Capítulo 25Marisol
MARISOL
El complejo estalló en el caos cuando llegó la noticia desde el sur.
Yo estaba en la cocina cuando oí a Sergio levantar la voz.
No la voz controlada y medida que usaba para los negocios.
La otra. La que significaba que alguien estaba a punto de sangrar.
Salí al pasillo, desde donde podía ver por la puerta abierta de su despacho sin que me vieran a mí.
Paco, un sicario de la gente de Vargas, le tendía el móvil a El Tiburón y hablaba deprisa.
Un policía que le debía dinero lo había llamado para contarle un ataque contra un almacén clandestino del LJR. Había llegado el primero, había hecho las fotos y se había largado antes de que aparecieran los Jaguares a inspeccionar los daños.
Le dijo a Sergio que tres de los Jaguares estaban muertos.
Que había encontrado producto abandonado sobre la mesa y que fuera, boca abajo en la tierra, estaba Héctor Sosa.
Yo conocía a Sosa. Era gordo y vago y era el jefe de Chuy. La idea de verlo tirado y muerto en la tierra me hizo sonreír.
Sergio repasó las fotografías durante un buen rato. Después miró a Vargas, que estaba apoyado en la pared con los brazos cruzados y cara de preocupación.
—Explícame esto —exigió Sergio.
Vargas negó con la cabeza. —No puedo. Yo no autoricé ninguna operación contra Los Jaguares. Ninguno de mis hombres…
—Uno de tus hombres está muerto en el lugar. Sosa trabajaba la costa. Ese es tu territorio. Tu gente.
—Sosa era un borracho que iba por libre. Podría haber estado…
—¿Podría haber estado qué? ¿Qué motivo podía tener para estar allí?
Vargas no dijo nada, pero Paco eligió ese momento para hablar.
—Mi contacto de la policía dijo que la camioneta acribillada que había delante de la casa está vinculada a uno de nuestros negocios en Cozumel.
—O sea, que ese idiota de Sosa está ahí tirado, muerto, al lado de una de nuestras camionetas. ¿Sabes lo que parece esto? —preguntó Sergio, fulminando a Vargas con la mirada.
—Que alguien intenta hacer que parezca que atacamos al LJR —dijo Vargas. Tenía la voz firme, pero yo le veía la tensión en la mandíbula. Sabía que pisaba terreno peligroso—. Alguien de fuera de la organización. Esto es un montaje.
—O alguien de dentro de la organización —dijo Sergio en voz baja—. Alguien que ha decidido ampliar nuestras operaciones sin consultarme. O hacer negocios por su cuenta. Tenemos un traidor o un espía entre nosotros.
La habitación se enfrió. Los guardaespaldas de Sergio cambiaron el peso de un pie a otro, ese ajuste inconsciente que hacen los hombres armados cuando intuyen que la conversación puede requerir su participación.
Vargas descruzó los brazos. —¿Me estás acusando?
—Solo constato un hecho —dijo Sergio.
—Yo no ordené esto. No sé cómo acabó Sosa en ese almacén clandestino. Pero lo averiguaré.
Sergio se le quedó mirando un largo rato.
Luego lo despidió con un gesto de la mano, sin zanjar nada, y Vargas salió.
Pasó a medio metro de donde yo estaba en el pasillo.
No me vio mientras se alejaba furioso, con la mente agitada por la rabia y el orgullo herido.
Pero yo sí lo vi a él. Vi la furia en su cara por la humillación de que lo cuestionaran delante de subordinados.
Lo habían desafiado en público y no tardaría en querer reafirmarse.
Yo reconocía esa energía. Ya me había tocado soportarla antes.
Era el momento. El que llevaba planeando desde la noche en que miré a los ojos de Julie Torres y decidí dejar de ser invisible.
Encontré a Vargas veinte minutos después, cerca de la zona de vehículos, en el lado este del complejo.
Estaba apoyado en un todoterreno negro, fumando un cigarrillo, mirando a la nada.
La rabia seguía irradiando de él como el calor del asfalto.
Sus hombres, que conocían las señales de peligro tan bien como yo, se mantenían lejos, sin ganas de darle una excusa para descargarla.
Me acerqué y me apoyé en el todoterreno a su lado, lo bastante cerca para que casi se nos tocaran los hombros. Más cerca de lo que jamás me había acercado a aquel hombre por voluntad propia.
Me miró con una sorpresa que se convirtió en desconfianza. —¿Qué quieres, Marisol?
—Hablar. De lo que acaba de pasar ahí dentro.
—No hay nada de qué hablar. Sergio está perdiendo la cabeza. Ve conspiraciones que no existen.
—Quizá —dije, y me giré hacia él, orientando el cuerpo hacia el suyo.
Llevaba los dos botones de arriba de la camisa desabrochados y nada debajo.
La tela se abría lo justo para atraerle la atención.
Vi cómo se le iban los ojos al escote y volvían a subir.
No podía evitarlo. Los hombres como Vargas nunca podían.
—O quizá —continué, con la voz más baja— Sergio no esté viendo lo que de verdad tiene delante. Está tan obsesionado con quién atacó a los Jaguares que no ve lo que viene después.
—¿Qué viene después?
