Capítulo 2Marisol
MARISOL
Sabía que Neto iba a matar a alguien esa noche.
Lo sabía desde que habíamos salido del muelle de Xcalak dos horas antes, cuando le dio una bofetada a Miguel por tardar demasiado en soltar el cabo de amarre.
Bastaría muy poco para que la siguiente bofetada se convirtiera en un asesinato.
Por desgracia para todos, que Neto estuviera vomitando por la borda de la panga por tercera vez en la última hora no le mejoraba el humor.
Para ser un hombre propenso al mareo, yo no entendía por qué había insistido en calar en el extremo más alejado del arrecife la red de enmalle que habíamos largado la noche anterior.
Podríamos haberla echado a unos cientos de metros de la playa.
Pero Neto creía que tendríamos más posibilidades de capturar un tiburón martillo mar adentro.
No es que tuviera la menor idea de los hábitos alimentarios ni del hábitat preferido de los tiburones martillo.
Lo único que Neto sabía era que había prometido capturarle a nuestro jefe un tiburón nuevo para su enorme acuario, y quería que fuera especial.
Me senté en la proa de la panga e intenté pasar desapercibida.
Era una habilidad que había perfeccionado en los tres años transcurridos desde que el Cártel Bahía Azul había matado a mi hermano y se había apoderado de la pequeña cooperativa pesquera de mi padre.
Había aprendido a estar callada, a ser útil y, sobre todo, a no llamar la atención.
A veces incluso funcionaba. Pero los moratones que tenía en las costillas por el desacuerdo con Neto de la semana anterior demostraban que a veces no.
—¿Cuánto falta? —jadeó Neto, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Tenía la cara gris a la luz de la luna, brillante de sudor pese al frescor de la noche.
—Llegaremos a la red en treinta minutos —dijo Miguel desde la popa, con la mano en la caña del timón mientras navegaba por encima del arrecife—. Hay mucha corriente esta noche. Está tardando más de lo norma…
—¿Media hora? —La voz de Neto se elevó hasta un chillido—. ¡Llevamos dos horas aquí fuera! El Tiburón quiere su tiburón antes del amanecer, ¿y me dices que otros putos treinta minutos?
No aparté la vista del agua. Esa era la parte en la que Neto solía estallar y pegar a alguien, seguramente a Miguel otra vez, y luego todos fingiríamos que no había pasado.
Así era trabajar con Neto Ruiz, el lugarteniente más incompetente y peligroso de la organización de Sergio Valdez.
Neto solo tenía algo de autoridad porque era primo de El Tiburón.
La lealtad familiar era el pegamento que mantenía unido el cártel y también la podredumbre que lo corroía poco a poco.
Sergio «El Tiburón» Valdez era muchas cosas.
Despiadado y paranoico, desde luego, pero también brillante a su manera.
Y por supuesto estaba completamente obsesionado con los tiburones.
Los de verdad. Tenía varios en un enorme acuario, en su complejo fortificado, a unos kilómetros tierra adentro de Xcalak.
Los alimentaba con peces vivos y, a veces, con partes de los cuerpos de sus enemigos.
Unos días antes se había levantado y había resuelto, por impulso, que quería una incorporación nueva para el acuario, algo impresionante.
Neto decidió que tenía que ser un martillo.
Por suerte para Miguel, llegamos al lugar donde habíamos calado la red en solo veinte minutos.
Así que allí estábamos, cuatro miembros de una organización de narcotráfico multimillonaria, sentados en dos pangas en mitad de la noche, comprobando qué peces desafortunados habían quedado atrapados en nuestra red de enmalle ilegal.
Tenía que haber un chiste en alguna parte, pero no era tan estúpida como para contarlo.
—Hemos pescado algo —dijo Diego desde la segunda panga mientras tiraba de las boyas atadas a la red. Aparte de mí, era el único que sabía algo de pesca de verdad—. Hay peces en la red. Noto que cambia la tensión.
Neto se levantó a trompicones y nuestra panga se balanceó peligrosamente.
—Súbela. Ahora.
