Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 30Grant
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Capítulo 30Grant

GRANT

—Trident Actual, aquí Spectre One-Five. Aviso: hay un Tango cerca de la entrada del edificio de los rehenes. Parece armado. Hay un segundo Tango a unos veinte metros. No se le ve arma ni actitud agresiva. Valoro Tango Dos como no combatiente.

Levanté el fusil. A través del monocular de visión nocturna, la cara norte del edificio se dibujó con un detalle teñido de verde. Tango Uno estaba de espaldas a mí, con el fusil apuntando hacia el muro sur, donde el asalto del LJR machacaba el perímetro.

Tango Dos era la amenaza más cercana, así que desplacé el fusil a la izquierda, puse la retícula en el centro de su pecho y eliminé el recorrido muerto del disparador.

Me sorprendió ver que el objetivo era una mujer.

Desarmada. Aflojé el dedo una fracción de milímetro.

Mantuve el punto de mira sobre ella mientras acortaba la distancia.

No dio la alarma ni sacó ningún arma escondida.

Se limitó a levantar las manos y a mirarme mientras me acercaba.

No era miedo ni rendición. Era reconocimiento. Como si nos hubiera estado esperando.

Volví a girar hacia Tango Uno. Seguía mirando en dirección contraria. El punto de mira se asentó y apreté el disparador. El disparo con silenciador le alcanzó en la base del cráneo y cayó a plomo sobre la tierra apisonada.

—Spectre One-Five, Tango Uno abatido. Trident Two y Trident Three, descartad a Tango Dos. No es una amenaza.

Dixon y Rafa confirmaron, y la mujer se limitó a apartarse mientras pasábamos a la carrera.

Rafa llegó primero a la puerta de los rehenes y se colocó en el lado de las bisagras. Dixon ocupó el otro. Yo me situé detrás de él, cerrando la columna.

—Trident Two, listo —dijo Dixon.

—Trident Three, listo —dijo Rafa.

—Spectre One-Five, aquí Trident Actual. Estamos en la puerta de los rehenes.

—Recibido. Os veo. Las firmas térmicas están agrupadas en el centro del espacio.

Cuesta distinguirlas, pero cuento seis. Hay otras dos separadas.

Aviso: puede que haya personal amigo junto a la puerta.

Esperad contacto a izquierda y derecha al entrar.

No abráis fuego hasta tener identificación positiva. Son de los nuestros.

—Recibido, Spectre One-Five. Ejecutando ahora.

Dixon asintió. Rafa se santiguó, retiró el cerrojo y abrió la puerta de un tirón.

Rodeé a Dixon e irrumpí por la puerta. El resplandor verde del monocular me mostró a los rehenes exactamente donde Andi había dicho que estarían.

Un grupo de cuerpos en el suelo, en el centro de la habitación.

Y, también exactamente donde ella había dicho, dos figuras pegadas a la pared, una a cada lado de la puerta.

—¡Amigos! ¡Comandos estadounidenses! —grité—. ¡No os mováis!

El hombre de la izquierda se quedó inmóvil.

Joven. Grande. Con una barba castaña descuidada, un pantalón corto de surf y una camiseta mugrienta.

Tenía la mano derecha levantada, sujetando una especie de garrote improvisado, echado hacia atrás y listo para golpear.

Sus ojos no estaban fijos en mi fusil: intentaban ver al hombre que había detrás.

Yo conocía aquellos ojos. Los había visto abrirse por primera vez en un hospital de Virginia hacía veintiún años.

—Chase —dije—. Soy papá.

El garrote cayó. Mientras golpeaba el suelo de hormigón, vi cambiar la cara de mi hijo y desaparecer su disposición para luchar.

Le tembló la mandíbula y los ojos se le pusieron brillantes y húmedos.

Dio un paso y me rodeó con los brazos, con la frente apretada contra mi hombro.

No lloraba exactamente. Solo temblaba bajo el peso del terror y el agotamiento acumulados durante aquellos días de cautiverio.

Lo sostuve. Dos segundos. Tres. La mano izquierda en su nuca, la derecha todavía en el fusil, con el cañón apuntando al techo. De no ser por el chaleco antibalas, estaba seguro de que le habría notado el corazón golpeando el pecho. Olía a sal, a sudor y a polvo de hormigón.

—Estoy aquí —dije—. Te tengo.

