Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 8Marisol
26%

Capítulo 8Marisol

MARISOL

Contuve un escalofrío y me volví para salir, y casi me choqué con Vargas.

Raúl Vargas era uno de los miembros de mayor rango de la estructura de mando de Sergio. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la pistola cromada en la cadera. Llevaba un rato esperando en el pasillo. Lo que significaba que lo había oído todo.

—Así que ahora eres la cuidadora del zoo —dijo cuando intenté pasar. No se movió para dejarme sitio—. Cuidando de las nuevas mascotas del jefe.

—Con permiso.

Se apartó lo justo para que pudiera colarme, tan cerca que noté el calor de su cuerpo, tan cerca que el contacto no fue accidental.

Alargó la mano y me tocó la cadera al pasar.

Un roce leve y demasiado familiar. Fue peor que si me hubiera agarrado el culo, como hacían casi todos los demás.

Me tocó de una manera que decía: «Puedo hacer esto cuando me dé la gana».

—He visto a las mujeres —dijo a mi espalda mientras yo avanzaba por el pasillo—. Las jóvenes son muy guapas y van muy… poco vestidas. —Se rio, un sonido grave—. A lo mejor voy y te ayudo a cuidarlas.

No me di la vuelta. No aceleré. Seguí caminando al mismo ritmo, con la espalda recta y la cara vacía, hasta que doblé la esquina y dejó de verme.

Entonces me detuve y me apoyé en la pared.

Vargas no era Neto. Neto era ruidoso, estúpido y peligroso si se veía acorralado.

Vargas era otra cosa. Llevaba diez años en el CBA y había ascendido a un puesto de mando gracias a una combinación de eficacia y crueldad que Sergio valoraba.

Los hombres lo respetaban, o lo temían, que en aquella organización venía a ser lo mismo.

Tenía mujer y dos hijos en Chetumal y una reputación de la que las mujeres de la costa se enteraban demasiado tarde.

Más de una de sus muchas amantes había desaparecido sin más, sin que se volviera a saber de ella.

Llevaba tres años evitándolo a él y a los demás jefes lo mejor que podía.

Haciendo mi trabajo sin llamar demasiado la atención.

Pero Vargas tenía la habilidad de ver lo que a otros hombres se les pasaba por alto.

Y ahora Sergio acababa de convertirme en la responsable de nueve rehenes, cuatro de ellos mujeres en bañador, encerrados en una habitación custodiada por hombres que las veían como una diversión.

Me despegué de la pared y eché a andar hacia el anexo.

El sol ya había salido del todo y el complejo temblaba con el calor de primera hora.

Los guardias iban de un edificio a otro, ocupados en los asuntos del cártel.

Había envíos que organizar, dinero que contar y territorio que defender.

Todo formaba parte de la rutina. Como si tener a unos buceadores secuestrados encerrados en una celda fuera un sábado cualquiera.

Cerca de la cocina, un chico joven descargaba cajas de una camioneta y las metía dentro.

Tomás Herrera. Conocía su historia porque se parecía a la mía.

Su padre había sido pescador en la cooperativa de Xcalak.

Uno de los pocos hombres que se había negado a pagar el impuesto de protección del CBA.

Seguía vivo, pero era un hombre roto que trabajaba en los muelles por un jornal miserable del que los cobradores de Sergio se quedaban una parte antes de que llegara a su bolsillo.

Tomás había entrado a trabajar para la organización como la mayoría de los jóvenes del pueblo.

No los reclutaban y no se presentaban voluntarios.

Les daban a elegir entre dos cosas: unirse o morir.

Así que se unió. Hacía recados, transportaba cajas y cargaba camionetas.

Los lugartenientes llamaban pescadores a los hombres como él, y lo decían como un insulto.

Eran chicos de los muelles que nunca serían soldados, que nunca llevarían un arma y a los que nunca se confiaría nada que importara.

