CAPÍTULO 1
Hace diecisiete años
Daniel
Me desperté sintiendo cómo mi estómago protestaba de hambre, como todas las mañanas desde que había decidido huir de casa.
Solo tenía trece años, mi madre había muerto dos años antes y mi padre no tardó en volver a casarse.
Mi madrastra me odiaba y me golpeaba casi todos los días; mi padre era indiferente, siempre lo había sido, incluso cuando mi madre estaba viva.
En realidad, creía que ella había muerto de tanto trabajar para mantener los vicios de mi padre.
Era un pésimo marido, siempre llegaba borracho a casa, muchas veces la golpeaba y la insultaba, y jamás llegué a entender del todo por qué ella permitía todo aquello.
Solo se enfrentaba a mi padre cuando él intentaba ejercer su violencia contra mí; esas eran las veces en que ella se convertía en una leona y se abalanzaba sobre él.
La quería y la admiraba. Cuando murió, me sentí como el chico más solitario del mundo.
Un mes después, mi padre ya tenía a otra mujer en casa y mi vida empeoró todavía más.
Cansado de ser explotado, pues ella me obligaba a pedir dinero en la calle y no me permitía ir a la escuela, y harto de que los dos me golpearan, decidí huir del barrio periférico de una ciudad de la zona metropolitana de São Paulo y acabé subiéndome a un autobús que me llevó hasta el centro de la capital.
Llevaba tres años viviendo en el centro. Saltaba de un edificio abandonado a otro y, de vez en cuando, los compartía con otros chicos. Buscábamos lugares que tuvieran al menos agua corriente; así podíamos ducharnos, aunque fuera con agua fría, incluso en invierno. Era mejor que nada.
Cuando conseguía ahorrar un poco de dinero, podía llevar una vida de rey en algún hotel de mala muerte. En algunos de aquellos lugares hacían la vista gorda con mi edad y, siempre que tuviera con qué pagar, me dejaban entrar.
Desde muy pequeño tuve que aprender a defenderme en las calles, pero, por suerte, había nacido grande y era alto para mi edad; parecía mucho más maduro de lo que realmente era.
Me convertí en un pequeño ratero habilidoso; conseguía robar carteras sin que mis víctimas se dieran cuenta. Había aprendido aquel arte de un viejo carterista que traficaba con relojes y teléfonos móviles robados. Fue él quien me enseñó el arte de manejar un cuchillo.
¿Sentía vergüenza de lo que hacía?
¡Mucha!
Sobre todo cuando recordaba que mi madre siempre me había enseñado a ser honesto y me había obligado a estudiar y sacar buenas notas, soñando con el día en que me graduaría en Derecho o Medicina, para poder decir, con orgullo, que tenía un hijo «doctor».
Pero la vida no sigue los caminos que nosotros determinamos y, después de tantos cambios, aquella tarde de invierno mi vida volvería a cambiar.
Después de desayunar lo que servía una organización religiosa, que también repartía sopa por la noche, deambulé por el centro buscando personas distraídas a las que robar la cartera.
Al final del día, había conseguido dos relojes y cuatro carteras, con dinero suficiente para comprar algunas pizzas y refrescos para alimentar a mis compañeros y a mí, pues todos nos ayudábamos. Siempre compartíamos la comida.
Había llegado la noche y yo caminaba por la avenida Liberdade, el barrio oriental cerca de la plaza de la Sé, cuando un coche a toda velocidad invadió la acera y se estrelló contra la pared de una tienda, justo delante de mí.
Se abrió la puerta del conductor y vi que tenía el rostro ensangrentado a causa del impacto.
Un hombre bajó del asiento situado junto al conductor; llevaba un traje negro, tenía el cabello negro y los ojos rasgados, y sostenía una pistola en la mano.
Otro coche frenó bruscamente a unos metros de distancia y dos hombres bajaron con las armas en la mano. Ellos también eran orientales y vestían trajes como los hombres del vehículo accidentado, solo que uno de ellos llevaba un subfusil.
Yo entendía de armas, pues a veces el viejo carterista me llevaba con él a una favela donde entregaba los objetos robados al jefe del narcotráfico local.
Incluso había aprendido a disparar y me habían invitado a entrar en la banda, pero me negué, porque, si había algo que mi madre aborrecía, eran las drogas, y me había hecho jurar, innumerables veces, que nunca las consumiría ni las vendería.
Comenzó un tiroteo entre los hombres. Los cristales del vehículo accidentado recibieron varios impactos, pero me di cuenta de que debía de estar blindado, porque no se hicieron añicos con los impactos.
Me preparé para echar a correr; en ese momento, la puerta trasera se abrió y una niña salió gateando.
Era bajita y supuse que podía tener mi edad.