—No podemos subirla demasiado rápido —dijo Diego, con la voz cansada y la paciencia de un padre que le explica algo a un niño por décima vez—.
Lo que haya ahí dentro necesita tiempo para adaptarse al cambio de presión mientras sube.
Si no, puede morir antes de que lo metamos en el bidón —añadió, señalando el depósito improvisado amarrado a su panga.
Neto sacó el arma. Así, sin más. Un segundo antes tenía las manos vacías y al siguiente apuntaba a la cara de Diego con un Colt Python cromado.
—He dicho que la subas.
Así era como pasaba. Así era como moría la gente que trabajaba para el cártel. No en tiroteos dramáticos con la policía o con bandas rivales, sino en momentos estúpidos como aquel, porque Neto tenía un arma, mal genio y nadie que le dijera que no.
Miguel nos acercó a la red y empezó a tirar del cabo. Diego ayudaba desde su panga. Tiraban demasiado rápido, pero ¿qué remedio les quedaba?
Entonces vi las luces abajo. Varios focos de buceo que cortaban la oscuridad muy por debajo de nosotros. Se me cayó el alma a los pies.
—Neto —dije en voz baja—. Hay buceadores ahí abajo.
Se giró hacia mí y por un segundo pensé que iba a pegarme. En vez de eso, miró hacia donde yo señalaba. Ahora los veíamos, con las luces agrupadas a lo largo del arrecife, justo donde nuestra red tocaba la arena.
—¿De dónde chingados han salido? —escupió Neto.
Escruté el horizonte y localicé un barco de buceo fondeado a unos cuatrocientos metros.
Parecía de tamaño medio, de los que llevan alojamiento a bordo.
De los que hacen travesías de una semana arriba y abajo por la costa.
Había visto docenas mientras crecía aquí.
Estaban pensados para turistas ricos, americanos y europeos, deseosos de bucear en nuestros arrecifes mientras se gastaban en una semana de vacaciones más de lo que mi familia ganaba en un año.
—Hay un barco de buceo —dije, señalando—. Deben de estar haciendo una inmersión nocturna.
Neto se quedó mirando las luces de abajo un buen rato. Lo veía mover la mandíbula, rechinando los dientes. Como siempre, su cerebro tardó un poco en procesarlo. Entonces cayó en la cuenta.
—Están en nuestra red.
—Deberíamos irnos —dije—. Deja la red. Podemos volver mañana.
—¡Cállate, pendeja! —La voz de Neto sonó peligrosamente baja. Observaba las luces. Vi cómo se le cerraba la mano en torno al revólver.
Nos quedamos allí en silencio, con las pangas meciéndose suavemente sobre el oleaje. Abajo, las luces de los buceadores se movían en patrones coordinados. Habían estado haciendo algo con la red, trabajando en ella, pero ahora empezaban a alejarse a nado. Y entonces lo entendí.
—La están cortando —dijo Miguel con voz hueca—. Están liberando a los tiburones.
Neto se levantó tan rápido que casi volcó la panga.
—¿Que están qué?
—Neto, por favor —empecé a decir, pero ya se movía: agarró la caña del timón y aceleró hacia el barco de buceo.
—¡Diego! ¡Sígueme! —gritó por encima del ruido del motor.
Me agarré a la borda mientras dábamos botes sobre el oleaje. La cabeza me funcionaba a toda velocidad en busca de una salida. Pero conocía a Neto. Una vez que se ponía en marcha, una vez que aquella rabia se apoderaba de él, no había forma de pararlo.
Nos pusimos al costado del barco de buceo. Era mejor de lo que había pensado, bien cuidado, seguramente un chárter muy caro. Había dos tripulantes en cubierta, un chico joven recogiendo un cabo y una mujer limpiando equipo de buceo. Levantaron la vista, sorprendidos, cuando nos acercamos.
—¡Eh! —gritó el joven—. Tenemos buceadores abajo. ¡Manténganse a distancia!
