Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 24Grant
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Capítulo 24Grant

GRANT

El vídeo de prueba de vida llegó por un enlace descendente seguro del GRC.

Andi le había cobrado un favor pendiente a un contacto enamorado de ella en la NSA, un analista de señales llamado Kevin no sé qué, que trabajaba en la sección de México en Fort Meade.

Por lo visto, llevaba intentando que Andi cenara con él desde que se conocieron en una conferencia conjunta de designación de objetivos seis meses atrás.

Ella le había dado los números de teléfono, las direcciones de correo y las cuentas de redes sociales de todas las familias de los rehenes y le había pedido que marcara cualquier tráfico entrante procedente de Quintana Roo.

Cuando el cártel envió el vídeo de prueba de vida a la familia Miller por WhatsApp, los filtros de Kevin capturaron el archivo cifrado y los metadatos en el enlace ascendente de la red móvil antes de que la aplicación hiciera desaparecer el contenido.

Una vez pasado por un programa de descifrado que quedaba tan por encima de mi nivel de acceso como de mi capacidad de comprensión, el archivo llegó al terminal de Andi menos de treinta minutos después de que el CBA pulsara «enviar».

—Me debes una —dijo Andi por nuestra línea segura—. Kevin no va a aceptar otro aplazamiento. Quiere comida italiana. En un sitio bonito. Ha dicho expresamente que quiere manteles blancos.

—Dile que le invito a un chuletón cuando esto acabe.

—Sin ánimo de ofender, Grant, pero no quiere una cena de chuletón contigo. Quiere linguine a la luz de las velas conmigo. Esto sale de tu karma.

Abrí el archivo en el portátil y dejé de hablar, porque lo que había en la pantalla hizo que el linguine, Kevin y todo lo demás se desvanecieran.

—Gracias, Andi. Te prometo que te lo compensaré —dije, y colgué.

El vídeo duraba cuatro minutos y treinta y siete segundos. Lo vi tres veces.

La primera lo vi como padre, saltándome a todos los demás con el avance rápido y deteniéndolo solo cuando la cámara se acercó a Chase. Estaba sentado delante del objetivo y recitó con calma una súplica preparada que era evidente que detestaba.

«Me llamo Chase Hunter. Hoy es veintiuno de marzo.

Nos están tratando bien. Estoy bien. Al cien por cien.

Mejor que nunca.» Hizo una pausa. «Decidle a mi familia que la quiero.

Decidles a Hailey y a Vicky que las echo de menos, y decidle a mamá que espero estar en casa para el cumpleaños de papá, el veinticinco.

Tengo ganas de la cena de cumpleaños en el restaurante Beefeater.

» Otra pausa. «Aquí nos dan bien de comer, pero me vendría muy bien un buen chuletón después de tanto arroz y tantas tortillas. »

Michaela iba después, y se presentó como «Michaela Johnston». Aquello me sorprendió. No se me había ocurrido que los dos fueran a intentar ocultar su identidad inventándose un alias. No aguantaría mucho, pero quizá nos hiciera ganar algo de tiempo.

El vídeo pasó a una escena que, a juzgar por el ángulo de la luz que entraba por la ventana, se había grabado aparte de los vídeos de prueba de vida.

Una voz fuera de plano desmontaba sistemáticamente a Brad Kellerman, sentado en un colchón sucio.

El negocio en quiebra, el divorcio, los bienes congelados, la deuda de la tarjeta de crédito.

Kellerman se vino abajo y empezó a gritar sobre ciudadanos estadounidenses, embajadas y abogados.

Para sorpresa de absolutamente nadie en aquella habitación, salvo quizá del propio Kellerman, la escena terminó cuando un hombre con un revólver entró en el encuadre y le disparó en el pecho.

La cámara mantuvo el plano del cuerpo durante cinco segundos. Después el vídeo se fundió a negro.

La segunda vez lo vi como oficial de inteligencia.

Fui parando en cada rehén y evaluando su estado.

Sam Torres estaba serena, profesional, funcional.

Julie Torres se estaba deteriorando, con la voz quebrándosele cada dos palabras.

Harry Miller estaba sereno pero débil. Mucho más frágil de lo que yo esperaba.

Lo mismo podía decirse de su mujer. Carlos Reyes parecía retraído, mecánico, cerca de bloquearse por completo.

Ethan Kellerman estaba casi catatónico. Michaela mantenía la tapadera bajo la presión directa de Valdez.

Aguantaba, pero la tensión empezaba a notarse.

