SIETE
El despertador no llega a emitir sonido.
Mi mano lo detiene un segundo antes de que rompa el silencio.
Son las seis en Key Biscayne. A través del ventanal, el cielo tiene un color violáceo que precede al sol sobre el Atlántico.
Me levanto con una pesadez que no nace del cansancio, sino de la consciencia de que, tras esa puerta, mi espacio ya no es solo mío.
Me ducho con agua fría para que el impacto térmico despeje los restos del encuentro nocturno en la cocina.
El roce del brazo de Sofía todavía parece una quemadura en mi piel.
Su presencia anoche fue un error táctico de ambos, un recordatorio de que las paredes de cristal no ofrecen refugio frente a la curiosidad mutua.
Me visto con un pantalón oscuro y una camisa azul acero, el uniforme de alguien que sabe que la imagen es la primera línea de defensa.
Bajo a la cocina a las seis y cuarenta y cinco.
El aroma a café ya flota en el aire, pero no proviene de mi cafetera.
Sofía ya está allí. Viste un traje sastre de color gris marengo que acentúa su figura y su postura de mando.
Tiene el cabello recogido con una precisión que roza lo obsesivo.
No hay una sola hebra fuera de lugar ni un solo indicio de que hace unas horas recorriera estos pasillos con un camisón de seda.
Me detengo en el umbral. La observo durante tres segundos exactos antes de avanzar.
Ella no levanta la vista de su tableta, donde los gráficos de las bolsas asiáticas parpadean con rapidez.
Su capacidad para ignorar mi presencia es una declaración de intenciones que me obliga a apretar la mandíbula.
—Te sobran quince minutos, Sofía —digo al acercarme a la encimera.
—Yo prefiero marcar mi ritmo —responde ella sin mirarme.
Me sirvo una taza del café que ella ha preparado.
Es fuerte, negro y amargo. Un sabor que encaja con su personalidad.
Me apoyo contra el mármol de la isla central y sostengo la taza con ambas manos para notar el calor.
Ella sigue inmersa en sus datos, pero noto la rigidez de sus hombros.
La proximidad vuelve a cargar el aire de una electricidad estática que molesta.
—He revisado la lista de asistentes para la cena en el Pérez Art Museum —menciono para romper un silencio que ya resulta asfixiante.
—Marcus estará allí. —Ella levanta la vista por fin. Sus ojos castaños tienen esos destellos dorados bajo la luz de los focos—. Y los representantes del fondo soberano.
—El objetivo es la estabilidad. Nadie debe sospechar que Vargas Capital necesita un aval. Deben creer que la entrada de los Andrade es una alianza estratégica, no un rescate. —Tomo un sorbo de café y dejo que el amargor asiente mis pensamientos.
—Para que crean eso, debes dejar de mirarme como si fuera una intrusa.
—Ella deja la tableta y da un paso hacia mí.
La distancia se reduce a esa franja de peligro que exploramos anoche.
No retrocedo, aunque su aroma a gardenia invade mi espacio—.
En público somos una unidad. En privado, puedes odiar mi presencia, pero ante el board eres el hombre que ha encontrado a la socia perfecta.
—No es odio. —Mi voz suena más ronca de lo habitual—. Simplemente no acostumbro a compartir mi espacio con alguien que analiza cada uno de mis movimientos.
—Entonces acostúmbrate. Porque los próximos meses seré tu sombra. —Ella esboza una sonrisa carente de calidez, una mueca de triunfo que me irrita y me fascina.
Pasamos los siguientes minutos coordinando la narrativa.
Cada respuesta a una pregunta incómoda y cada gesto de complicidad que debemos fingir.
Ella es rápida y aguda. Encuentra los puntos ciegos de mis argumentos antes de que yo termine de formularlos.
Su inteligencia es un filo que maneja con una destreza que me obliga a mantener la guardia alta.
Noto cómo su mirada baja hacia mis labios un instante antes de volver a mis ojos, un fallo mínimo que me provoca un vuelco en el estómago.
—¿Alguna cláusula antes de salir? —pregunto al recoger las tazas.
—Si Marcus intenta interrogarme a solas, quiero que intervengas. Tu protección reforzará la idea de que somos algo más que socios. —Ella recoge su maletín con un movimiento seco.
—Protección. Un concepto extraño entre nosotros.
—En este juego, la protección es solo otra forma de control.
Ella sale de la casa antes de que yo pueda responder.
Llego al garaje del Pérez Art Museum. El edificio es una estructura de hormigón que se asoma a la bahía, el escenario para una farsa de alto nivel.
Me bajo del coche y espero junto al ascensor.
Cuando ella aparece, el sol de la tarde resalta la dureza de sus rasgos y la determinación de su mirada.
Siento una presión en el pecho que ignora la lógica de la cena.
Sofía Andrade ha roto el equilibrio de mi búnker y no tengo claro si seré capaz de reconstruirlo.
Le ofrezco el brazo, un gesto pactado. Ella lo acepta con una levedad que me sorprende.
Al entrar en el museo, el murmullo de la élite financiera nos recibe como una marea.
Siento sus dedos sobre mi antebrazo, una presión mínima que pesa más que todo el capital de mi firma.
Ella no retira la mano. La mantiene ahí con una firmeza que me obliga a acompasar mi paso al suyo.
—Empieza la función —susurra ella al oído, tan cerca que su aliento roza mi piel y me provoca un escalofrío que lucho por ocultar.
—Procura no olvidar tus frases. El público es difícil.
Avanzamos hacia el salón principal, donde el board ya nos espera con copas de champán y sonrisas cargadas de sospecha. La batalla de Brickell se ha trasladado a una cena de gala. Siento la mirada de Marcus fija en nosotros desde la distancia, escrutando cada centímetro de nuestra postura.
—No es el board lo que me preocupa. —Le digo en voz baja mientras nos detenemos ante el primer grupo de inversores—. Es lo que pasa cuando dejamos de fingir.
Ella aprieta mi brazo un instante antes de soltarlo para saludar.
La función ha comenzado, pero el guion ya no me parece tan seguro como hace una hora.
El contacto ha dejado una marca invisible en mi piel que me distrae de los números y las mentiras.
Solo queda resistir el asedio de las preguntas mientras trato de ignorar que el verdadero peligro está a mi lado, sonriendo con una perfección que me hiela la sangre.