Contrapeso La persona a la que (tal vez) amo
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La persona a la que (tal vez) amo

Después de escucharlo con cautela, no puedo evitar torcer el gesto.

Me muerdo el labio inferior para no romper a carcajadas.

Es lo más normal del mundo que alguien amase a Kim Jaein.

Aunque es un poco asqueroso que ese alguien sea Han Jeonghyeok.

Pero ahora, con la adición del familiar rostro de esa mujer a esta historia, de repente esta se ha vuelto más fina, más... cliché.

Se trata de la hija de Han Sahyeon, la única hija de Han Bugyeom.

Kim Jaein tampoco compartía sangre con el resto de la familia, igual que Han Jeonghyeok.

En cuanto a su madre, la indomable Han Sahyeon, se unió a un grupo rebelde tras el divorcio de sus padres.

También escribió tres libros que solo podían ser detestados por aquellos relacionados con el grupo LK, y en especial por su propia familia.

Y peor aún, los tres fueron de los libros más vendidos, y uno de ellos, ligeramente disfrazado de novela, fue adaptado a una serie de siete temporadas.

Justo de ahí viene la imagen que la gente tiene del LK.

Más tarde, se casó con la actriz Kim Rena de veintiséis años, y al año siguiente nació Kim Jaein.

Decidió no añadir su propio ADN al bebé, ya que tenía cero interés en continuar con el linaje genético de la familia Han.

Cuando ella tenía treinta y cinco años, su padre Han Bugyeom falleció.

Una bomba estalló en el funeral, y si ella misma no hubiese sido una víctima de aquella explosión, seguramente habría usado la experiencia en su cuarto libro por hacer la gracia, soltando risitas por lo bajo mientras escribía.

Antes de eso, había declarado en rotundo que no recibiría ni un centavo del dinero de los Han, pero Kim Rena era una persona más flexible.

Discretamente, Kim Jaein fue incorporada a la familia.

Sin interesarle la competición que había entre sus primos, decidió convertirse en astrónoma.

A los diecinueve años escribió una tesis en la que presentaba una nueva forma de hallar ecosistemas del espacio exterior, y a los veinticinco descubrió un planeta con vida extraterrestre utilizando esa misma técnica.

Cuando a los treinta se convirtió en la directora del Centro de Investigación y Desarrollo Espacial del LK, todos lo vieron como algo natural.

Con una madre considerada como la más hermosa dentro de la población coreana, la otra mitad de su genética, salida a saber de dónde —o cómo la habrían hecho— no era de tan mala calidad como para arruinar su belleza.

De hecho, todas las miradas se posaban siempre en ella.

Y a pesar de que no le gustaba aparecer en los grandes medios de comunicación, le hacían fotos y vídeos constantemente, además de circular fanfics .

La fiebre por esas historias disminuyó un poco cuando se casó a los treinta y dos años con Anton Choi, un piloto de pruebas alemán-coreano ocho años menor que ella, pero la mecha volvió a encenderse cuando, tan solo ocho meses después del casamiento, su marido falleció en un accidente en un skyhook .

Esa era Kim Jaein. Una persona que no desvelaba mucho de sí misma, pero de la que ya había salido todo lo posible en forma de fanfics .

Alguien que no podía evitar ser encasillada en clichés antes incluso de dar un paso adelante.

Nunca me habría imaginado un fanfic en el que Han Jeonghyeok fuese su pareja, pero tiene que existir alguno por ahí.

Cuando Kim Jaein tenía catorce años y se preparaba para entrar en la universidad, el grupo LK adquirió Odissey, la antecesora de LK Space.

Tampoco sonaría rara una historia inventada en la que el ascensor espacial hubiera sido construido solo por ella.

Solo pensar que alguien había fantaseado con el presidente Han como protagonista de un romance me provoca escalofríos. Pero esa gente no conoce límites.

Y quizá hasta tenían razón.

Reflexiono sobre lo que sé de Kim Jaein.