Volví al vídeo de Chase. Para sus captores era un universitario con morriña que divagaba sobre su familia y echaba de menos su comida favorita. Era convincente y obediente. Exactamente lo que pedía el guion.

Yo vi algo completamente distinto. No lo capté en el primer visionado.

Estaba demasiado ocupado siendo padre, demasiado ocupado examinándole la cara en busca de lesiones, calculando el peso que había perdido, leyendo el agotamiento en la tensión de su mandíbula.

Pero en aquella pasada, mientras la parte analítica de mi cerebro se imponía por fin a la paterna, sus palabras cobraron otro sentido.

«Al cien por cien. Mejor que nunca.»

Esa era mi frase. Mi muletilla. Lo que le decía a Beth y a los niños cada vez que volvía a casa de una operación con las costillas magulladas, una cojera o unos puntos que intentaba esconder.

«¿Cómo te encuentras, papá?»

«Al cien por cien. Mejor que nunca.»

Se había convertido en una broma familiar. Cuanto más destrozado estaba, más énfasis ponía al decirla. Los niños llevaban años burlándose de mí por eso. Jamás en la vida la había usado en serio.

Me estaba diciendo que no estaba bien. Que nada de aquello estaba bien.

«Decidles a Hailey y a Vicky que las echo de menos.»

Vicky. Nadie llamaba «Vicky» a Torie. Nadie.

En séptimo curso se declaró en guerra con una profesora sustituta por ese motivo, y desde entonces corregía a la gente con una hostilidad creciente.

Usar ese nombre delante de la cámara no era un descuido.

Era una señal. Una señal de coacción elegida a propósito, de las que a los oficiales de inteligencia se les enseña a usar cuando un mensaje se entrega bajo coacción.

«El cumpleaños de papá, el veinticinco.»

Mi cumpleaños es el veintisiete de marzo.

Ni Chase ni sus hermanas lo habían olvidado nunca.

El chaval que se sabía el número de camiseta de cada compañero de equipo y el aniversario de cada novia no iba a equivocarse con el cumpleaños de su propio padre.

Veinticinco era un número, no una fecha.

La estimación de Andi sobre los guardias era de veinte a treinta hombres armados. Chase había confirmado la cifra.

«La cena de cumpleaños en el Beefeater.»

En la superficie, un comentario inocente de un chaval que esperaba con ganas una cena de chuletón con su familia.

Pero la palabra Beefeater se me enganchó en algún rincón de la cabeza.

Y entonces caí. Era el nombre de los guardias emblemáticos de la Torre de Londres.

Hoy sus funciones son ceremoniales, pero su cometido original era custodiar prisioneros.

Beth y yo habíamos llevado a Chase a visitar la Torre de Londres cuando tenía catorce años.

Los Beefeaters lo habían fascinado y había acribillado a nuestro guía a preguntas sobre sus funciones y sobre si llevaban armas.

Yo me había sentido orgulloso en silencio. Beth se había preocupado en silencio.

Veinticinco Beefeaters. Veinticinco guardias.

Chase había convertido su vídeo de prueba de vida en un informe de inteligencia que contenía una señal de coacción codificada, un recuento de guardias y la confirmación de que las palabras del guion eran mentira.

Todo en sesenta segundos de vídeo que sus captores le habían visto grabar sin encontrar nada raro.

Me fijé en el hombre que había ejecutado a Kellerman.

Se movía con la confianza nerviosa de quien disfruta con la violencia pero carece de disciplina.

Era peligroso por impredecible, no por hábil.

Me memoricé su cara para el asalto. Si me lo encontraba dentro del complejo, el enfrentamiento duraría medio segundo.

La tercera vez vi el vídeo como el hombre que iba a franquear la entrada de aquella habitación.

Repasé fotograma a fotograma todos los planos que mostraban la construcción de la habitación.

La puerta era de madera maciza, con las bisagras por fuera y un cerrojo corredero exterior.

Inteligente, desde el punto de vista de un carcelero.

Bisagras y herrajes, todos en el lado del pasillo, sin nada que los ocupantes pudieran manipular.

La habitación estaba diseñada para retener a gente dentro, no para impedir la entrada de un equipo de rescate.

Lo que significaba que bastaría con vencer el candado del cerrojo, si es que lo había, y abrir la puerta de un tirón.

Aun así, tomé nota de colocar una carga de brecha para arrancar la puerta entera del marco si hacía falta.

Las paredes parecían de bloque de hormigón estándar.

Detendrían un disparo de pistola y casi toda la fragmentación, pero no el fuego de fusil.

