Contraoferta VEINTISIETE
56%

VEINTISIETE

El sol de Miami amanece con una claridad agresiva que atraviesa las persianas, y me obliga a reconocer que el tiempo de la introspección ha terminado.

Me visto con la lentitud de quien se prepara para una ejecución.

Elijo un traje de color carbón, una elección cromática que refleja mi estado anímico y mi determinación de no mostrar debilidad ante los lobos de Brickell que me aguardan en la oficina.

Bajo al salón y encuentro a Sofía sentada en el sofá.

No viste su habitual traje sastre. Lleva una camisa blanca de botones y unos pantalones oscuros.

Sus ojos tienen unas ojeras profundas que delatan que ella tampoco ha encontrado refugio en el sueño.

Al verme, se pone en pie con una rigidez que imita la mía.

La tensión es tan alta que el aire parece crujir entre los dos.

—Nik, tenemos que hablar. —Su voz tiene una aspereza que me recorre la columna como un escalofrío.

—No hay nada que hablar. Los datos en la prensa son un testimonio suficiente de nuestra falta de discreción. —Recojo mis llaves de la consola de entrada con un movimiento seco—. Salgo hacia Brickell. El board ha convocado una votación de urgencia.

—Si vas solo, Marcus te destrozará. Él tiene la narrativa de su parte ahora mismo. —Ella da un paso hacia mí, e invade ese espacio que he intentado proteger durante los últimos tres días—. He encontrado algo en los logs de acceso de Budapest. Hay una conexión que no viste.

Me detengo con la mano en el pomo de la puerta. El subtexto de su declaración es una contraoferta que mi mente analítica desea aceptar, pero que mi orgullo rechaza con violencia. Budapest. La mención de mis raíces en medio de esta traición es un golpe bajo que no esperaba.

—No intentes jugar la carta de la confidencia personal otra vez.

Ya no funciona. —Me giro para enfrentarla.

Estamos a menos de un metro. Puedo ver el temblor de sus labios, ese signo de vulnerabilidad que ella lucha por ocultar tras su máscara de hierro—.

El daño está hecho. Philip Neva tiene lo que quería y tú tienes tu coartada lista.

—¿De verdad crees eso? —Ella se acerca tanto que puedo sentir el calor de su cuerpo. La proximidad es ahora una forma de tortura—. ¿Crees que pasaría tres noches sin dormir, y analizaría cada línea de código de tu empresa, si mi único objetivo fuera destruirte?

Observo su rostro. No veo rastro de la frialdad que define a los enviados de Neva. Veo una rabia honesta, una desesperación que se parece demasiado a la mía. Pero en este distrito financiero de Miami, la desesperación es a menudo la mejor herramienta de camuflaje de los mentirosos.

—Lo que yo crea es irrelevante para el mercado. Lo único que importa es quién sostiene el interruptor. —Abro la puerta y el calor húmedo de Key Biscayne me golpea el rostro—. Quédate en la casa. No quiero verte en Brickell hoy.

—Nik, si cruzas esa puerta sin ver lo que tengo en el ordenador, habrás perdido la firma antes de llegar al puente.

Su advertencia es un grito contenido que me persigue mientras camino hacia el coche.

Subo al vehículo y arranco el motor. El rugido silencia por un momento el caos de mis pensamientos.

Conduzco hacia el puente Rickenbacker, y observo el perfil de los rascacielos de Brickell recortados contra el azul del cielo.

Cada kilómetro que me aleja de la casa es un alivio y, al mismo tiempo, una pérdida.

Siento que el búnker de Key Biscayne, con sus muros de hormigón y su silencio de cristal, se ha quedado con una parte de mí que ya no podré recuperar.

«Ella está allí. Con la prueba. O con la mentira final».

Llego al edificio de Vargas Capital. El vestíbulo está lleno de periodistas y analistas que aguardan la caída del titán.

Cruzo el cordón de seguridad con la cabeza alta, e ignoro las preguntas y los flashes.

Al entrar en el ascensor, el mismo donde conocí a Sofía hace apenas unas semanas, el vacío a mi lado se siente como una amputación.

El silencio de la cabina es el mismo que hemos compartido estos tres días, pero aquí carece de la tirantez que la hacía soportable.

Entro en la sala de juntas. Marcus preside la mesa con una calma insultante.

Los socios observan mi entrada con una mezcla de lástima y expectación.

No hay rastro de Sofía. El plan de aislamiento ha funcionado, pero mientras me siento en mi silla habitual, me doy cuenta de que he cometido el error que mi madre me advirtió en la llamada a Budapest: he cerrado las puertas con tanta fuerza que me he quedado encerrado dentro de mi propio incendio.

—Nik, gracias por venir. —Marcus usa esa voz de seda que oculta los colmillos—. El board está listo para escuchar tu explicación sobre la filtración de los datos cuánticos. O tu dimisión.

Tomo aire. El silencio de cristal de la casa de Key Biscayne me acompaña como un fantasma.

Miro a Marcus, miro a los socios y, por un instante, deseo que Sofía Andrade aparezca por esa puerta con sus gráficos, su traje azul y esa mirada que siempre sabe cuál es la contraoferta final.

Pero estoy solo. Y en Brickell, la soledad es la antesala de la derrota.