Contrapeso Una segunda inspección
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Una segunda inspección

—La verdad es que Tamaki hizo bien su trabajo —sigue la alcaldesa—.

Al principio no teníamos ni idea de lo de esas treinta y ocho personas.

Supongo que igual que vosotros en Asuntos Exteriores, ¿no?

Pero ¿de verdad creías que esto era algo que podía permanecer oculto por siempre?

La gente no desaparece con tanta facilidad.

Fueron decenas de personas con familiares y amigos, era imposible que a nadie le hubiese parecido sospechoso.

La única opción era enterrar ese oscuro incidente bajo un montón de conspiraciones.

Sin embargo, el desencadenante de que todas ellas terminaran cayendo una a una y revelando la verdad fue esa operación que realizasteis en Asuntos Exteriores.

—Es que se nos da mejor ocultar datos —contesto de forma distraída.

—Llevábamos cinco años investigando. Y, hace dos, teníamos ya las pruebas suficientes como para coaccionar al presidente Han.

No imaginábamos que el viejo fallecería así, de repente.

También tuvimos que posponer todo debido a las elecciones.

Pero esa información sigue siendo una baza política.

Y no tenemos intención de tirarlo todo a la basura solo porque tu nuevo empleado haya sido poseído por un fantasma y se sienta culpable.

—¿Significa eso que no tiene intención de revelar la verdad?

—Lo haremos en algún momento, por supuesto.

Pero ¿qué nos quedará cuando lo hagamos?

Todo esto no será más que otro crimen del grupo LK que añadir a la lista.

Ni siquiera es el más grave. Hoy en día, vuestra empresa arrasa con las vidas y situaciones económicas de innumerables personas, algo ya tan normal y corriente que a nadie le importa.

Pero este caso en concreto es especial, ya que está manchado con la culpa del difunto presidente. Eso supone una gran ventaja.

—Entonces, ¿qué van a hacer ahora?

—Pues cooperar con Jaein. Ross Lee queda descartado, y Han Suhyeon no es más que la versión desmejorada de su abuelo. Ninguno de los dos es un buen objetivo para chantajear.

—Kim Jaein no tiene posibilidades de apoderarse del grupo LK.

—Me da igual quién lleve las riendas de la empresa.

Ross Lee apenas hace nada y el LK sigue funcionando igual que antes.

Poco a poco, la compañía se escapa del control humano.

Y Jaein es la persona del grupo más cercana a su IA.

También fue mi compañera de cuarto en la universidad, aunque supongo que ya lo sabrás.

Claro, en algún momento lo supe. Ni Kim Jaein ni ella me interesan en absoluto, así que no es que retenga mucho sobre ellas.

Observo la sala donde llevamos ya casi una hora.

Es el sótano de una comisaría situada en una punta del Distrito de Gondal, que están reformando para ampliar las instalaciones.

El hecho de que la alcaldesa esté usando este sitio a su antojo podría significar que el Gobierno de Tamoe está involucrado en esto.

O quizá simplemente es una mujer muy habilidosa a la hora de negociar.

La puerta del baño se abre y sale Choi Kangwu.

Va vestido con la ropa nueva que han comprado los subordinados de la alcaldesa, y, quitando las marcas de golpes aquí y allá, su cara está limpia.

Tan solo crispada por la ira y la vergüenza.

El simplón se habría imaginado un final perfecto: sacrificarse por los pecados del presidente Han, purificar la torre del ascensor y todo lo relacionado con Kim Jaein.

No obstante, la aparición de Nia Abbas en escena rompió en pedazos ese plan.

Ahora que se le ha pasado ese subidón de adrenalina, tiene miedo de morir, echa de menos a su hermana en Yeongwol y no sabe qué hacer.

No hace falta ser telépata para saberlo.

—He matado a un hombre.

Lo dice como con la esperanza de que ese asesinato añadiera algo más de peso a su patética existencia.

—Lo sé, pero no se puede demostrar. No hace mucho que dos empleados de la Unidad de Seguridad han estado merodeando por el escenario del crimen, y a la hora siguiente ha habido un incendio.

Los drones lo han apagado lanzando unos proyectiles de extinción, pero no sacarán ningún cadáver.

De hecho, hace veinticinco minutos ha salido una noticia en el telediario de Patusan avisando del fallecimiento de Håkon Larsen.

Un empleado de LK Space, de cuarenta y tres años, fallecido en un accidente de avioneta cerca de la costa.

Que si le gustaban los deportes de riesgo, que si no se ha podido encontrar su cuerpo...

etcétera, etcétera. En fin, lo que quedase de él se habrá convertido en comida para tiburones.

Al menos aporta algo a la naturaleza, lo cual no está tan mal —contesta la alcaldesa.

—Eso no cambia el hecho de que yo sea un asesino.

—Vamos, ha sido en defensa propia. Cualquiera se defendería si alguien se le tirase encima para cortarle el cuello con un tubo del LK.

Tu vida es más importante que la de los demás, siempre.

