Contrapeso El ataque del colibrí
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El ataque del colibrí

Clinc, clinc, clinc. Unas monedas relucientes de cinco y veinticinco centavos bailan en la mano izquierda de Rex Tamaki. Manejadas con suavidad entre sus dedos índice y anular, las finas láminas de metal vuelan como si tuvieran vida propia, giran, ruedan y saltan unas sobre otras.

Pero esa danza termina de golpe, casi al tiempo de empezar. Al percatarse de que me está distrayendo, las agarra en el aire con habilidad, se las guarda en el bolsillo y me dedica una sonrisa muy tentadora. Él no es gay, solo le divierte provocar y mofarse de los demás. Molesto, desvío la mirada.

El avión está en silencio. Lo único que llega a mis oídos es el suave ruido del motor al otro lado del fuselaje.

Esta quietud aparente no es más que un engaño.

Solo con ver las sonrisas taimadas de los hombres de Tamaki, sé que entre ellos vuela una sarta de mensajes silenciosos.

A pesar de que han abierto un canal para mí, nadie me ha dirigido la palabra desde que he entrado en la cabina.

No importa. Tampoco es que quiera saber de qué tratan sus estúpidas bromas.

En comparación con los compañeros que le rodean, similares a gorilas y con músculos que parecen a punto de estallar, Rex Tamaki tiene un aire escuchimizado.

Pero no hay que fiarse de las apariencias.

En esta era, la fuerza ya no es proporcional a la masa muscular.

Tras perder la medalla de oro en las olimpiadas quince años atrás al dar positivo en una prueba de dopaje, su cuerpo había pasado por continuas modificaciones y mejoras.

Lo que tengo ahora ante mí es el cuerpo de alguien que no sigue las normas, que las desprecia.

La alarma dentro de mi cabeza suena a las 22.

00. A partir de este momento, durante las próximas dieciocho horas la jurisdicción del Distrito de Gondal se transfiere del Gobierno de Tamoe al grupo LK.

No creo que haga falta decir lo que he tenido que hacer estos últimos tres días para lograrlo, volando de isla en isla.

Tamaki y su grupo se levantan al unísono, como si lo hubiesen acordado de antemano.

Siento que mi cuerpo flota, al tiempo que la compuerta de metal frente a mí se abre girando sobre sí misma.

El Hummingbird , que ha estado suspendido en el aire a trescientos metros sobre el Distrito de Gondal, desciende como un ascensor.

A través de la escotilla cada vez más abierta se ve un pueblo costero, que parece un montón de cajas de plástico esparcidas.

La compuerta sigue abriéndose, la nave reduce la velocidad a unos quince metros del suelo, y los hombres de Tamaki saltan uno tras otro.

Con posturas elegantes que no casan con sus figuras corpulentas, aterrizan sobre los tejados sin hacer ruido para después dispersarse en todas direcciones.

Todavía con el cinturón de seguridad puesto, observo el lugar desde mi asiento.

Un soplo de aire caliente exterior se cuela por la compuerta, mezclado con los olores del pueblo. Comida, pescado, excrementos y basura, gente. Dentro de aquellas cajas desordenadas, miles de personas descansan, comen, excretan, duermen, vomitan, copulan y tienen hijos. El estómago se me revuelve.

—¿Vamos a divertirnos, Mac?

Escucho la voz de Tamaki. Como ocurre con todas las que se oyen a través del worm , me llega aislada del ruido de alrededor, extraña. Es la voz de un dios que ha perdido su santidad y solo le queda algo grotesco.

Una ventana de realidad aumentada se abre ante mí.

En ella, unos puntos azules y rojos llenan el pueblo.

Los azules son los miembros de la Unidad de Seguridad del LK, mientras que los rojos son el Frente de Liberación de Patusan, quienes un mes antes habían asesinado a tres miembros del Partido Dora en Pala y huido a este lugar.

Paso a otra ventana e inspecciono el campo de acción desde la perspectiva de los puntos azules.

