Contrapeso Despertar
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Despertar

—¿Fue Green Fairy quien asesinó a Ross Lee? —pregunta el espectro.

—No, ¿por qué harían eso? Les venía mucho mejor mantenerlo con vida y usarlo.

Lo que salió en las noticias es cierto. Ross Lee se suicidó inyectándose una cantidad mortal de soma-T.

Ni siquiera lo hizo porque se sintiera culpable, a pesar de las muertes que provocó.

Hasta dar su último aliento creyó que estaba haciendo lo mejor por la humanidad.

El motivo de su suicidio fue otro: un amor no correspondido.

Tres días antes, su segundo marido se marchó tras rechazar sus ruegos de volver juntos.

No se suicidó por haber perdido la guerra, sino por amor.

Esto y su orgullo eran más importantes para él que el destino de la humanidad.

Aunque supongo que alguien como tú no lo entendería.

Enseguida me arrepiento de soltar esa última frase.

Sin embargo, en ese momento me doy cuenta de por qué odiaba a Kim Jaein.

Es su actitud. Es como un alienígena que nos mira por encima del hombro, despreciando nuestros deseos y emociones humanas.

A pesar de esa carcasa de modales perfectos y amabilidad, esa odiosa faceta suya emana de manera constante un hedor químico o algo parecido.

Bueno, no sé bien qué pensar ya. El espectro que tengo delante no parece especialmente afectado por lo que acabo de decir. A diferencia de la Kim Jaein que yo conocía, me observa con una expresión llena de comprensión, y asiente con suavidad.

Quien sí está afectado por mis palabras es Choi Kangwu. De pie tras de mí como un poste, su rostro vuelve a encenderse rojo, como si alguien le hubiese dado a un interruptor.

—Lo siento. No debería haber dicho eso.

Balbuceo una disculpa, inundado de repente por la culpa.

—Está bien.

El espectro responde con una sonrisa. Luego, se sienta en el mismo sofá donde reposa su cuerpo.

Es obvio que no lo hace por cansancio de estar de pie, supongo que querría cambiar de posición para ir con el ritmo de la conversación.

El sofá rojo no se hunde bajo su peso, lo que le da el aspecto de estar hecho de piedra o metal.

«Mire, señor Gildong. Son trozos de estrellas.»

Recuerdo esa frase dicha por Choi Kangwu. Esa tan remilgada y sentimental que es difícil creer que sea de Kim Jaein. No creo que ni la aparición que tengo delante pudiera decirla. ¿Acaso Kim Jaein se permitía ser tan cursi con el presidente cuando estaban a solas?

—¿Alguna vez ha llamado al difunto presidente «señor Gildong»?

Kim Jaein niega con la cabeza.

—¿Entonces no es un recuerdo real?

—Supongo que es real. Es solo que quien aparece en él no soy yo.

—Las comillas de sus labios se alzan en una expresión tan vaga que es imposible descifrar su significado—.

La mitad de los recuerdos que esa persona tiene sobre mí...

, no, más de la mitad son falsos. Él nunca quedaría satisfecho con la relación real que tenía conmigo, por lo que recurrió a la ficción para llenar ese vacío.

Ahí dentro debe de haber innumerables versiones de mí.

Unas más adorables y encantadoras, otras más frías y crueles, otras más eróticas y tentadoras, incluso una más yo que yo misma.

»Tampoco es tan raro. Todos tenemos nuestras fantasías y estamos en una era donde es posible materializarlas.

¿Crees que no sé la cantidad de fanfics sobre mí que hay en internet?

Lo único que diferencia al presidente Han del resto es que él tenía acceso a una tecnología mucho más avanzada.

Una que usó para volver sus fantasías sobre mí.

»Nunca me forzó, ni tampoco exigió muestras de afecto. Siempre actuó como un pariente amable y mantuvo la distancia. No necesitaba nada más, con tantas fantasías en su cabeza. Me enteré de ellas hace relativamente poco, tras interrogar a las IA de Patusan.

»Lo que traspasó a Choi Kangwu serían sus recuerdos refinados, una selección de sus favoritos. Aunque es posible que fracasara en su intento de dejar solo recuerdos reales en este mundo. Me pregunto si esa memoria relacionada con “Señor Gildong” sería tan preciada para él.

—Quería unir esa versión idealizada de sí mismo contigo —comento.

Kim Jaein frunce el ceño.

