Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 4El complejo #2
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Capítulo 4El complejo #2

Los lados norte y este eran distintos. Asomándose desde la caja de la camioneta, Chase vio por qué.

Por esos lados, el terreno más allá del muro se despeñaba en un revoltijo de roca quebrada que su profesor de geología en Nebraska habría llamado karst. La selva crecía por encima de dolinas derrumbadas y paredes verticales de roca que se habían convertido en un laberinto de simas profundas e intransitables.

El muro perimetral en los lados norte y este era casi un añadido de última hora y no llegaba en ningún punto a metro y medio de altura.

No había concertina, ni focos, ni torres de vigilancia.

La defensa era el propio terreno. No se podía cruzar en vehículo y, por lo que Chase alcanzaba a ver con la luz de la mañana, uno se rompería el cuello intentando trepar hacia dentro.

O hacia fuera. Quienquiera que hubiera elegido aquel emplazamiento entendía de geografía defensiva.

Un ataque solo podía llegar desde el sur y el oeste, lo que significaba que toda la seguridad, torres, verjas, cámaras, guardias, podía concentrarse en dos lados.

Los otros dos los protegían Dios y la geología.

Chase lo archivó como su padre le había enseñado a archivarlo todo: primero la información, después el análisis.

Contó los guardias que alcanzaba a ver. Cuatro en los muros sur y oeste. Dos en la verja. Al menos tres más en el patio, además de los que hubiera dentro de los edificios.

Las camionetas se detuvieron en el patio y sacaron a los rehenes con la misma eficacia brusca con la que los habían subido.

Los pies de Chase tocaron tierra apisonada.

Se estabilizó y miró alrededor, asimilando todo lo que pudo mientras los guardias se gritaban entre ellos y Neto se alejaba pavoneándose hacia el edificio más grande.

A los guardias del patio se les unieron otros seis hombres a los que no se veía desde la verja.

Entre ellos había uno que se comportaba de un modo distinto y vigilaba a los demás.

Era más alto que la mayoría, delgado, y llevaba una camisa caqui planchada, mientras el resto vestía camisetas sucias y vaqueros.

Estaba cerca de la entrada de la hacienda principal, con los brazos cruzados, una pistola cromada en la cadera derecha y el aire de alguien que daba órdenes en lugar de recibirlas.

Chase memorizó la cara de aquel hombre. La mandíbula angulosa.

El bigote fino. La forma de apoyar el peso en el pie de atrás, relajado y prepotente.

Chase no sabía su nombre ni su rango, pero reconocía el tipo.

Se había criado entre hombres que ejercían autoridad y sabía distinguir a los que la respetaban de los que disfrutaban con ella. Aquel disfrutaba.

El complejo tenía el aire de un lugar que había sido otra cosa antes de que el cártel se hiciera con él.

El edificio principal era una vieja hacienda, arquitectura colonial española desvirtuada por una techumbre de chapa ondulada, cámaras de seguridad atornilladas a los muros y barrotes de acero soldados en todas las ventanas.

Lo flanqueaban dos anexos más pequeños; en uno de ellos zumbaba un generador.

Había una hilera de vehículos aparcados a lo largo del muro este: más camionetas, un todoterreno negro con las lunas tintadas y dos quads cubiertos de barro.

Y luego estaba el acuario de los tiburones.

Un enorme tanque ocupaba el centro del patio.

Medía al menos seis metros de largo, tres de ancho y dos y medio de profundidad, construido con gruesos paneles de vidrio montados en una estructura de acero.

Las luces sumergidas proyectaban un resplandor inquietante por todo el patio y, dentro, unas formas se movían con la amenaza perezosa y paciente de los depredadores que coronan la cadena alimentaria.

Chase distinguió dos tiburones de arrecife del Caribe y algo más grande y más oscuro que daba vueltas en el extremo opuesto.

El sistema de filtración zumbaba y borboteaba, un sonido extrañamente doméstico en un lugar que era cualquier cosa menos eso.

—Por aquí —dijo uno de los guardias, señalando con el rifle hacia el más pequeño de los dos anexos.

Chase entendió lo suficiente para obedecer, con cuatro años de español del instituto complementados por una semana de las pacientes clases de Carlos sobre términos de buceo y vocabulario de restaurante.

Sabía pedir una cerveza, describir un nudibranquio y, por lo visto, seguir indicaciones hasta su propia celda.

El hombre de la camisa caqui se puso a caminar junto al grupo mientras cruzaban el patio, lo bastante cerca para que Chase le oliera la colonia.

Era penetrante y probablemente cara, y desentonaba de forma extraña en un complejo del cártel en plena selva.

Caminó junto a las mujeres, ajustándose a su paso, sin tocar a nadie pero ocupando su espacio de una forma que en sí misma ya era una invasión.

Le habló a Julie en voz baja, conversacional, casi amable.

Julie negó con la cabeza para hacerle saber que no lo entendía. Él cambió al inglés, con acento.

—Bienvenida a nuestra casa —dijo con una sonrisa—. Aquí estás a salvo. Te cuidaremos bien.

La mirada se le fue a las manos entrelazadas de Sam y Julie.

Las observó un buen rato, luego se rio por lo bajo y le dijo algo al guardia que tenía detrás.

El guardia lo repitió más alto y otros tres se rieron.

La cara de Carlos se puso rígida. Fuera lo que fuera lo que había dicho, no era un cumplido.

Sam atrajo a Julie hacia sí y siguió caminando. La expresión no le cambió, pero Chase vio cómo cerraba el puño libre a un costado.

Los llevaron a una habitación al fondo del anexo más alejado.

Medía unos seis metros por cuatro y medio, con suelo de cemento, paredes de bloques de hormigón y una única bombilla desnuda colgando del techo.

Una ventana con barrotes daba al patio exterior.

La única puerta era de madera maciza, con un cerrojo por fuera.

La habitación olía a moho y a orina. Habían tirado al suelo dos colchones manchados.

No era la primera vez que ocupaban aquella celda improvisada.

Chase se fijó en un cubo de veinte litros en un rincón. Aquello sería el baño, comprendió.

El guardia metió a los nueve dentro de un empujón, hombres y mujeres juntos, y cerró la puerta de un golpe. El cerrojo encajó en su sitio.