Durante los doce años en los que estuvo en el LK, creo que nos vimos unas treinta veces.

En la mayor parte de ellas estaba presente el presidente Han, y también nos vimos aparte en tres o cuatro ocasiones para discutir sobre los comunicados de prensa.

Apenas hablaba de su vida privada estando conmigo.

Tampoco la vi nunca dirigirse al presidente Han como «señor Gildong».

Habría sido rarísimo. No les pegaba para nada.

La Kim Jaein que yo conozco es una mujer seca y fría, formal y sin atisbo de sensación humana.

Alguien cuya falta de encantos solo hace que la belleza heredada de su madre sea todavía más prominente.

Quizá los astrónomos y los expertos en ingeniería espacial con los que trabaja piensen distinto, pero así es como la veo.

Desde lejos, yo también sería capaz de adorarla, pero ¿y de cerca?

Aún no comprendo qué vio Anton Choi en ella.

Ese hombre atractivo, como una bestia fuera de control, no pegaba ni con cola con esa mujer fina como un recorte de la portada de una revista.

Trato de ponerme en el lugar del presidente Han.

Ambos eran los foráneos dentro de la familia Han, por lo que podría haber tenido cierta sensación de homogeneidad hacia aquella muchacha que se había convertido en su sobrina.

Y esa emoción podría haber evolucionado a un amor.

Quizá era fan de Kim Rena, y fue ese parecido con su madre lo que impulsó esas ideas románticas.

Debe de haber muchas posibilidades que no he podido ver hasta ahora.

¿Cómo de bien conocía realmente a este hombre?

El Han Jeonghyeok que creía conocer no es más que el resultado de un puzle superficial, fragmentos acoplados entre sí creados por mis propios anhelos y necesidades.

Lo mismo pasa con Kim Jaein. ¿Y si había algo más bajo esa capa tan sosa y aburrida?

Miro a Choi Kangwu, que lleva un rato sin hablar.

Ese rostro con vello disperso tras días sin afeitarse.

Su barba redondeada como una isla en ambas mejillas se ve ridícula.

Ya mencioné que se ve mayor que yo, pero con la expresión que tiene ahora parece más bien un pobre perro con una vida dura.

Además, me recuerda a alguien... Ya sé: Anton Choi.

Es como una versión ambigua de él. Ahora que lo pienso, también el resto de los hombres que aparecen en la lista de aquel par de estafadores.

Pobre Anton Choi. Todos esos tipos eran el resultado de seleccionar mecánicamente más o menos su aspecto, ignorando ese atractivo sexual que él emanaba sin darse cuenta.

Por un momento pienso en la apariencia del presidente Han.

Una cabeza abultada, los ojos hundidos, la boca que parecía estar siempre sonriendo y que le daba un aire de payaso, y el cuerpo pequeño, grueso y tosco.

Al ponerse junto a sus hermanos destacaba más todavía, pues estos habían heredado sin falta los rasgos del lado materno de la familia.

Tenía una cara fea pero una mirada intensa, y la usó tan bien mientras estaba con vida que nunca se me pasó por la cabeza que estuviera descontento con su propia imagen.

Pero claro, eso era cuando no sabía que amaba a una mujer varias décadas más joven que él.

Me pregunto si, desde el punto de vista estético, le repugnaría la idea de amar a Kim Jaein con ese cuerpo.

Algo que parecía ser parte de la mente del fallecido Han Jeonghyeok estaba dentro de la cabeza de un tipo similar al esposo fallecido de Kim Jaein. Y ahora, ese mismo hombre ama con la misma pasión tanto a esta como al ascensor espacial.

Antes he dicho que me parecía un sinsentido almacenar los recuerdos personales del presidente Han.

El problema es que, en ese momento, se me había escapado algo crucial: eso que el presidente quería dejar tras su muerte, que quería que durase para siempre.

Estaba tan centrado en la imagen que tenía de él que no pude verlo.

Ese algo es el amor.