Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 15Marisol
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Capítulo 15Marisol

MARISOL

La primera vez que un hombre del Cártel Bahía Azul me puso las manos encima, llevaba tres semanas trabajando para el cártel.

Se llamaba Chuy. Dirigía una de las casas de conteo de Mahahual, donde se clasificaba y se agrupaba en fajos el dinero del día antes de llevarlo al complejo de Sergio.

Me habían destinado allí porque se me daban bien los números.

Siempre se me habían dado, ya de niña, cuando mi padre me dejaba llevar la cuenta de la captura del día en el muelle mientras las otras hijas de pescadores jugaban en la orilla.

Chuy apenas me hablaba; se limitaba a mirarme trabajar con aquellos ojos oscuros e inexpresivos.

Una tarde, cuando los demás contadores ya se habían ido y yo estaba sola, terminando el último fajo, cerró la puerta con llave.

Los detalles no importan y no son distintos del trauma y la humillación que sufren mujeres vulnerables en todo el mundo.

Lo que importaba era lo que aquello me enseñó.

Aprendí que, en una organización donde la violencia era moneda de cambio, mi cuerpo no era mío.

Era una mercancía más, como la cocaína que movíamos o el dinero que blanqueábamos.

Algo que podían usar hombres que creían haberse ganado el derecho a hacerlo, o que sencillamente decidían que lo tenían.

Aprendí que gritar no servía de nada, que resistirse lo empeoraba y que después, cuando se lo conté a Miguel, que entonces era lo más parecido a un amigo que tenía en el cártel, él miró al suelo y dijo: «Estas cosas pasan, Marisol. No hagas de esto un problema».

No hagas de esto un problema . Esa frase se convirtió en el himno de mi vida dentro del CBA.

Cuando Neto me agarró un pecho en la cocina y se rio.

No hagas de esto un problema . Cuando un sicario llamado Flaco me siguió hasta las duchas y se quedó al otro lado de la cortina, hablándome en voz baja y húmeda de lo que le gustaría hacerme, y después me lo hizo.

No hagas de esto un problema . Cuando Gordo, el guardaespaldas de Sergio, me acorraló en un pasillo y se apretó contra mí por detrás, con el aliento caliente en la nuca y las manos en el culo, hasta que se rio y se marchó. No hagas de esto un problema .

En vez de eso, me hice pequeña. Me hice útil.

Me hice invisible. Y durante tres años la invisibilidad funcionó.

No a la perfección, claro. Seguía habiendo manos que me encontraban en pasillos oscuros, comentarios que me seguían de una habitación a otra, momentos en los que lo único que se interponía entre algo peor y yo era el hecho de que poco a poco me había vuelto útil para las operaciones de Sergio de muchas maneras distintas.

Llevando la cuenta diaria sin errores, reponiendo la cocina sin que nadie me lo pidiera, me hice demasiado útil como para romperme. Ese era el cálculo. Ese era el trato.

Pero había límites a lo que el valor podía proteger. Y Vargas llevaba poniendo a prueba esos límites desde el día en que llegaron los rehenes.

Era la tercera noche. Estaba haciendo mi ronda nocturna, comprobando cómo estaban los rehenes, recogiendo los recipientes de la cena y catalogando cualquier cosa que no encajara.

La rutina era importante. Me mantenía en buenos términos con Sergio y me daba acceso a información y, aunque nunca lo habría dicho en voz alta, me mantenía entre los rehenes y los hombres que querían hacer con ellos algo más que vigilarlos.

El acoso de los guardias iba a más, y Sam y Julie se habían convertido en el blanco principal.

Cada vez que las llevaban a la letrina exterior, los guardias competían por ver quién decía la mayor barbaridad.

Hablaban de lo que necesitaban aquellas mujeres.

De lo que se estaban perdiendo. De lo que podría darles un hombre de verdad.

Apostaban sobre cuál de las dos era «el hombre» de la relación.

