Contrapeso
A medida que el spider subía, unos murmullos bajos empezaron a sonar cada vez más fuerte para al final tomar forma y convertirse en la banda sonora de En una isla tranquila al sur .
Lalalalala, lalalalala, lalalalala, lalalalala...
La melodía se repitió seis veces, con Choi Kangwu sintiendo que iba a volverse loco ya a partir de la tercera.
Desde fuera daba la sensación de que llevaba sesenta horas allí dentro acostado, vestido con su traje espacial.
No obstante, llevaba despierto todo ese tiempo; es solo que había cambiado su percepción del tiempo.
Esas sesenta horas del mundo real no habían sido más que cincuenta minutos.
El mundo exterior iba tan rápido que no podía reaccionar.
Su mente ralentizada no podía seguir el ritmo al que se movía la realidad.
Durante un rato, su cerebro conectado al worm de Kim Jaein estuvo recibiendo a una velocidad vertiginosa toda la información de lo que había ocurrido con el ascensor y Patusan. El que yo arriesgase mi vida por proteger el spider no ocuparía más de diez segundos.
Sin poder centrarse en nadie en ese momento, Choi Kangwu dirigió la mirada al mundo exterior.
El espacio se movía más despacio que los humanos.
Las cámaras exteriores de la cápsula reflejaron en la pantalla lo que había fuera.
El cielo se oscureció en un instante, llenándose poco a poco de estrellas que se alineaban en arcos.
Mientras que la bóveda celeste rotaba dos vueltas y media, Marte y Júpiter se movían con aún más lentitud.
Cuando la banda sonora se repitió por cuarta vez, la cápsula pasó de la estación espacial; al terminar por sexta vez, la pantalla se apagó.
Ahora, Choi Kangwu estaba tumbado boca abajo, mirando el suelo.
El ángulo de la cápsula no había cambiado, pero la gravedad que había estado tirando de él hasta llegar al nivel de la estación espacial se había ido debilitando, y al pasar este punto, la fuerza centrífuga comenzaba a tirar de su cuerpo en dirección contraria a la Tierra.
La cápsula se enderezó y se abrió la tapa.
Choi Kangwu trató de abrir la puerta y salir, pero su cuerpo no le obedecía.
Entonces, notó un dolor agudo en el cuello.
Una nueva inyección inoculada por el traje espacial para eliminar los efectos en su cerebro de los restos de soma-T.
La banda sonora empezó a sonar por séptima vez, para luego convertirse en murmullos y desaparecer de nuevo.
Choi Kangwu abrió la puerta de la cápsula y salió del spider .
Aunque había estado allí dentro por más de sesenta horas, el traje le había estado abasteciendo de agua y nutrientes, por lo que no tuvo un gran efecto en su cuerpo.
Solo necesitaba algo de tiempo para que sus músculos y nervios motores se recuperasen.
Caminando alrededor del spider , fue acostumbrándose poco a poco a la gravedad artificial del contrapeso, ligera pero segura.
El worm abrió una ventana y mostró un mapa en tres dimensiones.
Tanto la cápsula como Choi Kangwu se encontraban en el interior de una enorme pirámide metálica formada por residuos espaciales acumulados.
Dentro de esa estructura, que parecía construida de forma desordenada, restos de naves y satélites artificiales estaban enredados entre cables llenos de agujeros.
Un laberinto cuyos estrechos caminos apenas dejan pasar a una persona se extendía en todas direcciones.
El lugar no parecía tener consideración por los residentes humanos, pero eso era porque estaba diseñado para los robots que construían la pirámide.
Un pequeño camión robot, con una forma similar a la de un escorpión, se acercó al spider . Ignorando al hombre que daba un paso atrás, encogido de miedo, conectó dos tubos en el teclado junto a la pantalla. El interior de este parpadeó a un ritmo indescifrable.
Choi Kangwu caminó despacio. Por supuesto, no sabía dónde estaba ni a dónde ir, pero eso no importaba. Alzó la vista. La Tierra estaría por ahí arriba. No obstante, lo único que podía ver eran las capas de basura metálica a su alrededor.
Entonces, notó una presencia. Ruido de pasos y ropa rozándose, algo que podía oír a pesar del vacío. Era el espectro de Kim Jaein. Iba a su lado con los brazos extendidos como si caminase por la cuerda floja. Su coleta se balanceaba.
