Contrapeso Patusan
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Patusan

Una pequeña isla con forma de cruz al final del archipiélago Brierley.

Una selva tropical densa pero con una pobre biodiversidad, un volcán inactivo y de gran altura en el centro, y pueblos y ciudades hundidos en el fango tras drenar a lo loco los acuíferos bajo ellas y provocar que el suelo colapsara. Y, por último, bellas mariposas.

Quince años atrás, cuando la organización anunció sus planes de construir un ascensor espacial en esta isla, la primera reacción de la gente fue: ¿y eso para qué?

El grupo LK ya estaba mandando al día tres o cuatro naves más allá de la órbita terrestre usando skyhooks , ganchos en el cielo.

Para ellos, eso ya era suficiente prueba de que la era espacial había comenzado.

La construcción de esos ganchos era relativamente fácil, además de ser ligeros, divertidos y rápidos.

En comparación, un enorme y lento ascensor a órbita se veía más como una ilusión del pasado, como los dirigibles. Solemnes y hermosos, pero innecesarios.

Lo que la gente no sabía era que, mientras desarrollaban los skyhooks , el LK iba acumulando poco a poco las infraestructuras técnicas necesarias para levantar el ascensor espacial.

Ya no era una mera fantasía de los escritores de ciencia ficción del pasado.

Era una estructura del mundo moderno, viable y capaz de generar beneficios.

Además, ¿qué mejor lugar para llevar a cabo este plan que una isla vacacional casi en ruinas, con dos tercios de su población ya trasladados a las dos islas cercanas?

Patusan se convirtió en la puerta de entrada a la Tierra.

Un satélite geoestacionario dejaba caer a ambos lados un hilo de telaraña, un cable que cumplía ya con su función antes incluso de tocar tierra.

Una vez alcanzaba el suelo de Patusan, el cable se iba multiplicando y volviéndose más amplio, más grueso, más largo y complejo.

La fábrica de la isla construía sin descanso esta vía al espacio, y no se detendría mientras la empresa siguiera adelante con el plan.

Patusan volvía a la vida, con esa fábrica como eje.

Antes reducida a tan solo cuatro mil habitantes, su población había aumentado a ochocientos noventa mil.

Se construyó un puerto nuevo en la costa, un aeropuerto y una ciudad que los conectaba con la cima de la montaña, donde estaba el ascensor.

Una cantidad innumerable de personas venían de todo el mundo para preparar el camino a las estrellas.

Pero no se puede tener contentos a todos.

Al final Patusan no es más que una propiedad de una compañía multinacional.

De su Gobierno solo queda la cáscara. Por más dinero que el grupo LK invierta, los nativos de la isla no están satisfechos.

La mayor parte de ellos, incapaces de integrarse en el sistema de la nueva ciudad, habían quedado marginados.

Quienes huyeron hace tiempo hacia Pala y Tamoe ni siquiera recibieron una compensación.

Es entonces cuando, en algún punto de esas tres islas, nace el llamado Frente de Liberación de Patusan.

Bombas explotan, gente muere. Sorprendentemente, sus bolsillos bien cargados no parecen vaciarse.

Debían de tener patrocinadores que los apoyaran, buscando sacar tajada.

Y mi trabajo es negociar con esa gente.

Dirijo la mirada hacia la pantalla frente a mi escritorio.

Tres rostros me observan desde tres ventanas distintas.

En el centro, con cara ovalada y fina, está el actual presidente del grupo LK, Ross Lee.

Hace veinte años era el ingeniero más creativo del planeta.

La producción en masa de los tubos LK, la pieza fundamental del ascensor, es también posible gracias a las brillantes ideas de ese hombre.

No obstante, ahora es un mero testaferro, escogido por la empresa para evitar la ley de prohibición de los chaebol .

1 Preferiría estar en la ópera o el ballet, pero ha sido arrastrado hasta aquí solo para ser informado de algo que ni le interesa.

En la ventana izquierda aparece sentado Han Suhyeon, hijo del difunto presidente Han Jeonghyeok y presidente de LK Space.

Este hombre, de labios finos, cree haberse convertido ya en la cabeza del grupo LK, pero aún le queda mucho.

Por último, a la derecha está Nia Abbas, la alcaldesa de la ciudad y la segunda persona con poder real en Patusan después del primer ministro.

Aunque, considerando que los salarios del Gobierno vienen del LK, no sé yo qué sentido tendrá nada de eso.

—Hace dos horas han detenido en Pala a los presuntos autores del asesinato —anuncio—.

Por nuestra parte, no hemos dado ninguna información a las autoridades.

O bien la policía de Pala es más hábil de lo que pensábamos, o bien ha intervenido la Agencia de Inteligencia de Indonesia.

Es posible que estos últimos estén detrás de la financiación de esa banda del Distrito de Gondal. Puedo confirmarlo en un par de días.

»Todos los apuntados en la lista que hemos obtenido ya han sido puestos bajo vigilancia.

Es inútil recurrir a interrogatorios. Ninguno de ellos sabe mucho.

Algunos creen que sí, pero la organización no es tan descuidada.

Primero tenemos que observar cómo se mueve el Frente de Liberación en conjunto, y averiguar quiénes lo están manejando desde arriba.

No importa cómo analice la policía lo que ocurrió en Gondal; lo importante es que podemos obtener más información adicional, sea del bando que sea.

—¿Y no había otra manera de hacerlo? ¿No podríamos haber cedido información a los Gobiernos de Pala y Tamoe a cambio de cooperación? —pregunta Ross Lee.

—De todos modos, alguien tenía que mancharse las manos de sangre.

Ya puestos, mejor que fuéramos nosotros.

Todo se ha hecho siguiendo el proceso legal.

Hemos detenido a unos fanáticos que podían cometer actos terroristas a nivel mundial.

Es imposible hacer eso sin que nadie salga herido.

Alguien tenía que morir. Solo da la casualidad de que el LK, en esa inevitable situación, ha sacado algo de beneficio.

Teniendo en cuenta que la torre del ascensor es ahora mismo la propiedad más valiosa de la humanidad, ¿podría decirse que ha sido un acto egoísta?

Tras decir esto, Han Suhyeon asiente y esboza una débil sonrisa.

Siente su propio poder debido a la matanza ocurrida en el Distrito Gondal.

Solo fue posible porque él asumió la responsabilidad y firmó.

Y cuanto más incómodo se sienta Ross Lee por los asesinatos cometidos por la empresa, más favorable se vuelve la posición de Han Suhyeon.

La conversación se vuelve tediosa mientras la alcaldesa se alarga en su interrogatorio sobre el comunicado de prensa preparado por Asuntos Exteriores.

Me limito a recitar de forma seca las respuestas que traía escritas y me preparo para retirarme.

Eso sí, necesito añadir unas últimas palabras con impacto.

El suficiente como para que ni Ross Lee ni Han Suhyeon me miren por encima del hombro.

En ese momento aparece una notificación a la izquierda de mi campo visual. Leo sin querer la primera frase y me quedo perplejo.

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