Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

D ORIAN

Llego a casa de mi abuelo tras viajar en su avión privado.

Estoy agitado y nervioso y no tengo forma de comunicarme con el exterior.

Me llevan hasta la biblioteca. Ese lugar que odio.

Ese lugar donde vi a mi padre morirse sin dejar de mirarme a los ojos.

Cuando murió, lloré y me dolió. Sentí liberación y dolor y luego la nada.

Fue mi culpa...

No pedí auxilio...

No podía haberlo ayudado. Su corazón dijo basta tras años y años de una vida desfasada. Pero yo no quería ayudarlo y eso me hizo pensar que era un monstruo. Cuando lo miraba morir me vi como él.

Miro el sitio donde mi padre exhaló su último aliento y es como si me viera a mí mismo. Mi padre tenía menos de treinta años. Somos muy parecidos físicamente y cada año que pasa, al mirarme al espejo, lo veo más a él.

—Eres como él —dice mi abuelo—. Un débil.

—¿Qué quieres de mí? —le digo cansado.

—Solo recordarte que no quieres ir a la cárcel. —Toca la carpeta que tiene en sus manos, que siempre está custodiada. La carpeta que refleja la única noche que no recuerdo en toda mi puta vida.

Si sale a la luz será mi ruina, aunque esa noche que no recuerdo se llevó lo poco bueno que quedaba en mí. Hasta Abbi. Desde que la conozco me he visto soñando con ser algo más. Alguien mejor. Mejor que toda esta mierda.

—¿Qué quieres? —repito.

—No me gusta esa tal Abbi Morris. No me gusta nada.

—Solo es una becada.

—Puede ser la nieta de Uriel.

—¿Y nunca te has parado a pensar que tal vez no sea uno de los becados? Tal vez sea uno de los hijos de los ricos y te dé la estocada al final.

—Los conocemos a todos, ya lo sabes, no seas idiota.

No dejamos entrar a nadie que no sea de nuestro círculo social.

Pero los becados no sabes bien cómo han llegado hasta ahí.

Hay una parte en la historia de la señorita Morris que no me encaja.

Quiero que la investigues. Que des con ello.

Si quieres follártela, hazlo, pero tu compromiso con Idelia Harris será después de Navidad.

—¿Y eso por qué?

—Porque lo digo yo y punto. No te hagas el tonto ahora, Dorian, sabías que esto iba a pasar. Y sigues vivo gracias a mí. —Toca la carpeta—. Eres tan débil como tu padre. Y esa mujer para ti solo es una puta adicción, eres un enfermo que necesita droga sea como sea. Y ella es tu droga.

Lo miro con rabia, y lo peor es que está dando voz a mis miedos. No dejo de pensar que en el fondo siempre he visto a Abbi como una obsesión. No bebo, pero soy adicto a ella... ¿Me está cegando esto?

—Esa chica sabía cómo moverse. Está preparada. Muy preparada. Descubre por qué antes de que todo nos estalle en la cara. Y, tras la Navidad, haremos una fiesta de compromiso.

—¿Y si no lo hago?

—Siempre puedes irte... y yo entregar esto a la policía. No estás en la cárcel gracias a mí. —Lo miro tenso—. Y si vas a cometer el error de tener a una becada como amante..., al menos descubre quién es antes de que todo explote. Te creía más listo... o no, eres tan idiota como lo fue tu padre.

Lo miro con rabia, porque no para de repetir eso. Tiene el pelo blanco y siempre me dio miedo. Tal vez porque a la primera de cambio me cruzaba la cara. No lo hace desde que le saco una cabeza, pero tiene tanto poder que lo temo y más desde que pasó eso. Esa noche en que perdí el control.

Cuando desperté en mi cama no sabía cómo había llegado allí, pero mi abuelo, sí.

Solo tenía dieciséis años y desde entonces lo usa para recordarme que le debo todo una vez más.

—Vamos a comer, tengo hambre.

No le discuto, pero por dentro ardo de rabia.

Llama a la madre de Idelia para contarle lo del anuncio tras la Navidad.

Lo que me faltaba. Estoy tenso, agitado y nervioso y no dejo de pensar en Abbi y en qué esconde.

Porque sé que esconde algo. Siempre lo he intuido, pero no he ahondado en ello porque yo también guardo secretos que tal vez la alejarían de mí.

Tengo que averiguar la verdad para saber si es aliada o enemiga.

Como si existiera una posibilidad de, en vez de ir contra ella, ir contra el mundo juntos.

No dejo de pensar en las palabras de que lo que siento por ella es solo adicción.

Que no es nada más. Nunca he sentido amor por nada ni por nadie.

Por eso no sé si lo que late en mi pecho es eso o algo más oscuro, más peligroso.

La obsesión.

Mi padre un día me dijo:

—Soy feliz bebiendo. Esto me da la vida. —Se bebió de un trago la copa y parecía feliz. Él no sabía que era adicto, murió sin saberlo.

No sabía que cuando bebía me pegaba porque nunca estaba sin beber. Era incapaz de vivir sin estar borracho.

Cuando regreso al internado estoy ansioso. Sobre mi escritorio hay un móvil nuevo y el viejo. Cambio la tarjeta y no veo nada más de Abbi. Solo el último mensaje, donde me acusaba sin esperar a escuchar mi versión.

No dejo de pensar en todo. En si ella miente o qué oculta. Tal vez porque no me fío de nadie o sobre todo no me fío de los becados.

