El pecado de otro
Me bajo de la nave en el puerto de Tamoe, donde veo el primer hidroavión ahí atracado como si nada.
Está vacío, claro. Cuando me acerco, parece encogerse como una bestia sorprendida, retrocede y despega sin que nadie lo maneje.
No hacia Laos, sino a Patusan. Cuando llegue al hangar, los robots se encargarán del mantenimiento y repostaje, y una vez terminada la tarea regresará por sí solo a Vientián.
Nada de lo que yo tenga que preocuparme.
Sin ningún plan en concreto, camino hacia el Distrito de Gondal.
No creo ni por un instante que Choi Kangwu esté en Tamoe.
Si realmente una parte del presidente Han ha despertado en algún rincón de su cerebro, lo más probable es que no esté en esa ciudad aburrida y sin personalidad, sino en el mayor vertedero creado por la empresa: el Distrito de Gondal.
El Gobierno de Tamoe había intentado de todas maneras hacer desaparecer este lugar, o al menos mejorarlo, aunque sin éxito.
A pesar de que habíamos llegado a una era en la que una inmensa IA se encarga de la construcción y administración pública de las ciudades como por arte de magia, tratando de disminuir la pobreza, sigue habiendo rincones a los que no llega.
Siempre llenos de basura. El LK también trató por un tiempo de convertir este sitio en una romántica comunidad capaz de ser autosuficiente, igual que hizo con los asentamientos en Pala.
Pero, a diferencia de los habitantes de dichos asentamientos, la gente de aquí no tiene objetivos ni determinación.
Todos aquellos que encajan bien con Pala ya están allí.
Vengo aquí solo una o dos veces al año, pero conozco bien la zona.
Puedo guiarme por este laberinto de contenedores oxidados incluso sin la ayuda del worm .
Hasta sé dónde viven algunas personas influyentes.
Al mismo tiempo, los drones del tamaño de una mosca que vuelan por aquí están pasando la información de este lugar a Seguridad y a Asuntos Exteriores.
Por mucho que haya encubierto mi aterrizaje y usado el implante cosmético de Green Fairy para cambiar mi aspecto, mi unidad no tardará en enterarse de mi presencia aquí.
Mientras camino por un callejón, voy descartando uno a uno los sitios donde Choi Kangwu no iría nunca.
Solo con eso, desaparece el sesenta por ciento del distrito.
Eso me deja con los pisos francos que Seguridad tiene dispersos por la zona.
Antes de nada, tengo que detenerme en algún sitio y trazar un plan.
¿Y qué mejor sitio que una de esas bases?
Saco el móvil y busco algún contenedor vacío. No hay muchos, unos siete.
El primero ya está siendo usado como almacén por alguien. El segundo está ocupado por cinco niños de ojos hundidos, con pinta de ser adictos a alguna droga digital. El tercero está en la cima de una colina. La cuesta arriba es un fastidio, pero es el que está más cerca, así que no queda otra.
Oigo tres silbidos a mi espalda. Tres chicos adolescentes salen de alguna parte y comienzan a seguirme, silbando el tema musical del grupo LK.
Es la melodía del ascensor espacial y de Patusan.
Parecen divertirse al darse cuenta de la peculiar armonía que crean.
Noto cierta hostilidad y odio en la expresión de uno de ellos, pero con ese cuerpo delgaducho y la barriga inflada, no supone ninguna amenaza.
¿Por qué vivís aquí de esta manera? Solo prestando vuestra mente y cuerpo al LK cada día por cinco horas, podríais salir de esta cloaca llena de violadores y ladrones, recibir mejor comida y medicamentos y dejar de ser un peligro para los demás.
Llego al tercer contenedor. Pienso en sacar mi pistola eléctrica y asustar a los chicos con ella, pero veo que se han parado a mitad del camino, con la vista clavada en mí mientras mastican un extraño palo marrón.
La brisa nocturna me seca el sudor de la frente, y calmo mi respiración.
Unos bichos voladores cuyo nombre desconozco se pegan a mi cara.
Seguro que la mitad de los insectos de este sitio han sido traídos de vuelta a este mundo por los científicos del LK.
Giro el pomo y abro la puerta. Las persianas de todas las ventanas están echadas, y la lámpara no funciona.
Enciendo la linterna del móvil y entro. Noto algo pegajoso en la suela del zapato.
Es sangre. El suelo entero es un charco de sangre.
Y en medio de él, veo una mano izquierda, enorme y blanca, de la que brota ese líquido rojizo.
No es de Choi Kangwu. Es demasiado grande y peluda.
La mano está unida a un brazo musculoso como el de un luchador, cortado por el hombro.
El cuerpo sin brazo aún conserva la cabeza, casi cortada del todo y aferrada a duras penas al cuello.
La giro con la punta del pie. Ojos grises muy abiertos, pelo rubio muy corto, un tatuaje de un carnotauro cubriendo la mitad de la frente.
Es Håkon Larsen, la mano derecha de Rex Tamaki.
El arma que le ha partido en dos está tirada junto a su cabeza.