Se apartó y se secó los ojos con el dorso de la mano, un gesto rápido, casi rabioso, como si la emoción se le hubiera escapado sin permiso y tuviera que recuperarla de inmediato. Después cuadró los hombros, apretó la mandíbula y volvió a centrarse. Listo para lo que viniera.

—Sabía que vendrías —dijo, secándose los ojos otra vez—. ¿Cómo está mamá? ¿Está cabreada?

—No tienes ni idea.

El hombre del otro lado de la puerta bajó su garrote.

—Papá, este es Harry —dijo Chase.

No se parecía en nada al rehén frágil que yo había visto en el vídeo de prueba de vida. Tenía los ojos despejados, la espalda recta y una dureza en la cara que me decía que era un hombre peligroso.

—¿Cuántos sois en el equipo? —preguntó Harry.

Sin presentaciones. Sin alivio. Directo al siguiente paso de la operación.

—Tres dentro del complejo —dije—. Os vamos a sacar por el cenote. Hay una galería seca que sale fuera de los muros. Hay vehículos de apoyo esperando.

Chase se volvió hacia los demás.

—Escuchad todos, este es mi padre. Va a sacarnos de aquí.

—Hola, señor Hunter —dijo Michaela en voz baja.

Aquello me hizo sonreír de verdad. Llevaba más de un año intentando que me tuteara. Había cosas que no cambiaban.

—Hola, cariño —dije—. ¿Lista para volver a casa?

—Sí, por favor.

Los demás estaban demasiado aturdidos para hablar. No sabía qué les sorprendía más, si los disparos que arreciaban fuera o el hecho de que yo fuera el padre de Chase.

Harry nos devolvió a lo importante.

—Dos no pueden valerse por sí mismos: Julie y el chico, Ethan. Habrá que llevarlos o guiarlos. Los demás pueden moverse.

—¿Y el caído? —pregunté.

—El cuerpo de Kellerman se lo llevaron después de grabar los vídeos. Un guardia dijo que lo guardarían en una vieja fábrica de hielo, por si la familia quería recomprarlo —dijo Harry—. El problema es que no tenemos ni idea de dónde está.

—Entendido. Por desgracia, no tenemos ni tiempo ni gente para recuperarlo. —Saqué del chaleco las dos Beretta cargadas. Le pasé una a Harry—. Sabe usarla. —No era una pregunta.

—Afirmativo. Policía de Newark, retirado. Antes, policía militar del Ejército.

—Sí, señor. Conozco su historial. Recuérdeme cuando esto acabe que le debo una botella de bourbon por haber enviado aquel mensaje por satélite.

Harry asintió, cogió el arma, extrajo el cargador, volvió a insertarlo y comprobó la recámara retrayendo ligeramente la corredera. Satisfecho, la mantuvo en posición baja de disparo, a la espera de la siguiente orden.

Le pasé la segunda Beretta a Chase y lo vi hacer las mismas comprobaciones que Harry, tal como yo le había enseñado.

Tenía las manos firmes y la empuñadura correcta, con el índice extendido a lo largo del armazón, por encima del guardamonte.

Lo llevaba al campo de tiro desde los nueve años.

Conocía las armas y, a decir verdad, hacía mucho que había demostrado que disparaba mejor que yo en nuestras cacerías anuales de faisán del Día de Acción de Gracias.

Pero, por lo que yo sabía, nunca había apuntado con una pistola a un ser humano.

Me temía que aquello pudiera cambiar en los próximos minutos.

—Tú te quedas detrás de mí y nos cubres la retaguardia —le dije—. No disparas a menos que tengas un blanco claro, y eso significa cualquiera que no esté ahora mismo en esta habitación. ¿Entendido?

—Entendido.

—Trident Actual a Spectre One-Five. Rehenes asegurados. Ocho supervivientes. En movimiento hacia el punto de exfiltración uno.

—Spectre One-Five, recibido —respondió Andi—.

El LJR intensifica el ataque. Han abierto brecha en la verja y tienen hombres dentro del perímetro.

Los defensores del CBA mantienen el muro, pero es cuestión de tiempo que tengan que replegarse a posiciones secundarias alrededor de la hacienda.

El cuadrante noreste sigue despejado y vuestra ruta al punto uno está libre.

Recomiendo que os mováis ya, antes de que el CBA se reposicione hacia el interior.

—Recibido.

Me volví hacia los rehenes. Me miraban a mí, al arma, al monocular levantado sobre la frente y al equipo táctico que chorreaba agua de la cueva.