«¿A dónde debo ir ahora?»
«Solo espera, el sistema se encargará de todo. Solo tienes que reaccionar.»
Choi Kangwu esperó, andando de un lado a otro. Lo único que podía sentir era el aire denso dentro de su traje y el dolor que le provocaba el catéter urinario. «Qué patético», pensó.
De repente, un fulgor amarillo como el de los focos de las películas lo coloreó todo.
No era una luz real, sino una realidad aumentada creada por el sistema.
Ahora, ambos estaban en el interior de una enorme habitación con un papel de pared anticuado.
Flotaba en el aire el olor a talco y leche en polvo, y desde una ventana se oía una canción en ruso.
En un rincón de la sala, un enorme avión de juguete colgaba de una cuerda.
Choi Kangwu lo tocó con la mano cubierta por el guante del traje y el avión cobró vida, separándose del grueso hilo y echando a volar.
Ahora, Choi Kangwu se encontraba sentado en primera clase de un avión estratosférico.
Ya no llevaba el traje espacial, sino un traje de vestir que no era de su talla.
A su lado había un joven sentado, dando cabezadas.
Era el presidente Han Bugyeom. Choi Kangwu tiró hacia sí del monitor que tenía en el asiento de delante y encendió la función espejo.
En este apareció el rostro de Han Jeonghyeok con veintipocos años.
Tenía un aspecto pobre y dejado. Quizá la eliminación del vello con láser no había salido bien, pues aún tenía parches de vello en la cara, y su traje tenía una mancha de mostaza de un sándwich en la manga.
En ese instante, todo se aceleró. Lo que oía y veía se convirtió en una semilla de asociación de ideas que creció rápidamente.
En solo un segundo, fragmentos de lo que Han Jeonghyeok había vivido quedaron ordenados en el cerebro de Choi Kangwu.
Para alguien que leyera los libros de Han Sahyeon o viera su serie, la mayoría del contenido le resultaría familiar.
La diferencia estaba en que ocurrían en primera persona desde la perspectiva de Han Jeonghyeok, y a través de esta, Choi Kangwu vio todo lo que vivió.
Han Jeonghyeok yendo a Seúl junto con el presidente Han Bugyeom.
El maltrato de los hijos de este, siendo tratado con amabilidad por Han Sahyeon solo para molestar a sus hermanos.
Han Jeonghyeok comenzando a apoyarse en ella al tiempo que aprende poco a poco de ese mundo.
Leyendo entre risitas sus libros. Llorando durante dos días con los ojos hinchados tras el incidente de la bomba en el funeral.
Siguiendo los pasos de Han Bugyeom y convirtiéndose en el nuevo presidente del LK.
Sin embargo, de repente un día llegó a la casa Kim Jaein, con su rostro pequeño y expresión descarada.
Al principio, esa audacia en ella solo le pareció adorable.
No obstante, había algo más en esa niña de trece años.
Aunque sabía que no guardaba relación genética con Han Sahyeon, su actitud y forma de hablar se parecían mucho a las suyas.
Conforme fue cumpliendo años, fue desarrollando su propia personalidad, diferente a las de sus dos madres.
La joven hablaba sobre las estrellas, sobre el desarrollo de la mente humana.
A pesar de la culpa que le pesa, Han Jeonghyeok terminó sintiendo amor por su sobrina, con la que no compartía lazos de sangre.
Al ser un amor imposible, esas emociones y deseos terminaron siendo presionados dentro de su cerebro, donde comenzaron a estallar en todas direcciones.
De repente, ella termina simbolizando todo lo que tiene valor para él.
Es su hija, su maestra, su discípula, su musa, su diosa salida de una película en blanco y negro.
El universo de Han Jeonghyeok pertenece a Kim Jaein.
Antes no tenía ningún interés en el espacio ni en nada parecido a un ascensor espacial; pero ahora, lo eran todo para él.
Porque esa pequeña amaba tanto el universo.
Porque quería dejar atrás al mundo y su gente y viajar al espacio.
Y él eliminaría cualquier obstáculo que se interpusiera entre «esa pequeña» y su sueño, como esos pobres mendigos que buscaban comida en el lodo donde debería estar el ascensor espacial.
