Contrapeso
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Prólogo
Santa Teresa, California
—Tu madre se convertirá en una estrella.
Un hombre ataviado con uniforme gris se dirigió a la niña.
Esta observó la caja de madera que el tipo le tendía.
En su interior había una botella de cristal azul verdoso, llena de un polvo de huesos blanco.
La pequeña sacó la mano izquierda del bolsillo y acarició el vidrio con el dedo índice hasta rozar la muñeca del hombre.
Como si le hubiese dado un calambre, él se encogió. La niña dio un paso atrás.
—No es mi madre.
Confundido, el hombre comprobó la etiqueta en la botella. La información era correcta: era su madre. Pero quién sabe. Cada familia es un mundo. Quizá su madre «real» era la mujer que la había llevado hasta allí.
Tras leer la expresión del hombre, la niña sacudió la cabeza con fuerza.
—Esto no es mi madre. Solo son cenizas.
Vaya con la pequeña filósofa. Tenía razón: lo que había en esa botella no era más que polvo, restos de elementos varios.
¿Qué significado podía tener un efímero cuerpo humano en la larga historia del universo, nacido de una supernova millones de años atrás?
Fuera como fuese, esos elementos se mezclarían esa noche con pólvora y ascenderían disparados como fuegos artificiales hacia el cielo, que iluminarían de rosa por unos segundos antes de esparcirse por el aire y seguir su camino.
La otra madre de la niña entró. Una mujer de una belleza impresionante y figura esbelta.
¿No habían dicho que era actriz? En fin, que era alguien famoso, aunque el hombre no era capaz de diferenciar bien los rostros de las mujeres asiáticas.
La recién llegada mantuvo una breve charla con él, en un inglés con un acento difícil de identificar, y firmó en la tablet .
Con la tapa bien cerrada, llevaron la caja a otra sala para mezclar aquellos polvos blancos con la pirotecnia.
Esa noche, cuando empezaron los fuegos artificiales en el yate, el fantasma de la madre de la niña estaba sentado a su izquierda.
Los datos de la voz y los gestos de la mujer, almacenados por el avatar del programa de asistencia virtual, hacían que aquel espectro de realidad aumentada pareciera estar vivo.
La niña pensó en las cenizas de su madre, que ahora iluminaban el cielo nocturno y se desvanecían; en el fantasma sentado a su lado; en sus recuerdos, sus vídeos y los libros que había escrito.
Por un instante, se imaginó toda esa información, que una vez formó la mente de alguien, esparciéndose y desapareciendo poco a poco.
Aquellos fuegos artificiales eran su madre. No solo porque contuvieran las cenizas que antes eran su cuerpo, sino porque el yate, el funeral y la pirotecnia los había planeado ella. Lo que la pequeña tenía delante era una extensión de su ser.
Pero nadie había esperado verlo tan pronto.