Capítulo 44
A BBI
Entro a clase un momento antes de que el profesor cierre la puerta y me mira con mala cara.
Regresé a mi cuarto y me costó encontrar mi ropa, hasta que la vi en la basura de la planta cortada con tijeras.
Alguien había entrado en mi cuarto. Le hice una foto, se la mandé a Dorian y le pregunté si él sabía algo.
Me dijo que no, pero que Idelia la tiene tomada conmigo.
Mis compañeras tampoco sabían nada. Me cabreo tanto que decido sacar uno de los uniformes de falda y camisa escondidos que mi madre me compró.
La camisa me queda algo justa, se me ciñe al pecho.
Y la falda me llega a mitad de muslo. Me he puesto unas medias azul marino que me cubren hasta encima de las rodillas.
Me siento desnuda con esta ropa, pero me da igual.
Ha llegado un punto en que esto es la puñetera guerra.
Por suerte, llevo la chaqueta del uniforme, que me cubre un poco.
Me arreglo el pelo con ondas y me maquillo para destacar más mis ojos. Si Idelia quiere guerra, la va a tener. Si le jode que me miren, me van a mirar el doble. Aunque para eso yo tenga que temblar cada vez que alguien me observe y recuerde aquel momento en que me sentí tan desnuda ante una mirada.
Tal vez ya es hora de que lo supere.
Voy hasta mi sitio y me quito la chaqueta.
Mis pechos se ven más grandes y sugerentes.
El profesor, al verme, se los queda mirando.
Vale, con eso no contaba. Tiemblo y trato de recordar que nadie me va a tocar si yo no quiero.
Soy fuerte, joder. Soy fuerte. Se aclara la garganta y da las notas.
Saco más nota que Dorian y oigo cómo Idelia grita enfadada que debe de ser una broma.
Me giro y la saludo. Dorian está a su lado y su mirada es oscura. No puedo saber qué piensa, pero parece tenso. O como si quisiera arrancarles los ojos a todos los que lo rodean. Por cómo me mira sé que está celoso.
Que se joda porque ella lo toca como si fueran novios.
Quiere que estemos juntos... o como sea esto, bien, pero yo también sé jugar a esto. Empiezo a pensar que ha sido un acierto que mi ropa de clase se haya visto afectada. Es hora de que deje mis miedos atrás. Si quiero vencer en este juego no puedo tener ninguna debilidad.
—¿De dónde has sacado ese uniforme? —me dice Idelia cuando salgo de clase, dejando claro que ella se encargó de joder mi ropa.
—Es prestado. Por eso me aprieta tanto las tetas... Gracias por ordenar mi cuarto y tirarme la ropa que tan poco me favorecía, pero, aunque tenga que venir en pelotas, no pienso faltar a clase. Tal vez no te gustaría que eso me hiciera destacar aún más.
Me alejo de ella y sé que una vez más he ganado esta batalla. Por dentro estoy temblando. Hace tiempo que aprendí a manejar a gente como ella. Si ven que te hacen daño, irán a muerte. Si ven que no lo logran perderán la cabeza por herirte e ir sin cabeza en una guerra les hace cometer errores.
Ando hasta la siguiente clase y antes de llegar alguien tira de mí hasta un aula vacía. Nadie ha visto nada, pero, aun así, me encaro a Dorian cuando cierra la puerta.
—¡Vas a hacer que nos pillen! —Su boca se cierne sobre la mía y me empotra contra la pared para besarme con fuerza y urgencia.
—Odio cómo te miran todos, como si quisieran devorar tu cuerpo. —Mete la mano bajo mi falda y toca mi sexo—. Esto es mío. Solo mío.
—No...
—No me retes, Abbi..., deja de luchar, joder.
Me frota el sexo contra su palma mientras me besa. Y le devuelvo el beso.
—Yo también odio cómo te toca ella. —Cambiamos las posturas y le golpeo la espalda contra la pared—. Odio que te mire como si fueras suyo.
—Nunca lo seré. —Me muerde el cuello y me toca los pechos sobre la ropa—. Tenemos que parar..., pero te juro que este uniforme tan horrible nunca me ha parecido tan sexi.
—Sobre todo, porque se me van a salir las tetas. —Sonríe y las mira. Pasa los dedos sobre la ropa y luego gruñe porque no puede seguir.
Apoya su frente contra la mía. Estamos agitados.
—¿De dónde has sacado el uniforme? Idelia contó lo que hizo y que no estabas por eso. Dejé caer que tal vez pasaste la noche con Marvin.
—Tengo un compartimento oculto en el armario —le digo sincera y temo condenarme. Ahí guardo muchas cosas que me harían daño. Sobre todo, el libro de putadas y las cartas de mi abuelo.
—Chica lista. —Me besa dulcemente—. Sal primero, yo no puedo. —Paso mi mano sobre el pantalón y lo toco—. Para o no podré salir en la vida.
—Así seré la primera siempre. Tal vez no es mal plan para hacerte perder.
—Y yo que creía que eras de las que querían ganar limpiamente. ¿Me tienes miedo?
—No, y no me importa que me ganes.
