Capítulo 33Grant
GRANT
Dentro de la nave de EGA, Sam se hizo cargo de los antiguos rehenes.
Se negó a dejar que el sanitario de John se acercara siquiera a «sus pacientes» y se puso a comprobar sus constantes y a tratar un amplio surtido de cortes y rozaduras.
Sabía que las heridas externas cicatrizarían con el tiempo, pero temía que las internas, sobre todo las de Ethan, quizá nunca llegaran a curarse del todo.
En una hora, todos habían comido, se habían duchado por primera vez en una semana y habían cambiado los harapos por ropa limpia.
Nuestro centro de operaciones se desmontó con la misma eficiencia con la que se había montado. Cuando Rafa cargó el último de sus equipos en la camioneta, no quedaba nada que sugiriera que habíamos estado allí.
—Mi comandante de unidad querrá un informe sobre el CBA y sobre la inteligencia que hemos recogido —dijo—. Tendré cuidado con lo que comparto.
—Te lo agradezco. No habríamos podido hacer esto sin ti, Rafa —dije—. Lo de aprovechar el sistema de cenotes fue mérito tuyo.
Le quitó importancia con un gesto.
—La cueva no era más que nadar a oscuras. Eso lo hace cualquier idiota con el equipo adecuado. —Una leve sonrisa le cruzó la cara—. Lo que vino después fue la parte difícil. Ahora debo irme. Si vuelve a Yucatán, llámeme. Los cenotes son preciosos cuando nadie intenta matarte.
—Lo tendré en cuenta. Gracias, capitán —dije mientras le estrechaba la mano.
—De nada, señor Hunter. Y buen viaje.
Subió a su camioneta y cruzó la puerta. Esperé hasta que se posó el polvo y volví a entrar.
John estaba coordinando el transporte para el resto de nosotros.
Dos vehículos hasta un aeródromo privado al sur de Tulum, donde un Gulfstream V esperaba repostado.
El avión era cortesía de Jerry Coyle, junto con la tripulación y un plan de vuelo hasta una terminal a las afueras de Houston donde la oficina de Aduanas y Protección Fronteriza estaría convenientemente vacía cuando aterrizara el vuelo.
Un arreglo de lo más útil para unos pasajeros cuyos pasaportes estaban en el fondo del mar.
—Considéralo una cortesía profesional —había dicho Coyle por teléfono.
—Los dos sabemos que no es eso.
—No. No lo es —admitió—. Pero la factura puede esperar. Lleva a tu hijo a casa, Grant. Ya ajustaremos cuentas cuando llegue el momento.
Otra deuda. Otra anotación en un libro de cuentas que Coyle no llevaba por escrito, pero que jamás olvidaba.
Me marchaba de México debiéndole un favor por los drones, el enlace ascendente por satélite, la red de inteligencia y ahora un avión privado.
Y todo ello con la certeza de que algún día, quizá el año siguiente, quizá dentro de cinco años, me sonaría el teléfono y al otro lado estaría la voz de Coyle pidiéndome un favor que no podría rechazar.
Aquello era un problema para otro día. Hoy tenía que llevar a siete personas a casa. Carlos ya se había marchado. Uno de los hombres de John lo llevaba a reunirse con su familia en Cancún.
Encontré a John en la puerta de la nave mientras cargaban los todoterrenos.
—Ha llamado Steph —dijo—. El Gobierno mexicano se está atribuyendo el rescate de los rehenes, lo que significa que la tapadera es sólida.
—Bien.
—Grant. —Me puso la mano en el hombro—. Hazme un favor. La próxima vez que necesites que empiece una guerra secreta en mi propio patio trasero, avísame al menos con una semana de antelación.
—Lo intentaré.
—Y una mierda. —Sonrió—. Buen viaje. Dale recuerdos a Beth de mi parte. Y cuando Chase esté listo para hablar de lo que ha pasado, porque tarde o temprano tendrá que hacerlo, llámame. Yo he estado donde está él.
—Los dos lo hemos estado —convine.
Nos dimos la mano y subí al todoterreno que iba en cabeza con Chase, Michaela y Dixon para el largo trayecto hacia el norte.
El vuelo de vuelta fue silencioso. El Gulfstream estaba configurado para doce pasajeros, así que todos tenían espacio, un lujo que importaba más de lo habitual para personas que habían pasado demasiado tiempo en una habitación de seis por cuatro metros y medio.
Harry y Linda iban sentados juntos al fondo, cogidos de la mano, sin hablar.
Sam sostenía a Julie contra su hombro mientras Julie dormía por primera vez en días.
Ethan iba solo en un asiento de ventanilla, después de que por fin hubieran convencido a Linda de que el chico necesitaba tanto espacio como contacto.
Chase y Michaela estaban al otro lado del pasillo. Michaela dormía con la cabeza en el hombro de Chase. Chase estaba despierto, mirándome con preguntas en los ojos para las que no tenía respuesta.
—Ahora no —dije en voz baja—. Cuando estemos en casa.
Asintió y cerró los ojos, con la mano en la de Michaela. Estaba seguro de que ella estaría a su lado si algún día le contaba lo que había ocurrido junto al cenote.
Llamé a Andi desde el teléfono por satélite del avión.
—Spectre One-Five.
—Trident Actual. Última transmisión. Misión cumplida. Todos los elementos regresan a territorio continental estadounidense.