Tendríamos que vigilar los proyectiles capaces de atravesar los muros y alcanzar a los rehenes de dentro.

La única ventana de la pared norte medía unos cuarenta y cinco centímetros de lado y estaba enrejada con varilla corrugada soldada. No era una vía de entrada viable.

Los cuarenta metros de patio abierto entre el cenote y el edificio de los rehenes eran una preocupación seria. En el caos de un asalto del LJR, con los guardias desplazados al perímetro, esa distancia podía estar libre. O podía ser una zona de muerte. No había forma de saberlo hasta estar dentro.

Cerré el portátil justo cuando pitó la radio por satélite.

—Trident Actual, aquí Spectre One-Five. Dos novedades.

—Adelante.

—Primera: las interceptaciones de la NSA muestran un aumento de las comunicaciones cifradas entre el secretario de la Defensa Nacional mexicano y el comandante de infantería de marina en Chetumal.

Los patrones son compatibles con una planificación operativa.

También veo movimiento logístico en la base naval: camiones cisterna, vehículos de transporte, actividad en el hangar de helicópteros.

Se valora que el Gobierno mexicano conoce la ubicación de los rehenes y se prepara para montar una respuesta militar.

Un asalto militar mexicano sería catastrófico. Poco conocidos por su sutileza, los mexicanos atacarían con una fuerza abrumadora. Vehículos blindados y helicópteros. Valdez ejecutaría a los rehenes en cuanto oyera los rotores. El rescate se convertiría en una masacre.

—¿Plazos?

—Setenta y dos horas como mínimo, según el ritmo logístico.

Pero es una estimación. La presión política podría acelerar la acción.

Hay más contexto sobre la movilización de la Marina —continuó Andi—.

Veo tráfico de cables en el que los mexicanos nos acusan de ocultar información sobre la situación de los rehenes.

El Departamento de Estado acusa a los mexicanos de no actuar con la información que ya les hemos pasado.

Acusaciones y contraacusaciones en las dos direcciones.

El despliegue de la Marina puede ser la manera que tiene México de zanjar la discusión. De un modo o de otro.

—¿Cuál es la segunda novedad?

Su voz cambió. —La operación de bandera falsa está funcionando mejor de lo que habíamos planeado.

Las interceptaciones SIGINT de los canales del LJR muestran un pico enorme de tráfico cifrado entre Bacalar y el rancho de Ríos.

Estoy siguiendo convoyes que suben hacia el norte por la carretera, ocho camionetas por lo menos, entre veinte y treinta hombres armados.

El patrón de movimiento no es de reconocimiento. Es una fuerza de asalto.

—¿Cuándo?

—Por lo que estamos viendo, valoro con una confianza alta que el LJR atacará el complejo del CBA mañana mismo por la noche.

—Spectre One-Five, mantén vigilancia continua en los dos frentes: las zonas de concentración del LJR y la base naval de Chetumal. En cuanto cualquiera de los dos se mueva hacia el complejo, necesito saberlo.

—Ya he repartido la cobertura de los drones. Una plataforma sobre el complejo y las vías de aproximación del LJR; la otra barriendo la base naval cada cuarenta minutos.

—Mañana por la noche —dije—, la operación Trident sigue adelante. Empieza a montar el paquete de vigilancia aérea, desde la fase de asalto hasta la extracción. Imagen completa desde el momento en que entremos en el agua hasta que la última camioneta salga de la selva.

—Recibido. Paquete listo mañana a las 18:00. Spectre One-Five, corto.

Dejé la radio y miré a Dixon y a John. Entendían que nuestros plazos acababan de comprimirse de manejables a críticos.

Ya no corríamos contra un reloj. Corríamos contra tres: nuestra propia operación, el asalto del LJR que habíamos fabricado y una respuesta militar mexicana que no podíamos controlar.

—Mañana por la noche —dije—. Vienen los Jaguares. Viene la Marina mexicana. Y nosotros vamos a llegar antes.

Dixon se puso en pie. —Preparación de equipo. Lo tendré todo cargado para el mediodía.

John alargó la mano hacia el teléfono. —Vehículos de extracción confirmados al otro lado del barranco, detrás del complejo. Esta noche recorro la ruta una vez más.

Me quedé solo en la sala de planificación después de que se fueran, repasando mentalmente los vídeos de los rehenes. Viendo el miedo en sus caras. Mañana por la noche iba a entrar por la fuerza en aquella habitación y a salir con todas las personas que había dentro respirando.

Todos y cada uno.