Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 22Prueba de vida
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Capítulo 22Prueba de vida

PRUEBA DE VIDA

El cerrojo se descorrió a mediodía, cosa insólita. El horario de comidas y letrina de Marisol había sido constante. Por la mañana y por la noche, los mismos guardias, la misma rutina. Una visita a mediodía significaba que algo había cambiado.

Entró Sergio Valdez. Lo seguía Neto, y con él un hombre gordo con una cámara de vídeo. Detrás de ellos, Marisol se quedó en el umbral, con la cara inexpresiva.

—Traigo noticias —dijo Sergio, apartando una silla de la pared y sentándose—. Algunas son buenas. Otras, no tanto.

Nadie habló. Los rehenes ocupaban sus posiciones ya familiares a lo largo de las paredes.

Harry desplomado junto a Linda. Sam y Julie apretadas la una contra la otra.

Michaela al lado de Chase. Carlos contra la pared del fondo.

Brad en el colchón, balanceándose. Ethan hecho un ovillo junto a Linda, que se había convertido en su madre sustituta a falta de un padre capaz de ejercer como tal.

—Permítame empezar por usted, Carlos. —Sergio se volvió hacia el divemaster con una expresión que se aproximaba a la cordialidad—. Hemos contactado con su familia en Cozumel. Con su madre, creo. Y con su tío, el dueño del pequeño centro de buceo que hay cerca de la terminal del ferry.

Carlos se puso rígido.

—Entienden la situación —continuó Sergio—.

Están reuniendo lo que pueden. Quiero que sepa que seremos razonables con ellos.

Su familia es gente trabajadora. Pescadores.

Operadores de buceo. No somos unos monstruos.

—Hizo una pausa y dejó que la ironía de aquella frase llenara la habitación—.

No se les pedirá más de lo que puedan asumir.

Quizá incluso lleguemos a un acuerdo. Un plan de pagos, por así decirlo.

Cuotas mensuales. El negocio de su tío funciona bastante bien durante la temporada turística, y su barco podría sernos útil para nuestra operación.

Carlos no dijo nada. Tenía la mandíbula apretada y las manos apoyadas en el suelo, a los lados, mientras asimilaba lo que significaba que el CBA absorbiera el negocio de su familia.

—En cuanto a los demás —dijo Sergio, volviéndose para dirigirse a toda la habitación—, el proceso no ha hecho más que empezar.

Tenemos maneras de contactar con familias en Estados Unidos, pero lleva tiempo.

Su Gobierno complica estas cosas. Vigilan las comunicaciones, rastrean las llamadas, involucran a agencias con siglas que nadie consigue recordar.

—Sonrió de su propia broma—. Pero tenemos experiencia en estos asuntos.

Se establecerá el contacto. A sus familias se les dirá que están ustedes vivos, que se les trata bien y que hace falta un pago para su regreso sanos y salvos.

—¿Cuánto? —preguntó Harry. Su voz era el graznido tembloroso de un anciano asustado. La interpretación no fallaba nunca.

—Eso depende de cada uno —dijo Sergio—. Somos hombres de negocios razonables. Un policía jubilado y su mujer, de Nueva Jersey. Tienen una pensión y unos ahorros, quizá una casa que se pueda hipotecar. A sus hijos solo les pediríamos lo que sea justo.

Chase estaba seguro de que lo que el CBA consideraba «justo» sería bastante distinto de lo que pensarían las familias de cada uno.

Sergio miró a Sam y a Julie. —Dos profesionales. Una enfermera. Otra con un popular canal de vídeos en internet. Sus familias tienen recursos. Su empresa tiene pólizas de seguro de secuestro y rescate para empleados retenidos en el extranjero. Estas cosas se pueden negociar.

Se volvió hacia Chase y Michaela. —Un atleta universitario y su novia.

Quizá sus familias sean ricas. Quizá no.

Pero una universidad tiene recursos. Un programa de fútbol americano tiene donantes.

