Capítulo 16Grant
GRANT
El cenote de entrada era poco más que un agujero en el suelo de la selva, de unos seis metros de ancho, oculto bajo una bóveda de higueras estranguladoras y ceibas tan densa que la luz de la luna apenas la atravesaba.
Rafa nos condujo hasta allí a pie desde una pista de tierra, abriéndose paso entre la maleza con el sonido de las ranas, los insectos y el ocasional estrépito de algo grande moviéndose entre los matorrales.
Olía a tierra mojada, a hojas en descomposición y al leve deje metálico de la caliza.
Nos asomamos al borde y miramos hacia abajo. No había una pendiente suave ni una orilla. Solo una caída vertical de cinco metros hasta el agua, con raíces y lianas colgando del borde.
Nos equipamos en silencio. Rafa había dejado el material preparado aquella tarde.
Tres equipos de rebreather Dräger LAR V, ordenadores de buceo, filtros de cal sodada, botellas de emergencia, focos, carretes de hilo guía y un kit de levantamiento con brújula, profundímetro y libreta sumergible.
Los Dräger empleaban un circuito respiratorio cerrado que reciclaba el gas exhalado a través de un filtro químico y lo devolvía a nuestros reguladores sin el reguero delator de burbujas que produce el buceo de circuito abierto.
Cada uno se puso un traje seco DUI negro con rodilleras de Kevlar, bolsillos de muslo montados sobre MOLLE, manguitos de látex y una válvula de purga Apeks de perfil bajo.
Quedaba lo bastante ceñido para no engancharse en las rocas, pero dejaba sitio debajo para una capa térmica fina.
Una vez equipado, el Dräger me quedaba alto contra el pecho, con la carcasa negra pegada al arnés y los latiguillos bien recogidos, sin cabos sueltos.
Llevaba además tres focos, dos herramientas de corte, un carrete en la anilla derecha y una bobina de línea de salto en el bolsillo.
Dos botellas de emergencia iban bajo los brazos, con gas suficiente para salir de la cueva si el Dräger dejaba de respirar por mí.
Rafa enganchó un carrete de hilo guía a su arnés y probó su foco principal, un modelo compacto con un haz concentrado capaz de atravesar unos seis metros de agua cargada de sedimento.
Todos llevábamos uno parecido, y cada uno cargaba dos focos de reserva.
En una cueva, la luz era la vida. Perderla significaba navegar a ciegas por un laberinto de roca inundado. Sería una forma desagradable de morir.
Aquello era una inmersión de reconocimiento, no un asalto, así que cada uno llevaba solo una pistola en una bolsa estanca, por si acaso.
Dicho esto, uno de nuestros objetivos principales, además de determinar si aquel cenote conectaba con el del complejo, era confirmar que el paso admitía una carga de combate completa.
En la inmersión de asalto, cada uno llevaría una bolsa estanca para armamento además del resto del equipo.
Las bolsas eran de poliuretano de alta resistencia, con costuras soldadas y cierre por juntas de compresión.
Tenían que pasar por todos los estrechamientos que había entre el cenote de entrada y el objetivo.
Rafa fue el primero en descolgarse, bajando por el pozo de caliza con una línea fija que había montado aquella tarde. Yo lo seguí. Dixon bajó el último.
Entramos en un agua cristalina, con la visibilidad limitada únicamente por el alcance de nuestros focos.
Descendimos por la columna de agua hasta el fondo de la dolina.
Rafa se estabilizó y fijó nuestro hilo guía principal a un saliente sólido de caliza, donde la línea quedaría separada de la pared y fuera del sedimento.
Después tendió un tramo corto hasta una segunda vuelta, más ceñida, que fijaba la dirección de avance.
En cuanto los tres indicamos que estábamos listos, Rafa nos guio hacia el interior, tendiendo el hilo desde el carrete en una línea recta y controlada, deteniéndose cada vez que el paso giraba o el techo bajaba para dar otra vuelta alrededor de un saliente limpio.
Cada colocación era deliberada. Tensión suficiente para mantener la forma, sin holgura que pudiera engancharse.
Yo iba un metro por detrás, con Dixon cerrando la marcha.
Nos movíamos todos con patadas de rana lentas y medidas, las que emplean los buceadores de cueva experimentados para no remover la capa de sedimento del fondo.
En cada amarre, Rafa enganchaba a la línea un marcador direccional.
Eran pequeñas flechas de plástico, que los buceadores de cueva llamaban «cookies», que apuntaban de vuelta hacia la salida.
