Capítulo 17Abuelo
ABUELO
Harry llevaba tres días cronometrando las salidas a la letrina.
Dos veces al día, todos los días. Primero las mujeres, después los hombres.
La rutina era constante: el mismo recorrido por el pasillo techado, cruzando el patio hasta el recinto de bloques de hormigón sin techo.
Los guardias se quedaban cerca de la entrada, pero nunca entraban, y parecían esperar aquellas salidas con tantas ganas como los rehenes.
Eran un descanso bienvenido en la monotonía de la guardia.
Últimamente eran menos rigurosos con la escolta y dejaban que los rehenes fueran y volvieran más o menos solos mientras ellos fumaban y hablaban por el móvil.
Chase también lo había cronometrado. Desde el momento en que el primer rehén entraba en la letrina hasta que el guardia les ladraba que se movieran, la ventana media era de cuatro o cinco minutos por grupo.
Más larga para las mujeres, porque a los guardias les gustaba hacerlas esperar mientras terminaban los cigarrillos y los comentarios.
Más corta para los hombres, porque los hombres no les interesaban.
Harry siempre iba el último de los hombres.
Arrastraba los pies. Se apoyaba en la pared de bloques.
Hacía de su edad una interpretación que le habría valido el carné del sindicato de actores, y los guardias hacía tiempo que habían dejado de prestar atención al anciano frágil que tardaba una eternidad en el baño.
Uno de ellos había empezado a llamarlo Abuelo , con el afecto displicente que se le muestra a un perro demasiado viejo para ser una amenaza.
La cuarta mañana, Harry buscó la mirada de Chase desde el otro lado de la habitación y le hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza. Hoy.
Como siempre, las mujeres fueron primero. Sam y Julie, luego Michaela y Linda. Chase observó a través de la mugre que cubría la ventana enrejada cómo los guardias las escoltaban por el patio. Contó los segundos. Cuatro minutos y veinte segundos para el grupo de las mujeres. Normal.
Después, los hombres. Primero Carlos y Brad; Brad apenas funcional, Carlos guiándolo del brazo. Luego Ethan, Chase y Harry.
Cuando llegaron a la letrina, había moscas zumbando dentro y fuera del recinto. Chase veía nubes desplazándose en lo alto, pálidas contra el azul. Se preguntó si el satélite estaría ahí arriba en alguna parte, esperando un mensaje.
El guardia, un crío nuevo llamado Javier, les hizo un gesto para que entraran y se dio la vuelta mientras sacaba un cigarrillo.
Carlos entró primero. Terminó deprisa y salió, y volvió obedientemente a la celda por su cuenta.
Brad y Ethan hicieron lo mismo. Cuando le tocó a Chase, usó la letrina y luego se colocó en la entrada, donde el guardia pudiera verlo, tapando la línea de visión hacia el interior del recinto.
Se estiró, movió los hombros y fingió disfrutar de sus pocos minutos fuera de la jaula.
El guardia cambió el peso de un pie al otro con impaciencia, pero no levantó la vista.
Harry entró y arrastró los pies hasta el rincón del fondo de la letrina.
Chase no veía lo que hacía, pero tampoco le hacía falta.
Lo habían ensayado una docena de veces en conversaciones susurradas después de apagarse las luces.
Harry sacaría el inReach del bolsillo del pantalón corto, lo encendería, esperaría la adquisición de satélite, pulsaría el botón de SOS, recibiría la confirmación de que el mensaje se había enviado, lo apagaría y lo guardaría.
De cuarenta y cinco segundos a un minuto.
Menos si el satélite Iridium estaba en una posición favorable.
Chase contó mentalmente. Diez segundos. Veinte. Treinta.
—¡Oye, Abuelo! —gritó Javier—. Abuelo, ya. Vamos.
Chase cambió el peso de un pie al otro y levantó una mano.
—Él necesita más tiempo. Está… enfermo. —El español le salió tosco pero utilizable, muy lejos del puñado de palabras con las que había tropezado el primer día.
Casi una semana de cautiverio afinaba las dotes lingüísticas de cualquiera cuando la alternativa era no entender a los hombres con armas.
Escenificó un retortijón para dar énfasis, con una mueca de haber comido algo que se le estaba sublevando por dentro.
Javier se detuvo a unos pasos y puso mala cara.
—¿Siempre enfermo, el viejo?
—Sí. Muy malo. —Chase volvió a darse un golpecito en el estómago y negó despacio con la cabeza, el lenguaje universal del créeme, no querrás entrar ahí .
Aquello le ganó otros treinta o cuarenta segundos. Luego la expresión de Javier pasó del asco a la impaciencia. Tiró el cigarrillo y lo aplastó con la bota.
—Ya basta. Muévete. —Javier dio un paso adelante, le puso la mano plana en el pecho a Chase, lo apartó de un empujón y agachó la cabeza para cruzar el vano bajo y entrar en la penumbra hedionda de la letrina.