A primera vista, parece un grip de mano blanco, de esos de hacer ejercicio.
Al sostenerlo, no obstante, noto una presión en la mano y un segundo grip sale de la nada.
Están conectados con tubos del LK, del mismo material de los cables del ascensor espacial que se fabrican sin descanso en la fábrica de Patusan.
Aunque tosca, es un arma con la que se puede cortar por la mitad a una persona como si fuese mantequilla.
Sí, puedo imaginármelo. El sadismo de Larsen no podría quedar satisfecho solo con poner una bala en la cabeza de alguien con una pistola eléctrica, así que tenía que llevar consigo esto para despedazar el cadáver.
Supongo que no le salió bien la jugada. Ya sabía yo que terminaría muriendo de esa forma.
A ver, era un tipo que tenía sesenta nunchakus expuestos en su casa.
Busco alrededor por si veo parte del cuerpo de Choi Kangwu, pero no está.
En su lugar encuentro una chaqueta de traje rasgada y manchada de sangre.
Eso sí es de él. Entonces, me fijo en una tira de ropa interior, supongo que de Larsen.
Choi debe de haberla usado como vendaje. No parece que haya salido muy herido.
Salgo del contenedor. Los chicos siguen en el mismo sitio, masticando esos palos. A lo mejor han visto a Choi Kangwu y a Håkon Larsen entrar aquí, así como al primero salir solo. Pero no siento que tengan mucha curiosidad. No somos lo suficientemente interesantes para ellos.
Desde la colina observo la plaza del pueblo, destrozada hace poco por la Unidad de Seguridad del LK. Las farolas brillantes están encendidas, y la gente se reúne. Como si me hubiera venido la inspiración, camino hacia allí.
Una mujer ya algo mayor está dando un discurso que no entiendo. Debe de estar hablando en buginés, un idioma que en la vida me he planteado aprender. Si mi worm estuviera conectado con la empresa, podría traducirlo, pero solo puedo mezclarme entre la multitud sin comprender esos gritos.
De repente, la masa de gente se mueve. Oigo una voz familiar: es Choi Kangwu.
Poco después, veo cómo sube al escenario, con la espalda de la camisa empapada de sangre.
Entonces, el idiota se pone a hablar en buginés.
Leo como puedo los subtítulos en romance que aparecen en la parte baja de mi visión, transcritos por el worm .
No entiendo qué significa, pero conozco los nombres que menciona.
Son los de las treinta y ocho personas asesinadas que rescaté hace poco de mi memoria.
Aunque no pueda traducir las siguientes frases cortas que dice, no me hace falta.
«Yo maté a estas personas. Soy un asesino.
» Está tratando de lavar el pecado de otro.
Se me viene a la cabeza la estatua de la Virgen que tiene en su cuarto.
¿Es esta la forma de pensar de los católicos? ¿No es básicamente un suicidio?
Tras quedarse embobada por un momento, la muchedumbre avanza a empujones hacia el escenario y tiran de Choi Kangwu hacia abajo. No veo lo que ocurre, pero puedo oír los chillidos. Saco la pistola eléctrica y avanzo como puedo hacia el lugar de donde salen los gritos.
Entonces oigo tras de mí un disparo. La turba se tranquiliza.
Al darme la vuelta, me topo con el rostro de alguien que jamás habría esperado ver aquí.
Es la alcaldesa Nia Abbas, guardada por cuatro mujeres armadas.
La multitud se abre en dos como el mar Rojo y se ve a Choi Kangwu, tirado en el suelo como una masa sanguinolenta.
En ese momento la alcaldesa se dirige a la gente en buginés.
Aunque no entiendo lo que dice, está hablando con ese tono suyo de siempre que indica que todo va bien, no pasa nada.
Varias personas gritan, pero ella alza los hombros y responde con voz cansada.
Poco a poco, todos se tranquilizan y empiezan a dispersarse.
Choi Kangwu se levanta tambaleándose. Su cara sucia se tuerce en un gesto de dolor. La situación es un anticlímax que no se había podido imaginar. A pesar de que había venido aquí decidido a morir, la alcaldesa había convertido su acto en un insignificante alboroto.
Dos de las mujeres le ayudan a incorporarse. La alcaldesa frunce el ceño como si le diera pena y empieza a hablar:
—Antes de nada, ¿no te has parado a pensar en los que tenemos que encargarnos de tu numerito? Si mueres, todo acabaría para ti, claro, pero ¿qué pasa con nosotros, con la investigación en la que llevamos años y años? ¿Qué pasa con esta pobre gente, a la que ibas a convertir en asesinos?
—P-pero...
Ella corta su balbuceo de golpe.
—Tú y el resto de los del LK tenéis que empezar a vivir en el presente.
Ya no os basta solo con imitar a los imperialistas occidentales del siglo XIX , ¿ahora encima imitáis su culpa?
¿No os podrías saltar varios pasos? ¿Qué pretendías, en una era en la que ya hay un ascensor que lleva a la gente al espacio?
¿Acaso os parecemos todavía salvajes salidos de esas viejas novelas británicas?