no había hecho otra cosa que salvarme la vida y protegerme desde que el coche había sufrido el atentado.
Fue así como papá lo adoptó y, para mi felicidad, gané un verdadero hermano que, a diferencia de Ryu, mi oniisan, me quería y me hacía compañía todo el tiempo.
Daniel solía decir que el problema entre mi hermano y yo era simplemente la diferencia de edad; él tenía intereses distintos de los míos y, aunque era posible que tuviera razón, nada hacía que quisiera estar más con Ryu que con Daniel.