Capítulo 28Los Jaguares
LOS JAGUARES
Después de otro día largo y aburrido, todos se acomodaron en sus posiciones habituales para pasar la noche.
Harry y Linda contra una pared, Sam y Julie juntas cerca de ellos, Carlos en uno de los colchones mugrientos, Ethan en el otro.
Los dos estaban tan asquerosos que Chase y Michaela prefirieron tumbarse en el suelo de hormigón, el uno junto al otro.
—Cuéntame algo bueno —susurró Michaela—. Algo de antes.
Chase se lo pensó.
—¿Qué tal la vez que te eché de mi piso, el día que te conocí?
Michaela le hundió la cabeza en el hombro y soltó una risita.
—Menudo capullo estabas hecho —susurró cuando se le pasó la risa.
—Oye, fuiste tú la que se presentó sin invitación en mi fiesta con un grupo de amigas borrachas —susurró Chase a la defensiva.
—No sé por qué te perdoné aquello. Nunca debí aceptar salir contigo cuando por fin me lo pediste —dijo ella.
—Está claro, ¿no? —dijo Chase.
—¿El qué?
—A las tías les van los long snappers —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
—Anda ya. Yo ni siquiera sabía lo que era un long snapper. Si te soy sincera, sigo sin tenerlo claro. Solo sé que te agachas y lanzas un balón entre las piernas mientras setenta y cinco mil personas te ignoran por completo.
—Ochenta y seis mil en el Memorial Stadium.
—Vale. Ochenta y seis mil personas te ignoran.
Él se rio.
—De eso se trata. De un long snapper solo se habla cuando la caga.
La primera vez que viniste a ver un partido, le preguntaste a mi compañero de piso por qué no jugaba, y él te dijo que yo había estado en el campo en cada despeje y en cada gol de campo.
Y tú dijiste: «¿Ah, sí? Estaba mirando a quien no debía».
—Te estaba mirando a ti todo el rato. Resulta que no sabía dónde había que mirar.
Él sonrió y la atrajo hacia sí.
Se quedaron callados un momento. Un guardia tosió al otro lado de la puerta. Entonces Michaela se incorporó sobre un codo y miró a Chase.
—Marisol lo sabe —susurró—. Lo de mi tío.
Chase soltó un suspiro largo.
—Bueno, no es buena señal, pero sabíamos que no podríamos guardar el secreto para siempre. Me sorprende que haya durado tanto.
—Ya. Aunque fue raro. Dijo que no se lo va a contar a nadie. Que es demasiado peligroso para todos, para nosotros y para ellos, si Sergio se entera.
—En eso tiene razón —dijo Chase.
—¿Tú crees que de verdad guardará el secreto? —preguntó Michaela.
—Quizá. Pero, de todas formas, ahora mismo no podemos hacer nada.
—Hay algo más. Marisol también me dijo que hay drones vigilando este sitio. Cree que pronto vendrá un rescate.
Aquello le interesó a Chase mucho más que el hecho de que Marisol supiera lo del vicepresidente.
¿De verdad podía haber alguien preparando una misión de rescate? ¿Incluso mi padre? , se preguntó Chase.
—Esperemos que tenga razón —susurró Chase.
—¿Tú crees que saldremos de aquí algún día? —preguntó Michaela.
—Claro que sí. Y cuando salgamos, te llevaré otra vez de vacaciones. A poder ser, a unas en las que no nos secuestren. A Hawái, quizá, o a San Diego.
—La Jolla —dijo ella en voz baja—. Hay un hotel antiguo precioso, con la fachada de estuco rosa, junto al agua. Lo vi una vez de pequeña, durante unas vacaciones con mis padres. Parece un castillo. Soñaba con casarme allí algún día.
A Chase le dio un vuelco el corazón.
—Pues La Jolla.
Ella buscó su mano en la oscuridad. La encontró y no la soltó.
—Te quiero —susurró, con un hilo de voz.
—Y yo a ti.
Ella le apretó la mano.
Sobre la una y media de la madrugada, los disparos empezaron en todas partes y a la vez.
Los rehenes se despertaron en una cascada de terror con el fuego automático que llegaba de la verja principal. Después llegaron más disparos desde el oeste, seguidos de un retumbar hondo y rítmico que Chase notó en el pecho, el sonido de una explosión potente muy cerca.
—¡Al suelo! —gritó Chase—. Alejaos todos de las paredes. Al centro de la habitación.
No supo por qué lo dijo. No era soldado ni policía.
Era solo un universitario que se dedicaba a hacer snaps de fútbol americano.
Pero en aquel momento por su boca salió la voz de su padre, la voz que Grant Hunter usaba cuando las cosas se torcían y no había tiempo para discutir, solo para actuar.
Chase se la había oído exactamente tres veces mientras crecía.
Una durante un aviso de tornado en Virginia, cuando tenía ocho años.
Otra cuando un coche se saltó un semáforo en rojo y estuvo a punto de atropellarlos en un paso de peatones.
Y otra cuando su padre volvió de un viaje y encontró a un desconocido en el patio trasero.
Aquella historia también acabó con su padre dejando al hombre ensangrentado a golpes y con un sedán oscuro que se lo llevó. Nunca volvió a hablarse del asunto.