—Recibido, Trident Actual. —Después abandonó los indicativos—.
El puesto de trabajo aislado ha quedado limpio.
Los registros no existen. Las imágenes del dron han sido eliminadas de todos los sistemas por los que pasaron.
Por lo que respecta al GRC, me he pasado los últimos días realizando vigilancia rutinaria del tráfico de estupefacientes en el Sudeste Asiático.
—Eres la mejor, Andi.
—Lo sé. Ahora vete a casa.
—En ello estoy.
—Spectre One-Five, corto.
—Trident Actual, corto.
Colgué y me recosté en el asiento. En algún punto por debajo de nosotros, el golfo daba paso a la costa de Texas. En algún punto a nuestra espalda, un complejo en la selva mexicana seguía humeando y una mujer cuyo nombre yo desconocía estaba construyendo algo con las cenizas.
Tres días después, Chase bajó mientras yo estaba sentado en mi estudio.
Tenía mejor aspecto. Bien, no. Estar bien tardaría meses.
Beth no había dejado de cuidarlo desde que volvió a casa.
Le preparaba sus platos favoritos y no lo perdía de vista.
Las sombras bajo los ojos se le iban desvaneciendo.
Había dormido unas horas cada noche, más de lo que había conseguido yo después de la primera vez que disparé en combate.
Me levanté y le serví dos dedos de Col. E.H. Taylor Small Batch. Y un doble para mí. Le pasé el vaso. Había aprendido a apreciar un buen bourbon, pero aquella noche la cosa no iba de bourbon.
—¿Cómo lo llevas? —pregunté.
Hizo girar el vaso entre las manos.
—No dejo de oír el ruido del maldito acuario. El zumbido. Lo oía a través de las paredes las veinticuatro horas del día. Ahora, cuando la casa se queda en silencio, lo oigo. Sé que no está, pero lo oigo de todos modos.
Asentí. No le dije que aquello pararía. No sabía si pararía. Yo seguía oyendo cosas de operaciones que habían terminado hacía décadas.
—¿Michaela llegó bien a casa?
—Sí. Está en casa de sus padres, en Omaha. Va a terminar el semestre. Dice que necesita normalidad. Los dos necesitamos normalidad. Creo que tiene razón.
—Es una chica lista.
—Lo es.
—¿Has sabido algo de los demás?
Chase dejó el vaso.
—Harry llamó ayer. Linda y él ya están de vuelta en Nueva Jersey. Están bien. Se lo ha contado todo a Linda. Lo que pasó con el guardia en la letrina y lo que pasó al final. También dijo que te va a mandar una botella de whisky escocés.
Levanté el vaso en un brindis silencioso.
—Sam me ha escrito esta mañana. El canal de YouTube de Julie está petándolo.
A la gente le encantan las imágenes increíbles que grabó durante nuestras inmersiones.
Sobre todo la inmersión nocturna, antes de…
—Se le apagó la voz y dio otro sorbo—. En fin, Sam también me ha dicho que intentó saber cómo estaba Ethan, pero la madre no la dejó hablar con él.
Solo le dijo que estaba bien y que no quería que ninguno de nosotros volviera a llamarlo nunca.
—La gente reacciona al trauma de maneras distintas —dije.
Chase se quedó mirando el vaso.
—Tiene dieciséis años, papá. Ha visto morir a su padre. No está bien.
—No, seguro que no.
—De Carlos no he sabido nada, pero apostaría a que ya está otra vez en un barco, guiando turistas y dando clases.
—Se me ocurren trabajos peores —dije.
Seguimos un rato más en silencio.
—Papá.
—Dime.
—La mujer. La del complejo.
—¿Qué pasa con ella?
—Estaba con ellos cuando nos cogieron, pero nos mantuvo con vida. Y frenó a uno de los guardias antes de que… —Hizo una pausa—. Impidió que le pasara algo malo a Julie. Y cuando aparecisteis tu equipo y tú, dijiste que simplemente se apartó.
—Se apartó —dije. Lo que no le dije fue que, de no haberlo hecho, no habría dudado en meterle dos proyectiles en el pecho.
—El grandullón, el guardaespaldas, iba a dispararle. Por eso yo…
—Ya sé por qué lo hiciste.
Chase volvió a mirar su bourbon.
—¿Crees que está bien?
Pensé en cómo la había visto recoger un fusil y correr hacia los disparos.
—No lo sé —dije—. Pero creo que sabe cuidarse sola.
Dos semanas después del rescate, estaba de vuelta en mi mesa, repasando el PDB como si la misión de México no hubiera existido.
Los problemas del mundo no se habían detenido. Corea del Norte probaba misiles, Siria mataba civiles y Rusia tanteaba el flanco oriental de la OTAN. Los incendios de siempre, ardiendo en los lugares de siempre.
Pasé a la pestaña marcada «América del Norte».
La sección de México informaba del rescate, a cargo del Ejército mexicano, de unos turistas estadounidenses retenidos como rehenes por elementos de los cárteles en Quintana Roo.
Todos habían sido recuperados en buen estado de salud, con la excepción de un rehén fallecido por causas naturales.
La cooperación bilateral transfronteriza atravesaba su mejor momento y se esperaba que el tratado de lucha contra el fentanilo se firmara dentro del mes.