Capítulo 10Grant
GRANT
Llamé a Stephanie Gage desde un baño de caballeros del Ala Oeste.
No era el escenario más digno para poner en marcha una operación de inteligencia extraoficial, pero era el único sitio del edificio donde podía estar razonablemente seguro de que nadie escuchaba.
Cierto que el Servicio Secreto controlaba el recinto de la Casa Blanca, pero las paredes llevaban escuchando conversaciones privadas desde antes de que Nixon lo pusiera de moda.
Un cubículo de baño con un móvil personal era lo más parecido a una SCIF (sala compartimentada para información sensible) que iba a conseguir con tan poco margen.
Stephanie contestó al segundo tono. —Aquí Gage.
—Steph, soy Grant Hunter.
Una pausa. No larga, medio segundo quizá, pero noté cómo se recalibraba.
Stephanie Gage era muchas cosas: agente del Servicio Secreto de Estados Unidos, tres años en el equipo de protección del vicepresidente, serena bajo presiones que aplastarían a la mayoría de la gente y casada con uno de mis amigos más antiguos.
También era lo bastante lista para saber que, si Grant Hunter la llamaba al móvil personal estando ella de servicio en la Casa Blanca, no era para charlar del cumpleaños de John.
—Grant. No me lo esperaba.
—Lo sé, y te pido perdón de antemano por lo que voy a pedirte. Necesito quince minutos con el vicepresidente. En privado. Sin personal, sin entrada en la agenda, sin registro de ningún tipo.
Esta vez el silencio fue más largo. Lo escuché y esperé.
Stephanie era de las que anteponen el procedimiento.
La habían formado así, vivía así, había construido su carrera sobre el principio de que a los protegidos se los mantiene a salvo cumpliendo las normas.
Pero también llevaba más de veinte años casada con John Gage, y John se había pasado esos años contándole historias de las cosas que habíamos hecho juntos en lugares de los que ninguno de los dos podía hablar.
Sabía que había situaciones para las que el manual no tenía un capítulo, y con razón.
—¿Cuándo? —dijo.
—Hoy. Ahora, si es posible. Mientras siga en marcha la sesión informativa de inteligencia del presidente. Calloway está en el Despacho Oval. Yo estoy en el edificio.
—Eso te da unos cuarenta minutos antes de que termine la sesión.
—Ya estaba pensando en términos tácticos—.
El vicepresidente tiene un hueco entre su reunión política de la mañana y una cita a las nueve con el presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.
Puedo meterte en la Sala Roosevelt. Está vacía hasta el mediodía.
—¿Cómo llego hasta allí sin entrada en el registro de visitas?
—Formas parte del equipo de protección del director de la CIA. Ya tienes acceso autorizado al edificio. Te acompaño yo misma. Si alguien pregunta, estás preparando la avanzada de la próxima visita del director.
—Steph, necesito que entiendas lo que te estoy pidiendo. Esta reunión no existe. Nadie se ha puesto en contacto contigo. Si esto se tuerce…
—Grant. —Su voz era firme, como siempre que estaba a punto de dar por terminada una conversación—. John me mataría si no te ayudara. Y me lo merecería. Sala Roosevelt. Veinte minutos. Entra por la puerta que hay junto a la sala de prensa. Te espero al pie de la escalera.
Colgó. Me quedé un momento mirando el teléfono. Luego tiré de la cadena, me lavé las manos para disimular y salí del baño como si hubiera estado atendiendo necesidades biológicas en lugar de conspirando para montar una reunión clandestina con la segunda persona más poderosa de Estados Unidos.
Encontré a Stephanie exactamente donde había dicho que estaría, al pie de la escalera, con el traje oscuro y el pinganillo puesto, igual que cualquier otro agente del Servicio Secreto del edificio salvo por la leve tensión alrededor de los ojos al verme.
Esbozó una sonrisa mínima y se dio la vuelta.
La seguí escaleras arriba y entramos en la Sala Roosevelt.
Estaba vacía, con paneles de madera oscura, una larga mesa de reuniones rodeada de sillas de cuero y los retratos de Theodore y Franklin Roosevelt mirándose desde paredes opuestas.
—Llegará dentro de cinco minutos —dijo Stephanie—. Le he dicho a su asistente personal que el vicepresidente tenía una llamada privada. Con eso te he conseguido esos quince minutos.
—Gracias, Steph.
Me miró. —Tienes una pinta horrible, Grant.
—Eso me han dicho.
—¿John está metido en esto, sea lo que sea?
—Lo estará. Hasta qué punto depende de dónde esté ahora mismo.
—Lo de siempre —dijo ella—. Dando vueltas por el mundo para EGA, enseñando a los buenos a pelear contra los malos. Ahora está a las afueras de Ciudad de México. Lleva allí todo el mes.
Captó mi expresión al oír Ciudad de México. Algo le cruzó la cara. Miedo no, exactamente. Resignación, quizá. La constatación de que la vida normal que John y ella habían construido en los márgenes de dos carreras extraordinarias estaba a punto de complicarse.
