Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 27Grant
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Capítulo 27Grant

GRANT

El equipo pasó el día siguiente limpiando y preparando las armas.

Eso se hacía cuando la espera estaba a punto de terminar, cuando la planificación había concluido y ya solo quedaban las horas que separaban aquel momento del inicio de la operación.

Nadie hablaba. Nadie lo necesitaba. El plan estaba cerrado.

Funciones asignadas. La ruta por la cueva, comprobada.

La extracción, trazada. Nos habíamos preparado para todo lo que se nos había ocurrido, y lo que no hubiéramos previsto se improvisaría a oscuras.

El vídeo de prueba de vida confirmó que los rehenes aún podían valerse por sí mismos, aunque por poco.

Iríamos preparados para gente incapaz de seguir instrucciones, de caminar sola o que se quedara paralizada cuando empezaran los disparos a su alrededor.

Dixon y Rafa lo entendían sin que hiciera falta decirlo.

Se planificaba pensando en el rehén más fuerte y se preparaba todo para el más débil.

—Hola —dije.

—Hola.

Me senté en el portón trasero de una de las camionetas de John y me quedé mirando la selva. La luz del final de la tarde era dorada y el aire estaba cargado de humedad y de cantos de pájaros que no sabría nombrar.

—No puedo hablar mucho —dije—. Solo quería oír tu voz.

—Eso lo dices siempre cuando va a pasar algo.

—No va a pasar nada.

—Grant Hunter, eres el peor mentiroso de la comunidad de inteligencia.

—Beth.

—Ya lo sé —dijo—. No puedes contármelo. No necesito que lo hagas. Solo vuelve a casa. Los dos.

—Te lo prometo.

—Y cuando esto acabe, me vas a llevar a algún sitio aburrido. Un sitio sin terroristas ni selvas.

—Iowa.

—Vale. Tampoco tan aburrido. —Se rio—. Te quiero.

—Y yo a ti.

—Ten cuidado.

—Siempre lo tengo.

—Mentiroso.

Después de que Dixon preparara las bolsas estancas para armamento y John confirmara la ruta de extracción, nos juntamos alrededor de un portátil para repasar el análisis de patrones de vida que Andi había reunido en los últimos días.

—Sacar a los rehenes es nuestro objetivo principal —dije—. Pero, si se presenta la oportunidad, no me importa eliminar de paso a la cúpula del CBA. Así que Sergio Valdez es Objetivo Alfa.

—Tiene un guardaespaldas personal —dijo Rafa—. El grandullón que lo sigue en todas las imágenes de dron que nos ha mandado Spectre One-Five. Siempre va armado, con lo que parece una variante de AK con cargador de tambor.

—Eso es. No sabemos cómo se llama —dije—. Lo designo Objetivo Bravo. Si nos cruzamos con Valdez durante la extracción, Bravo estará a su lado. Planificad en consecuencia.

Dixon levantó la vista de las bolsas.

—Anotado.

—Uno más —dijo John, y señaló un fotograma congelado del vídeo de prueba de vida—. Este es el cabrón que mató al rehén. Se mueve de forma errática y aparece cada poco cerca de la verja y del edificio de los rehenes. No forma parte de ningún relevo. Va donde quiere y cuando quiere.

—¿Tiene autoridad de mando? —pregunté.

—Eso parece. Los demás guardias lo tratan como a un superior.

Tampoco tenía nombre para él, pero su patrón sugería rango sin disciplina. El tipo más peligroso en un tiroteo: no había forma de predecir dónde estaría ni qué haría.

—Marcadlo como Objetivo Charlie —dije—. Si está cerca de los rehenes cuando entremos, es prioritario.

A las 18:47 pitó el sistema de comunicaciones por satélite.

—Aquí Trident Actual —dije.

—Spectre One-Five con tráfico urgente.

—Adelante.

—La NSA acaba de remitir una interceptación de los canales de comunicación del LJR. Una llamada telefónica entre el lugarteniente de Ríos en Bacalar y un jefe de unidad en la carretera de la costa.

Estaba parcialmente cifrada, pero la han descifrado en tiempo real.

El ataque al complejo del CBA está confirmado para esta noche.

La una y media local. Ríos lo dirige en persona.

Varios elementos de asalto convergen desde el sur y el oeste.

Fuerza estimada: entre cuarenta y cincuenta hombres.

Miré el reloj. 18:47. Siete horas y cuarenta y tres minutos.

—¿La Marina mexicana? —pregunté.

—Sigue en fase de planificación. Esta noche no es un factor.

