Capítulo 9Marisol
MARISOL
Sergio tenía un ordenador en el despacho contiguo a la cocina.
Era un viejo portátil Dell, lento y caprichoso, conectado a internet mediante un punto de acceso móvil que funcionaba cuando le apetecía y no funcionaba cuando no.
La conexión en Xcalak era pésima incluso en los mejores días.
Una sola antena de telefonía daba servicio a todo el pueblo y las propias comunicaciones del cártel competían por lo poco que quedaba.
Pero debería bastar para lo que yo necesitaba.
Me senté al escritorio con la lista de nombres y abrí Facebook.
Harry Miller, setenta y cinco años, Mount Olive, Nueva Jersey.
Fue fácil de encontrar. Su perfil de Facebook era público.
Una de esas páginas abiertas que mantenían los estadounidenses mayores porque no conocían la configuración de privacidad o porque les daba igual.
El viejo era quien decía ser. Ya me lo esperaba.
Los Miller no eran gente con motivos para mentir.
Encontré fotos de él y de su mujer, Linda, en puntos de buceo de todo el mundo.
Little Cayman Beach Resort. Bonaire. Cozumel.
Había también una foto de los dos en lo que parecía una fiesta de jubilación, Harry de traje, incómodo delante de una tarta con una placa dibujada en el glaseado.
En el perfil figuraban la Universidad William Paterson como formación y, como historial laboral, «Ejército de Estados Unidos» y «Detective (jubilado), Policía de Newark, División de Homicidios».
Esa última parte le iba a interesar mucho a Sergio.
La página de Linda Miller era igual de abierta, con fotos de los nietos y una publicación sobre su próximo viaje de buceo a México.
Debajo, una ristra de comentarios entusiasmados de sus amigos.
«¡Pasadlo bien!». «¡Traednos una concha!
». «¡Tened cuidado!». La amarga ironía del último casi me hizo reír.
Brad Kellerman también fue fácil de verificar.
En su foto de perfil de Facebook aparecía con americana, delante de un edificio de oficinas acristalado con un rótulo que decía «Kellerman Commercial Real Estate».
La página era semipública y se veía lo suficiente para confirmar quién era.
Había publicaciones sobre partidos de los Celtics, alguna novedad de negocios y fotos de un barco que probablemente no podía permitirse.
Y allí, enterrada en su muro ocho meses atrás, una publicación críptica sobre «nuevos comienzos» y «mantenerse fuerte» que, según revelaban los comentarios, tenía que ver con su divorcio en trámite.
Su futura exmujer tenía página pública propia.
Maureen Kellerman. Sus publicaciones recientes estaban llenas de esa positividad agresiva que la gente escenifica cuando intenta convencerse a sí misma tanto como a su público.
Publicaciones sobre «recuperar mi vida» y «prosperar, no solo sobrevivir».
Encontré fotos de Ethan en su página. Un adolescente de aspecto callado, con los ojos de su madre y la mandíbula de su padre, de pie en un campo de fútbol y con cara de preferir estar en cualquier otro sitio.
La página de Facebook de Samantha Torres era privada, pero se veían la foto de perfil y la de portada.
En ellas aparecía una mujer sonriente con uniforme de enfermera, delante del Desert Valley Medical Center.
Su licencia de enfermería podía comprobarse en el colegio de enfermería del estado de Arizona, que tenía un buscador público. La encontré sin problemas.
La página de Facebook de Julie Torres también era privada, pero su canal de YouTube, «Torres Travel», estaba completamente abierto.
Tenía más de dos millones de suscriptores.
Había vídeos sobre destinos de viaje, buceo y conservación de los océanos.
Entre sus vídeos recientes había imágenes de Cozumel y de Belice, y uno titulado «Por qué la costa caribeña de México es el secreto mejor guardado del mundo», publicado tres semanas antes.
Los comentarios estaban llenos de seguidores que preguntaban por su próximo viaje a México en barco de buceo.