—Estaré fuera, junto a la puerta —dijo—. Tienes hasta las 09:00. Después de esa hora, el responsable de agenda del vicepresidente empezará a buscarlo y a mí se me acabarán las explicaciones creativas.
Se marchó. Me quedé solo en la Sala Roosevelt y traté de ordenar las ideas en algo coherente, persuasivo y lo bastante breve para caber en el margen que me habían dado.
Solo tenía una oportunidad. El vicepresidente de Estados Unidos estaba a punto de enterarse de que un cártel mexicano de la droga había secuestrado a su sobrina y, al mismo tiempo, yo tenía que convencerlo de que me dejara hacer algo que nunca podría reconocerse, autorizarse ni explicarse.
Sin presión.
La puerta se abrió. El vicepresidente James Whitfield entró solo.
Había coincidido con Whitfield dos veces: una en un acto en el Edificio de Oficinas Ejecutivas Eisenhower, donde el equipo de protección del director de la CIA se cruzó con el del vicepresidente, y otra en Lincoln, cuando asistió a un partido de los Huskers y se reunió después con un grupo de jugadores y sus familias.
A sus sesenta y un años, había sido gobernador durante dos mandatos y luego senador júnior por Nebraska antes de que lo eligieran para sustituir a su predecesor, que se había desplomado muerto en un campo de golf.
Whitfield era un apasionado de la vida al aire libre y un político astuto que se leía los dosieres enteros en lugar de solo los resúmenes.
Tenía la constitución de un ganadero y un apretón de manos capaz de partir nueces.
El vicepresidente me miró con un destello de reconocimiento.
—Usted es el hombre del director Calloway —dijo.
—Sí, señor. Grant Hunter.
—Stephanie me ha dicho que era urgente y privado. Nunca me ha fallado, así que aquí estoy. —Apartó una silla y se sentó—. ¿De qué se trata?
—Señor vicepresidente, hace aproximadamente nueve horas, un barco de buceo, el Caribbean Explorer , sufrió el ataque de miembros del Cártel Bahía Azul frente a la costa de México.
Cuatro tripulantes murieron. Nueve personas, ocho turistas estadounidenses y su guía de buceo mexicano, están retenidas como rehenes.
La expresión de Whitfield no cambió, pero vi que se le quedaban quietas las manos sobre la mesa.
Un ataque de un cártel contra ciudadanos estadounidenses en el extranjero era motivo de preocupación, pero no lo bastante grave como para exigir una reunión clandestina en la Sala Roosevelt. Estaba esperando la segunda parte.
Se la di.
—Entre los rehenes está su sobrina, Michaela Olson.
La quietud se le extendió de las manos al resto del cuerpo.
Durante tres segundos, quizá cuatro, el vicepresidente de Estados Unidos no se movió, no respiró, no parpadeó.
Después algo se quebró detrás de sus ojos, una fractura en la compostura profesional que volvió a sellar casi al instante.
Cuando atamos cabos, Chase acabó confesándonos que Michaela y el vicepresidente estaban muy unidos.
Él le había enseñado a montar a caballo en su rancho y había estado en las gradas cuando ella compitió por el título de Miss Nebraska USA, y lo ganó.
Era familia. No familia política, familia de verdad.
—¿Cómo sabe usted esto? —Su voz sonaba contenida, pero se le notaba el esfuerzo.
—Mi hijo, Chase, también estaba en ese barco. Michaela y él salen juntos. Estaban de spring break . —Hice una pausa—. Me enteré del ataque esta mañana por el PDB. Aparecía como una interceptación SIGINT. Lo confirmé con el centro de operaciones y con la lista de pasajeros de la empresa de buceo.
—¿La prensa sabe lo de Michaela?
—No, señor. No lo sabe nadie. Al menos de momento. La información inicial identificaba a rehenes estadounidenses, pero sin nombres concretos. He mantenido el vínculo de Michaela con usted fuera de todos los canales e informes.
—¿Por qué?
—Porque en el momento en que su identidad entre en el sistema, esto se convierte en la mayor noticia del mundo.
Las negociaciones del tratado con México se vendrán abajo.
El NSC se reunirá, y el Departamento de Estado, el Pentágono, Justicia y todos los demás reclamarán su parte.
La CNN la emitirá las veinticuatro horas del día.
Y el cártel, que ahora mismo con suerte no sabe a quién tiene, descubrirá que tiene a la sobrina del vicepresidente.
—¿Cuál es la respuesta oficial?
—Todavía no hay ninguna. La DEA y el FBI siguen la situación como si fuera un secuestro corriente.
La Marina mexicana tiene una patrullera de camino al arrecife donde hundieron el barco de buceo.
El Gobierno mexicano sabe lo del ataque, pero se mueve despacio por cuestiones de soberanía y por la imagen turística.
Nadie en Ciudad de México ni en Washington lo trata como algo más que un incidente regional, porque nadie conoce la conexión con usted.
—Y usted quiere que siga siendo así.
—Sí, señor. Por desgracia, no veo otra opción.
Cualquier acción oficial estadounidense en suelo mexicano, militar o policial, viola el marco bilateral que usted lleva dos años construyendo.
Los mexicanos lo verán como un acto de agresión.
