Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 25Marisol #2
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Capítulo 25Marisol #2

Dejé que una lágrima me rodara por la mejilla.

—Vargas vino a verme después de su reunión.

Estaba fuera de sí y me obligó a hacer cosas…

para complacerle. —Me detuve y aparté la mirada con fingida vergüenza—.

Cuando terminó, dijo cosas sobre usted y sobre su liderazgo.

Dijo que la organización necesitaba a alguien que no tuviera miedo de actuar.

Dijo que tenía contactos fuera de la organización que entendían su valor aunque usted no supiera verlo.

Esta era la mentira. La mentira cuidadosa, calculada con precisión, que llevaba construyendo desde la noche en que decidí que Vargas moriría.

Todo lo anterior era verdad: me había hecho daño, había venido a mi habitación en el pasado, me había puesto las manos encima. La verdad le daba vida a la mentira.

El truco no era la mentira en sí. Era la contraacusación, la respuesta que provocaba, la que confirmaba la mentira original y la volvía real.

Le había dicho a Vargas que Sergio no se fiaba de él y ahora le decía a Sergio que Vargas planeaba traicionarlo.

Cada uno se enfrentaría al otro armado con la sospecha que yo había fabricado, y el enfrentamiento mismo produciría las pruebas.

Vargas se mostraría desafiante porque yo le había dicho que esperara un ataque.

Sergio leería el desafío como culpa porque yo lo había preparado para verlo así.

La contraacusación haría mi trabajo por mí.

—¿Dijo que tenía contactos fuera de la organización? —repitió Sergio despacio.

—No sé a qué se refería. Quizá a los Jaguares. Quizá a otra gente. Yo solo sé lo que me dijo a mí, y se lo cuento porque tengo miedo. No de usted. —Bajé la vista—. De él.

Sergio se levantó y rodeó el escritorio.

Alargó la mano y me levantó la barbilla, igual que me había tocado la cara ensangrentada la primera mañana después del secuestro.

Fue posesivo, escrutador e íntimo de una forma que me dio escalofríos.

Pero le sostuve la mirada y dejé que viera lo que yo necesitaba que viera.

Una mujer leal que había acudido a él porque confiaba más en su protección que en el lugarteniente que conspiraba contra él.

—Has hecho bien en contármelo —dijo—. Vuelve con los rehenes. No le digas nada a nadie.

—Sí, jefe.

Salí del despacho con la cabeza gacha, en la postura de una subordinada agradecida. A mi espalda oí a Sergio coger el teléfono y decir una sola palabra: «Gordo».

Sonreí. Cuando Sergio llamaba a Gordo, significaba que había tomado una decisión.

Volví a la cocina y me serví un vaso de agua. Las dos actuaciones, la seductora para Vargas y la víctima para Sergio, habían durado menos de dos horas y habían puesto en marcha algo que ya no podía detenerse.

No tuve que esperar mucho. Cuarenta minutos después oí gritos en el patio. La voz de Vargas, aguda y a la defensiva. Luego la de Sergio, baja y rotunda. Luego un disparo.

Un disparo. No hizo falta más.

Fui hasta la ventana y me asomé. Vargas estaba en el suelo, cerca del acuario, con la pistola cromada todavía enfundada en la cadera y la camisa caqui planchada tiñéndose de rojo por una herida en el pecho.

Sergio estaba de pie sobre él con un arma en la mano, y Gordo un paso por detrás, con la suya desenfundada pero sin necesidad de usarla.

Sergio bajó la vista hacia el hombre que había sido su segundo de confianza durante cuatro años. Luego se dio la vuelta y volvió a la hacienda sin decir palabra.

Me acerqué a Vargas para verlo morir. Tardó unos dos minutos. Las manos se le abrían y se le cerraban sobre la tierra apisonada, agarrando la nada. Las botas lustradas rascaron el suelo y después los ojos encontraron el cielo y se quedaron ahí.

No sentí nada, y eso me sorprendió. Esperaba satisfacción, o al menos el alivio de saber que ya no podría hacerme daño. En lugar de eso hubo la fría constatación de que en cuestión de días otro ocuparía el puesto de Vargas. Y ese alguien acabaría fijándose en mí.

Bueno, pensé, eso ya lo veremos.

No volví con los rehenes. Había algo que necesitaba hacer mientras todo el complejo seguía conmocionado por lo que acababan de presenciar.

Encontré a Tomás Herrera detrás del edificio del generador, fumando un cigarrillo y mirando cómo los guardias arrastraban el cuerpo de Vargas hacia la línea de árboles.

Lo había visto todo desde el otro lado del complejo.

