Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 6Grant
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Capítulo 6Grant

GRANT

El director Calloway iba sentado justo detrás de mí, repasando el PDB y tomando notas para la sesión informativa en un bloc amarillo apoyado en la rodilla.

Era un poco chapado a la antigua y prefería las notas a mano a las tabletas.

Una vez me dijo que pensaba mejor con un bolígrafo en la mano.

Siempre lo había respetado por eso. El hombre que había sustituido al DCI Keating después del desastre de Nigeria era metódico, cuidadoso y lo bastante listo para saber lo que no sabía.

Además confiaba en mí, que en aquel momento era la moneda más valiosa que tenía.

—Estás muy callado esta mañana —dijo Calloway sin levantar la vista de sus notas.

—Solo estaba repasando los tiempos, señor. Vamos bien.

Me miró por encima de las gafas de leer. —Tienes una pinta horrible, Grant.

—No he dormido bien. —Técnicamente era verdad. Llevaba años sin dormir bien. El trabajo le hacía eso a uno.

Él volvió a sus notas y yo a las mías. Pero las notas que yo tenía delante no iban de Corea del Norte ni de Siria.

Había sacado el archivo que había enviado el centro de operaciones y revisaba su contenido por tercera vez.

Seguía siendo fragmentario. La DEA en Mérida estaba trabajando con sus fuentes y el agregado jurídico del FBI en Ciudad de México prometía ponerse en contacto con sus homólogos mexicanos que, previsiblemente, serían cautos a la hora de compartir información.

Yo haría lo mismo, y con razón. No solo sabía que mi hijo y su novia estaban en aquel barco: sabía algo que esperaba que nadie más supiera. Sabía quién era Michaela Olson.

No porque me lo hubiera contado Chase; no lo había hecho, al menos no hasta que confirmó lo que Beth acabó descubriendo.

Chase llevaba más de un año saliendo con Michaela.

La habíamos conocido en la boda de Chris y Torie.

Era lista y educada, y nos cayó bien de inmediato.

Desde entonces habíamos pasado tiempo con ella y con su familia cuando íbamos a Lincoln a los partidos.

Beth se había fijado en la manera cuidadosa que tenían Michaela y sus padres de desviar la conversación cuando salía el tema de la familia o de la política.

Una noche Beth me dijo: «Esa chica oculta algo.

No porque sea malo. Para protegerse». Dos días después me llamó y me dijo: «Lo sabía».

—¿Qué sabías?

—Que Michaela y su familia escondían algo.

—¿Sigues con eso? Son gente muy agradable y Michaela es una chica encantadora —dije.

—Ya. Una chica encantadora cuyo tío es el vicepresidente —dijo Beth.

—¿Vicepresidente de qué?

—De Estados Unidos, so tonto.

Lo había encontrado a través del apellido de soltera de la madre de Michaela y un boletín de antiguos alumnos de la Universidad de Nebraska.

Veinte años atrás, la hermana de la madre de Michaela se había casado con un ganadero rico que se había metido en la política estatal, que con el tiempo había sido gobernador dos mandatos y senador uno, y que ahora estaba a un solo paso de la presidencia.

Beth se había equivocado de vocación. Tendría que haber sido analista de inteligencia.

Michaela le había pedido a Chase que no le diera importancia. Él lo había respetado. Yo también. La chica quería que la conocieran por sí misma, no por el cargo de su tío. Aquel impulso lo entendía mejor que la mayoría; me había pasado la carrera definido por un trabajo del que no podía hablar.

Pero ahora aquella discreción era una bomba de relojería.

Si el cártel averiguaba que tenía en su poder a la sobrina del vicepresidente, todo el cálculo de la situación cambiaría.

Las negociaciones sobre los rehenes se complicarían, las peticiones de rescate se dispararían y el frenesí mediático convertiría lo que era un incidente regional relacionado con un cártel en una crisis internacional en el tiempo que se tarda en enviar un mensaje.

Lo que significaba que tenía que llegar al vicepresidente antes que nadie.

También tenía que pensar en el rastro digital.

Toda persona menor de treinta años vivía su vida en las redes sociales.

Chase no era distinto. Tenía cuentas de Facebook y de Instagram llenas de fotos.

Partidos de los Huskers, amigos, barbacoas familiares y, por supuesto, fotos con Michaela.