Neto levantó el arma y le disparó. Sin aviso, sin negociación. El sonido fue ensordecedor en la noche silenciosa y el tripulante se desplomó sobre la cubierta.
La mujer gritó. Neto le disparó a ella también. Después subió al barco de buceo, con Miguel pegado a él, y oí más disparos bajo cubierta. ¿Cuántos tripulantes? ¿Cuatro? ¿Cinco? No podía respirar. Aquello no tenía que haber pasado. Se suponía que solo íbamos a capturar un maldito tiburón.
Me quedé paralizada en la panga mientras Diego la amarraba al barco de buceo. De abajo llegaron más disparos y más gritos. Luego, silencio. Neto salió de bajo cubierta con la camisa salpicada de sangre que no era suya.
—¿Cuántos buceadores? —preguntó, sin dirigirse a nadie en particular.
Miguel miró la pizarra blanca que la tripulación usaba para llevar el control de cada inmersión, junto a la plataforma de baño.
—Nueve. Nueve buceadores han bajado hace casi una hora.
—Bien —dijo Neto—. Tendrán que subir pronto. Y cuando lo hagan, estaremos esperando.
Por fin encontré la voz.
—Neto, tenemos que irnos. Ya. Antes de que suban. Antes de que esto empeore.
Me miró como si yo fuera un insecto.
—¿Empeorar? Estos putos turistas han destrozado nuestra red. Han soltado los tiburones de El Tiburón. ¿Sabes lo que me hará si vuelvo con las manos vacías?
—Pues nos vamos —dije, oyendo la desesperación en mi voz—. Podemos decirle que la corriente estropeó la red. Nos vamos y calamos otra en otro sitio.
—¿Y cuando estos buceadores salgan a la superficie e informen de que han encontrado una red ilegal? ¿Cuando vengan los Federales a hacer preguntas? —Negó con la cabeza—. Sin testigos, Marisol. Sabes que esa es la regla.
Miré hacia el agua. Veía las luces de buceo abajo, mucho más cerca de la superficie ya. Estaban ascendiendo. Saldrían en cuestión de minutos.
—Nueve personas —dije en voz baja—. ¿Vas a matar a nueve personas?
—Voy a matar a nueve personas que se han metido con lo que es de Bahía Azul —dijo Neto. Comprobó el revólver y lo recargó. Miguel hizo lo mismo. Diego parecía descompuesto, pero también sacó el arma.
Tenía quizá treinta segundos para pensar en algo.
Treinta segundos para salvar nueve vidas.
Repasé mentalmente las opciones y las descarté con la misma rapidez.
¿Seguir discutiendo? Neto me dispararía.
¿Pelear? No tenía arma, y Neto me dispararía.
¿Convencerlo de que cambiara de idea? ¿Cuándo había atendido Neto a razones?
Entonces se me ocurrió. A Neto no le importaba la razón. Pero sí le importaba El Tiburón. Le importaba no fallarle a su primo.
—Espera —dije, subiendo al barco de buceo—. Neto, espera. Piénsalo.
Se volvió hacia mí de golpe.
—Te he dicho que te calles.
—Si les disparas, ¿qué tenemos? Nada, aparte de unos americanos muertos. A su gobierno eso le va a importar. Los Federales tendrán que investigar. La atención se centrará en el CBA. ¿Es eso lo que quiere El Tiburón? ¿Más focos puestos sobre nosotros, sobre Xcalak?
Vi que dudaba, así que insistí.
—Pero si los tomamos como rehenes, tenemos una baza. Son turistas ricos. Alguien pagará por recuperarlos. Pagarán mucho. Y mientras negociamos, El Tiburón tiene tiempo de mover producto, quizá incluso de echarle la culpa a otro cártel y quitarnos el foco de encima.
Miguel asentía despacio.
—Tiene razón. Los turistas muertos traen a la DEA, al FBI. ¿Vivos? Eso es solo negocio.
La cara de Neto se contrajo de indecisión. Aún le ardía la rabia en los ojos; veía cuánto deseaba apretar aquel gatillo cuando los buceadores salieran.
