Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 13La mercancía #3
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Capítulo 13La mercancía #3

Unos tablones toscos cruzaban la boca de la fosa, con dos «asientos» ovalados tallados en ellos.

La madera estaba desgastada y astillada, oscurecida por años de uso.

A Chase no le importaba demasiado, pero sabía que no había ni la más remota posibilidad de que Michaela se sentara en aquella madera mugrienta.

No era un experto en los hábitos de baño del sexo débil, pero estaba seguro de que Michaela iba a ejercitar bien los muslos durante los días siguientes, suspendida sobre los agujeros.

Había una pala apoyada contra la pared, junto a un cubo de plástico lleno de una mezcla de color gris blanquecino.

Chase olía la ceniza de madera y veía la textura granulosa de la cal agrícola mezclada con lo que parecía serrín.

El procedimiento era evidente. Después de cada uso, echar una palada de la mezcla a la fosa.

La cal ayudaba a descomponer los residuos y a combatir el olor.

La ceniza y el serrín absorbían la humedad.

Sin eso, con aquel calor, la fosa se convertiría en una pesadilla biológica.

Harry salió el último de la letrina arrastrando los pies, con todo el aspecto de un anciano frágil que tenía dificultades para caminar por el terreno irregular. Pero al pasar junto a Chase, sus ojos se desviaron un instante hacia la letrina. Una mirada tan breve que nadie más la captó.

Aquella noche, después de que echaran el cerrojo y el complejo se asentara en su silencio de madrugada, Harry se acercó a Chase en la oscuridad.

—En el bolsillo interior del bañador de buceo —susurró—. Lo llevo encima desde que nos cogieron.

Metió la mano en el bolsillo del muslo izquierdo del bañador y sacó un aparato naranja fluorescente del tamaño de una baraja de cartas, con una antena de goma corta y una pantalla pequeña.

Un Garmin inReach Explorer. Chase lo reconoció al instante.

Había visto a Harry engancharlo en el bolsillo interior del chaleco hidrostático al principio de cada inmersión de aquella semana, junto con un foco de reserva y una boya de señalización.

Equipo de seguridad estándar para un buceador experimentado acostumbrado a explorar zonas remotas.

—¿Lo ha tenido todo este tiempo? —preguntó Chase.

—Cuando nos quitaron los chalecos en la panga, me lo metí en el bañador antes de que el crío con el AK tirara mi equipo por la borda. Estaba demasiado ocupado haciéndose el duro para fijarse en un viejo que trasteaba en los bolsillos.

Chase se quedó mirando el aparato. Estaba apagado, con la pantalla negra.

Pero sabía lo que podía hacer. El inReach se comunicaba a través de una red de satélites con cobertura global, sin necesidad de antenas de telefonía.

Podía enviar coordenadas GPS, mensajes de texto y una señal de socorro a un contacto de emergencia preprogramado desde cualquier punto del planeta con una vista despejada del cielo.

—¿Quién es su contacto de emergencia? —preguntó Chase.

—Mi hijo, Jeremy. Es guía de pesca en Montana. Se pasa media vida en el monte, así que sabe lo que significa un aviso de emergencia por satélite. Y sabe a quién hay que llamar.

—¿Y cómo va a hacerlo funcionar? Los satélites no lo captarán aquí dentro.

—Tienes razón. Por eso no te lo había dicho hasta ahora.

Pero ahora nos sacan dos veces al día. La letrina no tiene techo.

Cielo abierto. Hoy he cronometrado a los guardias.

Se quedan fuera, en la entrada. No miran dentro.

Necesitaría cuarenta y cinco segundos para el arranque en frío y la adquisición de satélite. Un minuto tal vez.

—¿Puede conseguir un minuto en la letrina sin que entren a mirar?

A Harry se le contrajo una comisura, y el fantasma de una sonrisa le cruzó la cara. —Hijo, tengo setenta y cinco años. A nadie se le ocurre meterle prisa en el baño a un hombre de mi edad. Créeme, que tarde una eternidad en mear no va a ser ningún numerito.

Chase casi se rio. Casi.

—Dos días más —dijo Harry, guardándose otra vez el aparato en el bolsillo—. Quiero confirmar que la rutina se mantiene. Los mismos guardias, el mismo horario. Entonces lo activo.

—¿Y si no viene nadie?

—Entonces se nos ocurrirá otra cosa. Pero primero probamos esto. Y una cosa más. He hablado con los demás sobre Michaela —dijo, mirando en su dirección—. Supongo que tienes un buen motivo para ocultar su apellido.

—Lo tenemos, pero seguramente sea mejor para todos que no se lo cuente.

—Me parece bien. Nadie dirá nada, y te ayudaré a mantener a Kellerman a raya si hace falta.

Dicho eso, se recostó contra la pared y recuperó su postura de anciano frágil. En cuestión de minutos su respiración se había ralentizado hasta el ritmo del sueño, o de una imitación convincente.

Chase se quedó sentado en la oscuridad, escuchando cómo el complejo se aquietaba a su alrededor.

Los insectos. El murmullo lejano de los guardias.

Y en algún punto del patio, el zumbido bajo y mecánico del sistema de filtración del tanque de los tiburones, moviendo agua para unos depredadores que nunca dejaban de nadar.

Pensó en su padre.

Ven a buscarnos, papá.

Fuera, las botas de un guardia crujieron sobre la grava, pasaron por delante de la puerta y se perdieron en la noche. Arriba, un satélite Iridium cruzó el cielo en silencio, esperando una señal que aún no se había enviado.

Dos días más.