Contrapeso La guerra de las bestias invisibles
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La guerra de las bestias invisibles

Las mujeres llevan a Choi Kangwu hasta un aparcamiento donde esperan tres camiones.

Lo suben al de la izquierda, mientras que Graskamp y yo nos montamos en el de en medio.

Las puertas se cierran y siento poco a poco cómo el vehículo acelera, aunque no hay vibración alguna.

Un laboratorio móvil fabricado por Green Fairy, utilizando la tecnología punta de Hollywood.

Varias naves de filmación habían subido en el ascensor espacial hace un mes con una tecnología parecida.

Eran el equipo que iba a grabar una especie de reality en órbita lunar sobre una guerra espacial, que saldría la semana que viene.

—Dame las claves de su worm —exige Graskamp.

—Si no me explicas para qué las quieres, va a estar complicada la cosa.

—Está bien, te lo pondré fácil. Mientras venías de camino, la existencia de Choi Kangwu ya ha quedado expuesta a ojos de todos.

De momento no sabemos quién está tras él, ni por qué.

Para averiguarlo, estamos esperando al próximo movimiento de nuestros agentes dobles.

Estos laboratorios móviles son la única alternativa.

Hemos renovado el edificio hace nada, por lo que no podemos dejar que un asunto como este afecte a nuestras instalaciones.

Tampoco hay tiempo de implantar un worm nuevo, solo nos queda usar el que ya tiene en el cerebro.

Por suerte, sabemos todo lo que hay que saber sobre los implantes del LK, gracias a nuestras pruebas.

Trajimos a tres de aquellos tramposos que fueron descubiertos y experimentamos con ellos.

No seas así, están todos bien. Bueno, uno de ellos sufrió ciertos defectos de memoria, pero le dimos un hipocampo artificial.

Se recuperará. Es cierto que le desaparecieron los recuerdos de varios años, pero ¿para qué quiere ir cargando con recuerdos de su infancia?

En fin, las partes del tejido cerebral modificadas tanto por el worm como por los biorrobots son las mismas y conectan con el hipocampo.

Revivir las memorias que le quedan solo con la función básica del implante es pan comido.

De momento no tenemos constancia de efectos secundarios.

Cuando surja alguno, ya lo arreglaremos. Ahora, ¡dame las claves!

Saco mi móvil y se las paso. El pulgar de la bruja verde baja con ansia en su propio móvil.

En ese momento, la pantalla que compone una de las paredes del laboratorio se enciende, y en ella veo el laboratorio en el que está Choi Kangwu.

Es como si ambos espacios estuvieran separados por un enorme espejo de doble dirección.

Tras recibir las claves de Graskamp, la doctora Bang tira de una palanca de metal que parece sacada del laboratorio de Frankenstein, encajada en esa silla reclinable.

El cuerpo de Choi Kangwu tiembla y él chilla mientras la doctora se ríe a carcajadas como una loca.

Me preocupa el hecho de que parezca estar disfrutando de lo que ocurre.

No creo que la seguridad y la salud de Choi Kangwu estén en un puesto muy alto en su lista de prioridades, precisamente.

Siento un giro brusco, a pesar de que sigue sin haber ninguna vibración.

Trato de comprobar nuestra ubicación tanto con el worm como con el mapa de mi móvil, pero ambos se quedan colgados.

Una barrera bloquea la señal en el laboratorio.

La única información que me llega se basa en las sensaciones de acelerar, frenar y girar.

Esto me resultaría útil si estuviera en un lugar conocido, pero no sé nada de Vientián.

Ni siquiera sé cómo se pronuncia. Solo sé que el laboratorio portátil al otro lado de la pantalla donde Choi Kangwu convulsiona está siguiendo un camino diferente al nuestro.

Mientras que nosotros avanzamos a gran velocidad en línea recta, el otro camión gira a la derecha con una violencia peligrosa.

—Nosotros también hemos estado ocupados, ¿sabes?

—continúa Graskamp—. Volvimos a diseccionar el cerebro de O’Shaughnessy a nivel celular y comprobamos la copia de seguridad de la información transmitida por el worm durante el último año.

Conforme se iba acercando su fecha de caducidad, el biorrobot había estado manipulando poco a poco el implante de la empresa, como una especie de caballo de Troya.

