Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 7Marisol
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Capítulo 7Marisol

MARISOL

El Tiburón nos tuvo esperando cuarenta minutos.

Adrede, por supuesto. Sergio Valdez no hacía nada por accidente.

Hacía esperar a la gente para recordarle quién tenía el poder de verdad.

Eso, y porque disfrutaba imaginando los escenarios que se les iban formando en la cabeza mientras aguardaban de pie a la puerta de su despacho como escolares llamados por el director.

En el caso de Neto, los escenarios estaban justificados.

Al último hombre que había decepcionado al Tiburón de aquella manera lo habían encontrado en tres puntos distintos de la carretera a Bacalar.

Yo no debería haber estado allí, pero Neto exigió que fuera con él.

Lo que solo podía significar que pensaba echarme la culpa de todo el desastre.

Neto iba y venía, con la ropa ya mugrienta empapada de sudor.

Yo solo intentaba que no se me abriera la cabeza.

El culatazo me había dejado un corte encima de la sien izquierda que empapaba de sangre el trapo que mantenía apretado contra la herida.

Nadie se había ofrecido a limpiármela. Nadie me había preguntado si estaba bien.

Aquel no era un sitio donde la gente preguntara si estabas bien.

—Deja de mirarme —soltó Neto.

No lo estaba mirando. Miraba más allá de él, por la ventana del final del pasillo.

Veía cómo la primera luz gris del amanecer empezaba a separar la bóveda de la selva del cielo.

Llevábamos más de veinticuatro horas despiertos.

Los rehenes llevaban encerrados en el anexo menos de una hora.

Rehenes de los que sabíamos muy poco. De eso se había encargado Neto al quemar el barco de buceo, aunque era demasiado estúpido para darse cuenta de lo que había destruido.

Toda la documentación, todos los pasaportes, todos los móviles llenos de contactos, de fotos y de rastros digitales que pudieran decirnos quiénes eran aquellas personas, todo estaba en el fondo del Caribe.

Junto con cuatro tripulantes muertos y lo que quedara de la promesa de Neto de traer un tiburón martillo.

La puerta del despacho se abrió. Uno de los guardaespaldas del Tiburón, un sinaloense enorme llamado Gordo, que se había ganado el apodo honradamente, llenó el hueco de la puerta y señaló con la cabeza.

—El jefe os recibe ya —dijo.

El despacho era la habitación más grande de la hacienda y te decía todo lo que necesitabas saber del hombre que había dentro.

De la pared colgaban mandíbulas de tiburón montadas junto a fotografías enmarcadas de Sergio con políticos, músicos y jefes de cárteles rivales de organizaciones que ya no existían porque él las había absorbido.

Un escritorio de caoba se alzaba bajo un ventilador de techo que giraba despacio, removiendo el aire húmedo sin llegar a refrescar nada.

Detrás del escritorio, a través de un ventanal que iba del suelo al techo, se veía el acuario a la luz de la mañana.

Los tiburones daban vueltas. Siempre daban vueltas.

Sergio estaba sentado tras el escritorio con una camisa de lino blanco abierta en el cuello, leyendo algo en el móvil.

Tenía cincuenta y tres años, era delgado, con el pelo gris acero cortado a cepillo y una barba fina que mantenía impecablemente recortada.

Parecía un empresario de éxito, cosa que, en rigor, era.

Tenía los ojos del color del café viejo y no se le escapaba nada.

No levantó la vista cuando entramos.

—Cuéntame —dijo en voz baja, sin dejar de leer el móvil— lo de los tiburones.

Neto se lanzó a su versión de los hechos, que solo guardaba un parecido remoto con lo que había ocurrido en realidad.

En la versión de Neto, los turistas habían atacado primero.

Aseguró que eran agresivos y amenazantes y que posiblemente iban armados.

Dijo que se había visto obligado a actuar en defensa propia y que el barco se había incendiado de forma accidental.

Según él, los rehenes eran una adquisición estratégica, la prueba de sus rápidos reflejos bajo presión.