Y padres. —Hizo una pausa—. Los padres encuentran dinero que no sabían que tenían en cuanto sus hijos corren peligro.

Chase no movió un músculo de la cara. A su lado, la mano de Michaela estaba rígida dentro de la suya.

Ella estaba haciendo los mismos cálculos que él.

Sergio no lo sabía. Sabía que Chase era long snapper.

Sabía lo de la universidad. Pero no sabía nada de Grant Hunter, y no sabía nada del vicepresidente. El nombre falso aguantaba. De momento.

—Por supuesto —continuó Sergio—, todas sus familias querrán una prueba de que siguen con vida.

Es lo habitual. Hace falta un vídeo. —Le hizo un gesto al gordo de la cámara, que la levantó y empezó a grabar—.

Hablarán ustedes uno por uno. Dirán su nombre y la fecha de hoy.

Dirán que se les trata bien. Pedirán a su familia que colabore con las personas que se pongan en contacto con ella.

—Descruzó las piernas y se inclinó hacia delante—.

Serán convincentes. Porque la alternativa a ser convincente es servir de ejemplo.

Brad Kellerman se incorporó en el colchón.

Chase vio lo que estaba a punto de pasar y no pudo hacer nada por impedirlo.

La mirada de Brad se había afilado, el cuerpo había pasado de estar desplomado a quedar en tensión, el rubor le subía por el cuello.

Cuatro días de terror, humillación e impotencia, y Brad había encontrado por fin lo único que entendía.

La indignación. El idioma que sin duda había usado toda la vida para exigir hablar con el encargado, amenazar con demandas y blandir la frase «¿sabe usted quién soy yo? » como un arma.

—Esto es una mierda —dijo Brad.

Todos se volvieron a mirarlo.

—No pueden retenernos aquí y exigir dinero como si fuéramos… como si esto fuera una especie de transacción comercial. Somos ciudadanos estadounidenses. El Gobierno de Estados Unidos…

—Señor Kellerman… —dijo Sergio en voz baja.

—…no negocia con terroristas. ¿De verdad se cree que puede…?

—Señor Kellerman.

—…mandar un vídeo y que nuestras familias le hagan una transferencia? Mi abogado va a echarles encima a todas las agencias federales de…

—Señor Kellerman. —La voz de Sergio no se había alzado. No le había hecho falta—. Sí. Sí. Hablemos de su abogado. Y de sus finanzas.

Se llevó la mano al bolsillo de la camisa y sacó un papel doblado.

—Bradley Kellerman. Cuarenta y ocho años, de Boston, Massachusetts.

Propietario de Kellerman Commercial Real Estate, con tres empleados, ocho hasta hace poco —dijo Sergio con calma—.

Una empresa que, según los registros públicos, lleva dos años en dificultades.

Está usted atrasado en los pagos del alquiler y su página web no se actualiza desde el verano pasado.

Brad se quedó blanco.

—Su divorcio se está litigando en el juzgado de familia del condado de Suffolk.

El abogado de su futura exmujer ha presentado una solicitud para congelar los bienes comunes.

Lo que significa, señor Kellerman, que aunque su familia quisiera pagar un rescate, hay muy poco dinero disponible para hacerlo.

Sergio continuó, con una mirada a Ethan, que seguía con los ojos clavados en el suelo.

—Se llevó usted a su hijo a un viaje caro que sospecho que pagó con una tarjeta de crédito muy cerca del límite.

Así que seamos sinceros el uno con el otro.

—Sergio volvió a doblar el papel y se lo guardó en el bolsillo—.

No tiene dinero. Su familia no tiene dinero.

Su abogado, si es que existe, no tiene ninguna baza.

Nadie va a pagar por su liberación, señor Kellerman, porque no hay con qué pagarla.

—Entonces déjenos ir —susurró Brad—. Si no valgo nada para usted, déjenos ir.

Sergio lo miró con expresión de desconcierto. —Lo siento. Me ha entendido mal —dijo—. He dicho que nadie pagará por su liberación. No he dicho que usted no tenga valor.