Al verme, me miró asustada y me di cuenta de que también era oriental.
Tenía un brillo diferente al de las otras niñas que había conocido en la calle; su piel era blanca e inmaculada, tenía el cabello largo, liso y negro, y sus ojos, ligeramente rasgados, parecían suplicarme que la ayudara.
«Mierda», pensé para mis adentros mientras me acercaba a ella, la cogía de la mano y corría hacia el interior de un restaurante situado casi enfrente del lugar del accidente.
Oí el silbido de los disparos mientras entraba en el local. Los clientes y los empleados estaban agachados, casi debajo de las mesas.
Corrí tirando de la niña; sabía que había una puerta trasera que daba a una calle lateral, porque solía buscar comida en aquel lugar cuando me había convertido en un niño sin hogar.
Salimos a la calle y continué tirando de ella, evitando las luces de los edificios y de las farolas que ahuyentaban la oscuridad de la noche.
La llevé a un hotel de mala muerte que había cerca, frecuentado por prostitutas y drogadictos, donde a veces me alojaba cuando conseguía suficiente dinero con mis hurtos.
—¡Eh, Dani! —saludó el viejo travesti que trabajaba como gerente—. ¿Vais a querer una habitación? —preguntó, mirando con curiosidad a la niña, que permanecía en silencio y con la cabeza baja, pero que, aun así, desentonaba con la gente que pasaba por allí.
—¡Sí! —respondí secamente, entregándole los billetes que había sacado de una de las carteras robadas, y cogí la llave de una habitación—. No me has visto, ¿verdad?
—Claro —respondió con una sonrisa pícara.
Conocía bien el hotel; allí había perdido la virginidad tres meses antes, con una prostituta a la que había defendido de un proxeneta. Y en otras tres ocasiones lo había utilizado para encontrarme con mujeres mayores.
Entré en la habitación con la niña detrás de mí. Ella se quedó de pie, con la cabeza baja, mientras yo miraba por la ventana del segundo piso. Oí sirenas a lo lejos; la policía debía de haber aparecido.
Cuando me volví, la niña lloraba en silencio.
—Eh, no te preocupes, no voy a hacerte daño —dije, intentando ser amable—. ¿Cómo te llamas?
—Naomi Asano —murmuró.
—Encantado, soy Daniel —me presenté ante ella, intentando tranquilizarla—. ¿Quiénes eran aquellos hombres?
—Mi chófer y mi guardaespaldas; a los otros no los conozco —respondió y comenzó a llorar de nuevo.
—Eh, no llores —pedí, incómodo—. Te ayudaré a llegar a casa. ¿Dónde vives?
—En Alto da Lapa —murmuró entre discretos sollozos, de tanto que intentaba tragarse las lágrimas.
—No sé cómo llegar hasta allí, pero no te preocupes; mañana lo averiguaré —prometí.
Me contó que pertenecía a una familia de origen japonés, que su padre era una especie de empresario y que vivían en una mansión.
Tenía un despacho en el barrio de Liberdade[3], pero ella no supo decirme exactamente dónde, porque él nunca la había llevado allí.
También confesó que rara vez salía de casa.
Tenía una rutina predeterminada de mucho estudio y, el día del ataque, había ido con su tutora al médico para una consulta rutinaria.
Era poca información; o vivía aislada, o tenía miedo de contar la verdad.
Me había dado un número de teléfono de su casa, pero ya era tarde y yo no quería sacarla de la habitación para ir hasta un teléfono público. Además, sacarla de allí parecía peligroso en cualquier momento, pues podían estar buscándola. Tanto los buenos como los malos.
Poco a poco se iba abriendo y me contó que tenía trece años y que tenía un hermano mayor, de quince, llamado Ryu. También explicó que su madre había muerto hacía poco más de un mes, lo que hizo que volviera a llorar, para mi desesperación.
Le conté la muerte de mi madre y que había huido de casa. Se conmovió con mi historia y yo me quedé sin palabras al ver una lágrima resbalar por su mejilla cuando terminé de contárselo.
Si hubiera sido uno de los chicos del grupo, seguramente le habría pedido que compartiéramos la cama; estaba deseando recibir un poco de consuelo después de haber pasado todo el día en la calle, pero ella era diferente.
Recordé la época en que tenía una casa; era sencilla, pero mi madre siempre se había asegurado de que tuviera comodidad.
Entonces, señalé la cama con la mano para que ella la ocupara y yo dormí sobre una manta extendida en el suelo.
A la mañana siguiente, salí a investigar lo que había presenciado y la dejé encerrada en el hotel. Le pedí a Naomi que no abriera la puerta a nadie, solo a mí.