Saco la llave maestra sabiendo que todo el mundo está en clase y voy al cuarto de Abbi. Una voz me dice que es mejor hablar las cosas. Otra quiere saber qué esconde en ese doble fondo de su armario del que me habló y si de verdad puedo confiar en ella.

Quiero apostarlo todo por ella, arriesgarme.

Si es mi puta adicción seré como mi padre, que no quería vivir un solo día sin lo que le hacía feliz.

Estos días separados no he dejado de pensar en ella, en cuánto me gusta lo que soy a su lado. Lo que es ella conmigo. Si todo fuera falso, lo sabría, ¿verdad?

Entro en su cuarto y su perfume me recuerda esas noches con ella cerca.

Todo está bien ordenado. Todo está en su sitio.

Miro el armario y lo abro. Solo hay ropa y nada más.

Pero paso los dedos buscando el doble fondo y lo encuentro.

La pared del armario hace un ruido y se abre.

Meto la mano y saco todo lo que hay dentro.

Encuentro un diario. También ropa y un libro.

Abro el libro y veo que es un manual detallado de todas las pruebas que hemos hecho a lo largo de los años y cómo superar cada una de ellas.

Algo que ya intuía porque ella repartió aquellos panfletos, pero cuando lo miro bien veo que es una copia de una recopilación de pruebas desde hace más de cuarenta y cinco años.

Se me aceleran los latidos del corazón al darme cuenta de que la familia de Abbi lleva años investigando y recopilando todo.

Y solo una persona haría algo así por un fin.

Luego veo notas de los cuatro dioses, también mías.

Con fotos de quién era yo fuera de este lugar.

Madre mía... Abro el diario y leo la primera página:

He conocido a alguien que tal vez me ayude..., un aliado.

El abuelo quiere que use mis armas. ¿Podré usar la seducción con Dorian Wilson? ¿Sería capaz de seducir a alguien solo por llegar hasta el final?

No responde y no hay más notas. No hay nada más.

Veo también cartas de una tía. Vienen desde Londres.

Hablan de tonterías, pero están aquí guardadas.

Hago fotos de todo y las guardo en el móvil.

De nuevo miro el libro donde aparecen todos los datos.

Algunas de las cosas que relata son de cuando se abrió la universidad y empezaron las novatadas. Hay cientos de datos...

Guardo todo y me bajo a los archivos tras hacer fotos al libro. No he dejado pistas de que he estado ahí. Pero necesito saber. Saber si estoy en lo cierto. Si me ha usado. Porque solo una persona querría recopilar estos datos por un fin: Uriel Nelson.

Entro en los archivos de la universidad.

Los primeros becados solo fueron dos. Sigo su trayectoria por redes.

Y me llevan a familias sencillas. Me paso el día atando cabos.

Buscando enlaces y poco a poco veo un patrón.

Hay varios que no tienen relación con la familia paterna, que solo tienen contacto con la materna.

Y así uno tras otro. Hasta Abbi. Cuyo padre no tenía trato con ella y que tenía muchos hermanos.

Paso fotos de los últimos becados y ninguno se parece a ella, pero hay varios que pasaron las pruebas y, aunque no sacaron buena nota, nunca pidieron piedad.

Nunca, porque sabían cómo iba esto. Porque tenían un fin.

Fueron expulsados por las notas. Al final, las pruebas sí les pasaron factura en los estudios.

Busco información de Abbi, de su abuelo, de su madre.

Miro por Internet, donde todo se guarda y donde yo me sé mover muy bien, y encuentro una foto de su madre, en un periódico, dándose un beso con un hombre.

Luego sale ella en otra foto sonriendo. Cojo la foto del hombre y coincide con uno de los que estudiaron aquí.

Tal vez Abbi solo quiso estudiar aquí porque su padre también lo hizo.

Tal vez solo es eso...

Tal vez el libro de pruebas lo compró. Joder, si tiene hasta fotos mías... Sé la verdad. Pero necesito dar con toda ella antes de ser consciente de que lo que siento por ella me estalla en la cara.

Siempre supe que ocultaba algo, pero lo que sentía a su lado me cegó. Me hacía sentir por primera vez parte de algo más grande que yo mismo. La soledad pesaba demasiado y con ella era feliz. Dejé todo a un lado por esa felicidad.

Imprimo las cartas de Abbi y regreso a mi cuarto. No dejo de mirarlas una y otra vez buscando patrones. Al final hilo dos palabras juntando las cuatro primeras letras. Y cuando hago lo mismo con todas me sale un mensaje:

Usa al joven Wilson para saber qué traman y luego destrúyelos a todos. No me falles, eres una Nelson y te debes a tu familia.

La confirmación de la verdad que ya sospechaba me golpea tan fuerte que es como si alguien me hubiera disparado contra el pecho. Es como cuando murió mi padre: no era capaz de reaccionar mientras veía cómo la poca humanidad que me quedaba se me iba.

Lo que sentía por ella se transforma en rabia y dolor. En venganza.

Y es que sé que, a pesar de todo, necesitaba más pruebas porque en el fondo quería una explicación, pero no existe.

Me ha usado.

Pienso destruirla. Pienso usar todo lo que sé para acabar con ella y hacerle pagar por haberme tomado por un idiota.

Abbi no sabe lo que se le viene encima.

Va a desear su muerte.

Todo lo que siento por ella se transforma de golpe en un odio visceral.

Es como cuando mi padre me pegaba; me duele tanto el alma que siento cómo muere lo poco bueno que había en mí. Porque es más fácil vivir sin sentir nada que sintiendo cómo las emociones te matan lentamente.