Con visibilidad nula, cuando no ves ni tu propia mano, esas flechas son la diferencia entre seguir la línea hacia la seguridad y seguirla hacia el interior de la cueva.
Las encuentras al tacto, lees la dirección con los dedos y nadas hacia donde apuntan.
El paso tenía tres metros de alto y quizá cuatro y medio de ancho, con paredes lisas y suelo de grava.
La corriente era suave y venía hacia nosotros desde el fondo del sistema.
Buena señal. Significaba que el agua se movía y que había conexión con una red mayor.
Nadamos unos cinco minutos con una visibilidad casi perfecta, con los haces de nuestros focos recorriendo formaciones que en otras circunstancias habrían sido hermosas.
Estalactitas formadas cuando la cueva estaba seca, ahora sumergidas, chorreando depósitos minerales como cascadas congeladas.
Entonces el paso se estrechó. El techo bajó a poco más de un metro.
Luego a menos. Las paredes se cerraron por ambos lados y de pronto avanzábamos en fila india por una ranura apenas más ancha que mis hombros.
Me rozaban el techo. Ajusté la flotabilidad, bajé un poco y mis aletas levantaron del suelo una nube de sedimento que se desplazó hacia delante y se tragó mi luz.
Estaba muy falto de práctica y, así, sin más, la visibilidad era nula.
Ya me imaginaba la que me iba a caer por parte de Dixon.
El sedimento era tan fino que quedaba suspendido en el agua como humo, negándose a posarse.
Estiré la mano hacia delante, encontré el hilo guía al tacto, lo rodeé con los dedos sin apretar y seguí avanzando.
El rebreather reciclaba mis exhalaciones con un leve susurro mecánico, el único sonido en un mundo de silencio absoluto y oscuridad absoluta.
Detrás de mí notaba la presencia de Dixon a través del hilo guía, tensión constante, movimiento constante. Sin vacilar. Aquel hombre era una roca.
El estrechamiento se prolongó unos treinta metros, aunque parecieron cincuenta kilómetros, hasta que el techo subió y las paredes se abrieron.
La visibilidad volvió poco a poco a medida que dejábamos atrás la nube de sedimento.
Rafa esperaba, suspendido e inmóvil, con el foco apuntando hacia el fondo del paso.
Me hizo la señal de OK. Se la devolví. Dixon levantó la mano por detrás de mí e hizo lo mismo.
Seguimos hacia el norte. A los veinte minutos me dio un calambre en la mano izquierda.
Empezó como un tirón en el dedo anular y se extendió por la palma como una corriente eléctrica lenta.
El agente nervioso que había estado a punto de matarme tres años antes había dejado daños residuales en mi sistema nervioso periférico.
Temblores intermitentes, menos fuerza de agarre y calambres ocasionales que mi neurólogo me había advertido que irían a peor con el tiempo, no a mejor.
En la vida diaria era llevadero. En una cueva inundada, intentando mantener el agarre en un hilo guía mientras navegaba por un paso que quería matarme, era otra cosa muy distinta.
Flexioné la mano. Abrí y cerré el puño. El calambre cedió, luego volvió y se asentó en un dolor sordo que irradiaba de la palma a la muñeca.
Pasé la línea a la mano derecha y seguí avanzando.
Rafa, delante de mí, no se había dado cuenta.
Dixon, detrás, sí. Noté dos tirones en la línea a mi espalda.
Nuestra señal acordada, que en aquel caso era una pregunta: ¿estás bien?
Tres tirones habrían significado No . Di dos en respuesta. Bien. Seguimos adelante.
A los cuarenta minutos de la entrada, el paso desembocó en una sala grande con el techo muy por encima de la línea de flotación. Salimos a superficie y nuestros focos barrieron una caverna de más de seis metros de ancho y nueve de largo. El aire de dentro era fresco y olía a minerales.
—Hasta aquí llegué hace tres años —dijo Rafa en voz baja, después de quitarse la boquilla—.
El estrechamiento que hay más allá de esta sala era demasiado angosto para el equipo que llevaba.
Pero el agua continúa. —Apuntó con el foco a la pared del fondo, donde la sala se estrechaba en otro paso—. Al norte. Hacia el complejo.
Consulté la brújula. Si nuestros cálculos eran correctos, el complejo estaba a unos trescientos metros por delante.
—Bueno, no hemos llegado hasta aquí para parar ahora. Vamos a ver adónde lleva esto —dije.
Dixon comprobó su Dräger, probó la válvula de emergencia y volvió a meterse la boquilla. Listo. Rafa asintió. Nos sumergimos.