TREINTA Y TRES
El trayecto de regreso a Key Biscayne en mi propio coche se siente como una huida hacia delante.
Observo el skyline de Brickell a través del retrovisor, ese conjunto de gigantes de acero que hoy me pertenecen un poco más.
El board ha claudicado. Mi padre ha recibido la noticia con una satisfacción que imagino desbordante.
Soy, por fin, la socia plena que el holding Andrade necesitaba para asegurar su futuro tecnológico.
Sin embargo, la euforia profesional no logra acallar la inquietud que me produce la idea de entrar en la casa de Nik sin la excusa de un contrato de urgencia.
Llego a la residencia cuando el crepúsculo empieza a teñir el cielo de un violeta herido.
Detengo el motor y observo la fachada. No es solo un búnker de hormigón.
Es el lugar donde he descubierto que la autonomía es un concepto relativo cuando el deseo entra en la ecuación.
Bajo del vehículo y el aire húmedo de la bahía me envuelve, un abrazo pegajoso que me recuerda que en Miami nada es limpio, ni siquiera la victoria.
Nik ya está en la terraza. No se ha cambiado el traje, pero se ha quitado la corbata y ha desabrochado los primeros botones de su camisa.
Sostiene un vaso de whisky con esa parsimonia que antes me resultaba desesperante y que hoy interpreto como una forma de contención emocional.
Me acerco a él, y mantengo esa distancia de seguridad que nuestras nuevas circunstancias han vuelto ambigua.
—¿Has hablado con tu padre? —Pregunta sin apartar la vista del mar.
—He hablado con su secretario. Mi padre prefiere esperar a que el tramo de capital sea efectivo antes de ofrecerme su bendición oficial. —Me apoyo en la barandilla de madera—. Pero el board ya ha enviado el acta de la reunión. Es irreversible. Soy socia de pleno derecho.
—Enhorabuena. Has conseguido lo que viniste a buscar. —Él se gira hacia mí. El subtexto de su felicitación es una pregunta sobre mi permanencia en este espacio—. Ya no necesitas el matrimonio de conveniencia para protegerte de las garras de Neva ni de las expectativas de tu familia.
«La autonomía es la meta, no el amor. Pero el autoconocimiento me dice que ahora mismo mi meta tiene su nombre escrito».
La tensión de este encuentro es distinta a la de la oficina. Aquí, rodeados por el sonido de las olas y la oscuridad del Atlántico, la farsa no tiene sentido. Somos dos personas que han ganado una guerra corporativa pero que se encuentran desarmadas frente a la paz que se avecina.
—Ser socia plena significa que ahora mis decisiones tienen consecuencias reales para Vargas Capital. —Busco un terreno neutral—. Mi primera decisión es que la auditoría de los sistemas de Marcus debe ser exhaustiva. No quiero que quede un solo rastro de su influencia en nuestra red.
—Nuestra red. —Él repite la palabra con una entonación que me eriza el vello de los brazos—. Me gusta cómo suena eso. Aunque sospecho que tu interés por la red es solo una forma de retrasar tu mudanza a Coral Gables.
—Tu capacidad de análisis sigue siendo irritante.
Él deja el vaso sobre la mesa de cristal y se acerca a mí.
La luz de la luna recorta sus facciones, y resalta esa cicatriz en la ceja que tanto me fascina.
Se detiene a escasos centímetros, e invade mi espacio vital con una suavidad que me quita el aliento.
No hay contacto físico, pero la presión de su atención es más intensa que cualquier roce.
—No tienes que irte. —El uso de la negación como invitación es la forma más honesta que tiene de revelar lo que siente sin decirlo directamente—. El contrato ha terminado, pero la casa es grande. Y yo… yo me he acostumbrado al aroma de tu café a las siete de la mañana.
—Es una oferta poco ortodoxa para un hombre que valora su privacidad por encima de todo. —Mi voz es apenas un susurro que se pierde en el viento.
—Es una contraoferta basada en la realidad de los hechos: somos mejores juntos que separados. Y no hablo solo de los balances del trimestre.
El peso de lo que no decimos se impone en este silencio.
Nik no dice te quiero ni te necesito. Ofrece una prórroga basada en la eficiencia y en la rutina compartida.
Siento la tentación de cerrar la distancia, de besarlo con la misma ferocidad con la que defendí su nombre ante el board, pero la tensión de este momento es demasiado perfecta para romperla con una acción impulsiva.
—Acepto la prórroga. —Respondo al fin, y le sostengo la mirada—. Pero quiero una cláusula nueva: nada de secretos sobre Philip Neva. Si él vuelve a moverse, lo sabremos los dos al mismo tiempo.
—Acuerdo cerrado, socia.
Él inclina la cabeza y roza mi sien con sus labios, un contacto efímero que dispara una corriente eléctrica por mi columna.
Después regresa al interior de la casa, y me deja sola con la inmensidad del océano y la certeza de que he firmado el pacto más peligroso de mi vida.
No hay cláusulas de rescisión para lo que siento, ni fechas de caducidad para el deseo que arde bajo mi piel.
La prórroga tácita ha comenzado, y con ella, el inicio de una dependencia emocional que me llevará directo al momento oscuro que ambos presentimos en el horizonte.
Al otro lado de la noche volveremos a ser Nik y Sofía, los arquitectos del nuevo Miami financiero. Pero ahora, en la penumbra de Key Biscayne, solo soy una mujer que ha decidido que su libertad tiene el mismo nombre que el hombre que duerme en la habitación de al lado.