Recorrí el canal. Julie tenía carisma ante la cámara. Vivaz, apasionada, capaz de darte ganas de ir adonde ella acabara de estar. En varios vídeos salía Sam, presentada sencillamente como «el amor de mi vida». Su vídeo de boda tenía cuatrocientas mil visualizaciones. Parecían felices y enamoradas.
Seguí adelante.
Verifiqué a Carlos Reyes en la página de personal de la web del Caribbean Explorer , donde figuraban su foto, su biografía y sus titulaciones de buceo.
Llevaba más de quince años en la empresa.
Primero como divemaster de PADI y después como instructor.
La web mostraba el viaje a la península de Yucatán como «En curso».
Nadie lo había actualizado. Nadie lo sabía todavía.
Había dejado lo mejor para el final.
Chase Hunter, veintiún años, Lincoln, Nebraska.
Busqué su nombre en Google y encontré varios enlaces a su Facebook y a las páginas del equipo de fútbol americano de Nebraska.
Las fotos coincidían. Un joven de hombros anchos y sonrisa fácil, con una camiseta roja de la Universidad de Nebraska y el número 92 estampado.
Su página de Facebook estaba blindada. No había publicaciones públicas, ni fotos visibles más allá de la de perfil, ni lista de amigos, ni contenido etiquetado.
Todo cerrado tras la configuración de privacidad.
Era raro, pero no inaudito. Algunos jóvenes mantenían privadas sus redes sociales, aunque yo habría dicho que los deportistas, y más los universitarios estadounidenses, eran justo lo contrario.
Vivían en las redes sociales. Publicaban sin parar sobre partidos, fiestas, entrenamientos y novias.
Que un jugador de fútbol americano de veintiún años tuviera las cuentas cerradas a cal y canto obligaba a preguntarse por qué.
Probé después con Instagram. Lo mismo. La cuenta «chase_hunter_92» existía, pero también era privada. Había actividad reciente y la foto de perfil parecía actual, pero todo lo que había detrás estaba sellado.
Me eché hacia atrás y miré la pantalla, sopesando dos posibilidades. La primera, que Chase Hunter fuera un joven inusualmente discreto que mantenía restringidas sus redes por preferencia personal. Había quien lo hacía. Muy pocos.
La segunda, que alguien las hubiera cerrado para ocultar lo que contenían.
No podía demostrarlo, pero me inquietaba el cuándo.
Las cuentas tenían actividad suficiente para una foto de perfil actual y un nombre de usuario asentado, pero la configuración de privacidad parecía reciente, no habitual.
Tomé nota otra vez y pasé al último nombre de la lista.
Michaela Johnston.
No encontré nada.
Busqué en Facebook. Ninguna Michaela Johnston en Lincoln.
Ninguna en Nebraska. Ninguna en la Universidad de Nebraska.
Probé variantes del nombre. Micaela, Mikaela, McKayla.
Nada. Lo intenté en Instagram. Allí tampoco.
Busqué en el directorio de estudiantes de la Universidad de Nebraska, que era parcialmente público. Sin suerte.
Volví a la página de deportes de Nebraska donde había encontrado a Chase.
En la plantilla de fútbol americano figuraba como senior con año de «redshirt», long snapper , de Alexandria, Virginia.
Yo no sabía qué era un «redshirt» ni un long snapper .
Repasé la página en busca de cualquier mención a una novia, una foto etiquetada, una imagen espontánea de un partido o de un acto del equipo.
Las partes públicas de la web deportiva mostraban fotos de equipo, resúmenes de partidos y fichas de jugadores.
De Chase constaban la altura, el peso, la ciudad de origen y el instituto. Ningún otro dato personal.
Pasé diez minutos más buscando «Michaela Johnston, Universidad de Nebraska».
No había nada. Ningún perfil en redes sociales.