—No, no creo que fuera eso. Simplemente buscaba dejar un pequeño autorretrato idealizado de sí mismo. Mantener con vida para siempre esas emociones más bellas y sus deseos, desde su punto de vista al menos. Nada más. No creo que se hubiera imaginado ninguna «unión» conmigo.

Tras esto, se levanta. Se gira hacia Choi Kangwu, quieto como una estatua mirándola, se mete de nuevo la mano en el bolsillo y camina con delicadeza, como si bailara. Él la observa con la expresión inocente de un niño, para de inmediato bajar de nuevo la cabeza, con la cara encendida.

—Sabes que tengo razón, ¿verdad, Choi Kangwu?

Él asiente despacio. Como si aceptase su derrota en una batalla que ni siquiera ha empezado.

Esto no encaja en mis planes. Tampoco es que hubiese calculado todas las variantes posibles, pero esto no lo vi venir.

No imaginé que Kim Jaein dominaría a este tipo con tanta facilidad.

Pensé que, al verla en persona, su fantasía romántica se quebraría, que recobraría al menos un poco el control sobre sí mismo.

Lo que está contando el espectro no es muy diferente a lo que me esperaba.

Pero ¿dónde está esa mujer similar a un robot que yo conocía?

¿De dónde han salido esta actitud y expresiones, estos gestos y voz?

¿Acaso esa expresión gélida que me había mostrado hasta ahora no era más que una coraza, para protegerse a sí misma en la guerra del LK?

¿De dónde viene esa extraña cualidad que está desbaratando mis planes?

Se me cruzan los cables y me coloco entre ellos, ya harto.

—¿Entonces qué? ¿Para qué hemos pasado por todo esto? ¿Para qué hemos venido a verte hasta aquí, montando tanto teatro?

Kim Jaein retrocede para mirarnos a los dos a la vez, convirtiéndose en el vértice superior del triángulo equilátero que se forma entre los tres.

En el punto más alto, como una reina. El espectro de esta pequeña mujer es mucho más bajo que nosotros, pero comienza a dominarnos con su aire autoritario.

Imperturbable, ni siquiera por esa sonrisa inocente como la de una niña, aún presente en su expresión.

—Porque hay algo que tenéis que hacer. Lo que Choi Kangwu tiene metido en el cerebro es un retrato, pero también una llave.

Tras dividir los datos que formaban su consciencia en varias piezas como un puzle y ocultarlas dentro de todo tipo de cachivaches, mi tío las envió al contrapeso.

Tenemos que completar el rompecabezas rápido y despertarle.

Si Ross Lee pudo averiguarlo, es solo cuestión de tiempo que Suhyeon también lo haga.

—¿Y qué diferencia habría si Han Suhyeon lo resolviera primero?

—Si eso sucede, destruirá la consciencia del presidente Han escondida en el contrapeso y nombrará a algún testaferro o quien sea para asegurar su poder sobre el grupo LK.

Sin Ross Lee de por medio, nadie podrá pararle.

Y en la situación actual, Suhyeon sería la peor persona posible para dirigir la empresa.

»Ross Lee actuó como si el hecho de que la mente del presidente Han se uniera a la IA de la compañía fuese el principio del apocalipsis.

Y aunque lo fuera, ¿crees que no nos hemos preparado ya para ello?

No comenzaría la dictadura de un hombre muerto en cuanto la mente de mi tío se fusionase con el sistema de IA.

Esto solo serviría para neutralizar a ese idiota con delirios de grandeza de Suhyeon, algo necesario en esta época revolucionaria en la que la humanidad intenta expandirse al espacio.

—¿Y por qué está Nia Abbas de acuerdo con este plan?

—Lo más importante para Han Suhyeon es el grupo LK.

El ascensor espacial debe ocupar el cuarto puesto en su lista de prioridades, como mucho.

Para el difunto presidente Han, por el contrario, era lo único que importaba.

Le daba igual a manos de quién terminase el ascensor, siempre y cuando esté operativo y en buenas condiciones.

Para el Gobierno de Patusan, mi tío resultaba mejor opción a la hora de negociar que el primero.

—Pero ¿por qué tanta prisa en subir allí arriba?

Si el presidente Han se molestó en enviar su propia consciencia hasta el contrapeso, probablemente colocó trampas como sistema de defensa.

Más inteligentes que Han Suhyeon, desde luego.

Y tal vez Choi Kangwu no sea la única llave que hay.

Si muere, seguro que vendrán otros parecidos a él, que te mirarían con los mismos ojos de cachorrito, igual que ahora.

—Supongo que sí. Pero ¿por qué esperar para comprobarlo?