—Además —añadí, jugando mi última carta—, es una decisión de El Tiburón. No nuestra. Que decida él qué hacer con ellos. Así, si algo sale mal, no es culpa tuya.
Eso bastó. Neto nunca quería ser responsable de nada. Pasar la decisión a sus superiores era su especialidad.
—Está bien —dijo por fin—. Nos los llevamos. Pero si alguno intenta algo, si alguno me da un motivo, le meto una bala en la cabeza y luego otra en la tuya. ¿Entendido?
Me limité a asentir. Les había ganado algo de tiempo, pero de paso había llamado la atención sobre mí. Aquello había sido, probablemente, un error.
Cuando las luces de buceo estaban justo debajo de la superficie, a punto de asomar, Neto se colocó junto a la borda con el arma preparada.
Miguel y Diego hicieron lo mismo. Yo me quedé atrás, intentando pensar qué decirles a los buceadores cuando salieran.
«Mantengan la calma. No se resistan. Están vivos porque he convencido a un psicópata de que valen más vivos que muertos, y ese cálculo podría cambiar en cualquier momento. »
Entonces Neto sacó algo del bolsillo. Un mechero y un trapo.
—Pensándolo mejor —dijo con una sonrisa que me heló la sangre—, vamos a asegurarnos de que entienden la situación.
Bajó al interior del barco. Treinta segundos después estaba de vuelta y me llegó el olor a gasolina.
—Neto, no lo hagas.
Encendió el trapo y lo lanzó escaleras abajo. La explosión llegó unos segundos más tarde, una flor de fuego que brotó de bajo cubierta. El barco de buceo se estremeció y empezó a escorar de inmediato.
—¡De vuelta a las pangas! —gritó Neto—. ¡Ya!
Volvimos a trepar a nuestras pangas mientras el barco de buceo ardía. Los cuerpos de la tripulación ya estaban en el agua; Neto y Miguel los habían tirado por la borda.
Y entonces salieron. Uno a uno, nueve buceadores rompieron la superficie con las caras iluminadas por los restos en llamas de su barco. Vi su terror, su confusión. Vi el momento en que comprendieron que estaban rodeados de hombres armados en pangas.
Neto apuntó con el arma a la más cercana, una joven rubia.
—Si alguien se mueve, si alguien hace un ruido, empiezo a disparar. ¿Entendido? —dijo en español.
Por la cara de desconcierto que puso, supe que no lo había entendido. Pero el hombre que tenía al lado sí. Era mexicano. Su divemaster, probablemente.
Los observé mecerse en el agua, los observé intentar asimilar lo que estaba pasando, el guía y sus ocho turistas, que habían venido a México de vacaciones de buceo. Todos ellos habían cometido el error de liberar a los tiburones equivocados de la red equivocada.
Neto me miró desde la otra panga. Tenía los ojos muertos y fríos.
—Esto ha sido idea tuya, puta. Más te vale que tengas razón sobre lo que valen. Porque si El Tiburón decide que no valen nada… —Sonrió—. Eso también recaerá sobre ti.
Entonces me pegó. La culata del revólver me alcanzó en la sien y el mundo estalló en estrellas. La sangre me resbaló por la cara y las rodillas me fallaron. Me agarré al borde de la panga justo antes de caer al agua. Miguel no se movió para ayudarme. Diego apartó la mirada.
—Empezad a subirlos —ordenó Neto—. Con cuidado. Si alguno intenta hacerse el héroe, le disparáis y pasáis al siguiente.
Me llevé la mano a la cabeza, noté la sangre caliente escurrirse entre los dedos y observé cómo empezábamos a izar nuestra captura. No los tiburones que habíamos ido a buscar. Aquella captura era mucho más peligrosa. Algo que podía salvarnos o condenarnos a todos.
Detrás de nosotros, el barco de buceo se hundió despacio en la oscuridad del Caribe. Arriba brillaba la luna y, en algún lugar hacia el este, El Tiburón esperaba el tiburón que le habíamos prometido.
Tenía la sensación de que iba a llevarse una decepción.