Capítulo 42
A BBI
Estoy medio dormida cuando entran a mi cuarto y me sacan de la cama sin preámbulos.
Lo esperaba porque mis buenas notas solo pueden acarrear que estén muy nerviosos, pero, aun así, después de lo mucho que me costó dormirme, al fin lo había logrado y eso hace que cuando me ponen la capucha negra y ando descalza por los pasillos esté desubicada.
Tengo que reponerme. Tengo que ser más fuerte.
Noto cortes en los pies por andar descalza.
Vamos hasta el sótano y sé, por la humedad, que vamos hacia los calabozos.
Escucho voces de otras personas, pero a mí me alejan de ellas.
Me pregunto si Dorian está aquí, viendo todo esto aburrido entre las sombras.
Sé que él no es quien me lleva ni quien les dice que me lleven sola a una sala.
Sé que mi cuerpo lo reconocería incluso a oscuras.
Me quitan la capucha y me ponen una venda en los ojos.
Siento el corazón latirme en los oídos cuando me tiran al suelo y luego me atan las manos y los tobillos. Me cuelgan del techo y quedo boca abajo.
—Listo, a ver cuánto tiempo tardas en pedir que te saquemos. —Es la voz de Idelia, y se nota que me odia—. Dejadla sola. Que nadie se le acerque..., aunque grite.
Esto lo murmura, pero lo oigo todo. Está claro que quiere desquiciarme. Cierran la puerta y me quedo sola, a oscuras y colgada del techo.
La camiseta me cae sobre la cara. Llevo unos leggings y un sujetador deportivo. Cuando no sabes en qué momento te pueden sacar de la cama no te acuestas con tu pijama de ositos favorito y cómodo.
Pienso en cualquier cosa que me lleve lejos de esta oscuridad. Mi traicionera mente va una y otra vez a Dorian, a ese fin de semana en el que, lejos de todo, parecíamos otros. Intento apartar los pensamientos, pero fue todo tan increíble que sé que nunca podré olvidarlo.
Escucho la puerta abrirse y cerrarse cuando ha pasado un largo rato. Hace tiempo que los chillidos del resto han cesado. Deben de habérselos llevado. Alguien se me acerca y espero que me tiren agua fría o me hagan alguna putada más allá de estar colgada.
Entonces siento unas manos subirme la camiseta y atarla bajo mis pechos.
Por cómo reacciona mi cuerpo sé que se trata de Dorian.
Que siga cuidando de mí me duele porque no puedo gritarle mi verdad sin que piense que lo usé o sin que mi abuelo Uriel se entere y haga daño a Hadrian.
Tomo aire y me llega su perfume. Lo reconozco con los ojos cerrados porque nadie como él hace que mi cuerpo vibre con fuerza.
Por eso decido joderle un poco. Porque es mejor que se aleje, que me odie. Me trago el escozor de las lágrimas.
—Más, joder... Ya era hora de que volvieras, antes me has dejado a medias... Dijiste que ibas a tocarme. —Noto cómo se queda quieto.
Sé que es imposible, pero imagino que sus ojos se oscurecen por los celos.
Son esos celos los que lo hacen tocarme entre los muslos. Y gimo levemente. No es fingido porque añoraba su contacto.
—Antes lo hacías mejor —lo pico, y lleva su mano a mi sexo—. Joder, sí..., sigue así..., no me dejes a medias.
Me frota el sexo con la palma con rabia. Su respiración es agitada, entre excitado y furioso.
Me toca sobre la ropa y, a pesar de la postura, siento cómo ardo.
Sobre todo, cuando baja la camiseta y me descubre los senos.
Parezco una presa devorada por su cazador.
Y me excita. Lleva uno de mis pechos a su boca y lo succiona mientras me sigue tocando el sexo.
Lo devora con fuerza marcando mi cuerpo y cuando estoy cerca digo algo que le joderá, pero lo necesito para no olvidar que este juego es peligroso.
—Joder, Marvin, lo haces genial. —Se detiene, como ya suponía.
Dorian se aparta y me cubre, asqueado. He notado dolor en sus gestos y su forma de respirar acelerada. Por eso digo la verdad.
—Vamos, Dorian —le digo admitiendo que sabía quién era en todo momento—, solo bromeaba..., sé que eras tú desde que entraste. —No lo escucho, no lo siento, solo noto el frío posarse en mi piel—. Como Psique a Eros, te reconocería a pesar de no poder verte..., pero no sé adónde me lleva eso.
Se ha ido. No está cerca. Y noto escozor en los ojos. «Es mejor así», me digo una y otra vez. El tiempo pasa lento y cuando me bajan de este sitio tengo lágrimas en los ojos.
—Eres demasiado dura para mi gusto —añade Idelia—. Sacadla de aquí.
Salgo fuera algo mareada y agitada. Me dan vueltas y caigo al suelo, los oigo alejarse y me quito la venda de los ojos.
No sé dónde estoy. Estoy desubicada. Tomo aire y oigo pasos.
Al alzar la vista veo a Dorian acercarse, todo de negro.
Tiene el gesto frío y serio y no sé si va a castigarme o a ayudarme.
Se queda a unos metros mientras me recupero. No hace amago de acercarse. Al poco sé por qué. Idelia se acerca y se pone a su lado.
—No sé cómo te puede gustar este pollo desplumado. —Ella se ríe y grita—: ¡Ahora!
Dorian la mira con gesto de no entender nada cuando me tiran desde arriba un cubo de agua helada. Grito por el dolor que siento ante tanto frío de golpe.
