Capítulo 32Marisol
MARISOL
Corrí hacia los disparos y cambié la radio de Gordo a la frecuencia que había acordado de antemano con Tomás.
—Pescadores, pescadores, aquí La Manta. Atacad. Repito, atacad.
—Entendido, La Manta. Nos movemos —dijo Tomás.
El muro sur era una ruina cuando llegué.
La verja había desaparecido, reducida a un amasijo de acero retorcido después de que una camioneta del LJR la embistiera.
El vehículo ardía con el depósito reventado y las llamas alzándose diez metros en el aire.
Los cuerpos de ambos bandos yacían donde habían caído.
El humo y el polvo flotaban en el aire, y el olor a cobre de la sangre se sumaba al hedor.
Los defensores del CBA se agazapaban tras el muro de bloques de hormigón, que se deshacía a su alrededor bajo el fuego automático sostenido.
Algunos devolvían los disparos con valentía por los agujeros o por encima del borde, mientras otros se encogían contra la tierra.
Veía avanzar a los Jaguares, convencidos de que estaban ganando.
Encontré a Marco Domínguez intentando organizar a los supervivientes.
Era el último de los hombres competentes del CBA, o quizá uno de los pocos que habíamos tenido de verdad.
Marco había entrado en el CBA cinco años antes, después de servir en el ejército, y había ascendido hasta encargarse de los envíos de droga de la costa.
No era un sicario ni formaba parte de la cúpula de Sergio, pero tenía experiencia y mantenía la calma bajo presión.
Justo el hombre que necesitaba.
—¡Marco! —grité por encima de los disparos—. ¿Qué está pasando?
Me miró a mí, al fusil de asalto que llevaba en las manos y a la radio del cinturón, y debió de preguntarse por qué la mujer que en su día contaba pescado llevaba el arma de Gordo y preguntaba qué ocurría.
—Aguantamos, pero por los pelos. Nos quedan quizá veinte hombres combatiendo. Neto ha desaparecido. —Hizo una pausa—. ¿Dónde está El Tiburón?
—Muerto —dije—. El Tiburón, Neto y Gordo. Todos muertos.
Lo vi asimilar la información, no con dolor, sino comprendiendo que ya no quedaba nadie por encima de nosotros en la cadena de mando.
—¿Quién está al mando? —preguntó.
—Yo.
Se me quedó mirando durante dos segundos. Dos segundos en los que el futuro del Cártel Bahía Azul estuvo en juego mientras las balas arrancaban esquirlas del hormigón alrededor de nuestras cabezas.
Después asintió.
—¿Qué necesitas? —dijo.
—Dos minutos. Aguanta el muro dos minutos más.
La primera camioneta atacó la retaguardia de los combatientes del LJR sesenta segundos después.
La oí antes de verla: el rugido de un motor, los neumáticos derrapando sobre el camino de tierra y después disparos desde una dirección nueva.
De pronto, los Jaguares tenían un problema a su espalda.
La segunda camioneta llegó treinta segundos más tarde. Luego la tercera.
El efecto fue inmediato. El asalto del LJR se descompuso en gritos y confusión. Atrapados entre los defensores del muro y los pescadores que tenían detrás, los hombres del LJR se volvieron para encarar la nueva amenaza.
Me subí a lo alto del muro, me erguí todo lo que me permitía mi metro setenta y tres y disparé el fusil de Gordo contra las posiciones del LJR. Los hombres del CBA que tenía a un lado y a otro levantaron la vista y vieron a una líder donde ningún hombre había asumido el mando, haciendo lo que ningún hombre hacía, y empezaron a pelear con más fuerza.
Elena estaba con ellos, con una escopeta en las manos y la cara surcada de polvo y sudor.
—Ya era hora de que llegaras —dijo.
Casi me eché a reír.
Con los Jaguares atrapados en un fuego cruzado demoledor, la batalla solo duró veinte minutos más.
Las camionetas de Herrera les bloquearon la huida y los pescadores abatieron a cualquiera que intentara escapar hacia la selva.
Cuando los disparos empezaron a espaciarse, bajé del muro y encontré al Comandante Ríos cerca de la verja en llamas.
Estaba tendido, sangrando en la tierra, junto a su camioneta inutilizada, con los neumáticos destrozados, el parabrisas hecho añicos y el conductor desplomado sobre el volante.
A Ríos le habían disparado en una pierna.
Dos de sus guardaespaldas estaban muertos cerca.
Un tercero yacía boca abajo, con las manos detrás de la cabeza, rindiéndose ante un joven pescador que sonreía orgulloso.
Ríos alzó la vista hacia mí, desconcertado.
—¿Quién eres tú? —jadeó.
Me agaché a su lado. Lo bastante cerca para que me viera la cara a la luz del fuego. Lo bastante cerca para que los hombres que miraban, tanto los del CBA como los pescadores, vieran lo que ocurrió a continuación.
—Me llamo Marisol Quintana —dije—. Me llaman La Manta.
Entonces le disparé una vez. Entre los ojos. Como se hace con un perro rabioso.
Los Jaguares que seguían vivos dejaron de pelear. Algunos echaron a correr y cayeron abatidos en el sitio. El resto soltó las armas y se arrodilló en la tierra con las manos en alto. Todos tenían la misma expresión de estupor que había mostrado Ríos justo antes de morir.
Me puse de pie. La victoria era nuestra, y el cártel y el complejo eran míos.
No de Sergio. No de Neto. No de Vargas. Míos.
Había construido aquella victoria manipulando a hombres que me habían ignorado y maltratado, y susurrando unas palabras a un grupo de pescadores a los que todos subestimaban.
Los rehenes ya no estaban, olvidados por quienes acababan de pelear por su vida.
Pensé en el jugador de fútbol americano que me había salvado la vida y que después había bajado al cenote detrás de los comandos.
Nadie sabría jamás lo que yo había averiguado sobre la novia y su familia. Eso quedaría entre nosotras.
La primera luz del amanecer bañó el complejo humeante. Los pescadores y los supervivientes del CBA se congregaban en el patio, agotados y a la espera de instrucciones. Domínguez apareció a mi lado.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Los Jaguares que han sobrevivido —dije—. A los que se unan a nosotros, nos los quedamos. A los que no, mételos en las camionetas y llévalos al sur, a la frontera con Belice. No vuelven.
—¿Y los muertos?
—Enterrad a los del CBA. A los Jaguares, dejadlos para la selva.
Asintió. Después me miró.
—La organización —dijo Domínguez—. Bahía Azul. Ese nombre se acabó.
—Sí —dije—. Se acabó.
—¿Cómo nos llamamos ahora?
Miré hacia el agujero en la caliza que se había tragado a los rehenes y a los hombres que habían venido a salvarlos.
—Cártel del Cenote —dije.
Domínguez lo consideró un momento. Después se irguió, no con la postura de un hombre que obedecía una orden, sino con la de uno que había decidido seguirme.
—Sí, jefa.