Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 13La mercancía
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Capítulo 13La mercancía

LA MERCANCÍA

Chase no recordaba haberse quedado dormido, pero su cuerpo había tomado la decisión por él en algún momento de la madrugada y se había apagado a pesar del suelo de hormigón y del calor.

Cuando despertó, Michaela estaba acurrucada contra él, con la cabeza en su hombro y la respiración lenta y regular.

El olor fue lo primero que notó. Llevaba toda la noche acumulándose.

No era de extrañar, con nueve personas, calor tropical, nada de ventilación y un cubo de veinte litros en la esquina que se había convertido en el elemento más degradante de su cautiverio.

Nadie quería ser el primero en usarlo. Al final, Sam se levantó, fue hasta la esquina y dijo con su voz de enfermera: —Que no mire nadie.

Vamos a tener que hacerlo todos. Yo voy primero.

Sostuvo una de las camisetas prestadas a modo de cortina mientras Julie sujetaba el otro extremo. En aquella habitación cerrada, el sonido era imposible de ignorar, por mucho que todos lo intentaran.

Después de que Sam rompiera el hielo, el resto de los rehenes fue usando el cubo según lo pedía el cuerpo.

Acabó amenazando con desbordarse y se convirtió en un riesgo biológico, con un olor que había pasado de desagradable a asfixiante.

Chase se había colocado tan lejos de la esquina como permitía la habitación, pero en un cuarto de cuatro metros y medio por seis, «lejos» era un término relativo.

El ruido del cerrojo al descorrerse desde fuera despertó a los demás.

La puerta se abrió y la luz del día entró como un cuchillo en la habitación.

Chase entrecerró los ojos. Entraron dos guardias y se situaron a ambos lados de la puerta.

Un tercer hombre apareció en el umbral. Medía uno setenta y cinco, vestía de forma impecable y parecía más un analista financiero que un narcoterrorista.

Pero cuando Chase le miró a los ojos, corrigió esa impresión considerablemente.

El hombre entró en la habitación y se detuvo, con las aletas de la nariz dilatadas. Miró el cubo de la esquina, luego a los rehenes, y por su cara pasó algo entre la diversión y el asco.

—Me llamo Sergio Valdez —dijo en un inglés fluido—.

Son ustedes huéspedes del Cártel Bahía Azul.

—Recorrió la habitación con la mirada y continuó—: Pido disculpas por el alojamiento.

Y por la… —Señaló con delicadeza hacia el cubo—.

Higiene. No somos animales. Haré que Marisol prepare algo más apropiado. Fuera.

Lo dijo como si fuera una concesión. Un regalo. Estaban todos encerrados en una caja de hormigón con sus propios excrementos, y el hombre responsable de haberlos metido allí quería atribuirse el mérito de reconocer el olor.

Recorrió la fila de rehenes y se detuvo delante de Carlos.

—Usted es el divemaster mexicano —dijo—. Así que usted y su familia deberían entender cómo funcionan las cosas en este país. Sabe que la cooperación se recompensa y que la resistencia es… —Ladeó la mano de un lado a otro—. Problemática.

Carlos miró al frente y no dijo nada.

Sergio siguió adelante. Se detuvo delante de Sam y Julie y les miró las manos entrelazadas. Su expresión era curiosa más que depredadora. Un científico observando un espécimen desconocido.

—El matrimonio —dijo—. De Phoenix. Me dicen que los guardias han estado haciendo comentarios. —Se encogió de hombros—. Los hombres son así. Según mi experiencia, la mejor forma de evitar la atención es no llamarla.

Sam apretó más la mano de Julie, pero ninguna de las dos apartó la mirada. Ninguna de las dos separó los dedos.

Sergio sonrió y se colocó delante de Harry, mirando desde arriba al viejo desplomado contra la pared.

—Usted es el policía jubilado. De Nueva Jersey.

Harry parpadeó, mirándolo desde abajo con una expresión de confusión aterrorizada. —Por favor —dijo con voz temblorosa—. Por favor, no hemos hecho nada malo. Solo estábamos buceando. No queríamos…

—Claro que no. —La voz de Sergio era tranquilizadora, casi paternal—.

Es una situación desafortunada. Mi primo es un hombre impulsivo.

Estoy seguro de que todo esto puede resolverse.

Pero debo decirle que, cuando supe que era usted policía, mi primer instinto fue simplemente matarle.

A los hombres con su tipo de formación conviene despacharlos deprisa, antes de que creen problemas.

Linda ahogó un grito. Valdez le dio una palmada en el hombro a Harry.

—Pero ahora veo que mis temores eran infundados. No haga que me arrepienta de haberle perdonado la vida —advirtió antes de pasar a Chase.

Chase levantó la vista hacia él. No se puso de pie.

Ponerse de pie lo habría alzado hasta su uno noventa y sus cien kilos, y algo le decía que sacarle una cabeza a aquel hombre no mejoraría su situación.

Pero tampoco apartó la mirada. Eso se lo había enseñado su padre.