Y como él, todos los demás pescadores del lugar.

Los lugartenientes creían que los hijos de los pescadores no se enteraban de nada.

La verdad era que se enteraban de todo. Simplemente sabían que era mejor no reaccionar.

—Ven conmigo —dije.

Fuimos por el muro norte, el bajo, el lado que nadie vigilaba porque el barranco hacía el trabajo.

—Anoche golpearon un almacén de los Jaguares —dije—. Hay cuatro muertos, entre ellos Héctor Sosa.

Herrera dio una calada al cigarrillo. Si le sorprendió que Héctor hubiera participado en el ataque, no lo demostró.

Los pescadores que trabajaban las rutas de la costa llevaban días notando cosas: camionetas moviéndose por la carretera de noche, caras nuevas en los pueblos.

Los hombres estaban eligiendo bando. Algunos estaban cambiando de bando, como pasa cuando las facciones rivales se preparan para la guerra.

—Es el principio de algo más grande —dije—. Los Jaguares Rojos vienen. Quizá mañana por la noche. Quizá la noche siguiente. Cuando vengan, atacarán este complejo con todo lo que tengan.

—¿Y Sergio? —preguntó Tomás.

—Sergio acaba de matar al único lugarteniente competente que tenía sobre el terreno.

—Dejé que aquello calara—. Los hombres del muro son soldados que obedecen órdenes.

Sergio le ha metido una bala en el pecho a la última persona en la que confiaban para dirigirlos.

Cuando ataquen los Jaguares, nuestra defensa será caótica, indisciplinada y probablemente breve.

Herrera dejó caer el cigarrillo y lo aplastó con la bota. —¿Qué necesitas?

Era la pregunta que llevaba años esperando oír. No «¿qué quieres?». Querer era teórico. Necesitar era operativo.

—Necesito hombres dispuestos a luchar por una vida mejor. No los guardias del muro. Hombres que estén escondidos fuera del complejo cuando empiecen los tiros. Quince o veinte hombres de tu confianza. Todos armados y listos para moverse a mi señal, y ni un momento antes.

—¿Los pescadores? —preguntó.

— Sí . Tu gente. Los del muelle, a los que los lugartenientes nunca se molestaron en armar porque creen que los hijos de los pescadores solo sirven para cargar cajas y contar peces.

Los primeros a los que se sacrifica y los últimos a los que se protege.

—Lo miré—. Llevas meses organizándolos, Tomás.

No me digas que no. He visto cómo te miran.

He visto cómo se mueven cuando tú estás mirando.

Lo pensó un momento y asintió.

—Vendrán hombres, y algunas mujeres también, si se lo pido yo, si se lo pides tú —dijo con cautela—. Pero no tienen armas. Como tú has dicho, los lugartenientes no arman a los pescadores .

—Vargas tenía armas escondidas en una casa cerca de la carretera de la costa.

Hay fusiles, munición y chalecos antibalas suficientes para lo que necesitamos.

Los usaba para armar a sus hombres cuando transportaban producto.

Sergio no sabe que ese alijo existe; Vargas lo mantenía al margen del sistema como su propio seguro.

—Hice una pausa—. Vargas ya no va a necesitarlo.

Herrera se me quedó mirando.

—Esta noche te doy la ubicación. Llévate a dos hombres de confianza. Cargadlo todo en una camioneta y escondedlo fuera del perímetro. Lado sur, apartado del camino de acceso, en la selva. Cuando yo llame, traes a los demás. No antes.

—¿Y la señal?

—La oirás por la radio, en el canal de los pescadores . Mi indicativo será «La Manta».

No preguntó por qué lo hacía. No cuestionó mis motivos. Lo único que veía era que yo le estaba dando lo único que nadie de aquella organización había ofrecido jamás a los hijos de los pescadores: la oportunidad de ser algo más que prescindibles.

Asintió una vez. Luego se alejó, de vuelta al edificio del generador, de vuelta a sus cajas, sus cigarrillos y las tareas menores que lo habían mantenido vivo hasta entonces. Pero ahora los hombros se le veían distintos. Más rectos.

Lo vi marcharse y me volví a pensar en lo que vendría después. Aunque ya conocía la respuesta a casi todo.

Los Jaguares venían. Los americanos venían.

Sergio estaba perdiendo el control de una organización que se resquebrajaba por dentro desde que Neto quemó un barco de buceo y metió nueve problemas por la puerta principal.

Y pronto, apostada en la selva con los fusiles del alijo de un muerto, habría una fuerza que no respondía ante nadie de la cadena de mando del CBA.

Una fuerza que solo respondía ante mí.