Michaela tenía sus propias cuentas y, aunque era cuidadosa con lo del vicepresidente, bastaba una foto etiquetada en un acto familiar o la publicación descuidada de un amigo durante una cena navideña para atar cabos.

Si el cártel empezaba a buscar nombres, y lo haría, porque hasta los narcoterroristas tenían móviles y wifi, podía tropezarse con la identidad de Michaela a través de la huella digital de Chase con la misma facilidad con que Beth la había encontrado en un boletín de antiguos alumnos.

Tenía que borrar aquel rastro. Rápido. Pero antes tenía que concertar una reunión.

—Director —dije, con la voz neutra—, necesito ponerle al corriente de algo relacionado con los informes de México.

Calloway dejó el bolígrafo. —Adelante.

—El incidente de Xcalak. El barco de buceo.

Lo he estado siguiendo a través del centro de operaciones.

—Hice una pausa y escogí las siguientes palabras con el cuidado que suelo reservar para redactar valoraciones de inteligencia—.

Tengo motivos para creer que la situación es más importante de lo que sugieren los primeros informes.

—¿En qué sentido?

—Se ha confirmado la lista de pasajeros. Entre los rehenes hay ciudadanos estadounidenses, cosa que ya esperábamos. Pero una de esas personas tiene un vínculo que hace que esto deje de ser un asunto criminal y pase a ser una cuestión de seguridad nacional.

Calloway se quitó las gafas. —¿Qué clase de vínculo?

—Una de las rehenes es la sobrina del vicepresidente.

En el Suburban no se oía nada salvo el zumbido del motor y el sonido amortiguado de los vehículos de escolta. Mi agente al volante siguió impasible. Calloway me miró fijamente durante tres segundos enteros, que no parecían gran cosa hasta que eras tú a quien miraba fijamente el director de la CIA.

—¿Estás seguro?

—Sí, señor. Estoy seguro de que ella estaba en el barco.

—¿Lo sabe el vicepresidente?

—Todavía no. Al menos no por nosotros.

Se recostó en el asiento, olvidado el PDB.

Vi cómo repasaba las implicaciones igual que las había repasado yo.

Las negociaciones del tratado, las cuestiones de soberanía, la susceptibilidad del Gobierno mexicano ante las operaciones estadounidenses en su territorio, la prensa, el Congreso, las consecuencias políticas si aquello se filtraba antes de resolverse.

—Esto no puede ir por los cauces oficiales —dijo.

—No, señor. No puede.

—En cuanto llegue al NSC, se convierte en un problema de comité.

Departamento de Estado, Pentágono, Justicia.

Todo el mundo tendrá una opinión y nadie querrá actuar.

Y el Gobierno mexicano verá cualquier respuesta abierta de Estados Unidos como una violación de su soberanía.

Las conversaciones bilaterales ya penden de un hilo.

Asentí. —Hay algo más —dije.

Calloway esperó.

—Mi hijo también estaba en ese barco. Chase. Él y la sobrina del vicepresidente salen juntos. Estaban en un viaje de buceo durante el spring break .

Esta vez el silencio duró más. La expresión de Calloway cambió.

No de forma dramática, porque los hombres que dirigen agencias de inteligencia no hacen nada dramático.

Pero vi que algo se movía detrás de sus ojos.

Compasión, quizá. O la constatación de que el hombre al que había confiado su vida acababa de revelarle un conflicto de intereses del tamaño de la circunvalación de Washington.

—Joder, Grant.

—Sí, señor.

—¿Estás…? —Se detuvo—. ¿Cuánto hace que lo sabes?

—Desde las 05:30 de esta mañana. Encontré el informe en el PDB y lo confirmé a través del centro de operaciones.

—¿Y estás sentado en este coche informándome en lugar de…?

—¿En lugar de qué? ¿De fletar un avión a México? ¿De llamar al FBI y decirles que mi hijo está metido en esto? La forma más rápida de que maten a Chase es montar un circo con todas las agencias de Washington peleándose por la jurisdicción.

Me detuve y respiré hondo. —Lo siento, señor. Ha sido poco profesional por mi parte.

Calloway me estudió. Se lo permití. Tenía que decidir si yo seguía siendo un activo o me había convertido en un lastre, y le debía el espacio para pensarlo.

—¿Qué necesitas? —dijo por fin.