—Buenos días, Tomás. Deja que te ayude con eso —dije, cogiendo una caja de cartón encerado llena de chiles poblanos, tomates y cebollas.

—Gracias, Marisol —dijo. Luego miró el bulto en un lado de mi cabeza—. Estás herida. ¿Necesitas ayuda? He oído que anoche hubo un asunto feo.

—No, gracias. Iba justo a entrar a pedirle vendas a Elena.

Me lanzó una mirada preocupada, pero se limitó a asentir y no dijo nada más.

Al entrar en la cocina, encontré a Elena Sánchez haciendo inventario de las provisiones.

Trabajaba casi todos los días en la planta de procesado de pescado de la costa.

Era una de las tapaderas legales que el CBA usaba para mover mercancía ilícita y blanquear capitales.

También trabajaba en la cocina del complejo, porque era donde se esperaba que trabajaran las mujeres.

Tenía unos años más que yo, los ojos oscuros y la constitución de los estibadores entre los que se había criado.

Compacta y fuerte, con las manos encallecidas de un trabajo honrado anterior a que el cártel se quedara con el negocio de la pesca.

Elena era lista y capaz, aunque nadie aparte de mí parecía haberse dado cuenta.

—Buenos días, Elena. Necesito comida y agua para nueve personas —dije.

Elena me sonrió a modo de saludo y no hizo ninguna pregunta mientras sacaba una caja de botellas de agua de la despensa y la dejaba en la encimera; después añadió tortillas, algo de fruta y un recipiente con arroz cocido.

—¿Ropa? —preguntó.

—Sí. Lo que tengas. Vienen de un barco de buceo. Casi todos llevan solo el bañador.

Elena desapareció en el almacén y volvió con un montón de camisetas y pantalones cortos viejos, del montón de ropa sobrante de los soldados del cártel que se habían ido o a los que habían matado.

Nada estaba limpio y dudaba que algo les quedara bien.

Pero había visto las caras de los guardias cuando descargaron a los rehenes bajo los focos.

Sabía lo que significaban aquellas caras.

Tapar a las mujeres no eliminaría el peligro, pero quizá le quitara inmediatez.

Las haría un poco menos visibles y menos parecidas a una invitación.

Era un escudo frágil, pero era el único que tenía.

Elena rebuscó en el montón, sacó las tallas más pequeñas y las dejó encima. —¿Cuántas mujeres? —preguntó.

—Cuatro. Deberíamos ocuparnos primero de ellas.

—Sí. Nos ocuparemos de las mujeres, pero ahora hay que ocuparse de ti —dijo, y sacó un botiquín de un armario.

Cuando Elena me hubo limpiado y vendado la herida de la cabeza, se lo agradecí y cogí las provisiones. Al darme la vuelta para salir, me tocó el brazo y me dijo: —Marisol. Si alguna vez necesitas cualquier otra cosa, vuelve. Aquí me tienes.

—Gracias, Elena. Lo haré.

Hasta el edificio donde tenían a los rehenes solo había un paseo corto.

Esperaba que el guardia me diera el alto, pero se limitó a apartarse y descorrer el cerrojo.

Dentro, todas las caras se volvieron hacia mí.

Algunas aterrorizadas, otras desafiantes, otras vacías.

La habitación olía a sudor y a agua salada.

La chica guapa de la licra rota, la novia del grandullón con cuerpo de atleta, me observaba con unos ojos atentos y calculadores.

La pareja mayor estaba desplomada en el suelo, uno junto al otro.

Casi todos los demás intentaban evitar cualquier contacto visual.

Dejé el agua y la comida en el suelo. Después levanté la ropa.

—Para las mujeres —dije en inglés—. Pónganse esto.

La chica alta que había dicho que era enfermera, una de las dos mujeres sobre las que los guardias habían estado haciendo comentarios, se levantó y cogió el montón.

Su expresión era una mezcla de gratitud y recelo que se disputaban el sitio en la misma cara.