¿Que si no lo supimos hasta ese momento?

Por supuesto que lo sabíamos. Es solo que nos pareció una vía por la que poder adentrarnos en las entrañas del LK.

Aquel día en Pala no fui sincera contigo, lo siento. Bueno, en realidad no.

»Cuando O’Shaughnessy comenzó a actuar de forma extraña, nos dimos cuenta enseguida.

Incluso él mismo se dio cuenta de que estaba siendo controlado, y la parte que lo controlaba también se dio cuenta de que lo sabíamos.

Todo esto no era más que un juego consistente en estar unos pasos por delante de tu oponente, y habíamos perdido.

Esos tipejos fueron muy astutos. Resulta que también estaban manipulando a otras cuatro personas que parecían estar bien y las usaron para confundirnos en el análisis del worm de O’Shaughnessy.

Y eso que estábamos preparados... Pero tú ya sabes cómo son las cosas, Mac.

En el mundo de hoy día, no existen esos drásticos giros de argumento sacados de una novela de Agatha Christie.

»Aun así, conseguimos averiguar quién era nuestro oponente.

La Unidad de Seguridad del LK. O un pequeño grupo dentro de ella.

Ahí es hasta donde nos llevó el rastro. Antes de que O’Shaughnessy muriera, estábamos seguros en un ochenta por ciento, pero ahora es un noventa y seis.

Ver la confusión que hubo en Asuntos Exteriores solo me confirmó lo que ya sospechaba; Seguridad es la parte de la compañía de la que tu unidad tiene menos información.

Tengo razón, ¿verdad? Todos vosotros erais vuestras propias empresas antes de ser absorbidos por el LK como mitocondrias en una célula, e incluso ahora seguís compitiendo entre vosotros. No existe cooperación ni nada parecido.

»Por supuesto, la Unidad de Seguridad no es la única responsable. Hay alguien más, alguien superior. Y si Kim Jaein es ese alguien, entonces os estáis metiendo vosotros solos en la boca del lobo.

—No creo, ella no tendría ningún motivo para hacer eso.

—¿Seguro? ¿Y qué me dices de los motivos del resto?

¿Cuánto sabes de lo que ocurre en el Olimpo del grupo LK?

Hasta este momento creías que el worm de tu amigo estaba limpio y que habían implantado datos importantes en su cerebro con un biorrobot.

Pero no es así. Hay un segundo programa dentro del implante, capaz de traspasar con facilidad las revisiones de Asuntos Exteriores y que ha estado absorbiendo y clasificando información en su cabeza hasta ahora.

Es posible que la mandase a alguna parte, pero todavía no sabemos dónde.

Como ves, no fue una pérdida de tiempo extraer el worm de O’Shaughnessy.

»¿Que por qué se molestaría tanto Seguridad en hacer todo esto?

Verás, antes a nadie le importaba un tipo como Choi Kangwu.

Lo único que tenían que hacer era mandar a varios expertos a su apartamento por la noche y cambiarle el implante.

Sin necesidad de causar alboroto ni matar a nadie.

O sin tener que recurrir a una agencia de espías para que controle al trabajador en cuestión.

»Pero eso es lo que pasó. Y quizá sea parte del plan de quien sea que lo maneja todo desde arriba. Aunque todavía no entendemos por qué. Así que...

De repente, Graskamp interrumpe su monólogo y se lleva un dedo a los labios.

En ese instante, el camión se tambalea y nosotros con él.

Miro la pantalla. Choi Kangwu sigue gritando en el otro laboratorio, que avanza en línea recta.

¿Se había parado en algún momento? Estaba tan metido en la conversación con la bruja verde que me había olvidado por completo de él.

Los gritos cesan. Las mujeres le quitan el casco y aflojan las ataduras.

Después trasladan el cuerpo inconsciente del hombre a lo que parece una silla alta para niños.

En ese momento, la pantalla se parte y aparece en ella un agujero rojo, brillante.

La pared que ocupa se rompe, el laboratorio se agita.

El equipamiento de Hollywood que hasta ahora se había mantenido estable ha fallado.

La doctora Bang grita algo hacia la cámara antes de que nuestra pantalla se funda a negro.

Graskamp agita un dedo y una moto con una forma similar a un delfín y dos plazas desciende enganchada a la pared contraria a la pantalla.