Ninguna asociación de estudiantes. Ninguna página de hermandad universitaria femenina.
Ninguna foto etiquetada en la cuenta de nadie.
Para una universitaria estadounidense de veinte años aquello no era solo raro.
Era casi imposible. Todo el mundo tenía una huella digital.
Todo el mundo dejaba algún rastro. Una foto etiquetada en una fiesta, un comentario en la publicación de alguien, una mención en el periódico del campus. Aquella chica no dejaba ninguno.
Michaela Johnston no existía en internet.
Lo que significaba una de dos cosas: o no tenía absolutamente ninguna presencia en redes sociales, y era entonces una de la docena escasa de jóvenes de veinte años que lo habían conseguido en todo Estados Unidos, o Michaela Johnston no era su verdadero nombre.
Pensé en la chica de la habitación de los rehenes. Su aplomo, la mirada firme. O decía la verdad, o mentía muy, muy bien.
Y además estaban las redes blindadas del novio.
Si alguien había limpiado las cuentas de Chase Hunter para ocultar cualquier conexión con su novia, y esa novia era al mismo tiempo imposible de encontrar bajo el nombre que nos había dado, los dos hechos apuntaban en la misma dirección.
Alguien estaba protegiendo su identidad.
Alguien con acceso y con capacidad para moverse deprisa.
Lo que también podía explicar la reacción de Kellerman cuando la chica dio su nombre. Le había cambiado la cara, y luego Chase le había lanzado una mirada que lo hizo callar. El momento había pasado tan deprisa que casi se me escapa.
Pero no se me había escapado. Y ahora, sola con el portátil, entendía lo que había visto.
Kellerman sabía algo. Había reconocido una incoherencia, y Chase Hunter lo había silenciado antes de que pudiera decirlo en voz alta.
No sabía qué era, pero sí sabía a qué se parecía. Se parecía a un secreto.
Escribí mi informe para Sergio. Los nombres, las identidades verificadas, las profesiones, los valores estimados de rescate.
Incluí los enlaces a las redes sociales y capturas de pantalla de los rehenes que había confirmado.
De Chase Hunter anoté las cuentas cerradas y los datos de la plantilla de fútbol americano.
De Michaela Johnston escribí tres palabras: «No pude verificarla».
Le llevé el informe a Sergio al patio. Lo leyó mientras daba de comer a sus tiburones: dejaba caer trozos de pescado crudo en el acuario sin mirar, con los ojos en mis notas.
— Long snapper —dijo, divertido—. ¿Qué es eso?
—Fútbol americano. He tenido que buscarlo. Es una tontería, en realidad. Se agacha y lanza el balón hacia atrás entre las piernas a otros jugadores que lo chutan. Por lo visto es una posición poco conocida y muy especializada.
—Americanos. —Negó con la cabeza—. ¿Por qué no pueden limitarse a jugar al fútbol de verdad como el resto del mundo? ¿Y esta chica? ¿Johnston? ¿No has encontrado nada?
— Sí, jefe . Nada de nada. Creo que puede habernos dado un nombre falso.
Sergio levantó la vista del informe. —¿Por qué iba una universitaria a darnos un nombre falso?
—Todavía no lo sé.
Me observó un momento y volvió al informe. —Sigue escarbando. Si esconde algo, quiero saber qué es. —Hizo una pausa—. Y el jugador de fútbol americano. Averigua por qué tiene las cuentas cerradas. Los deportistas americanos ricos no se esconden de internet.
— Sí, jefe .
Recogí el informe y volví a mi habitación. Le había dado a Sergio lo que necesitaba de momento, información suficiente sobre la mayoría de los rehenes para empezar a calcular rescates. Pero los dos que no había logrado descifrar eran los dos que más importaban, y sospechaba que estaban conectados.
Un novio con las redes sociales privadas. Una novia que no existía en internet. Alguien escondía algo, y tenía los recursos para hacerlo rápido y a fondo.