El tratado muere, la cooperación en la lucha contra el fentanilo muere con él y los cárteles ganan dos veces.
Una al tomar a los rehenes y otra al destruir la relación entre nuestros gobiernos.
—Entonces, ¿qué propone?
—Una operación extraoficial. Un equipo reducido. Negable. Sin huellas del Gobierno de Estados Unidos. Voy a México, encuentro a los rehenes y me los traigo a casa. Cuando termine, nunca habrá ocurrido.
—¿Quién lo autoriza?
—Nadie. De eso se trata.
Se me quedó mirando. Le sostuve la mirada. Aquel era el momento, el punto de apoyo. Todo lo que estaba a punto de construir dependía de la disposición de aquel hombre a mirar hacia otro lado mientras yo hacía algo que nadie en el Gobierno podía reconocer.
—Hay algo más que debe saber, señor. Parece que el cártel todavía no ha identificado a los rehenes.
Pero lo hará. Buscarán en internet, y las cuentas de los chicos en redes sociales son una vulnerabilidad.
Supongo que Michaela tiene cuentas de Facebook y de Instagram que podrían vincularla a su familia.
Yo ya he empezado a limpiar las de mi hijo.
Pero las de Michaela habrá que cerrarlas, y yo no tengo acceso directo.
—¿Qué necesita?
—Tengo un contacto que puede suspender sus cuentas por vías discretas.
Pero quería que usted lo supiera. Y si hay otras huellas digitales, fotos familiares, páginas de eventos, cualquier cosa que conecte a Michaela Olson con el vicepresidente, hay que ocuparse de ellas.
Por supuesto, habrá que informar a la familia de Michaela del secuestro y decirles que blinden también sus redes sociales. A sus padres y a sus hermanos.
Whitfield asintió despacio. —Yo me encargo. Llamaré a sus padres, y mi jefe de gabinete tiene relación con las plataformas de redes sociales. Ya hemos tratado antes cuestiones de privacidad.
—Sí, señor.
Se levantó, y le vi las arrugas alrededor de los ojos y el esfuerzo que le costaba mantener la compostura.
—No puedo autorizar esto —dijo en voz baja.
—Lo sé.
—No puedo conocer los detalles. No pueden informarme del plan, ni del equipo, ni de los recursos, ni de los plazos.
Si esto sale mal, si muere gente, si se hace público, si el Gobierno mexicano descubre a agentes estadounidenses en su territorio, tendré que negarlo todo.
Negar que tengo conocimiento alguno de usted o de su equipo.
—Lo entiendo.
—Pero, Grant…
—¿Sí, señor?
—Dejando aparte toda esa mierda política. Tráigamela de vuelta. Tráigamelos a todos a casa.
—Ese es el plan, señor.
Me sostuvo la mirada un momento más y luego fue hacia la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo.
—Calloway me dijo una vez que es usted el mejor que ha visto nunca en lo suyo. Claro que eso fue justo después de contarme cómo le salvó la vida en Nigeria hace un tiempo —añadió con una sonrisa.
—Ya, eso no me lo va a dejar olvidar nunca.
—No, seguro que no.
Se fue y me quedé solo en la Sala Roosevelt con un mandato que no existía, dado por alguien que nunca había estado en aquella sala.
Miré el reloj. Siete minutos. Lo había hecho en siete minutos.
Buen comienzo, pero aquello no era más que el principio.
Había gente a la que llamar y un equipo que reunir para ejecutar un plan que aún tenía que diseñar, dotar de recursos y llevar a cabo en un plazo que se medía en horas y días, no en semanas.
Todo ello sin apoyo oficial, sin respaldo militar y sin margen de error.
Salí de la Sala Roosevelt, bajé las escaleras y pasé junto a Stephanie, que se puso a mi paso sin decir palabra. En la salida, se detuvo.
—¿Es tan grave como creo? —preguntó.
—Peor —dije—. Necesito hablar con John.
No se inmutó. Sabía que aquello estaba al caer desde el momento en que había contestado a mi llamada.
—EGA lo tiene dirigiendo un ciclo de instrucción para la policía estatal en el corredor de Tabasco. —Hizo una pausa—. Lo que, si lo estoy entendiendo bien, significa que ya está en la zona.
—Dile que espere mi llamada —dije.
—Díselo tú. No querrá oírlo de nadie más. —Se alisó la chaqueta, se tocó el pinganillo y volvió a convertirse en la agente especial Gage del Servicio Secreto—. Suerte, Grant. Sea lo que sea esto.
Salí de la Casa Blanca a la mañana gris de marzo.
La caravana seguía aparcada en West Executive Avenue, mi equipo mantenía posiciones y Dixon esperaba junto al vehículo de cabeza con un vaso de poliestireno en cada mano, porque Dixon era así, el hombre que siempre sabía lo que necesitabas antes de que se lo pidieras.
Me tendió un vaso. Earl Grey, no café. —¿Todo bien, jefe?
Cogí el té. Miré la Casa Blanca a mi espalda, reluciente a la luz de la mañana.
—Ni mucho menos —dije—. Antes de ponerte al corriente, tengo una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Qué te parecería hacer un viaje a México?