—A mí tampoco —dice la verdad, pero luego aparta la mirada—, pero si me ganas no se van a poner las cosas fáciles para ti. Si es por dinero, puedo ayudarte a que vayas a otro lugar...
—¡No! —Nos miramos agitados—. No me meto en tu vida, ni en tu manera de hacer las cosas. Tú no te metas en las mías.
—Tú misma, pensando como siempre lo peor de mí.
Sale del lugar, ya frío como una losa, y yo me siento igual de fría. ¿De verdad pensaba que esto iba a salir bien? Saco el móvil de camino a clase y le escribo un «lo siento». Lo lee y no me responde.
Genial, ni veinticuatro horas hemos aguantado bien. No se puede estar con alguien cuando hay tantos secretos de por medio.
Las siguientes clases no van mejor. Llamo demasiado la atención y eso me inquieta mucho, me hace volver a aquel verano de mis dieciséis años.
A la hora de la comida estoy agotada de tantas insinuaciones, pero merece la pena por la cara de Idelia al ver que la gente me mira más a mí que a ella.
Y, aunque me he cambiado de ropa, la ropa escondida era casi toda la descartada.
Llevo un vestido vaquero ajustado que mi madre me compró por si me decidía a usarlo algún día.
Y, cómo no, tampoco ha acertado con mi talla. Y me marca demasiado.
—Cómo le jode tu tipazo —apunta Dafna.
—Es culpa suya. Yo era feliz con mi chándal horrible.
—¿Vas a volver a él? —pregunta Mina—. Porque ellos ya nos joden suficiente, está bien darles con su propia medicina.
—¿Nos vamos de compras? —insinúa Dafna divertida.
—Vale —añado sin saber muy bien si quiero entrar de lleno en este juego.
Dorian llega al comedor y se gana las miradas de la mayoría. Donde vaya siempre destaca y eso que muchas no lo han visto desnudo. Lo recuerdo entrando y saliendo de mí y esa forma de cuidarme. Es raro que de verdad le preocupe. Su mirada se cruza con la mía un segundo y la aparta.
—¿Y si comemos en la ciudad? —apunto antes de que hayamos cogido la comida.
—Eso es aún mejor. —Mina nos quita las bandejas y vamos hacia la puerta.
Marvin se nos acerca y se apunta. Con esto no contaba y tampoco con que me pase la mano por la cintura. Es mi amigo, pero me hace sentir incómoda su exceso de cariño.
—Estás muy guapa —me dice de camino a su coche. Se ha apuntado otro de sus amigos, Elias, que va detrás para mirarme mejor el culo.
Llegamos a su coche y voy algo incómoda.
Entro detrás, en medio de mis amigas. No saco el móvil porque temo tener algo de Dorian que puedan leer.
Ponen música y van demasiado rápido. Llegamos a la ciudad y vamos hasta una pizzería.
Pedimos de todo un poco y pagamos a medias.
Al acabar vamos a una tienda de ropa cercana y miramos prendas.
Marvin y Elias se meten en la zona de probadores.
Mina y Dafna les ríen las gracias porque se han pasado con las cervezas en la comida.
Entro en un probador y al poco Elias se mete dentro. Llevo solo el sujetador deportivo y las bragas.
—¡¿Se puede saber qué haces?!
—Nada... —Me devora el cuerpo con la mirada y me cuesta reaccionar por cómo me mira, pero me recuerdo que yo ahora soy más fuerte y no tengo que pasar por esto. Lo golpeo para que se marche—. Era solo por si querías —grita desde fuera y me pongo de nuevo la ropa, agitada y muy nerviosa.
Tomo aire para olvidar recuerdos amargos.
Me pongo el vestido. No quiero que esta gente me lastime.
Mi madre siempre me dijo que yo no era culpable de que el mundo observara la belleza.
A veces le hago caso. Ella ha pasado por esto.
Sobre todo cuando actúa, mucha gente está más pendiente del movimiento de sus pechos o de cómo le queda el maillot pegado a su sexo que de sus acrobacias.
Salgo y voy a pagar. Proponen ir a tomar algo y miro a Marvin.
—Tenemos que trabajar.
—He avisado de que esta tarde no iremos.
—¿Cómo? ¡Yo no he dicho eso!
—Solo es una tarde. Era una sorpresa. —Me pasa la mano por el hombro y lo aparto para ponerme mejor el abrigo—. ¿Acaso quieres estar allí sin saber si te harán otra putada? Vamos a divertirnos lejos de todo eso.
—Yo me apunto —dice Mina—. Aún me duele la cabeza por la prueba de ayer.
—Estabais muy sexis colgadas. —Marvin golpea a su amigo.
—¿Formáis parte de los que ayudan? —pregunto y Marvin calla ante mi pregunta.
—Ya sabes lo que dicen, si no puedes vencerlos, únete a ellos —dice. Empiezo a irme—. ¿Adónde vas?
—¡No os importa!