Describían con todo detalle lo que harían para enseñarles lo que se perdían.

Todo en español, que ellas no entendían, pero con un tono inconfundible.

Le había comunicado a Sergio el comportamiento de los guardias, planteándolo como un problema práctico. «Si dañamos la mercancía, reducimos el valor del rescate. Unos rehenes heridos o traumatizados complican las negociaciones».

Sergio había hecho un gesto displicente con la mano. «Diles a los hombres que sean profesionales. Pero no exageres, Marisol. Los hombres son así».

Otra excusa disfrazada de sabiduría.

Aquella noche volvía de la hacienda cuando lo oí. Un sonido dentro del anexo que no debería haber estado ahí. Voces masculinas, bajas y urgentes, hablando en un español rápido. Y por debajo, otro distinto, amortiguado y agudo. Entonces gritó una mujer.

Corrí a la habitación de los rehenes y encontré la puerta sin cerrojo.

El guardia que debía estar apostado fuera, un crío llamado Enrique que tenía miedo de su propia sombra, no estaba.

Sobornado o ahuyentado. Entré y vi a casi todos los rehenes apretados contra la pared del fondo, paralizados de miedo.

El viejo estaba en el suelo, con sangre saliéndole de la boca.

Alguien le había pegado. Uno de los hombres de Vargas, un ejecutor con cicatrices llamado Paco, encañonaba al jugador de fútbol americano con la boca de un AK apoyada en la nuca.

Chase estaba de rodillas, con todo el cuerpo rígido por el esfuerzo de no pelear, los ojos clavados en lo que ocurría al otro lado de la habitación.

Vargas tenía a Julie.

La tenía inmovilizada contra la pared, con una mano apretada sobre la boca y la otra trabajando en la cintura del pantalón corto, ancho y sucio, que llevaba.

Julie tenía los ojos muy abiertos y las lágrimas le corrían por la cara.

Sam gritaba, intentando llegar hasta su mujer, sujeta por otro guardia que le rodeaba el cuello con el brazo derecho.

Los demás rehenes estaban paralizados en distintos grados de terror, incapaces de actuar pero también de apartar la mirada.

Vargas levantó la vista cuando entré. No se detuvo. Ni siquiera redujo el ritmo. Se limitó a mirarme con aquellos ojos calculadores y dijo:

—Cierra la puerta, Marisol. Esto no va contigo.

Durante un segundo, quizá dos, sentí que la vieja programación tomaba el mando. No hagas de esto un problema . Date la vuelta y márchate. Así funcionaban las cosas. Eres pequeña. Eres útil. Eres invisible . Y las mujeres invisibles no se interponían entre un lugarteniente y lo que quería.

Entonces miré los ojos de Julie y vi algo que reconocí. Algo que había sentido por primera vez años atrás, en una casa de conteo de Mahahual. Decidí que había llegado el momento de hacer de esto un problema.

—Suéltala —dije.

Vargas se rio.

—¿O qué?

—O salgo fuera y le digo a El Tiburón que estás dañando su propiedad.

Su mercancía. —Mantuve la voz plana. Sin emoción, sin amenaza, pura aritmética—.

¿Cuánto vale esta mujer para ti, Vargas?

¿Unos minutos de placer? Porque yo puedo decirte exactamente cuánto vale para Sergio.

Ella y la otra juntas, dos profesionales estadounidenses, con trabajo, con familias que pagarán.

Estás a punto de destruir dos millones de dólares en valor de rescate porque no eres capaz de mantener tu pequeña verga dentro del pantalón.

La habitación estaba en silencio salvo por la respiración de Julie, entrecortada y húmeda detrás de la mano de Vargas.

—Sergio me dio un solo trabajo —continué—. Mantenerlos vivos y sin daños. No pienso fallarle a El Tiburón. Así que, si quieres hacer esto, vas a tener que explicarle por qué su inversión ya no vale nada. Y se lo explicarás tú, porque yo no voy a encubrirte.

