Contrapeso Regreso a Patusan
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Regreso a Patusan

Choi Kangwu y yo nos encontramos sobre la cubierta del ferri que conecta Tamoe con Patusan.

La ligera lluvia que caía ha cesado hace unos minutos, pero el cielo sigue estando oscuro.

Veo unas estrellas moradas que desaparecen poco a poco entre las nubes del cielo sobre la isla de Patusan.

Son los spiders transportando las piezas de repuesto del transbordador espacial Dejah Thoris III , con destino a Marte.

Cuando esté terminada, será la mayor nave espacial creada por la humanidad.

Desde el momento en que el ascensor de Patusan entró en funcionamiento, cosas antes solo posibles en la imaginación comenzaron a materializarse.

Las naves y estaciones espaciales eran de un lujo y un tamaño antes impensables.

El año pasado, el número de naves que cazaban asteroides pasó del millar.

Para el año que viene, un grupo de unas mil quinientas mininaves se embarcarán en un viaje de cuarenta y cinco años en dirección a Próxima Centauri, y en cinco años dará comienzo la construcción de la primera colonia de cilindros de O’Neill.

El espacio se está convirtiendo cada vez más en un lugar adaptado para los humanos, y a una velocidad sorprendente.

Con una gorra de béisbol negra bien calada en la cabeza, Choi Kangwu observa la superficie brillante del mar, distraído.

Aunque de perfil se veía todavía rastro de su cara original, al quitarse la gorra es alguien completamente diferente.

Y para él, mi rostro era igual de desconocido.

Diferente al de antes, y también al que tenía cuando salí del hospital de Vientián.

Es uno más joven, redondo, de aire tan tranquilo que parezco hasta tonto.

Nuestros worms ya se han conectado entre sí. Ahora puedo ver y escuchar lo mismo que él, y viceversa. A diferencia de antes, los implantes no están conectados a la IA de Patusan, por lo que siento que estoy esposado a él dentro de una jaula de cristal.

El ferri entra despacio en el puerto. Los pasajeros en cubierta bajan por las escaleras y, al pie de estas, unos robots de transporte empiezan a descargar cajas y equipajes. Los edificios de cristal brillan con un fulgor amarillo, reflejando la luz del sol que pasa por los huecos entre las nubes.

Tras bajarnos del barco, nos unimos a un grupo de trabajadores que fluyen hacia la nueva ciudad.

La mayoría de ellos no son empleados del LK, sino que forman parte de la empresa de mano de obra Dobbs, subcontratada por el LK y con sede en Pala.

Es lo único que queda de la familia Dobbs, que reinaron como reyes sobre los nativos durante cerca de doscientos años.

En teoría, nosotros también somos sus empleados: somos los hermanos Eugene Hwang y Winston Hwang, según nuestras identificaciones.

Con nuestras nuevas apariencias alteradas por el implante cosmético, nos parecemos bastante.

Los hermanos Hwang son trabajadores H2, por lo que son mano de obra de nivel intermedio.

En el LK, estos empleados tienen que ir de vez en cuando al baño, comer y descansar, y pueden también distraerse, pero pueden encargarse de las tareas más complicadas, casi como pequeños robots de bajo coste.

Aún quedan varios sitios donde ofrecen mano de obra más barata que las máquinas, y los H2 entran en ese territorio.

La mayoría de ellos trabajan en las Entrañas, una parte de la ciudad sin ventanas.

Ese nombre quizá sea demasiado exacto. Dos plantas de fisión nuclear, fábricas productoras de cables y spiders , canales de transporte e instalaciones que tratan el agua de mar y aguas residuales.

Es decir, todo lo necesario para mantener a Patusan viva y en funcionamiento se encuentra en las entrañas de la tierra, dentro de la montaña.

Mientras tanto, la superficie de la nueva ciudad no es más que una apariencia hermosa, brillante como un puñado de piedras preciosas.

«Algún día llegará el momento en que no serán necesarios.»

Así habló el presidente Han Jeonghyeok un año antes de su fallecimiento, mientras observaba a los trabajadores H2 montados en exoesqueletos y trabajando en los raíles que conectaban la segunda central eléctrica con el puerto:

«Y cuando eso pase, las personas no harán nada productivo, solo serán unas masas de codicia.

Andréi Kostomárov dice que seguirá fabricando esas chatarras suyas y llenará el sistema solar con billones de personas, pero ¿luego qué hará con tanta gente?

La ambición humana es monótona y aburrida.

¿De veras podemos considerar el construir un zoológico con millones y millones de monos espaciales como nuestro objetivo final? »

No se molestó en sacar este tema delante de Kostomárov, el mayor cliente de LK Space.