Yo me quedé en un rincón con la cara inexpresiva. El Tiburón sacaría sus propias conclusiones. Siempre lo hacía.

Cuando Neto terminó, Sergio dejó el móvil y miró a su primo durante un momento largo y silencioso. Después me miró a mí.

—Marisol. Dime la verdad. ¿Qué pasó en realidad?

«La verdad». Me lo temía. Sergio no se fiaba de Neto y hacía años que había aprendido que, si quería la verdad, se la preguntaba a alguien que no estuviera protegido por la lealtad familiar y que no se atreviera a mentirle como acababa de hacer Neto.

Dudé. Si respaldaba la estúpida historia de Neto, Sergio sabría que mentía. Pero si le decía la verdad, Neto me haría pagar por desmontarle aquella mierda de historia.

Bajé la mirada. —Jefe, por favor, no me corresponde a mí decirlo. Todo pasó muy rápido.

—No me mientas, Marisol.

Neto me fulminó con la mirada, sin dejar ninguna duda sobre las consecuencias si lo contradecía.

Volví a mirar a Sergio, que tenía media sonrisa en la cara, disfrutando de la posición en la que me había puesto.

No supe por qué, pero en aquel momento decidí decirle la verdad sin más.

Toda. Así que le hablé de la red, de cómo los buceadores la habían cortado para liberar a los tiburones, de la furia de Neto, de los asesinatos de los tripulantes, del incendio, de los rehenes sacados del agua.

Se lo conté con sencillez, sin adornos, porque Sergio detestaba dos palabras cuando bastaba con una.

Lo único que no mencioné fue que había sido yo quien había convencido a Neto de tomar rehenes en lugar de matarlos.

Me pareció mejor dejarle ese mérito a Neto.

Era más seguro para mí que Sergio pensara que la idea había salido de su primo.

Cuando terminé, Sergio asintió y se levantó. Rodeó el escritorio y se detuvo delante de Neto.

—Has destruido un barco de turistas —dijo.

—Yo solo…

—Has matado a los tripulantes.

—Vieron…

—Has capturado rehenes estadounidenses y has perdido mis tiburones.

Al final Neto se quedó allí de pie, sin decir nada.

Sergio le pegó. No con una pistola, como me había pegado Neto a mí. Con la mano abierta, cruzándole la cara como un padre que abofetea a un niño. Fue peor que un puñetazo. Un puñetazo era violencia entre iguales. Una bofetada era desprecio.

Neto retrocedió tambaleándose mientras le aparecía sangre en la comisura de la boca. Pero no levantó la mano. Ni siquiera él era tan estúpido como para devolver el golpe.

Sergio se apartó y fue hasta la ventana. Se quedó allí un largo rato, mirando las formas que giraban en el acuario, con las manos entrelazadas a la espalda. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja. Lo que significaba que era más peligrosa.

—Y has traído aquí a los rehenes.

Neto se limpió la sangre del labio. —¿Y adónde iba a…?

—¡A cualquier parte! —gritó Sergio, apartándose de la ventana—.

El almacén de pescado de Mahahual. La nave de procesado de Uvero.

El viejo puerto deportivo al sur de Mahahual que no utilizamos desde las redadas de la guardia costera.

Cualquiera de esos sitios podría albergar a nueve personas sin dejar un rastro que conduzca directamente a este complejo.

—Se acercó a Neto y bajó la voz hasta poco más que un susurro—.

Esta es mi casa. Donde hago mis negocios, donde recibo a mis contactos, donde guardo lo que más me importa.

Y tú has metido a nueve rehenes por la verja principal en la caja de una camioneta.

Los ojos de Neto se desviaron hacia mí y luego volvieron a Sergio. Buscaba un aliado y no encontraba ninguno.

—Cuando los americanos empiecen a buscar a sus turistas desaparecidos, y van a empezar a buscarlos, ¿dónde crees que mirarán primero?

