Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 18El Bitterroot
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Capítulo 18El Bitterroot

EL BITTERROOT

Jeremy Miller estaba metido hasta la cintura en el río Bitterroot cuando le sonó el teléfono.

Estaba de pie en casi un metro de corriente, unos ochocientos metros río abajo del puente de Woodside, guiando a un cliente de Los Ángeles por la mecánica de un lance rodado que el hombre no dominaría jamás, pero que pagaba seiscientos dólares al día por intentarlo.

La eclosión de la mañana había sido buena: los plecópteros Skwala de principio de temporada emergían en nubes de las corrientes someras.

Jeremy había pasado la última hora manteniendo la mosca de su cliente en la zona productiva de la corriente y lejos de los álamos que bordeaban la orilla.

El teléfono iba en el bolsillo del pecho del chaleco de vadeo, en vibración para todo salvo para un aviso concreto: la notificación de emergencia del Garmin inReach, que sonaba a todo volumen como la sirena de un submarino.

Jeremy solo la había oído una vez, cuando un marinero demasiado entusiasta activó el aparato por accidente mientras ayudaba a su padre a subir de nuevo a bordo después de una inmersión en el famoso Blue Hole de Belice.

Jeremy llamó a su padre, confirmó la falsa alarma y se pasó los veinte minutos siguientes explicándole a su cliente de pesca por qué su teléfono sonaba como una alerta de ataque nuclear.

Sacó el teléfono del bolsillo con las manos mojadas y casi se le cayó al río. La pantalla mostraba la aplicación Garmin Explore, con una notificación inconfundible: SOS DE EMERGENCIA RECIBIDO. La abrió con el pulgar.

En la pantalla de SOS había unas coordenadas GPS, una marca de tiempo y un mapa.

Jeremy se quedó mirando el mapa. La chincheta estaba en México.

No en la costa, donde se suponía que sus padres estaban buceando.

El punto azul quedaba a ocho kilómetros tierra adentro de la costa caribeña, al sur de un pueblo llamado Xcalak.

Sus padres estaban en un barco de buceo. En el mar. ¿Por qué emitía la baliza de emergencia de su padre desde el centro de la selva?

Jeremy vadeó hasta la orilla y se olvidó por completo de su cliente. Se sentó en una roca e intentó pensar. Llevaba buceando con su padre desde los diez años y sabía lo meticuloso que era aquel hombre con el inReach. Siempre cargado y enganchado dentro del chaleco hidrostático.

Abrió los mensajes recientes. El último mensaje de su padre era de hacía cuatro días. «Buceo estupendo. Muchos tiburones y tortugas. Volvemos el domingo». Nada desde entonces. Ningún mensaje sobre hacer las maletas, ninguna confirmación de vuelo, ningún «vamos al aeropuerto» .

Y luego estaba su madre. El día anterior había sido el cumpleaños del hijo mayor de Jeremy.

Linda no había llamado. No había escrito.

No había publicado ninguna felicitación en Facebook, algo que siempre hacía porque estaba convencida de que los nietos miraban Facebook, cosa que desde luego no hacían, porque tenían seis y ocho años y no eran baby boomers.

Jeremy había dado por hecho que estaban fuera de cobertura en el barco. Pasaba en los viajes de buceo. Pero ahora, con aquella chincheta de GPS clavada tan tierra adentro, la preocupación iba en aumento.

Llamó al móvil de su padre. Directo al buzón de voz. Probó con el número de su madre, con el mismo resultado. Después buscó el número del barco de buceo y llamó a la oficina. El teléfono sonó cinco veces y saltó un buzón genérico.

Su primer impulso fue llamar al 911, pero ¿qué le iba a decir al operador?

¿La baliza por satélite de mi padre se ha activado en la selva mexicana?

Necesitaba a alguien que supiera qué hacer con aquella información de inmediato.

Jeremy buscó en sus contactos y encontró el número de Dave Kessler, el sheriff del condado de Ravalli.

Kessler llevaba veinticinco años en las fuerzas del orden, conocía todas las agencias del oeste de Montana y había pescado con Jeremy las veces suficientes para considerarlo un amigo.

Kessler contestó al segundo tono.

—Jeremy. Dime que tienes una cancelación este fin de semana. Necesito salir al agua.

—Me temo que no, Dave, pero sí que necesito tu ayuda.

Mis padres están en México, buceando en los arrecifes de Yucatán.

Acabo de recibir un SOS de emergencia del comunicador por satélite de mi padre, de esos que activaría si estuviera perdido en el mar o algo así.

Lo cual ya sería bastante malo, pero lo raro es que las coordenadas lo sitúan a ocho kilómetros tierra adentro.

En la selva. No coge el teléfono. Mi madre tampoco, y en la empresa de buceo tampoco contesta nadie. Algo va muy mal.

A Kessler se le fue el buen humor de la voz.

—Eso es federal, Jeremy. FBI. Normalmente te diría que llamaras a Steve Paulson. Es el agente residente del FBI en Missoula. Buena gente. He llevado casos con él. Pero Steve está ahora mismo ingresado en el St. Pat's con el apéndice reventado. No está para ayudar a nadie.

—¿Entonces a quién?

—Deja que llame a la oficina de campo de Salt Lake City. Montana depende de ellos. Tendrán gente que lleva casos internacionales. No te muevas y dame quince minutos.

Jeremy colgó y observó a su cliente, que vadeaba río abajo, todavía lanzando, ajeno a que su atención había pasado de hacer coincidir la mosca con la eclosión a un punto azul que no tenía nada que hacer en la selva mexicana.

El teléfono le sonó once minutos después. Un prefijo de Utah.

—¿Señor Miller? Soy la agente especial al mando Susan Anderson, FBI, Salt Lake City. El sheriff Kessler acaba de informarme de su situación. Necesito que me cuente todo lo que le ha dicho al sheriff. La baliza por satélite, las coordenadas, la última vez que supo de su padre. Todo.

Cuando terminó de contarle todo lo que sabía, la línea se quedó un momento en silencio.

—Señor Miller, tenemos una oficina del agregado jurídico en la embajada en Ciudad de México.

El LEGAT allí destinado es el agente especial Rick Delgado.

Lleva tres años en el país y conoce México al dedillo.

Voy a informarle de todo lo que acaba de contarme.

Él se hará cargo a partir de ahí y se pondrá en contacto con usted cuando sepa algo más.

—Muchísimas gracias.

—Una cosa más —dijo Anderson—. Aunque puede que todo esto tenga una explicación de lo más inocente, sería mejor que no hablara del aviso con nadie más.

Ni con la prensa local ni con sus amigos.

Si su padre está en la clase de situación que sugieren esas coordenadas, cuanta menos gente lo sepa, mejor. ¿Entendido?

—Entendido.

Anderson colgó. Jeremy se quedó mirando el teléfono.

Un grito de alegría de su cliente le interrumpió los pensamientos.

El banquero de Los Ángeles había conseguido por fin un lance rodado aceptable.

La mosca se posó suavemente en una corriente somera, derivó un metro y una trucha común de treinta y cinco centímetros subió a por ella.

La caña se dobló, el pez corrió y, en algún punto sobre el Caribe, un satélite Iridium completó su pasada y siguió su camino. El mensaje ya estaba entregado.