Voy hasta la parada de taxis. Mina y Dafna me siguen sin decir nada. Pagamos el taxi a medias y voy derecha a mi trabajo, enfadada y sin saber cómo tomarme esta información. Cuando llego, odio la falda cada vez que tengo que agacharme, y guardo los libros con menos cuidado del que debería.
—¿A quién tengo que partirle la cara? —dice Dorian cuando se acerca a mi puesto al final de la biblioteca, casi a la hora del cierre.
—No estoy de humor. Y, dado que no tienes ganas de hablar, mejor te vas.
—Te he estado mandando mensajes, pero al parecer la que no quería hablar eras tú.
Me centro en observar el pasillo para evitar mirarlo y apreciar lo guapo que está y lo mucho que me pone ahí apoyado, con esa sudadera gris y los vaqueros.
Saco el móvil del bolsillo y leo sus mensajes:
Eros: Odio cómo te toca ese capullo. ¿Puedo partirle la cara?
—¿De verdad, Dorian? —Sonríe y se acerca a ver qué leo.
—Es muy romántico. —Se pone a mi lado.
Leo el resto:
Eros: Idelia planea algo, no tengo ni idea de qué es, pero le están diciendo dónde estás y qué haces. Alguien cercano te está vendiendo.
—Son Marvin y Elias. Al parecer, ayudan con las putadas.
—¿Y por eso tu cabreo?
—¡Creí que era mi amigo!
—No se puede ser amigo de alguien que te mira como si te quisiera follar.
—Lo miro enfadada y levanta las manos—. No la pagues conmigo, a mí no me extraña esto.
No lo sabía porque los ayudantes van con la cara tapada, pero no me extraña.
Lo que me sorprende es que a ti sí. ¿Sabes dónde estás metida?
—¡Si empiezas con tu insinuación de que me marche te tiro los libros a la cabeza! —Lo amenazo con los que tengo en la mano y me los quita antes de acercarse y abrazarme—. No voy a irme. —Me acaricia la espalda.
—Lo sé..., pero va a ser cada vez peor. Y más con tu numerito de hoy. Idelia te odia porque le haces sombra.
—No me da miedo esa Afrodita de pacotilla.
—Esto no es un mito, Abbi, es real...
—Voy a ir a muerte. —Me coge la cara entre sus manos y parece letal—. Odio que me miren. Lo odio, Dorian. —Se tensa—. No voy a esconderme. Voy a brillar hasta que le duelan los ojos a esa. Tengo que superar el pasado... y este parece un buen momento.
—Van a quebrarte. Te van a romper en pedazos... y puedo ayudarte.
Su ternura casi me hace llorar.
—No voy a pedirte ayuda. Puedo hacer esto sola. Pero, si no te gusta esto, tal vez deberías decir basta.
Calla porque, como ya sé, oculta algo. Y yo también. Ninguno de los dos entiende las razones del otro para seguir aquí y yo no le insisto con las suyas para que no indague en las mías. ¡Esto no va a ninguna parte!
Su móvil vibra y lo saca. Vemos que es un aviso de que alguien se acerca.
—¿Y eso?
—Bueno, se me da bien entrar en el sistema de seguridad y manipularlo a mi antojo. Ven a mi cuarto luego. Se me ocurren formas de quitarte el enfado.
—No puedo, seguro que esta noche van a por mí.
Se tensa y se marcha dejando claro lo poco que le gusta que sea tan cabezota y siga en este lugar. Si no fuera porque me parece ridículo, creería que de verdad se preocupa por mí.
Al poco aparece Idelia y me ve trabajando.
—Como te crees superior y te gusta que te miren, nos vamos de fiesta.
—No tengo ganas, gracias.
—Vamos, no seas así... En realidad, no tienes opciones.
Les hace señas a sus amigas y van contra mí.
Lucho con ellas porque no quiero irme, pero me sacan a rastras de la biblioteca y nadie hace nada.
Nada de nada. Los profesores que nos cruzamos lo ven y miran hacia otro lado.
Este lugar es un puto infierno y, cuando mi abuelo Uriel consiga su herencia, espero que caiga.
Vamos hasta el sótano y me empujan.
—Vamos, baila. —Saca el móvil y me graba.
—¿Quieres un vídeo mío sexi para ponerte cachonda? —le digo retadora, sabiendo que Idelia irá a muerte.
—No, quiero que bailes para todos. Te gusta que te miren..., pues baila y todos te verán.
—¿Y se supone que eso va a joder? —En verdad, sí, pero no lo sabe.
—Eres patética. Todos lo verán a menos que me digas que pare.
—No, genial, me encanta ponerlos cachondos a todos y que cuando se acuesten contigo en verdad piensen en mí entre sus piernas.
Me cruza la cara.
—Solo eres una perra. Ellos saben la diferencia. Al fin y al cabo, a mí me consideran una diosa por algo.
Apunta con el móvil y pienso que esto no tiene sentido. Imagino música y bailo sin dejar de mirarla. No me inmuto cuando la falda se me sube y muestra más de lo que me gustaría. Si quiere jugar, juguemos. Odio esto, pero más odio a esta loca del coño.
Entonces sonríe y sobre mí cae algo pringoso.
¡Estaba claro, joder!