Mirarán fotografías por satélite. Seguirán la carretera de la costa desde Xcalak hasta cada construcción de esta región, y este complejo estará en todas y cada una de esas fotografías. Has convertido mi casa en un objetivo.

—Nadie nos vio. Condujimos de noche. La carretera estaba…

—La carretera estaba oscura. Condujisteis de noche. Tomasteis precauciones. —La voz de Sergio estaba cargada de desprecio—. Y nada de eso importa si los americanos tienen un satélite encima, que siempre lo tienen. No pensaste en eso porque tú no piensas. Nunca lo haces.

A Neto se le tensó la mandíbula, pero no dijo nada. El labio empezaba a sangrarle otra vez.

Sergio volvió al escritorio y se sentó. —Pero ya están aquí.

Moverlos hoy crearía más riesgo que mantenerlos aquí.

Los convoyes en la carretera llaman la atención, y no voy a sumar mi propia estupidez a la tuya.

—Señaló a Neto—. Pero que te quede clara una cosa.

Tienes días, no semanas, para resolver esto.

Quiero a esos rehenes identificados, valorados y, o bien liberados a cambio de un rescate, o bien trasladados a otro lugar antes de que alguien venga a buscarlos.

Si los americanos o la Marina mexicana proyectan siquiera una sombra sobre mi casa por tu idiotez, los rehenes no serán los únicos cadáveres que salgan de aquí.

Dejó que aquello calara.

—Ahora, fuera. Dile a Vargas que venga. Y límpiate. Hueles a vómito.

Neto se marchó sin mirarme. No le hacía falta. Sentía su odio desde el otro lado de la habitación. Aquella bofetada la iba a pagar alguien más tarde. Siempre pasaba. La única pregunta era quién, y estaba bastante segura de saber la respuesta.

Sergio se volvió hacia mí. Su expresión no había cambiado. Seguía molesto por la estupidez de Neto, pero ahora su ira era más controlada y calculada. Eso era lo que lo hacía peligroso. La violencia de Neto era reactiva. La de Sergio era estratégica.

—Tú estabas allí, Marisol. ¿Qué sabemos de los rehenes?

—Hay ocho turistas, jefe. Y su guía de buceo. El guía es mexicano. Los demás son americanos, creo.

—¿Nombres?

—Nos han dado nombres. Pero no tenemos forma de saber si lo que han dicho es verdad.

Levantó una ceja. —¿Por qué no?

—Neto quemó el barco. Todo se hundió con él. Sus pasaportes, sus móviles, sus efectos personales. Todo ha desaparecido. No tenemos más que lo que ellos quieran contarnos.

Vi cómo lo procesaba.

—Pues verifícalos —dijo Sergio—. Quiero que entrevistes a cada uno. Consigue sus nombres, edades, profesiones, de dónde son. Averigua cuánto dinero tienen y quién pagará por recuperarlos. Quiero saber cuánto valen estas personas.

—Sí, jefe. Pero ¿no debería hacerlo Neto o alguno de los otros? No me corresponde a mí ocuparme de esas cosas. Será difícil sin…

—¿Te he preguntado si era difícil?

—No, jefe.

—Pues haz lo que te digo. Los rehenes te conocen y creo que estarán más dispuestos a hablar contigo que con Neto.

Así que a partir de ahora eres responsable de ellos.

Quiero que los alimentes, que los mantengas vivos y que te asegures de que los guardias no dañen la mercancía.

Yo decidiré qué hacer con ellos cuando sepa cuánto valen.

La mercancía. Nueve seres humanos reducidos a simple inventario. Pero con Sergio la cuenta era siempre esa. Todo era un activo o un pasivo, y la única pregunta era la cifra asociada.

Entonces Sergio me sorprendió: alargó la mano y me tocó con suavidad el lado de la cara donde me había golpeado Neto. Retiró el dedo mojado de sangre. Sin apartar la mirada de mis ojos, sonrió y se lamió el dedo hasta dejarlo limpio.