Y aunque lo hubiese hecho, habría dado igual.

Todavía no era capaz de fabricar cilindros de O’Neill sin recurrir a nosotros.

No sería hasta dentro de unos treinta años que podría lograr construir su propio ascensor espacial, y aunque eso pase, lo más probable es que se hiciera en Marte.

El puesto que la alcaldesa nos ha asignado es una antigua mina de cobre, agotada desde hace dos siglos.

Esta miserable cueva, usada por un tiempo como bar y club, estuvo abandonada por más de ochenta años.

Ahora mismo están de obras para convertirla en el almacén de un museo.

Pasamos la mañana trabajando en nuestro puesto, haciendo como que estamos ocupados con tareas triviales, y en cuanto llega el primer almuerzo de las once, salimos de la mina con disimulo.

Duchados y vestidos con ropa informal, nos infiltramos en la multitud de la nueva ciudad.

Una marea de empleados de empresas espaciales venidas de treinta y dos países, científicos, turistas y gente del sector servicios.

A diferencia de los H2, son personas que llegan hasta la superficie de la ciudad.

Nos colamos entre miembros del Ballet Nacional Checo haciendo una entrevista online, robots botones cargados con equipajes que corren de un lado para otro como dando volteretas, chicas discutiendo sobre un posible tercer sistema planetario donde se ha encontrado vida y turistas estadounidenses que marchan detrás de un dron con su bandera, y avanzamos hacia la plaza Rosa.

Tallado en la ladera de la montaña, este espacio circular de unos doscientos metros de diámetro es de los pocos puntos al aire libre de la ciudad.

En el centro de la plaza, rodeados de un público, hay tres personas: Nia Abbas, Andréi Kostomárov y Kim Jaein.

Llevan desde las once hablando sobre el proyecto Argos, consistente en hacer flotar doscientos telescopios en la órbita entre Júpiter y Saturno.

La alcaldesa habla sin entusiasmo a un ritmo monótono, Kostomárov no deja de parlotear emocionado sobre su visión y Kim Jaein trata de ponerle los pies en la tierra con calma.

Aumentan las preguntas, que se dirigen ahora a estos dos últimos.

Kim Jaein contesta con eficiencia y da respuestas breves y precisas, mientras que el hombre parece ver cada cuestión como una excusa para dar otro discurso, acaparando todo el tiempo.

En caso de que ese proyecto tenga éxito, se convertirá en el evento más grande de la historia de la humanidad, junto con la posibilidad de viajar directamente a otros planetas... Al menos, eso dicen.

El evento termina a las doce y cuarenta.

Kostomárov sube por las escaleras mecánicas al aeropuerto, y la alcaldesa vuelve al ayuntamiento.

En cuanto a Kim Jaein, entra en el ascensor para trabajadores del LK, acompañada de otras dos personas.

Usando nuestras identificaciones de la compañía de desarrollo espacial Dédalo, pasamos el control y vamos detrás.

El ascensor comienza a bajar y se oye una canción del siglo  XX , que solo suena cuando Kim Jaein se sube en él.

Se trata de la banda sonora de la película En una isla tranquila al sur , por el director de orquesta Percy Faith.

Creo que es como un guiño de la IA de Patusan hacia ella, pero no sé qué significará.

El humor de las máquinas y el de las personas no coinciden casi nunca.

Kim Jaein lleva un traje negro de Reventon, con el pelo recogido en una coleta larga.

Su cara pequeña y sin maquillar tiene un aire cruel y decidido.

La simetría de sus facciones es tan perfecta que el diminuto lunar que tiene en la mejilla derecha destaca aún más.

Clava la vista en un rincón superior del ascensor, como si estuviera retando a un fantasma a una competición de sostener la mirada.

Miro de reojo a Choi Kangwu. Nervioso, se mira con fijeza las zapatillas, temblando.

Ahora que lo pienso, es la primera vez que ve a Kim Jaein con sus propios ojos, sin ser el presidente Han.

Si esto fuera una novela con él de protagonista, sería el momento de embadurnar con palabras de amor, pero ahora mismo da una lástima terrible.

A lo mejor está demasiado en shock como para pensar en nada.

La puerta del ascensor se abre y salimos todos en grupo.

Kim Jaein camina hacia una pantalla prolongada pegada a una pared, y nosotros nos hacemos a un lado, junto a un dispensador de agua.

El rostro de una mujer que ocupa la pantalla es el de Stella Siwatula, la directora general de la Policía Internacional.

Deduzco de qué está hablando, aunque solo Kim Jaein puede oírla.