De todos modos, sus sucios barcos de pesca y prostíbulos no encajaban con la bella torre que pensaba construir.
En ese momento, el enorme rostro de Adnan Ahmed aparece de la nada en un rincón de las memorias de Choi Kangwu como un muñeco fantasmal impulsado por un muelle, y el mundo del presidente Han se vino abajo.
Ahora, Choi Kangwu y Kim Jaein estaban de pie en el interior de un túnel derruido de Patusan.
Estaba lleno de polvo y humo, con cadáveres atrapados bajo las piedras por todas partes.
Más que una escena real, parecía sacado del set de una película o de un videojuego.
Pero no era real, claro. Si fuera el lugar real del incidente, ninguno de los dos tendría espacio suficiente para moverse.
No era más que una pesadilla artificial creada con destreza.
La figura encorvada de Han Jeonghyeok estaba ante ellos, brillando con un fulgor blanco y con un cárdigan verde cubriendo su ropa de hospital. Su expresión parecía de sufrimiento. La cara de un hombre atrapado para siempre en un infierno creado por él mismo.
Choi Kangwu miró hacia un lado. Kim Jaein clavaba su gélida mirada en el presidente, con una expresión tan dura e imponente como la de una estatua de un juez.
Ya no quedaba ni rastro de la mujer de antes, con su cándida sonrisa y su afinidad por el realismo y la conciliación.
No, tampoco era el rostro de un juez. Aquella ferocidad en sus ojos no se basaba en un sentimiento de justicia.
Era más bien una mezcla de asco y un mecánico sentido del equilibrio.
De repente, las piezas del puzle encajaron.
Kim Jaein no había ido hasta allí para salvar la mente de Han Jeonghyeok.
Estaba allí para matarlo, para borrar del todo su existencia.
De la misma forma que el presidente no pudo aceptar que aquellos tres abogados ensuciasen el ascensor espacial con sus crímenes, ella tampoco podía aceptar el genocidio que él llevó a cabo.
El ascensor debía ser hermoso y limpio, y para ello, esa mancha que era Han Jeonghyeok tenía que desaparecer.
La mente encargada de controlar la expansión de la civilización por el espacio debía librarse de esa humanidad mezquina y ruin.
Esas excusas que presentó unos días atrás en el Nido no fueron más que una actuación para el fantasma del presidente Han.
Puede que este hubiera construido una nueva consciencia tomando las mejores partes de sí mismo, pero por más inteligente, atractiva y elegante que fuera esa nueva versión, nunca se libraría de la culpa y las atrocidades que había cometido.
Todo este tiempo, Kim Jaein cubrió con una máscara sus verdaderas intenciones, fingiendo que quería liberar a ese espectro del contrapeso.
Y ahora, todos los pecados de Han Jeonghyeok habían quedado expuestos.
No importaba la cantidad de recuerdos que hubiese eliminado de su mente, esos pecados se pegarían a él como un imán gigantesco, aplastándole.
El presidente alternó la mirada entre Kim Jaein y Choi Kangwu.
Había algo hermoso y hasta emotivo en su expresión torcida y grotesca.
Pero la mujer no reaccionó. Sabía que esa belleza y sinceridad no eran más que una actuación exquisita, como un aria de Verdi.
Aquel fantasma digital del contrapeso no era capaz de poner una expresión natural, y Kim Jaein le conocía demasiado bien de todos modos como para caer en sus mentiras.
«Sé que estás aquí para matarme, pequeña. Pero, aun así, me alegro de que hayas venido.»
Han Jeonghyeok esbozó una sonrisa amarga, pero dulce al mismo tiempo. Nadie en el mundo se habría imaginado que podía sonreír de esa forma. Parecía real, pero una actuación, al fin y al cabo.
Levantó la mano izquierda. En ella sostenía una enorme pistola láser de juguete llena de sucias pegatinas, algo que cualquiera de los otros dos podría haber traído de alguna de las memorias de aquella terrible infancia que vieron antes.
En un gesto como de despedida, el presidente agitó la pistola una vez como si fuera una bandera.
Tras esto, se colocó el cañón en la boca y apretó el gatillo.
El presidente Han explotó. Todos los pensamientos y recuerdos que componían el fantasma del anciano se hicieron pedazos. Los fragmentos volaron por el vacío hasta desvanecerse.