Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 29Marisol
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Capítulo 29Marisol

MARISOL

Me levanté, me eché algo de ropa encima y corrí hasta la hacienda principal. Sergio estaba delante, exigiendo información a gritos.

—¿Cuántos? —preguntó Sergio.

—Al menos seis camionetas. Entre treinta y cuarenta hombres armados. Llevan una ametralladora montada en una de ellas —dijo un sicario cuyo nombre yo no sabía—. Están atacando la verja principal.

La cara de Sergio no cambió. Yo había visto a hombres perder los nervios por mucho menos. Neto ya estaba entrando en pánico en alguna parte, oía sus chillidos desde el patio, pero Sergio procesó la situación con calma, como lo procesaba todo. El empresario echando cuentas ante una opa hostil.

—¿Los Jaguares? —preguntó.

—Sí, jefe. Los hombres de los muros dicen que Ríos viene con ellos.

«El Comandante» había venido en persona. Eso significaba que aquello no era un tanteo ni un disparo de aviso. Los Jaguares pretendían tomar el complejo, matar a la cúpula del CBA y absorber el territorio.

—Que todo el mundo vaya a los muros sur y oeste —ordenó Sergio—. Retira a los guardias del interior y al personal de cocina, a cualquiera que pueda sostener un fusil. Gordo, ¿dónde está Gordo?

—Estoy aquí, jefe.

El enorme sinaloense se materializó a mi lado con un fusil de asalto en las manos. Su rostro era de piedra. Lo que Gordo sintiera sobre aquello se lo llevaría a la tumba. Que, al ritmo al que iban las cosas, podía ser aquella misma noche.

—Quédate conmigo —le dijo Sergio—. Aguantamos la hacienda. Si rompen nuestras líneas, nos replegamos aquí.

Entonces llegó Neto corriendo, descalzo y con los ojos desorbitados, el Colt Python en una mano y la bragueta abierta.

—¡Tenemos que matarlos! —gritó—. A los rehenes. Ahora. Antes de que llegue hasta ellos quienquiera que esté ahí fuera. Hay que darles una lección a los americanos.

—Cállate —dijo Sergio.

—Los americanos…

—Esto no es un rescate. —La voz de Sergio era de hielo—. Escucha las armas, idiota. Los americanos no rescatan rehenes con morteros y bombas. Los Jaguares han venido a vengarse.

La cara de Neto se retorció.

—¡Nosotros no atacamos el almacén clandestino! —chilló.

—Que lo ordenáramos o no da igual. Ríos cree que fuimos nosotros y ya está aquí —dijo Sergio—. El guardia que desapareció era su espía. Tuvo que serlo. Les habló de los rehenes, y los Jaguares sabrán lo que valen. Los querrán vivos. Si matas a los rehenes, matas nuestra única baza.

—Pero…

—Ve al muro y toma el mando de la defensa. Ahora. Antes de que te mate yo mismo y le diga a Ríos que fuiste tú quien atacó su almacén clandestino.

Neto se quedó mirando a su primo un momento, con la rabia petulante de un niño contrariado por un adulto al que teme y detesta a partes iguales. Después se dio la vuelta y echó a correr, con la Python balanceándose a un costado, hasta desaparecer en el humo y el ruido del ataque.

Di un paso adelante.

—Jefe. Alguien debería ir a ver a los rehenes.

Sergio me miró. A la luz de la luna enturbiada por el humo, parecía comprender por primera vez que quizá no sobreviviera a aquella noche.

—Ve —dijo—. Iré a ayudarte a trasladarlos en cuanto pueda.

—Sí, jefe.

Justo entonces, otra explosión sacudió el patio. Las luces parpadearon y se apagaron. El generador había acabado por rendirse.

En la oscuridad repentina, el complejo se llenó de fogonazos. Los muros sur y oeste eran una línea continua de fuego, con nuestros defensores disparando hacia fuera contra todo lo que se movía. Oía las órdenes gritadas de Neto, pero dudaba que sirvieran de mucho.

Crucé el patio pegada a los edificios, usando el acuario como cobertura.

Las luces submarinas tenían su propio sistema de baterías y seguían proyectando aquel resplandor azul verdoso de otro mundo sobre la tierra apisonada.

Los tiburones se apretaban contra el cristal del lado opuesto, alterados por las detonaciones.

Fuera del edificio de los rehenes solo quedaba un guardia. Estaba asustado y daba vueltas sobre sí mismo, sin saber qué hacer. Que siguiera en pie y con vida me decía que nadie había ido a por los rehenes. Todavía.

Me detuve en la oscuridad, entre el acuario y el anexo, y miré hacia arriba.

No veía el dron, pero sabía que tenía que estar allí.

Alguien miraba, y llevaba días haciéndolo.

En una noche en la que Los Jaguares asaltaban desde el sur y todos los guardias miraban hacia allí, la esquina noreste, el lado que nadie defendía porque nunca había hecho falta, quedaba completamente desprotegida.

Si yo estuviera planeando un rescate, entraría por ahí. Miré hacia la boca del cenote, apenas visible en la oscuridad, una sombra dentro de otra sombra. Nada se movía. No había nada.

Hasta que lo hubo.

Una silueta. Se alzaba como un fantasma que saliera de una tumba.

Después una segunda. Después una tercera.

Emergían de la tierra dentro de un complejo que se despedazaba a sí mismo.

Las tres llevaban las armas encaradas y avanzaban en silencio, como si hubieran hecho aquello cien veces en cien lugares oscuros.

El hombre que iba en cabeza barrió el patio con el arma. Su campo de visión nocturna pasó por el acuario, por la hacienda, y me encontró. Sola en la oscuridad, a veinte metros de la puerta de los rehenes.

Me mantuvo encañonada. Contuve la respiración. No eché a correr. No pedí ayuda a gritos. Me quedé quieta y levanté las manos, dejando que viera lo que yo necesitaba que viera: una mujer desarmada, sola, de pie entre él y las personas a las que había venido a salvar.

Entonces disparó.