Miró a Neto. Un gesto de cabeza tan leve que Chase estuvo a punto de no verlo. Sorprendentemente, Brad también lo había visto, y sabía lo que significaba.

La voz de Brad se quebró en mitad de la habitación. —Espere. Espere, por favor. Tengo información. Sé algo sobre…

Neto levantó el revólver y le disparó a Brad Kellerman en el centro del pecho.

El estruendo fue catastrófico en aquel espacio cerrado.

Brad cayó de espaldas desde el colchón, chocó contra la pared de bloques de hormigón y se deslizó hasta el suelo.

Las manos le subieron al pecho, se aferraron a la herida y se quedaron ahí.

Buscó con la mirada los ojos de Ethan al otro lado de la habitación, y entre ellos pasó algo que Chase no olvidaría nunca: una mirada de disculpa desconcertada, como si Brad no lamentara lo que había hecho, sino todo lo que no había llegado a ser.

Entonces Brad Kellerman murió, mientras su hijo de dieciséis años lo miraba desde dos metros de distancia.

Ethan no gritó. No se movió. Soltó un único quejido estrangulado mientras Linda lo estrechaba entre sus brazos y le apartaba la cara del cuerpo de su padre. Sam se abalanzó hacia Brad, y la enfermera que llevaba dentro se impuso al horror, pero ya no había nada que hacer.

Julie lloraba en silencio. Harry estaba inmóvil, ya sin su papel de anciano de ojos llorosos, con la mirada clavada en Neto. Michaela le agarraba el brazo a Chase con una fuerza brutal. Carlos estaba aplastado contra la pared, sin respirar.

Sergio miró el cuerpo con una mezcla de fastidio y decepción. Se volvió hacia Neto. —No le has dejado terminar.

Neto se encogió de hombros y bajó el revólver. —Estaba negociando con mentiras. Intentando salvarse.

—Quizá. —Los ojos de Sergio volvieron a posarse en Michaela—. O quizá dijera la verdad.

Michaela le sostuvo la mirada hasta que él se volvió hacia el resto de la habitación.

—Un hombre que no puede pagar un rescate sigue teniendo valor —dijo—. En este caso, el de demostrar a las familias que sí pueden pagar lo que ocurrirá si no lo hacen. La contribución del señor Kellerman a las negociaciones será importante. Quizá la más importante de todos los presentes.

Fue hasta la puerta y se detuvo.

—Mis socios volverán dentro de una hora para grabarlos a cada uno de ustedes —dijo—. Confío en que ahora todos entiendan la importancia de ser convincentes.

Se dio la vuelta y salió, con Neto y el gordo detrás. Marisol se apartó y luego cerró la puerta con llave.

Durante un buen rato nadie se movió. Después Sam se inclinó sobre el cuerpo de Brad y le cerró los ojos. Sacó una camiseta del montón que Marisol había traído días atrás y se la extendió sobre la cara. Era un gesto pequeño. El único disponible.

Harry habló primero. Su voz era firme. —Tenemos que recomponernos y hacer lo que ha dicho. Tenemos que salir visibles, identificables y vivos en ese vídeo.

—¿Y Brad? —susurró Julie.

—Brad también saldrá en el vídeo —dijo Harry—. Enseñarán lo que le ha pasado. De eso se trata. Por eso lo han hecho delante de nosotros. Para que nuestras caras cuenten la historia antes de que abramos la boca.

Chase buscó la mano de Michaela. Ella se la dio. Le temblaban los dedos.

—Mantén la mentira —susurró él.

Ella asintió una sola vez. La chica que no existía en internet. La chica cuyo nombre era una ficción, pero cuyo tío ayudaba a gobernar el mundo libre. Miraría a aquella cámara y sería Michaela Johnston, de Lincoln, Nebraska. Sería convincente.

Porque la alternativa acababa de demostrarse de la forma más irreversible posible.