Harry estaba de espaldas a la puerta, de pie sobre uno de los agujeros abiertos en la fosa, cuyo contenido era oscuro, viscoso e innombrable.
Tenía los hombros encorvados en aquella postura de anciano tan ensayada que lo hacía parecer necesitado de ayuda para volver a la celda.
Sus manos trasteaban a la altura de la cintura.
—Abuelo, ¿qué haces? Vamos, ahora…
Javier se quedó parado. Abrió mucho los ojos y los clavó en el objeto naranja que Harry tenía en las manos. Su finalidad era inconfundible.
La mano derecha de Javier bajó a la pistolera y abrió la boca para gritar «alarma» o «ayuda» o la palabra que fuera capaz de echarles encima todo el complejo.
Harry giró sobre sí mismo y le estrelló la palma en el esternón antes de que la primera sílaba le saliera de la garganta.
El golpe llevaba detrás más de treinta años de instrucción en combate cuerpo a cuerpo, y Javier retrocedió a trompicones hasta la pared de bloques, con la boca abierta y los pulmones vacíos.
El grito se le murió en el pecho, pero era joven y rápido y no estaba fuera de combate ni mucho menos.
Se recuperó más deprisa de lo que Harry esperaba y se despegó de la pared repartiendo golpes.
Le alcanzó a Harry en la mandíbula con una derecha desordenada que le volvió la cabeza de lado.
Harry notó el sabor a cobre. El crío pegaba fuerte.
Chase se lanzó hacia delante desde la entrada, pero la letrina apenas tenía metro ochenta de ancho y Harry y Javier estaban trabados en el centro, llenando el espacio entre la fosa y la pared.
No había ángulo para pasar, ni sitio para lanzar un golpe sin darle a Harry.
Chase se apretó contra el marco de la puerta, con los puños cerrados, buscando un hueco que el espacio angosto se negaba a darle.
Los dedos de Javier encontraron la culata de la pistola en la funda.
La estaba sacando cuando Harry se metió dentro de su guardia y le clavó un codazo corto y brutal en el puente de la nariz.
El cartílago crujió. La mano de Javier tuvo un espasmo sobre la pistola, pero no la soltó.
Era duro, pero Harry vio en la cara del crío la sorpresa, sustituida enseguida por la comprensión de que el anciano frágil al que todos llamaban Abuelo no era ni frágil ni viejo en ningún sentido que importara.
Javier volvió a golpear, un mazazo de izquierda que alcanzó a Harry por encima de la oreja y lo lanzó de lado contra la pared. En aquel espacio angosto no había sitio para abrir distancia, ni lugar donde recolocarse. La proverbial pelea en una cabina telefónica o, más bien, en una letrina.
Harry inmovilizó la mano derecha de Javier con la izquierda para controlar la pistola mientras tiraba del crío hacia sí para que no pudiera tomar impulso y lanzar otro puñetazo.
Forcejearon entre la peste y el calor, con las botas raspando el suelo de hormigón.
Javier intentaba arrancar la pistola mientras Harry mantenía el agarre con la izquierda y le hundía puñetazos cortos y secos en las costillas con la derecha.
Cada uno daba en la costilla flotante, el punto donde el hueso era más fino y el dolor era eléctrico.
Javier soltó un gemido y aflojó la mano sobre la pistola.
Harry aprovechó la ocasión y le estampó la frente en la nariz ya rota.
El cabezazo fue de la vieja escuela, feo y devastadoramente eficaz.
A Javier se le doblaron las rodillas. Se le quedaron los ojos vidriosos y desenfocados.
La pistola se le escurrió de los dedos, golpeó el borde de la fosa y se deslizó por el reborde con un chapoteo sordo.
En ese mismo instante, el inReach se soltó de la cintura de Harry.
Rebotó una vez en el asiento de madera antes de desaparecer también bajo la superficie oscura.
Los dos objetos se hundieron en aquellas profundidades apestosas sin dejar rastro, tragados por años de inmundicia acumulada.
Javier seguía en pie, pero por poco. Buscaba la pared para sostenerse mientras la sangre le manaba a chorros de la nariz destrozada y respiraba con jadeos húmedos y entrecortados.
Chase vio por fin su hueco. Con Javier tambaleándose de lado, se abrió una franja de espacio entre el guardia y la fosa.
Chase entró y le metió el pie en el lateral de la rodilla derecha con todas sus fuerzas.
La articulación cedió hacia dentro en un ángulo imposible, y las piernas de Javier se plegaron bajo su peso.
Cayó al hormigón con un gemido estrangulado saliéndole por la nariz reventada, las manos agarrando el aire mientras perdía el último resto de equilibrio.
Volvió a intentar abrir la boca para pedir ayuda, pero Harry vio la intención formándose detrás de aquellos ojos vidriosos.
