VEINTE
El espejo del hotel JW Marriott en Brickell me devuelve una imagen que roza la provocación estratégica.
El vestido de seda color carmín fluye por mis curvas como lava líquida, un contraste violento contra la palidez de mi piel bajo las luces de neón de Miami.
He dejado mi cabello suelto hoy, y permito que las ondas naturales que provoca la humedad de la ciudad caigan sobre mis hombros en un desorden calculado.
No busco la sobriedad de las reuniones de junta.
Busco que cada asistente a esta gala de tecnología financiera entienda que la alianza con Nik Vargas no es un refugio, sino una conquista.
«Cae en la trampa, Nik. Observa lo que crees que posees y lo que nunca podrás controlar».
Ajusto el cierre de mi pulsera de diamantes.
Mis dedos están fríos, un síntoma de la tensión que me acompaña desde que salimos de Key Biscayne.
El trayecto en el coche ha sido un ejercicio de silencios cargados de subtexto, una partida de ajedrez donde el tablero era el espacio reducido entre nuestros asientos.
Nik no ha dicho una palabra sobre mi elección de vestuario, pero la forma en que sus ojos grises se han oscurecido al verme salir de mi habitación ha sido más elocuente que cualquier informe de auditoría.
Salgo hacia el salón de baile. El murmullo de la élite financiera de Brickell me rodea de inmediato.
El aire huele a perfumes caros, ginebra premium y esa ambición eléctrica que define a los que mueven los hilos del capital riesgo.
Localizo a Nik cerca de la barra. Viste un esmoquin que parece una extensión de su propia piel: oscuro, impecable, peligroso.
Sostiene una copa de whisky con esa calma absoluta que solo poseen los que ya han calculado el siguiente movimiento antes de que el rival siquiera piense en su jugada.
—Llegas tarde para ser la mitad de la pareja más observada de la noche. —Su voz posee una aspereza que vibra en mi pecho cuando se acerca.
—La expectación es el mejor multiplicador de valor en este mercado. Deberías saberlo. —Tomo una copa de champán de la bandeja de un camarero y le sostengo la mirada sin pestañear.
—El valor de este vestido es un riesgo que no estaba en el contrato de convivencia. —Él da un paso hacia mí, e invade mi espacio vital con una audacia que me quita el aliento.
—El contrato de convivencia regula el espacio, no mi identidad. —Replico con un tono que busca restablecer la frontera intelectual—. Marcus nos observa desde la mesa del board. Si quieres que crea en nuestra unidad, deja de analizar mi escote y empieza a analizar su lenguaje corporal.
Nik esboza esa sonrisa mínima que nunca llega a sus ojos.
Es el reconocimiento de un depredador ante otro de su especie.
Durante la siguiente hora nos movemos por el salón como una máquina de precisión quirúrgica.
Saludamos a directores de fondos, inversores ángeles y competidores que buscan una fisura en nuestra armadura.
La hostilidad es nuestra mejor aliada. El mundo ve una pasión contenida donde solo hay una negociación de alta intensidad.
Sin embargo, el subtexto de nuestra interacción empieza a pesar más que la farsa pública.
Cada vez que su mano roza mi espalda baja para guiarme entre la multitud, siento una descarga que mi lógica analítica no logra procesar.
Nik es un hombre de silencios y decisiones estratégicas, pero hoy hay una urgencia en sus gestos que delata que la proximidad forzada en el búnker de Key Biscayne ha empezado a erosionar su control.
«Tensión sexual contenida. El primer momento íntimo debe sentirse inevitable, no impulsivo».
Las advertencias que me he repetido durante días resuenan en mi mente como un eco.
La música de la orquesta cambia a un ritmo más pausado, una melodía que invita al contacto físico que ambos hemos evitado con tanto celo durante la última semana.
Nik me ofrece la mano. No es una pregunta.
Es un movimiento de apertura en una partida que ya ha entrado en su fase crítica.
—Baila conmigo. —El uso de mi nombre de pila sin el apellido Andrade suena a una rendición parcial.
—El baile no figura en las cláusulas de resultados del trimestre. —Intento resistirme, y busco una salida que no implique sucumbir a su gravedad.
—Considéralo una auditoría de nuestra química pública. El board exige pruebas de que no somos dos extraños que comparten una mesa de juntas.
Acepto su mano. El contacto de su piel contra la mía dispara alertas en mi sistema de seguridad interno.
Me conduce hacia el centro de la pista bajo la mirada inquisidora de Marcus y el resto de los socios de Vargas Capital.
Al llegar, me rodea la cintura con el brazo y me acerca a su cuerpo.
La distancia entre nosotros desaparece por completo, y deja solo el roce de la seda roja contra el paño negro de su esmoquin.
El aire entre nosotros arde. El aroma de su colonia, ese sándalo que ahora impregna mis propios pensamientos, me envuelve como una trampa de lujo.
Apoyo mi mano en su hombro, y siento la dureza de su músculo bajo la tela.
Nik no baila. Se mueve conmigo con una coordinación que me asusta.
No hay pasos falsos, solo una sincronía que el contrato de convivencia no supo prever.
—Tu respiración es demasiado rápida para una experta en gestión de riesgos. —Susurra al oído. Su aliento roza mi piel con una calidez que me descoloca.
—Mi respiración responde a la falta de oxígeno de este salón, no a tu presencia. —Miento con una convicción que flaquea ante la presión de su mano en mi cintura.
—Mientes. Siempre lo haces cuando te sientes acorralada intelectualmente.
Le miro a los ojos. Sus pupilas están dilatadas, y reflejan el brillo de las lámparas de cristal y una emoción que no logro catalogar como profesional.
La tirantez alcanza un nivel de irreversibilidad.
En este momento, frente a toda la industria financiera de Miami, el acuerdo ha dejado de ser una farsa para convertirse en una verdad incómoda.
El baile continúa, pero la conversación que tenemos no tiene nada que ver con el baile.
Es una negociación de poder, de deseo y de miedos compartidos que el silencio del búnker ha empezado a revelar.
Siento que la barrera entre la socia analítica y la mujer que desea el control absoluto de este hombre se desmorona con cada giro.