A un depredador no se le muestra miedo. No se le muestra nada.

Sergio lo estudió con interés manifiesto. —Usted es el atleta. El jugador de fútbol americano de Nebraska. Un long snapper , creo que se llama.

Chase no dijo nada. Aquello no había salido de los interrogatorios a los rehenes.

Marisol había recogido nombres, edades y ciudades, no posiciones en una plantilla de fútbol americano.

Lo que significaba que alguien ya había estado buscando en internet, cruzando los nombres con los registros públicos.

Chase mantuvo la cara inmóvil, pero la cabeza le iba a toda velocidad.

Si habían encontrado su posición, habían encontrado la página de su equipo.

Y si habían encontrado la página de su equipo, podían haber averiguado otras cosas también.

—Está usted muy tranquilo para ser un joven en su situación —dijo Sergio—.

La mayoría de la gente, cuando se la llevan por la fuerza, llora.

—Señaló hacia Brad sin mirarlo—. Suplican.

Negocian. Pero usted… Me dicen que lleva observando a mis guardias desde que llegó.

Contándolos. —Se inclinó un poco más—. ¿Su padre es militar, quizá?

—No —dijo Chase—. Un simple contable del Gobierno.

Sergio se rio. Una risa de verdad, cálida y abierta, como si Chase hubiera contado un chiste realmente bueno en una cena.

—Un contable del Gobierno. Excelente. —Se irguió—.

Permítame darle un consejo contable, joven amigo.

Cuente a los guardias si quiere. Cuente las cámaras, los muros, las armas.

Cuéntelo todo. Y cuando termine de contar, llegará siempre al mismo número: cero.

Ese es el número de salidas de este complejo que no pasan por mí.

Le sostuvo la mirada a Chase un instante más y luego dirigió su atención a Michaela.

Estaba sentada al lado de Chase, con las rodillas recogidas, observando a Sergio con la misma alerta serena que había mostrado desde que se los llevaron.

Llevaba una camiseta negra desteñida, enorme, con el logotipo de Corona, que le llegaba hasta los muslos.

Sergio la miró largamente. —Michaela —dijo, probando el nombre—. Johnston.

—Sí —dijo ella.

La observó y siguió adelante sin comentarios. Pero Chase vio algo en la expresión de Sergio al darse la vuelta. Sospecha no, exactamente. Más bien un marcapáginas. Una nota mental para volver a aquella página más adelante.

Sergio se dirigió al grupo. —Esto es lo que va a pasar.

Mi gente se pondrá en contacto con sus familias, las empresas para las que trabajan, con quien tenga dinero y motivos para verlos regresar sanos y salvos.

Negociaremos un precio justo por su liberación.

Este proceso lleva tiempo. Durante ese tiempo se les dará de comer.

Tendrán agua. No se les hará daño. —Hizo una pausa—.

A menos que les den un motivo a mis hombres.

Si son ustedes sensatos, no se lo darán.

Brad Kellerman eligió ese momento para desencogerse sobre el colchón y sentarse.

Tenía la cara hinchada de llorar y los ojos desorbitados.

—Esto es una locura —dijo con la voz quebrada—.

No puede hacer esto. Somos ciudadanos estadounidenses.

La embajada, el Gobierno, mandarán a gente.

Nos encontrarán. No tiene ni idea de con quién se está metiendo.

La habitación se quedó inmóvil.

Sergio se volvió hacia Brad, sin duda tras haber oído discursos parecidos muchas veces.

—Señor Kellerman —dijo en voz baja—. Sé exactamente con quién estoy tratando.

Usted vende inmuebles comerciales, aunque el negocio no va demasiado bien.

Y ha traído a su hijo adolescente a unas vacaciones que no puede permitirse por el divorcio que tiene pendiente.

Lo sé porque su nombre está en registros públicos.

Su empresa figura en internet. Su demanda de divorcio es información pública en el condado de Suffolk.

A Kellerman se le fue el color de la cara.

—Así que, por favor —continuó Sergio—, no me diga usted con quién estoy tratando. Ya lo sé. La cuestión es si entiende usted con quién está tratando.

Miró a Brad un momento más, luego se dio la vuelta y salió. Los guardias lo siguieron. La puerta se cerró. El cerrojo encajó.

—Ya nos está buscando —dijo Chase, sin levantar la voz—. Sabe que soy long snapper. Sabía lo del divorcio de Brad.

—Las redes sociales —dijo Julie con amargura—. Tenemos la vida entera en internet.

No le faltaba razón. Pero Chase estaba pensando en otra cosa.

Si habían encontrado la plantilla de su equipo, habían buscado «Chase Hunter Nebraska».

Su Instagram y su Facebook. Se preguntó si su padre habría llegado a tiempo.

Si sabía siquiera que los habían secuestrado.

Si las cuentas de Michaela seguían activas y localizables.

Si habrían averiguado de algún modo su nombre real y su vínculo con el vicepresidente.

Apartó el pensamiento. Nada que pudiera hacer al respecto desde allí dentro.