Capítulo 13La mercancía #2
Kellerman levantó la vista desde el colchón, todavía intentando recuperarse de su humillación delante de Sergio. Miró a Michaela al otro lado de la habitación.
—Tu nombre —dijo. Tenía la voz ronca de no usarla y de llorar—. Dijiste que era Johnston.
Chase levantó la cabeza de golpe. —Brad. No.
—Solo estoy preguntando. —Brad tenía los ojos vidriosos y desenfocados—. En el barco. El primer día, cuando nos presentamos todos. Te presentaste como Michaela Olson. Estoy seguro. Me acuerdo porque la hermana de mi exmujer se llama Michaela y pensé: qué casualidad.
La habitación se quedó muy quieta.
La cara de Michaela no cambió. —Te estás confundiendo, Brad. Todos hemos estado sometidos a mucha tensión. Es fácil…
—No. —Brad negó con la cabeza, más animado ahora, como si hubiera encontrado tierra firme después de días ahogándose—.
No, en esto no me confundo. Me acuerdo. Estábamos en la cubierta superior.
Chase y tú os estabais presentando a todo el mundo.
Dijiste Michaela Olson. De Lincoln, Nebraska.
Me acuerdo porque hice un chiste tonto y te pregunté si eras pariente de aquellas actrices, las gemelas Olsen, y dijiste que no.
Chase se puso de pie. Su voz era baja, pero dura. —Cállate, Brad.
—No pretendo causar problemas. Es solo que…
—He dicho que te calles. —Chase dio un paso adelante. No exactamente una amenaza. Pero la sola presencia física, un atleta de uno noventa avanzando hacia un hombre de mediana edad que llevaba tres días llorando, tuvo su efecto.
La voz de Harry cortó la tensión. —Brad. Déjalo. Te acuerdas mal. Ninguno de nosotros está pensando con claridad. Olvídalo.
Sam habló a continuación, con su voz de enfermera, tranquila y con autoridad. —La tensión hace cosas raras con la memoria, Brad. Todos estamos mezclando detalles. Ayer me llamaste «Julie» dos veces. Estás agotado. Todos lo estamos.
Brad miró alrededor. —Pero yo… —Se detuvo. La certeza que lo había animado momentos antes empezó a vacilar. Miró a Chase, a Michaela, a los demás—. Estaba seguro.
—Te equivocabas —dijo Chase. Su voz era plana. Definitiva.
Brad se desinfló. El momento de lucidez, o lo que fuera, había pasado. Se dejó caer de nuevo en el colchón y volvió a balancearse. En cuestión de minutos parecía haber olvidado la conversación por completo.
Pero Chase no la había olvidado. Volvió a sentarse al lado de Michaela, con la mandíbula apretada y la mano agarrando la suya con más fuerza que antes.
El resto del día transcurrió en la rutina machacona del cautiverio.
Marisol entró en la habitación tres veces.
Una por la mañana, con agua y tortillas.
Otra por la noche, con arroz con frijoles.
Las dos veces la acompañó un guardia que miraba a las mujeres con lascivia, pero que no entró en la habitación.
Fiel a la palabra de Sergio, la cuestión sanitaria cambió aquella tarde. En su tercera visita, Marisol anunció que sacarían a los rehenes, de cuatro en cuatro, a usar un baño detrás del anexo.
Se accedía por un pasillo techado con palma, hojas viejas apiladas en gruesas capas sobre travesaños de madera, y el «baño» resultó ser una letrina sin techo, con un agujero excavado en el suelo rocoso.
Era rudimentario, pero tenía cielo abierto encima y no era un cubo en una habitación llena de gente.
La estructura en sí era sencilla: cuatro paredes de bloques de hormigón de unos tres metros de alto que formaban un recinto cerrado, con un vano estrecho abierto en la pared que daba al lado contrario de los edificios del complejo.
Sin puerta, solo un hueco. El suelo era grava de caliza compactada y en el centro estaba la fosa.
Las mujeres fueron primero, mientras los guardias esperaban fuera de la letrina haciendo comentarios que Carlos prefirió no repetir.
Los hombres fueron después. Chase aprovechó para estudiar el entorno desde la nueva perspectiva y observó que la letrina estaba detrás del edificio donde los tenían encerrados, a unos treinta y cinco metros del muro perimetral trasero y del cenote que había visto antes.
Cuando le tocó el turno dentro, esperaba el olor, pero lo que le llamó la atención fue lo extrañamente profundo que era el agujero.
Dos metros y medio o tres, calculó, quizá más.
Entonces cayó en la cuenta. Excavar en caliza no era como excavar en la tierra fértil de Nebraska.
Cada palmo hacia abajo suponía horas de trabajo agotador con picos y palancas, arrancando lascas a una roca comprimida durante millones de años.
Una vez excavabas una fosa de letrina en aquel terreno, la usabas hasta llenarla del todo, porque abrir otra era un proyecto que nadie quería repetir.