Espuma blanca vuela hacia el rostro de un punto rojo, que apuntaba con una AK-1 a uno de los azules.

Otro punto rojo que se dirigía a uno azul agitando los puños es enviado hacia atrás de una patada, choca contra un muro.

Con el cañón de su pistola ya metido en la boca, un punto rojo aprieta el gatillo y se vuela la mitad de la cara.

Uno de los azules se quita de encima a unos niños, que se pegan a él como un banco de tiburones.

Regreso a la ventana de antes. Ya no queda ni un solo punto rojo aislado. Todos están pegados a uno azul y, desde hace unos segundos, un punto amarillo se mueve hacia un lugar específico del pueblo. Son las 11.13. Tamaki había estimado que la operación terminaría en quince minutos.

El Hummingbird se mueve hacia el punto amarillo, aún con la compuerta abierta.

El sitio es un pequeño descampado usado como plaza, del tamaño suficiente como para que la nave de alas estrechas pueda aterrizar.

Una vez descendemos, queda a nuestro alrededor un espacio angosto para que la gente pueda pasar, no sin dificultad.

Al bajar ignoro a los hombres atados con un dispositivo de sujeción y sacados a rastras, con los rostros sucios cubiertos de espuma seca, y camino hacia el edificio al norte donde está el último punto rojo.

Los niños, que hace escasos momentos mordían y pateaban a los agentes de la Unidad de Seguridad como pequeñas bestias, ahora nos miran con caras inexpresivas.

La puerta de la casa donde se encuentra el punto rojo está ligeramente abierta. Mientras que un compañero se inclina y retransmite la escena, Tamaki clava una pequeña tubería en el cráneo de un hombre, ya muerto a martillazos.

—¿Qué ganas haciendo eso?

—Los muertos recuerdan mucho más de lo que creemos.

Su respuesta es apática. Por mi parte, dejo a los fallecidos intactos para poder recolectar sus memorias y reviso la información que me llega a través del worm .

Recopilo los datos almacenados en los implantes de los terroristas detenidos, los clasifico y los ordeno.

Molesto, me froto las manos y me rasco la cabeza.

Mi cuerpo sigue sin hacerse a la idea de que mis manos no tienen nada que hacer en situaciones así, aun cuando están ocurriendo tantas cosas a la vez.

Los datos que busco son en su mayoría sobre espías internos.

No nos interesa saber nada sobre el asesinato.

Como ocurre con casi todos los miembros del Partido Dora, los fallecidos no son más que muñecos de paja inservibles.

Espantapájaros que son de mayor utilidad muertos que vivos.

A pesar de haber identificado y localizado a dos de los asesinos en apenas dos días, el grupo LK tenía también sus motivos para no compartir esa información con el Gobierno de Pala.

Se despliega una lista con 154 personas, clasificadas por los ordenadores de la Unidad de Seguridad.

Entre ellas, son importantes cerca de treinta, y son nueve las que interesan a mi unidad, la de Asuntos Exteriores.

Siete de ellas son ejecutivos de rango medio en el LK, mientras que las otras dos son funcionarios del Ayuntamiento de Patusan.

Todos ellos serán incluidos en una lista de vigilancia.

El valor de la información que hemos obtenido no durará más de dos semanas, por lo que no hay tiempo que perder en detenciones ni en exponerla al público.

Reviso de pasada los nombres y fotos de la gente que queda en la lista, añadida a un documento resumen enviado por Asuntos Exteriores.

La mayoría son familiares de los detenidos de hoy o posibles objetivos.

Quizá algunos de ellos están relacionados con el Frente de Liberación, pero en general basta con comprobar sus nombres.

Dejo de repasar la lista. Se abre una ventana de búsqueda con datos personales y archivos de imagen.

Un hombre entrado en la veintena, atractivo y de peinado aburrido: Choi Kangwu.

Un simple empleado en LK Space y el único coreano en la lista.

¿Por qué habría guardado yo la información de este tipo?

Por un momento, me molesta no recordarlo.

Ah, ya sé quién es. Ese coreano que no se depilaba la barba.