No podía permitirlo.
Harry dio un paso adelante y le tapó con la mano izquierda la boca y la nariz, sellando el sonido antes de que pudiera empezar.
Enganchó la derecha detrás de la base del cráneo del guardia, con los dedos bloqueados como una mordaza.
Le miró a los ojos mientras el último resto de pelea se escurría de ellos y giró con una violencia seca y eficiente que le rompió el cuello sin más ruido que el de una rama al partirse bajo un pie.
Javier se desplomó en el suelo.
Harry recuperó el aliento y miró a Chase.
—Creía que eras snapper, no pateador —dijo con media sonrisa.
Chase se limitó a encogerse de hombros y se asomó a la fosa.
—No vamos a meternos ahí a por esa pistola, ¿verdad?
Harry le lanzó una mirada severa.
—Hijo, no hay arma en toda la tierra de Dios que merezca meterse en esa fosa. He hecho cosas por mi país que te revolverían el estómago. Esa no va a ser una de ellas.
—Bien, solo preguntaba.
Harry miró el cuerpo.
—Hay que darse prisa —dijo, apartando los tablones de la fosa.
Chase entendió el encargo y agarró al guardia por las piernas, una de ellas colgando en un ángulo antinatural.
Harry lo cogió por los hombros. Lo balancearon una vez y soltaron.
El cuerpo golpeó la superficie de la fosa con un sonido espeso y húmedo que Chase supo que oiría en sueños durante mucho tiempo.
Javier se hundió despacio. No de golpe, sino por fases, con la inmundicia tirando de él como arenas movedizas.
La camisa se le infló un momento y después también desapareció bajo la superficie.
Pero no lo suficiente.
Harry cogió la pala y la usó para empujar el cuerpo más adentro del légamo apestoso.
Satisfecho, echó dos paladas colmadas de ceniza sobre el punto por donde Javier se había hundido, y luego una tercera por si acaso.
El polvo se posó sobre la superficie oscura y se disolvió en ella.
En un minuto, el único rastro de la pelea, o de Javier, era una pequeña mancha de sangre en el suelo de tierra.
Chase la cubrió a patadas con polvo de caliza y se limpió las manos en el pantalón corto, intentando no pensar en lo que llevaba encima.
Harry devolvió la pala y el cubo de ceniza a su sitio. Chase le señaló la sangre que tenía en la cara y Harry se limpió con un par de hojas del papel de cocina que se veían obligados a usar como papel higiénico.
—¿Preparado? —preguntó Harry.
—Preparado.
Harry asintió, encorvó los hombros, dejó que un temblor volviera a sus manos y, así de fácil, Abuelo estaba de vuelta, arrastrando los pies, frágil e inofensivo.
Salieron de la letrina al aire libre. Chase entrecerró los ojos contra el sol y estuvo a punto de chocar con un segundo guardia que había doblado la esquina con un fusil colgado del hombro.
El guardia les echó un vistazo, luego miró más allá, hacia la letrina, y frunció el ceño. —¿Dónde está Javier?
Harry parpadeó, mirándolo desde abajo con ojos llorosos y confusos, y señaló vagamente un sendero que había detrás del anexo.
Uno que no cubría ninguna cámara. —Se fue —dijo con voz fina y aflautada—.
Hablando por teléfono. —Hizo el gesto de sostener un teléfono junto a la oreja y se encogió de hombros como un viejo que no entendía nada y a quien nada le importaba.
Chase lo respaldó con un gesto de cabeza. — He go... that way. Talking. —Señaló en la misma dirección que Harry y se encogió también de hombros. Puede que su español estuviera mejorando, pero el inglés bastaba de sobra para vender el número del rehén estadounidense desorientado.
El guardia puso cara de fastidio. Por lo visto, que Javier se largara por ahí no era ninguna novedad. Señaló la celda con la barbilla. —Vamos. Adentro.
Fueron. Harry arrastraba los pies. Chase se mantenía junto a su codo como un nieto solícito que ayudaba a un anciano a caminar por terreno irregular. Ninguno de los dos miró atrás.
—¿Conseguiste enviarlo? —susurró Chase cuando se cerró la puerta de la celda.
Harry asintió. —Luz verde. Adquisición en treinta y dos segundos. SOS transmitido con las coordenadas GPS. El aparato confirmó la entrega antes de que lo apagara.
—¿Y el guardia? —preguntó Chase.
—Si preguntan, nos ceñimos a la historia. Ni idea de adónde fue. Se marchó sin más. Lo buscarán y decidirán que ha desertado o algo así. Dudo mucho que nadie se ponga a bucear en esa mierda para encontrarlo.
—Eso desde luego. ¿Y ahora qué?
—Ahora esperamos —dijo Harry.
—Ahora esperamos —convino Chase.