Mientras ella separaba la ropa y empezaba a repartirla, cogí una silla del pasillo y me senté en el umbral. Saqué un bolígrafo y una libreta.

—Necesito sus nombres —dije—. De todos ustedes. Nombres, edades y dónde viven. Podemos hacerlo por las buenas, o puedo dejar que sea Neto quien haga las preguntas.

La amenaza no era sutil. No hacía falta que lo fuera.

El hombre mayor habló primero. —Harry Miller. Setenta y cinco. Mount Olive, Nueva Jersey. —Su voz era plana y cooperativa, y ofrecía exactamente lo que yo había pedido y nada más. Su mujer fue la siguiente—. Linda Miller. Setenta y tres. También de Mount Olive.

El padre que llevaba alternando el llanto y las quejas desde que los subieron a las pangas levantó la vista. —Brad Kellerman. Tengo cuarenta y ocho años y vivo en Boston. —Se le quebró la voz—. Mi hijo Ethan tiene dieciséis. Somos ciudadanos estadounidenses. No pueden…

—Siguiente —dije.

—Samantha Torres. Veintiocho. Phoenix, Arizona —dijo la enfermera. Hizo una pausa y luego puso la mano sobre la mujer que tenía al lado—. Esta es mi mujer. Julie Torres. Tiene veintinueve y también es de Phoenix.

Lo anoté sin reaccionar a las palabras «mi mujer».

En el mundo machista del cártel, esas dos palabras iban a traer problemas.

No por Sergio; a él le daría tan igual como el color de sus ojos.

Pero los guardias eran otra especie. Hombres como Vargas, como Neto y como los suyos medían su hombría por lo que podían tomar y por a quién podían dominar.

Verían a dos mujeres casadas como un desafío y una oportunidad.

Mantuve la cara neutra y seguí adelante.

El único mexicano del grupo habló a continuación. —Me llamo Carlos Reyes. Tengo treinta y un años. Soy de Cozumel.

Miré a la pareja junto a la pared del fondo. El joven corpulento y la chica morena que me miraba con desafío.

—Chase Hunter —dijo él—. Veintiuno. Lincoln, Nebraska.

—¿Y usted? —Miré a la chica.

—Michaela Johnston. —Me sostuvo la mirada y no la apartó. Sin dudar. Sin vacilar—. Veinte. También Lincoln, Nebraska.

Desde el otro lado de la habitación oí una brusca inhalación del pendejo de Kellerman, que había vuelto a tumbarse en posición fetal sobre el colchón.

Tenía cara de confusión, el ceño fruncido, la boca entreabierta como si fuera a hablar.

Chase giró la cabeza y clavó los ojos en él.

La mirada fue breve, pero inconfundible.

Era un aviso. Kellerman cerró la boca. Bajó la vista al suelo y no dijo nada.

Un intercambio raro, pensé, pero tenía demasiado trabajo para preocuparme por las tensiones entre los rehenes.

Volví a mirar a la chica. Algo en la forma en que había dicho su nombre me escamaba.

No el nombre en sí; era la manera. Todos los demás rehenes habían dado su información con algún matiz de emoción.

Miedo, desafío, resignación, histeria. Aquella chica había dado la suya con aplomo.

Una universitaria de veinte años a la que acababa de secuestrar un cártel de la droga, y había dicho su nombre como si se estuviera registrando en un hotel.

Podía ser el shock. Algunas personas se serenaban bajo una tensión extrema, justo al revés que Kellerman. Podía ser la influencia del novio, que irradiaba la misma calma. O podía ser otra cosa.

La miré un momento más de lo necesario. No parpadeó. No apartó la vista. Se limitó a esperar, paciente y serena, a que yo escribiera su nombre y pasara al siguiente.

Así que escribí el nombre y pasé al siguiente. Pero lo dejé marcado en mi cabeza. Algo en Michaela Johnston no encajaba del todo.

Solo que no sabía qué. Todavía no.