—Recibido. La operación Trident se ejecuta esta noche. El equipo de asalto entra en el cenote a las veintitrés horas. La vigilancia aérea empieza a las veintidós horas, con las dos plataformas en el aire y cobertura total. En cuanto el LJR ataque el perímetro, avisa con «THUNDER ROLLING».

—Recibido, Trident Actual. Yo te avisaré.

—Trident Actual, corto.

El equipo se puso en marcha sin necesidad de órdenes. Dixon cargó las camionetas. Rafa revisó los rebreathers una última vez. John confirmó que sus recursos estarían en posición para la extracción.

A las 22:30 nos equipamos en silencio en el borde del cenote de entrada.

Primero nos pusimos los trajes secos y los rebreathers, después las armas.

En mi bolsa iba un HK416 con silenciador y cañón de veinticinco centímetros, lo bastante compacto para el tránsito por la cueva y lo bastante letal para el combate a corta distancia dentro del complejo.

El tiempo previsto para sacarlo, prepararlo y ponerlo en disposición de tiro después de emerger era de cuarenta y cinco segundos.

Lo había practicado con los ojos vendados en la nave de John hasta bajar a treinta.

Una Glock 19 con cañón roscado y silenciador iba en una funda estanca en el muslo, accesible durante la inmersión por si algo salía catastróficamente mal, aunque disparar una pistola bajo el agua era un último recurso a medio camino entre lo desesperado y lo suicida.

Dixon llevaba la misma configuración de HK416 y Glock 19.

Yo me colgué además un macuto con dos Beretta M9, cargadas y selladas en sus propias bolsas estancas.

Dixon no preguntó por qué llevaba dos armas cortas adicionales.

Entendía que los planes cambian en cuanto entras en contacto con el enemigo y que las armas de sobra nunca se desperdician.

En la bolsa de Rafa iba su HK G3 personal, el fusil que había llevado en las Fuerzas Especiales y que nunca devolvió.

Pesaba más que nuestros HK416, pero Rafa lo conocía y confiaba en él.

A oscuras y bajo presión querías el arma que tus manos ya entendían.

Como secundaria llevaba una Beretta M9 del inventario de John.

Cada uno llevaba un monocular de visión nocturna PVS-14 en una caja estanca enganchada al arnés, además de carretes de hilo guía, barras de luz química y auriculares de radio estancos dentro de bolsas selladas.

Dixon cargaba con dos granadas de fragmentación y Rafa, con la carga de brecha para el muro del paso seco.

A las 23:30 teníamos todas las correas ceñidas y todos los sellos comprobados, y habíamos verificado que cada arma estuviera seca y funcionara antes de guardarla en su caja. Estábamos listos.

—Prueba de comunicaciones —dije.

—Spectre One-Five, lista —llegó la voz de Andi desde Langley.

—Trident Two, listo —dijo Dixon.

—Trident Three, listo —dijo Rafa.

—Trident Four, listo —dijo John, que se quedaría en superficie para coordinar la exfiltración y comunicarse con Spectre One-Five mientras nosotros estábamos en lo más hondo de la cueva.

—Trident Actual, listo. Vamos a sacarlos —dije.

Como en la inmersión de reconocimiento, Rafa fue en cabeza. Yo lo seguí. Dixon cerró la marcha.

El tránsito por la cueva duró noventa minutos de frío, oscuridad y concentración absoluta. Los estrechamientos eran tan brutales como los recordaba. La mano izquierda se me acalambró dos veces. Las dos veces cambié a la derecha y seguí avanzando.

Emergimos en el cenote del complejo a la 01:05. A la 01:10 nos habíamos quitado el equipo de buceo y sacado las armas de las bolsas estancas bajo el resplandor verde de una barra de luz química. Revisamos los fusiles, enfundamos las armas cortas y montamos los monoculares de visión nocturna.

Subimos hasta la base de la chimenea y esperamos.

A la 01:28, por los auriculares llegaron dos palabras de Spectre One-Five.

—THUNDER ROLLING.

El complejo estalló sobre nuestras cabezas con el traqueteo de las armas automáticas y el retumbar grave de una ametralladora montada en vehículo. Oímos gritos y botas corriendo hacia el muro sur, hacia el combate.

Subimos por la chimenea. A través de la vegetación de la boca vi el patio iluminado por la extraña combinación de los fogonazos y el resplandor del acuario. Me icé y ocupé posición detrás del murete de contención. Dixon me siguió a la derecha, Rafa a la izquierda.

El edificio de los rehenes estaba a cuarenta metros. Un guardia seguía junto a la puerta, con el fusil apuntando hacia el ruido del combate y de espaldas a nosotros.

Levanté el fusil.