—Me llamo Grant —dije—. Hemos venido a llevaros a casa. Vamos a cruzar el patio hasta la esquina noreste del complejo. Hay una abertura en el suelo. Bajamos, atravesamos una galería de la cueva y salimos por el otro lado, donde esperan los vehículos.

—¿Cuánto falta? —preguntó la mujer a la que reconocí del vídeo como Samantha. La enfermera.

—Diez minutos andando desde el cenote hasta las camionetas. Menos si nos damos prisa.

—Ethan no puede andar solo —dijo Linda—. Yo le ayudo.

—Yo me ocupo de Julie —dijo Sam.

—Mi equipo irá en cabeza —dije—. Harry y Chase, retaguardia. Linda y Samantha, mantened a Ethan y a Julie en movimiento. Carlos, Michaela, quedaos en el centro del grupo. Si alguien flaquea, avisáis. No dejamos a nadie atrás.

—Trident Two, ve en cabeza —le dije a Dixon—. Trident Three, protege nuestro flanco derecho.

—Trident Two, en movimiento —dijo Dixon.

Salió el primero por la puerta, con el arma en alto y el monocular bajado. El patio destellaba con los fogonazos y las explosiones. El espectáculo y el estruendo de hombres que luchaban por su vida. Nada de aquello iba dirigido a nosotros. Todavía.

—Vamos —dije—. Agachados. Juntos. En marcha.

Se movieron. Dixon abrió la marcha, agachado en posición táctica, cruzando el terreno descubierto hacia el cenote con el arma barriendo el patio. Rafa flanqueó por la derecha y cubrió la aproximación desde la hacienda. Los rehenes siguieron las instrucciones, y yo cerré la marcha con Chase y Harry.

—Spectre One-Five, aquí Trident Actual. Estamos cruzando el patio. El elemento de retaguardia lo formamos yo y dos elementos amigos armados.

—Recibido, Trident Actual. Seguís despejados. El LJR avanza hacia la hacienda. Calculo entre tres y cuatro minutos hasta que el combate llegue al patio interior. Aviso: Tango Dos sigue vuestros movimientos. Va detrás, a distancia. No es una amenaza.

La mujer. Seguía eligiendo estar cerca de nosotros en vez de huir. No tenía tiempo para pensar en por qué.

Andi decía que teníamos entre tres y cuatro minutos. Nos hacían falta dos.

Dixon llegó a la boca del cenote, saltó el murete e hizo señas a los rehenes para que avanzaran. Uno a uno, llegaron hasta él y treparon por encima del muro.

—Trident Two, empieza a bajarlos —dije—. Trident Three, guíalos por la caverna hasta la galería seca.

—Trident Two, recibido. Bajando.

Dixon desapareció por el borde del cenote, descolgándose por la chimenea. Rafa lo siguió, y yo lo oía hablarles a los rehenes con voz tranquila y firme, guiándolos por la pared de roca y diciéndoles dónde poner las manos y los pies.

—Trident Actual a Spectre One-Five. Rehenes entrando en el cenote. El elemento de retaguardia permanece en superficie.

—Recibido. Tengo tres hostiles moviéndose desde la hacienda hacia vuestra posición. Se desplazan deprisa. Armados. Perfiles compatibles con los tres objetivos de oportunidad de alto valor.

—Entendido —dije—. Harry, Chase, bajad a la cueva. Ya.

—No pienso dejarte aquí arriba solo —dijo Harry.

—Ni yo —dijo Chase—. Bajamos cuando bajes tú.

Miré a mi hijo. Tenía veintiún años, estaba descalzo, sostenía un arma que yo le había dado hacía dos minutos y se negaba a dejarme solo durante un tiroteo. Su madre me iba a matar.

—Entonces los dos, a cubierto detrás del muro —dije—. Y disparad solo a lo que yo os diga.

Tres figuras emergieron de la oscuridad, cerca de la hacienda. La visión nocturna ya no hacía falta. A los tres los recortaba por detrás un fuego que ardía junto a la verja principal. Reconocí al que iba en cabeza por las imágenes del dron.

Objetivo Alfa. El Tiburón. Venía a por sus rehenes.

Detrás de él, como era de esperar, Objetivo Bravo, el guardaespaldas enorme con el fusil de asalto.

Y detrás de los dos, con el revólver en la mano reflejando la luz de la verja en llamas, iba Objetivo Charlie.