—No creo que sea un rescate —dijo Harry—. Las explosiones suenan a proyectiles de mortero cayendo sobre el complejo. Alguien está atacando con una potencia de fuego considerable.
—¿Quién iba a atacarlos? —preguntó Chase.
—Ni idea —dijo Harry, y se volvió hacia el grupo—.
No sabemos qué está pasando ahí fuera. Podría ser un cártel rival.
Podría ser el ejército mexicano. Podría ser…
—miró un instante a Chase—, podría ser ayuda.
Todavía no lo sabemos, pero, sean quienes sean, están golpeando los muros sur y oeste, y los están golpeando con fuerza.
Van a arrastrar a los guardias al perímetro.
—Harry se acercó a la puerta y pegó la oreja a la madera—.
Los oigo correr. Están vaciando el interior para reforzar los muros.
Otra ráfaga de fuego automático, más cerca ya. En algún punto del exterior, un guardia gritó. Una explosión sacudió el edificio y del techo cayó un polvillo fino. La bombilla desnuda parpadeó.
—¿Qué hacemos? —preguntó Sam.
—Dos escenarios —dijo Harry—. El primero es que un guardia cruce esa puerta para matarnos. Sergio podría ordenarlo si cree que el complejo está cayendo. O ese loco del revólver podría decidir hacerlo por su cuenta. Si eso pasa —volvió a mirar a Chase—, peleamos.
Chase asintió. Llevaba pensando en aquello desde la primera noche.
El problema era que no tenían nada que pudiera servirles de arma, salvo el cubo, pesado y con revestimiento cerámico, que antes había contenido cosas en las que prefería no pensar.
Entonces se le ocurrió algo. Cogió la silla de madera que usaba Marisol para las entrevistas y la estrelló contra la pared de hormigón.
Las patas se partieron como ramitas secas.
Recogió una y la sopesó. Satisfecho, le pasó otra a Harry, que asintió.
—Yo me pongo en el lado izquierdo de la puerta —dijo Harry—.
Tú, en el derecho. Si alguien viene a por nosotros, en cuanto cruce el umbral lo tumbamos.
Yo voy a por el arma. Tú vas a por el hombre.
Pégale tan fuerte como puedas y tantas veces como puedas hasta que caiga.
Entonces vuelve a pegarle. No pares hasta que se le abra la cabeza como una piñata.
Chase miró a Harry: setenta y cinco años, uno setenta y ocho, quizá setenta y siete kilos. Y detrás de aquellos ojos azul claro vio que Harry casi estaba disfrutando.
—Llevas planeando esto desde el primer día —dijo Chase.
Harry asintió.
—He visto esa puerta abrirse cuatro veces al día desde que nos encerraron aquí. Conozco su arco de apertura. Sé de qué lado se coloca el guardia. Sé cuánto tarda en entrar y comprender lo que está viendo. Un segundo y medio, más o menos. Esa es nuestra ventana.
A Chase se le dibujó una sonrisa enorme. Un segundo y medio. El tiempo que pasaba entre el snap y el despeje en una unidad de equipos especiales de élite. Todo el tiempo del mundo.
—¿El segundo escenario? —preguntó Chase.
—El segundo escenario es un rescate. Si por esa puerta entra alguien que no sea del cártel, si son militares, policías o cualquiera que se identifique como fuerza amiga, levantad las manos.
Todos. Inmediatamente. Manos a la vista, palmas abiertas, no os mováis, no os levantéis y no hagáis ningún gesto brusco.
Los rescatadores que entran en una habitación llena de rehenes actúan con la adrenalina disparada y toman decisiones en fracciones de segundo.
No os conviene ser quien haga un movimiento equivocado.
—¿Y cómo vamos a notar la diferencia? —preguntó Carlos desde el suelo. Tenía la voz ronca. Apenas había hablado en días.
—Por la disciplina —dijo Harry—. Los soldados del cártel entrarán en tromba, gritando amenazas, y dispararán indiscriminadamente por toda la habitación.
Hacen ruido, son chapuceros y no identifican objetivos.
Los operadores profesionales franquearán la puerta con una entrada controlada y órdenes verbales.
Irán todos vestidos igual y llevarán equipos de visión nocturna en los cascos o linternas montadas en las armas.
Lo oiréis y lo veréis. Notaréis la diferencia.
Otra explosión sacudió el complejo. La bombilla se apagó, volvió, se apagó otra vez. Esta vez ya no volvió. La habitación se quedó a oscuras.
En aquella negrura repentina, los sonidos de fuera se volvieron más nítidos.
Disparos en ráfagas sostenidas. Hombres gritando en español.
El rugido de un motor, una camioneta que aceleraba, después un golpe y más disparos.
El combate iba a más. Fuera lo que fuese lo que pasaba en el muro sur, iba a peor.
—Todos, mantened la posición —dijo Harry—. Chase, ¿listo?
—Listo.
La habitación estaba a oscuras, hacía calor y olía al cubo del rincón. Escuchaban una guerra al otro lado de sus paredes y esperaban a que la puerta se abriera y revelara si lo que venía después era la muerte o la salvación.
Y en algún punto bajo sus pies, en una caverna cuya existencia desconocían, tres hombres con armas y visión nocturna subían hacia la luz.