Vargas se me quedó mirando. Su mano seguía sobre la boca de Julie.

La otra seguía entre sus piernas, pero había dejado de moverse.

El cálculo funcionaba detrás de sus ojos.

Estaba sopesando el placer frente al riesgo, como todos los hombres de aquella organización sopesaban cada decisión.

Entonces soltó a Julie. Ella se desplomó en el suelo y Sam estuvo allí al instante, recogiéndola en sus brazos, acurrucándose a su alrededor, protegiéndola con su propio cuerpo.

Vargas se estiró la camisa, se ajustó el cinturón y se subió la cremallera. Se pasó una mano por el pelo. La transformación se produjo sin fisuras, de depredador a profesional en el tiempo que se tarda en alisar un cuello.

Vino hacia mí y se detuvo.

—Eres muy valiente, Marisol —dijo en voz baja—. Para ser una puta que cuenta pescado. —Sonrió—. Y muy estúpida. Esto no quedará sin castigo. A estas alturas ya deberías saberlo.

Yo me limité a mirarlo.

—Paco —dijo por fin—. Deja que se levante el grande.

Paco apartó el AK de la nuca de Chase. Chase se puso de pie despacio, con los puños apretados y la mandíbula rígida. Miraba a Vargas con una expresión que le habría costado la vida de haber actuado conforme a ella.

Vargas pasó por mi lado y salió por la puerta. Paco lo siguió. El segundo guardia se dio la vuelta y se fue sin decir palabra.

Me quedé en el umbral escuchando cómo se alejaban sus pasos por el pasillo. Detrás de mí, Julie sollozaba en brazos de Sam. Harry se levantaba del suelo, limpiándose la sangre del labio partido. Chase estaba de pie en mitad de la habitación, con ganas de matar en los ojos, mirando la puerta vacía.

Michaela me miró desde el otro extremo de la habitación. Nuestros ojos se encontraron. En su expresión vi algo que no esperaba: no gratitud, sino el reconocimiento de lo que acababa de arriesgar. Y de lo que me iba a costar.

Cerré la puerta y corrí el cerrojo. Al volverme vi a Enrique, que se había materializado en el pasillo como el cobarde que era, con la cara blanca y las manos temblorosas.

—Has abandonado tu puesto —dije.

—Me lo dijo Vargas.

—Si vuelves a abandonar tu puesto, no se lo diré a El Tiburón, y no se lo diré a Vargas. Me acercaré por detrás y te mataré yo misma. Tú decides cuál de los dos te da más miedo.

Enrique asintió con docilidad y ocupó su posición junto a la puerta.

Volví a la hacienda y me fui a mi habitación. No era mayor que un armario, con un catre y una cerradura en la puerta, el único lujo que me habían concedido nunca en aquel lugar. Me senté en el catre.

Vargas vendría a por mí. Esa noche no. Quizá tampoco al día siguiente.

Era paciente. Esperaría el momento adecuado, cuando estuviera sola, cuando no hubiera testigos y cuando denunciarlo no sirviera de nada, porque sería su palabra contra la mía y la suya pesaba más por toda la distancia que separaba a un lugarteniente del cártel de una mujer que contaba pescado.

Pero al final vendría. Y cuando lo hiciera, no habría ningún Sergio al que invocar, ningún valor de rescate que citar, ninguna aritmética que pudiera salvarme. Porque yo no era mercancía. No tenía ningún valor que Vargas no pudiera destruir antes de marcharse sin más.

Me quedé sentada en la oscuridad y sentí cómo el cambio terminaba de producirse. Aquello que se había movido dentro de mí cuando miré los ojos de Julie se había asentado en algo sólido. Algo permanente.

Durante años había sobrevivido siendo útil y callada. No haciendo de esto un problema.

Vargas iba a hacer de esto un problema, quisiera yo o no.

Lo que significaba que la pregunta ya no era cómo evitar lo que se avecinaba.

La pregunta era qué hacer al respecto después.