—Los Jaguares van a tomar represalias. No les queda otra. Les han destruido un almacén. Les han matado a sus hombres y creen que fuimos nosotros. Que fuéramos o no da igual; van a creer que sí, y van a responder.
Vargas dio una calada al cigarrillo y no dijo nada. Pero estaba escuchando, aunque los ojos se le hubieran vuelto a caer.
—Cuando eso pase —dije—, el CBA va a necesitar a alguien que dirija la defensa. Alguien en quien los hombres confíen. Alguien que no se ponga nervioso. —Hice una pausa y dejé que la insinuación creciera—. Neto no.
—No. Neto no —convino Vargas. Y ahí estaba: el destello de ambición detrás de la rabia.
Me acerqué todavía más y le puse la mano en el pecho, sobre el corazón.
Lo notaba latir bajo la palma. Se tensó, pero no se movió, esperando a ver adónde iba aquello.
Dejé que la mano bajara hasta el cinturón, y más abajo, y lo encontré a través de la tela del pantalón.
Apreté con suavidad. Se le cortó la respiración y el bulto creció un poco en mi mano.
—Cuando lleguen los Jaguares —susurré, inclinándome hasta casi rozarle la oreja con los labios—, Sergio estará en su despacho, mirando a sus tiburones y haciendo llamadas. Ahora no se fía de ti por lo de Sosa en el almacén. No te va a querer a su lado ni te va a pedir consejo.
—No, me necesita —protestó Vargas sin fuerza.
—No —dije, y le besé el cuello con suavidad—. Te necesitamos nosotros. Te necesito yo. Serás tú el que esté en el muro con un fusil. Serás tú al que sigan los hombres. Y después, cuando se gane la batalla, la organización recordará quién luchó y quién se escondió. Yo lo recordaré.
Lo sostuve en la mano un segundo más, lo solté con un apretón y di un paso atrás.
Tenía los ojos oscuros y la respiración acelerada.
Le sostuve la mirada y dejé que la promesa no dicha quedara flotando entre los dos, la promesa de lo que vendría después.
La recompensa del poder, lo que él había intentado quitarme por la fuerza y que ahora se le ofrecía libremente como incentivo.
—Piénsalo. Piensa en mí —dije mientras me alejaba. Sentí sus ojos en mí todo el trayecto por el patio. Que mirara. Que soñara con un futuro en el que dirigiera el CBA y la mujer que siempre se le había resistido hubiera sucumbido por fin a su poder.
Esa fantasía lo mantendría caliente las próximas horas. Era todo lo que yo necesitaba.
Fui al despacho de Sergio una hora después. Los guardaespaldas me dejaron entrar porque tenía que informar sobre los rehenes, sus horarios de comida, su estado médico y el chico que no había dicho una palabra desde que mataron a su padre.
Sergio estaba sentado tras su escritorio, mirando unas fotografías que alguien debía de haber impreso del móvil de Paco. No levantó la vista cuando entré.
—Los rehenes están estables —dije—. El chico necesita un médico. No come. Pero los demás están colaborando.
Sergio se limitó a gruñir. No le interesaba lo más mínimo. Tenía la cabeza en el almacén clandestino, en Sosa, en los Jaguares y en Vargas.
No me marché. Me quedé de pie delante del escritorio, esperando. Al cabo de un momento, levantó la vista.
—¿Qué pasa, Marisol?
Dejé caer los hombros y lo miré con los ojos brillantes de lágrimas.
La máscara que llevaba para Sergio era distinta de la que había llevado para Vargas.
No era la fuerza atraída por la fuerza, sino una mujer asustada que buscaba protección en el único hombre que podía dársela.
Dejé que los ojos se me fueran a las fotografías del escritorio y luego los aparté, como si no soportara mirarlas.
—Necesito contarle una cosa —dije, con la voz baja y temblorosa. Como si me diera miedo hablar pero no tuviera elección—. Sobre Vargas.
Los ojos de Sergio se afilaron. —¿Qué pasa con él?
—Él… —Me detuve. Tragué saliva y dejé que el silencio se alargara—.
Lleva semanas haciéndome daño. Desde antes de que usted me pusiera al cargo de los rehenes.
Viene a mi habitación por la noche. Me pone las manos encima y me obliga a hacer cosas.
—Me toqué el cuello de la camisa, el mismo que había abierto para Vargas una hora antes, y me lo cerré, un gesto de pudor que también sugería daño—.
Me ha dado miedo decir nada porque él es su lugarteniente y yo no soy nadie.
La expresión de Sergio cambió. No se ablandó en preocupación por mí.
Sergio no se ablandaba. Estaba furioso. No en mi nombre, sino porque alguien había tocado algo que pertenecía a su operación y que, por tanto, le pertenecía a él.
La misma furia que habría mostrado si alguien hubiera dañado un vehículo o robado de las reservas de efectivo.
Yo era propiedad. Pero era propiedad suya.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Muchas veces. Pero ha ido a peor desde que llegaron los rehenes. Está furioso. Se siente cuestionado. Y ahora, después de lo de hoy, después de que usted lo cuestionara… —Dejé la insinuación en el aire.
—¿Qué me estás diciendo?