Capítulo 5Los rehenes
LOS REHENES
Durante un largo rato, nadie habló. Brad se dejó caer en uno de los colchones y se encogió sobre sí mismo.
Ethan se quedó de pie en mitad de la habitación, balanceándose un poco, mirando a la nada.
Sam fue primero hacia el chico y lo guio para que se sentara.
Linda se sentó a su lado y le cogió la mano.
Julie se sentó contra la pared del fondo, con los brazos alrededor de las rodillas.
Temblaba, y no de frío, aunque la habitación de hormigón estuviera más fresca que la selva de fuera.
—¿Qué ha dicho? —preguntó, mirando a Carlos, con la voz apenas por encima de un susurro—. En el patio. El alto. ¿Qué ha dicho?
Carlos miró al suelo. —No importa.
—A mí sí me importa.
Carlos seguía sin levantar la vista. —Ha dicho…
—Se detuvo, escogiendo las palabras—. Ha hecho comentarios sobre ti y sobre Sam.
Sobre vuestra relación. Cosas groseras. Les ha dicho a los guardias que lo que necesitáis es…
—Se interrumpió—. No voy a repetir el resto. Era vulgar y pretendía humillaros.
La habitación se quedó en silencio. Sam pasó el brazo por los hombros de Julie y la atrajo con fuerza. —Hemos oído cosas peores —dijo, con voz firme, pero con los ojos duros—. Podemos aguantar unas palabras.
—No son solo las palabras lo que me preocupa —dijo Harry, y de pronto se irguió, sólido como una roca.
Llevaba vigilando la puerta desde que se cerró, pero ahora se volvió hacia el grupo.
Su expresión era la que Chase imaginaba que había puesto al dar malas noticias a las familias de las víctimas en Newark.
—Voy a decir algo que ninguno de nosotros quiere oír, pero tenemos que abordarlo ya. Las mujeres de esta habitación corren un peligro que va más allá de las armas. Todas habéis visto cómo os miraban esos hombres. Eso no va a parar. De hecho, irá a peor cuanto más tiempo nos tengan aquí.
Nadie discutió. Nadie fingió no entenderlo.
—Nos mantenemos juntos —continuó Harry—. Hombres y mujeres. No dejamos que nos separen si podemos evitarlo. Si un guardia viene a por una de las mujeres, los demás hacemos ruido, nos resistimos, damos problemas, hacemos que no les compense. No lo impedirá todo. Pero aumenta el coste.
Harry miró a Carlos. —¿Estás bien?
Carlos se tocó la herida de la cabeza e hizo una mueca. —Sí. Sobreviviré. Creo.
—Bien. —Harry recorrió la habitación con la mirada: paredes, suelo, techo, puerta, la única lámpara. Después miró a Chase, y por un momento se le cayó la máscara de detective jubilado y Chase vio algo más duro debajo. El policía militar del Ejército.
—Has estado observando a los guardias —dijo Harry.
Chase asintió. —Cuatro en el muro perimetral. Dos en la verja. Al menos nueve en el patio, más el tipo alto que parecía estar al mando. Supongo que hay más dentro de los edificios.
—De acuerdo —dijo Harry—. Yo calcularía entre tres y cinco más, además de los que nos trajeron. Neto, la mujer, uno se llamaba Miguel, creo, y el chico del AK. Veinticinco en total como mínimo, seguramente más.
Michaela habló. —Yo he contado las cámaras. Seis exteriores que yo haya visto. Dos en el edificio principal, una en cada anexo, dos en la verja de entrada. Seguramente haya otra en la parte de atrás de este edificio, diría yo.
Harry le dedicó un gesto de aprobación.
—Chica lista —dijo simplemente.
—¿Qué hacemos? —preguntó Julie. Su voz era serena, pero tenía los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. ¿Intentamos, no sé, deberíamos…?
—Ahora mismo, nada —dijo Harry—. Observamos. Escuchamos. Aprendemos sus rutinas. Cuántos guardias hay, cuándo se relevan, cuándo comen, cuándo duermen. Averiguamos dónde estamos. Y seguimos vivos. —Miró a Brad, que se mecía sobre el colchón—. Todos.
Carlos carraspeó. —La mujer. Marisol. Es la que detuvo el tiroteo. En el barco la oí hablar con el hombre del revólver. Creo que se llama Neto. Lo convenció de que nos capturara vivos.
—Eso no la convierte en nuestra amiga —dijo Harry—. La convierte en la que nos ve como activos en vez de como lastres. Eso es útil, pero solo mientras las cuentas nos salgan a favor.