Las ruedas salen a su posición justo antes de que toque el suelo, y la moto se vuelve invisible.

Siguiendo las órdenes de la mujer, me coloco detrás de ella.

Pronto, una especie de cubierta redondeada aparece desde detrás y nos envuelve.

—Agárrate bien.

La compuerta del laboratorio se abre y la moto sale disparada.

El camión está tirado en un ángulo de noventa grados en medio de un enorme vertedero.

La carrocería ha quedado abultada por los ataques recibidos hasta ahora y parece a punto de romperse.

Drones voladores y coches robots destrozados ruedan por el suelo aquí y allá.

Veo un pequeño destello en el cielo: un dron, enzarzado hasta hace segundos en la batalla, vuela hacia el oeste con su membrana de invisibilidad parpadeando.

La mitad eran nuestros, mientras que la otra mitad eran a saber de quién.

Otro con la membrana ya inservible cae al vacío.

Desde esta distancia no puedo saber de qué bando es.

El worm se activa y se abre una ventana: es un mapa.

El punto rojo que corre en dirección oeste es la moto en la que estamos montados.

Y desde esa misma dirección, un punto verde se acerca a nosotros a toda prisa, rodeado de puntos amarillos que parpadean.

A su vez, estos están rodeados de puntos azules.

Se abre una nueva ventana. En la parte inferior aparece el rostro retorcido de dolor de la doctora Bang a través de una lente óptica.

Agitada, dice algo mientras escupe saliva en un idioma que no puedo identificar ni suponer de dónde proviene.

No es afrikáans, tampoco laosiano... Lo más parecido sería el pig latin . ¿No me digas que es eso...?

Se abre una tercera ventana y aparece un vídeo grabado por uno de nuestros drones.

Una moto de contornos contoneantes y difusos por la membrana de invisibilidad corre a gran velocidad por el vertedero.

A su alrededor parpadean pequeños drones que le disparan.

A lo lejos se ve otra moto avanzar hacia ella, acompañada de una nube de drones que ha salido del camión que dejamos atrás.

Cierro todas las ventanas y dirijo la vista hacia la moto casi invisible que nos viene de frente.

El espacio alrededor retumba con los sonidos de disparos que vienen de todos lados y amenazan con romperlo.

El campo de batalla de unas bestias invisibles.

Aprieto los dientes y cierro los ojos. Soy ya demasiado viejo para estas cosas.

La moto gira y da un salto. Dos ametralladoras salen de la parte frontal y disparan balas aguja al aire.

Dos drones caen derribados, sacudiendo el suelo en el impacto.

Abriendo un solo ojo, grito. Dos drones más, ya sin membrana, vuelan hacia la otra moto.

Uno de ellos choca con un tercero invisible y termina cayendo a un lado, pero el segundo consigue colisionar contra ella.

Saltan unas chispas amarillas, trozos de metal salen desperdigados.

El cielo centellea por un momento. Mi worm se apaga, y los drones que han estado acribillándose entre ellos con balas aguja pierden su capa invisible al mismo tiempo y se precipitan contra el suelo. Uno de ellos acababa de detonar su bomba de ondas electromagnéticas.

Me bajo de la moto de un salto. La otra está tan destrozada que no puedo distinguir su forma. Rastreo los alrededores en busca de los cuerpos de Choi Kangwu y la doctora Bang. Veo algo que parece la mitad de un cadáver atrapado bajo unos escombros. Lo compruebo igualmente.

Oigo una risita a mi espalda. En ese momento, me doy cuenta de que todo esto no ha sido más que un juego planeado por la bruja verde.

—¿Cuánto de esto ha sido real? —pregunto.

—Nada de lo que has visto en esa pantalla estaba pasando de verdad, Mac. ¿Qué te parece? No está nada mal, ¿eh? Ha sido demasiado teatral, pero no tendría gracia si fuese realista.

—¿Y el camión de Choi Kangwu? ¿Está bien?

—Los tres camiones eran un señuelo. ¿Cómo íbamos a hacer una operación tan delicada en un camión? ¡Por favor! Tu amigo no ha salido en ningún momento de nuestro edificio. Bueno, ahora sí está fuera. La intervención ha acabado hace diez minutos, así que le hemos dejado salir.