No se hablaba de otra cosa que del accidente y el tiroteo, así que no fue muy difícil averiguar qué había sucedido realmente.
Dijeron que el chófer y el guardaespaldas habían muerto y que la mujer que iba con ellos había sido hospitalizada, pero nadie sabía decir quiénes eran los hombres que habían atacado el coche; habían huido antes de que llegara la policía.
Caminé por el barrio de Liberdade y fui preguntando en las tiendas de productos orientales por Seiji Asano, el nombre del padre de Naomi. Curiosamente, la gente primero me miraba sorprendida y después afirmaba no conocerlo.
Cansado de mi búsqueda y muerto de hambre, pues se acercaba la hora de comer, decidí llevarle algo para comer y después intentaría convencerla de salir conmigo para ir hasta un teléfono público y llamar a su padre.
De camino de vuelta al hotel, pasé por uno de aquellos puestos callejeros y compré un poco de yakissoba[4] y una bandeja de bentô, que me explicaron que era como una fiambrera japonesa que llevaba carne empanada y unos pastelitos de arroz, diferentes unos de otros, con relleno de verduras, que, según me explicaron, eran sushi[5] tradicional.
Volví al hotel preguntándome si a Naomi le gustaría la sorpresa.
Esperaba que sí, porque me había gastado todo mi dinero en nuestro almuerzo.
Cuando regresé al hotel, Naomi todavía estaba asustada, pero esbozó una amplia sonrisa al verme y se inclinó en una ligera reverencia, con las manos juntas a la altura de los muslos.
—Imagino que tendrás hambre —le dije mientras colocaba la bolsa de comida sobre la cama—. Intenté comprar algo a lo que quizá estés acostumbrada; espero que te guste.
—Domo arigatou gozaimasu (muchísimas gracias), Daniel- kun[6] —dijo mientras se llevaba la mano derecha a la boca, sin llegar a tocarla, con una gracia que jamás había visto al ocultar su sonrisa.
—¿Daniel-kun? —repetí, intrigado.
—Es un tratamiento honorífico; significa que siempre te tendré respeto por haberme ayudado —volvió a hacer una reverencia y, con movimientos delicados, como si se moviera al ritmo de una danza, cogió la bolsa de comida y dispuso los alimentos como si estuviera poniendo la mesa siguiendo un ritual.
Aquel gesto hizo que me acordara de mi madre; solo ella había sido así de atenta conmigo.
Mientras almorzábamos, Naomi se reía de mis intentos de utilizar los palillos, que, según me dijo, se llamaban hashi[7].
De repente, la puerta se abrió violentamente.
Dos hombres orientales vestidos con trajes negros irrumpieron en la habitación, seguidos de un tercero, mayor, bajo y corpulento, que tenía el cabello blanco cortado al ras.
Por reflejo, saqué una navaja de hoja larga que siempre llevaba escondida y ataqué.
Conseguí cortar el traje de uno de los hombres; solo no llegué a herirlo porque fue lo bastante rápido como para apartarse.
El otro hombre me dio un puñetazo en la cara, que me hizo caer de espaldas al suelo. Intenté levantarme, pero puso un pie sobre mi pecho, lo justo para impedir que pudiera liberarme, y, a continuación, apuntó con un arma a mi cabeza.
—¡Otousan! (¡papá!)! —oí exclamar a Naomi.
El hombre mayor se acercó a la cama y la abrazó; a continuación, le dijo algo al hombre que me inmovilizaba, y este amartilló la pistola que apuntaba en mi dirección.
Fue entonces cuando Naomi soltó un torrente de palabras que no entendí y que supuse que eran japonesas.
La mirada severa que su padre me dirigía se suavizó un poco.
—Mi hija dice que la salvaste —dijo finalmente con un fuerte acento—. Tengo una deuda de honor contigo —afirmó después de ordenar al hombre armado que me levantara del suelo.
Me froté el pecho dolorido y permanecí en silencio.
Naomi comenzó a hablar de nuevo; hacía reverencias a su padre y gesticulaba sutilmente o me señalaba con movimientos discretos. Cuando terminó, él se volvió hacia mí, ya sin aquella apariencia rígida.
—Dice que eres huérfano y que vives en las calles cometiendo pequeños delitos —afirmó con voz neutra, en un portugués pausado que pronunciaba las palabras con gran fluidez.
—Es verdad —gruñí desafiante, mirándolo a los ojos.
De repente, el hombre soltó una carcajada y sus dos guardaespaldas también rieron.
—Me gusta tu espíritu, muchacho —dijo, volviendo a ponerse serio—. Si quieres, ven conmigo; quizá pueda saldar una pequeña parte de la deuda que tengo contigo por haber salvado mi mayor tesoro.
Y así fue como entré a formar parte de la familia Asano.