Chase miró a Michaela. Ella le sostuvo la mirada.
En esa mirada había algo de lo que nunca habían hablado explícitamente pero que los dos entendían, aquello de lo que ella no hablaba, el vínculo familiar que había mantenido en silencio desde que empezaron a salir.
Los dos sabían que, si aquella gente descubría quién era Michaela en realidad, el cálculo del que hablaba Harry cambiaría al instante. Y no a su favor.
—Tengo que revisaros a todos —dijo Sam, entrando en modo enfermera.
Fue primero hacia Carlos y le examinó la herida de la cabeza con cuidado—.
Seguro que duele muchísimo, pero es relativamente superficial.
Habrá que limpiarla, pero no necesitarás puntos.
—Se acercó a Brad, que se apartó de golpe de su mano—.
Brad. Brad, mírame. Tengo que revisarte.
Brad negó violentamente con la cabeza y se abrazó más las rodillas.
Sam miró a Chase con una pregunta en los ojos. Chase se encogió de hombros. Poco se podía hacer por alguien que había decidido dejar de funcionar.
Ethan seguía sin hablar. Ni una palabra desde que salieron a la superficie.
Linda le hablaba en voz baja, con el mismo tono suave que usaría una abuela con un niño que se hubiera despertado de una pesadilla.
Solo que aquella era una pesadilla con los ojos abiertos, y no había forma de saber cuándo terminaría.
Chase apoyó la cabeza en la pared de bloques de hormigón y cerró los ojos.
El cemento estaba fresco contra el cráneo y notaba la sal reseca que le quedaba en la piel.
Estaba agotado por la inmersión, por cortar la red, por el terror vivido en la superficie, por dos horas en la panga, por la marcha entre la selva.
El cuerpo quería apagarse. Pero la cabeza no paraba.
Pensó en la distribución del complejo. La hacienda principal.
Los anexos. El acuario de los tiburones.
Las torres de vigilancia. El muro de bloques con concertina.
El camino de tierra de entrada y la selva apretándose por todos lados.
Y algo más que había visto cuando los hicieron cruzar el patio: una depresión en el suelo, en el extremo noreste del complejo, medio oculta por un murete de contención y vegetación espesa.
Un agujero en la caliza, de unos dos metros de diámetro, con el rumor lejano del agua muy por debajo.
Un cenote.
Chase sabía lo que eran los cenotes. Carlos había hablado de ellos toda la semana.
Dolinas naturales que se formaban cuando el lecho de roca caliza se derrumbaba y dejaba al descubierto los ríos subterráneos y los acuíferos que recorrían el subsuelo de toda la península de Yucatán.
Habían buceado en el famoso cenote Angelita a principios del viaje, una poza al aire libre rodeada de selva donde el agua era tan clara que se veían treinta metros en vertical hasta una espectacular capa de sulfuro de hidrógeno en la haloclina, semejante a la niebla.
La transición entre el agua cristalina de arriba y la capa más profunda y densa era como atravesar una nube.
Carlos les había explicado que la mayoría de los cenotes conectaban con vastos sistemas de cuevas inundadas que se extendían kilómetros bajo la superficie.
Los antiguos mayas los consideraban entradas sagradas al inframundo.
Chase lo archivó con todo lo demás. El recuento de guardias.
Las posiciones de las cámaras. El inventario de vehículos.
El cenote. No sabía para qué podría servir nada de aquello.
No sabía si venía alguien, ni siquiera si alguien sabía dónde estaban, pero su padre le había enseñado algo sobre estar en situaciones malas.
La información es lo único que no te pueden quitar. Obsérvalo todo. Recuérdalo todo. Cuando llegue la oportunidad, y llegará, tienes que estar preparado.
En algún lugar fuera, un generador tosió y se estabilizó en un zumbido constante. Voces en español se colaban por las paredes: risas, una discusión, el sonido metálico de una radio que emitía narcocorridos. Sonidos normales de un lugar donde la violencia había redefinido lo normal.
Chase buscó la mano de Michaela. Ella se la cogió sin mirar, con los dedos fríos pese al calor.
Se quedaron sentados juntos contra la pared mientras los demás se acomodaban en sus propias maneras de sobrellevarlo.
Sam abrazando a Julie, Carlos apretando la camiseta contra la herida, Linda murmurándole a Ethan, Harry vigilando la puerta.
Los sollozos de Brad se habían apagado hasta convertirse en un hipido húmedo y rítmico. Era el sonido más fuerte de la habitación.