—Necesito una reunión con el vicepresidente. Privada. Extraoficial. Sin asesores, sin notas, sin entrada en la agenda. Mientras usted informa al presidente esta mañana.

—¿Con qué fin?

—Informarle sobre su sobrina. Y proponerle un curso de acción que no pase por el NSC, ni por el Pentágono, ni por las fuerzas del orden estadounidenses, ni por el Departamento de Estado.

Calloway volvió a ponerse las gafas y cogió el bloc. Golpeó la página dos veces con el bolígrafo, un gesto que le había visto hacer siempre que estaba a punto de tomar una decisión que no podría deshacer.

—Alargaré la sesión más de lo habitual —dijo—. Eso debería darte tiempo suficiente para quince minutos con el vicepresidente. ¿Necesitas que llame a su despacho?

Mantuve la expresión neutra, entendiendo el subtexto. El director me estaba dando más que una reunión. Me estaba indicando que comprendía que aquello tendría que funcionar fuera de la arquitectura habitual.

—No, señor. Tengo una amiga en su equipo de protección. Podrá organizarlo.

—Hazlo.

—Gracias, señor.

—No me des las gracias todavía —dijo Calloway.

Miró por la ventanilla el Potomac, que se deslizaba gris y liso a la luz de la mañana—.

Sea lo que sea lo que estés planeando, no quiero saber los detalles.

Quiero poder mirar al presidente a los ojos y decirle la verdad cuando me pregunte qué sabemos. ¿Entendido?

—Entendido.

—¿Y Grant?

—¿Señor?

—Tu hijo va a estar bien. Eres el hijo de puta más capaz con el que he trabajado nunca, y si alguien puede resolver esto, eres tú.

Agradecí sus palabras, aunque no estaba seguro de creérmelas.

La caravana cruzó el puente Theodore Roosevelt y giró hacia Constitution Avenue.

El Monumento a Washington pasó por nuestra izquierda, pálido e indiferente contra el cielo gris de marzo.

Miré el reloj. Las 07:48. Doce minutos hasta la sesión con el presidente.

Doce minutos para meter dentro a Calloway, superar los controles de seguridad y colocar al equipo de protección en el Ala Oeste.

Saqué el móvil personal, no el seguro, sino el iPhone normal que usaba para la familia y los amigos.

Abrí los contactos y bajé hasta la G. «Gage, Stephanie».

El número seguía vigente; la había llamado tres meses antes para felicitar a John por su cumpleaños.

Había contestado Stephanie, riéndose, con ruido de fiesta de fondo.

«¡Grant! John ya lleva tres bourbons y está contando otra vez lo de Beirut.

¿Te lo paso?». Una llamada normal. Una vida normal. Tres meses atrás.

No marqué. Todavía no. No hasta que Calloway estuviera dentro y yo tuviera margen para maniobrar.

Pero me quedé mirando el nombre en la pantalla y sentí que la maquinaria empezaba a moverse.

Stephanie sería la primera llamada. Después de ella, John.

Después de John, llamaría a un hombre con el que no hablaba desde hacía años.

Nunca había borrado su número, porque nunca sabías cuándo ibas a necesitar a un intermediario con acceso a un número ilimitado de recursos especializados.

Todo por un precio, claro. Una vez hechas las llamadas, esperaba que se me ocurriera un plan.

La caravana giró hacia West Executive Avenue y aminoró en el último control de seguridad. A través del cristal blindado veía la Casa Blanca, de un blanco brillante a la luz de la mañana, con la bandera restallando al viento sobre la residencia.

El Suburban se detuvo. Nuestro agente de avanzada se materializó junto a la puerta. Calloway recogió sus materiales, se ajustó la corbata y me miró una última vez.

—Quince minutos —dijo—. No los desperdicies.

Lo vi caminar hacia la entrada del Ala Oeste, flanqueado por dos de mis agentes, con la carpeta del PDB bajo el brazo. Entonces cogí el móvil, abrí el Instagram de Chase y escribí la contraseña que le había visto teclear cien veces en la mesa de la cocina de Alexandria.

Funcionó.

Estaba mirando la vida de mi hijo, años de fotos, amigos, fútbol americano y Michaela Olson sonriendo en la mitad de ellas. Un mapa que llevaba directamente al vicepresidente de Estados Unidos.

Empecé a borrar.