Contra todos (Becados y dioses 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

D ORIAN

Abbi mira mis libros mientras yo dejo lo que he cogido para cenar de una de las máquinas. Lleva una de mis camisetas. Nos hemos duchado y luego he salido a por algo de comer.

—¿Tienes listos mis libros? —Los mira sobre la mesa de mi escritorio.

—No, no he anotado todo lo que quiero. ¿Y tú el mío?

—A medias. Aún estoy apuntando trucos de mi abuelo Hadrian. —Asiento—. Sabes, sé que la magia no existe, pero es bonito creer por unos segundos que sí. Es como cuando eres pequeño y crees en Papá Noel...

—Yo no he creído en eso nunca, en mi casa me dijeron la verdad desde pequeño.

Abre y cierra los ojos.

—¿Qué mierda de infancia has tenido?

—Una en la que ser niño no importaba. Vamos a cenar —digo incómodo. Se acerca y me coge la mano. Luego se alza y me pasa sus brazos por el cuello.

—¿Puedo hacerte un truco de magia después de cenar?

—Si tiene final feliz, sí.

—Eres tonto. —Sonríe y me mira de una forma que me detiene el corazón. Me pierdo en cada una de sus pecas. Las de las mejillas y las de sus ojos.

No sé qué tiene ella que no tiene nadie más en este mundo.

—Cenemos —digo algo agitado porque siento que si sigo mirándola podría decirle algo tan estúpido como que estoy enamorado de ella y quiero creer que esto no es amor..., ya que si lo es estoy bien jodido.

Cenamos viendo una película en la tele y al acabar me siento donde me dice y prepara todo para hacer magia. Solo he visto vídeos, nunca he ido al circo o a espectáculos. Todo esto es nuevo para mí.

Pone las luces adecuadas y prepara todo.

—Como ves, no tengo nada en las manos. Ni llevo mucha ropa para esconder nada.

—Me encanta que lleves poca ropa. —Se ríe y me regaña con la mirada—. Ya me centro.

Sigue y mueve las manos y de la nada aparecen monedas que mueve entre sus dedos y las hace desaparecer. Conozco el truco, pero por un segundo simplemente disfruto de su magia. Los ojos se le iluminan y parece otra. Más relajada. Más segura de sí misma. Más tranquila.

Se mueve y coge un pañuelo. Luego me mira.

—Me encanta la nieve. Ver caer los copos sobre mi cara y cómo el mundo que te rodea de golpe parece otro. ¿Quieres que haga nieve?

—Si lo consigues te daré algo.

—Un secreto. —Muerde su boca.

—Uno solo. —Asiente y toma aire. Pone música y se mueve hasta situarse ante la lámpara que desdibuja su cuerpo.

Muestra el pañuelo vacío y luego sus manos. Entonces lo mueve, sopla y salen un sinfín de papelillos blancos, que se esparcen por el cuarto y parecen nieve. Se ríe feliz por este momento y se mueve con ellos.

—Creo que me estoy enamorando de ti —le digo incapaz de callarme—. Ahí tienes tu puñetero secreto.

Me mira triste y sus ojos se llenan de lágrimas. Se acerca a mí y apoya su frente en la mía. Estoy temblando como un idiota por si se ríe de mí o me rechaza. Me siento como ese niño perdido que esperaba que su madre lo abrazara con fuerza y su padre dejara de ser un tipo horrible.

Tiemblo de miedo hasta que habla.

—Creo que yo también.

—¿Y por qué parece que eso te hace desdichada?

—¿Y por qué parece que a ti te pasa lo mismo?

—Porque esto no va a ninguna parte —añado sabiendo que no puedo estar con ella, aunque un día jure amarla.

—¿Qué tiene tu abuelo contra ti?

—Un secreto, becada. Ya he dicho demasiado hoy.

Agitado, me levanto para recoger todo. Me ayuda y no comentamos nada de cómo nos hemos abierto en canal. Solo nos miramos y sé que soy un iluso si pienso que solo es un puto «creo». Estoy loco por ella.

Entonces recuerdo quién es y que sigue aquí a pesar de todo. Y sé que oculta algo y eso me mata. Temo quedar como un tonto.

—¿Puedo dormir contigo?

—Eso no se pregunta.

—No pareces feliz. —Tiro de ella hasta mis brazos y me estrecha con fuerza.

—Los dos seríamos más felices si esto no hubiera pasado y lo sabes.

—Lo sé —dice y de nuevo me pregunto por sus motivos.

Le cojo la cara entre mis manos y la hago mirarme.

—Puedes confiar en mí.

—Por eso lo nuestro es oculto. Por eso estás ahí en cada putada..., por eso. —La beso.

—¡Joder! —Me aparto y voy hasta la ventana. Se pone tras de mí y me abraza.

—Me vale con esto.

—Pues a Psique vivir a oscuras no le fue suficiente y eso casi la mata —digo acariciándole la mano.

—Porque, a pesar de que Eros quería, es imposible vivir a oscuras. A veces hay que tomar decisiones..., aunque estas duelan.

Miro hacia la noche y la giro para ponerla delante. Empieza a llover y oímos un trueno cerca mientras un relámpago nos ilumina como si fuera una premonición de lo que está por venir. Suena mi móvil y lo cojo sabiendo que Idelia esta noche quiere joder a los becados.

Lo leo y Abbi me mira.

—No te vayas —digo cuando va hacia la escalera—. Es peligroso, Abbi.

Voy hasta ella y la bajo.

—¡Si no vas a ir contra ellos y ponerte de mi lado, déjame que haga las cosas a mi manera!

—¡Eres una puñetera cabezota!

—¡Como si no lo supieras! —Me quedo al pie de la escalera por si se cae y la veo irse. Antes de alejarse del todo me mira y sé que espera algo de mí y yo de ella.

De nuevo siento algo pesado en el pecho. Y me pregunto si soy como esos niños que creen en Papá Noel, aunque tienen la verdad delante, pero no quieren unir las piezas porque son más felices viviendo en un mundo irreal. Y tienen miedo de que descubrir la verdad les haga perderlo todo.