Incluso el propio Larsen estaría de acuerdo.

Ahora, pasemos a lo más importante: ¿quién eres? ¿Aún eres Choi Kangwu?

Tras vacilar, este asiente despacio.

—¿Tienes los recuerdos del difunto presidente Han Jeonghyeok?

Asiente de nuevo.

—Entonces, ¿sabes quién mató al presidente? —arremete la mujer.

Clavo mi mirada en ella, sin poder creerlo. Sin embargo, ella ignora todas las señales que le mando, sin que desaparezca esa expresión somnolienta de su cara.

Choi Kangwu, aún de pie, abandona su postura incómoda y se deja caer en el sofá que hay frente a Nia Abbas. Su rostro se va suavizando.

—¿Qué es lo que sabe? —pregunta.

—¿Lo de que el presidente Han falleció por sobredosis de soma-T?

Si fuera cierto, entonces habría muerto tomando una de esas nuevas drogas para astronautas creadas por él mismo.

Su cuerpo fue cremado sin pasar por una autopsia, por lo que no podemos probarlo, pero sí sabemos que mostró síntomas similares a los que provoca el consumo de soma-T.

O tal vez no. Sin embargo, todo esto es muy extraño.

Si hubiese vivido un mes más, nuestra situación actual sería totalmente diferente.

Él ya sabía que estábamos al tanto de que había disfrazado aquel homicidio como un accidente, y estaba preparado para negociar con nosotros.

La torre ya estaba terminada y funcionando a la perfección.

Había abierto a la humanidad el camino hacia las estrellas, y eso era suficiente.

No importaba tanto que el monopolio de LK Space sobre la torre se estuviera desmoronando.

Aunque hubiera gente dentro del propio LK que no estuviera dispuesta a aceptarlo.

Así que, te preguntaré de nuevo: ¿nuestras suposiciones son correctas?

—E-eso creo...

—¿Sabes quién lo mató?

—No. Siempre tuvo miedo de no saber quién lo asesinaría, pero mi memoria está incompleta.

Fragmentada como si fueran recortes de revistas.

Creo que el último recuerdo que tengo es de diez días antes de su muerte, cuando la Ópera Nacional de Australia actuaba aquí con Il trovatore .

Me acuerdo de que, cuando Renata Yoon cantó «¡Rugen las llamas!

», el presidente lloró tan fuerte que le temblaba todo el cuerpo.

Sabía que estabais al corriente de la masacre, y también es verdad que se sentía culpable por ello.

No sé en qué pensaría. Por ese entonces, estaba en un estado de pánico.

A pesar de que desde fuera parecía estar disfrutando de sus últimos años dorados, tras el telón todo se iba complicando más y más.

Me parece que había decidido verse con vosotros, pero no estoy seguro.

Lo que tengo no son más que memorias ajenas y faltan partes importantes.

No es que estén desordenadas, es todo lo que hay.

A veces creo que me convierto en el presidente, soltando cosas que él mismo dijo, pero nada más.

Creo que no tenía intención de darme más que esto. Eso es lo que siento.

La conversación se corta. Choi Kangwu no tiene nada más que decir, y la alcaldesa no parece tener intención de seguir hablando.

Alterno mi mirada entre ambos y asimilo la información.

Lo más absurdo de todo es que apenas había algo que yo no supiera.

Los rumores de que el presidente había sido envenenado comenzaron a circular desde el mismo día de su muerte.

También estaba familiarizado con el de que ese veneno se llamaba soma-T.

Por supuesto, también se decía que el asesino era un miembro del LK.

De hecho, nosotros fabricamos esa parte.

Ahora que lo pienso, creo que fui yo el que se inventó lo de soma-T.

Todo encajaba demasiado bien, lo que haría que esos rumores no fueran creíbles.

Si quisiera, podría inventarme un arsenal de argumentos falsos para rebatir el planteamiento de Choi Kangwu y la alcaldesa, aunque todos basados en la verdad.

Pero ¿para qué? Estamos aquí para desenmascarar la verdad, mi aportación no serviría de nada.

—¿A quién se refiere con «nosotros»? —pregunto al fin a la alcaldesa.

—Al Gobierno de Patusan. No me refiero al Frente de Liberación, ni tampoco a la minoría del Partido Dora.

¿De veras pensabas que renunciaríamos a nuestra soberanía tan a la ligera, para quedar como simples títeres del grupo LK?

Sin embargo, no tengo intención de ponerme a hablar ahora de nativo-centrismo, ni de echar al LK ni nacionalizar el ascensor espacial.

Nuestro objetivo es formar un Gobierno propio y funcional.

Un país que pueda proteger a su gente del exceso de grandes compañías que controlan la isla; un país íntegro que no mire a otro lado cuando el presidente de uno de esos chaebol acabe con decenas de personas bajo la excusa de que estorban en sus asuntos, que no dé las gracias a ese mismo asesino que dice haberlo hecho por nuestro bien y en nombre de la justicia.