—Lo mejor que puedes hacer es irte... o acabaremos contigo sin tener que tocarte siquiera.
Respiro agitada. Se marchan. Dorian con ellos.
En su papel de dios de la muerte en este momento.
Consigo ponerme de pie y voy hasta mi cuarto helada.
Entro en la ducha y el agua caliente poco a poco me va calentando, pero el frío sigue metido en mis huesos mucho tiempo.
Al acabar estoy agotada y desilusionada con Dorian.
Aunque sé que si me ayudara lo mandaría todo a la mierda. Cuanto más se acerque a mí, más me joderá Idelia. Y cuanto mejor nota saque, peor irá todo.
Entro en la cama y miro el móvil. Veo varios mensajes de Dorian como mi Eros:
Eros: ¿Estás bien? Va a ir a peor, Abbi..., deberías irte. Y si te ayudo será peor... ¿De verdad sabías que era yo? No me mientas más, joder.
Estoy tan débil y tan cansada en este momento que respondo la verdad:
Abbi: Lo sabía todo el tiempo. No hubo nadie antes. Pero quería hacerte daño.
Eros: ¿Por qué? No creo que me merezca todo esto... Sube a la azotea. Te espero aquí.
Abbi: Estoy temblando de frío...
Eros: Confía en mí de una puta vez.
Dudo. Dudo mucho, pero estoy tan cansada que ni lo pienso.
Salgo de la cama y me calzo las deportivas para subir.
Cojo una sudadera caliente y me la pongo.
Si no quiero levantar sospechas, no puedo llevar nada más.
Puedo decir que voy a por algo de comer a las máquinas expendedoras de cada planta, pero no que me marcho a la calle en plena noche. Sería raro.
Subo a la azotea y entro. Veo a Dorian sentado, aún todo de negro. Al verme me hace señas para que lo siga. Voy hasta él y andamos hacia donde están sus cuartos. Veo que hay una escalera en la barandilla que da a un balcón.
Pasa la barandilla y baja por la escalera hasta saltar. Hago lo mismo, pero tengo los dedos tan fríos que me cuesta sujetarme; por suerte, Dorian se da cuenta y sube para que bajemos juntos.
Su cuerpo me calienta a pesar del frío que siento.
Pero esto no está bien, no está bien..., es un error.
Sin embargo, me dejo guiar por él hasta su cuarto.
Es grande y lleno de estanterías con libros.
Se nota que le gusta leer y perderse en ellos.
Tiene zona de ordenador y un mueble-tele que debe de ocultarse.
La cama es enorme. Y lo mejor, la calefacción está muy alta.
Debe de controlarla desde aquí porque en nuestros cuartos no podemos hacer nada, salvo cerrar los radiadores si tenemos mucho calor.
Tomo aire sintiendo cómo me voy calentando.
—Ten. —Me da un té caliente que tenía ya preparado y lo cojo con las manos heladas.
Que cuide de mí me desarma. Siempre lo hace; a pesar de todo, ahí está con un detalle que rompe todas mis barreras y me hace olvidar por qué no deberíamos ser nada.
Se sienta en la cama y me mira mientras entro poco a poco en calor. Su mirada es sagaz, como si quisiera averiguar cada cosa que estoy pensando.
—¿Por qué has estado huyendo de mí?
—No creo que no te hayas dado cuenta: se rumorea que estás ya medio prometido con Idelia.
—Eso es lo que quieren nuestros padres. Yo no he dicho que acepte —admite—. Responde, becada.
—Es por eso. —Alza una rubia ceja—. Somos de mundos distintos. Esto que hay entre los dos al final se acabará, por unas cosas u otras. ¿Por qué alargarlo?
—Para empezar, te llamo becada con cariño —sonríe de medio lado y siento que hay algo más— y me importa una mierda a qué mundo creas que pertenezco. Lo que hay entre los dos sigue ahí.
Mi corazón da un vuelco y luego late acelerado. Lo dice con tanta seguridad que me hace temblar.
—¿Y de qué sirve?
—Tal vez de que me canse y pueda pasar a otra cosa —bromea—. No lo sé, Abbi. Solo sé que no quiero que rompamos aún lo que sea que hay entre nosotros.
—Aún.
No dice nada, pero es sincero. Más de lo que yo lo he sido nunca con él.
Ojalá solo fuera una becada más. Alguien sin secretos que pudiera vivir lo que tenemos sin miedo.
Ando hasta él y abre las piernas. Me meto entre ellas.
Estoy muy cansada y soy débil cuando lo tengo delante.
Pone sus manos en mi cintura y las mete dentro de mi sudadera.
Sentirlo me da la vida y es como si dejara de correr.
Lo he echado tanto de menos que dolía esta distancia entre los dos.
Lo miro perdida en lo que siento y sabiendo que debería irme, pero no puedo.
Me atrae como el sol a Ícaro y tal vez a mí también me destruya.
—¿Ha habido otros, Abbi?
—No. ¿Y tú?
—No, solo me tocó ver cómo otras follaban mientras me aburría de ver lo falsas que son... Pero contigo todo es real y es raro, cuando he tenido más sexo del que puedo recordar.
Sube las manos por mi espalda.
—Esto no va a salir bien. —Apoyo mi frente en la suya, no pudiendo pensar ahora mismo y menos aún cuando me toca. Es como si dejara de tener frío, como si desde que nos separamos el frío se hubiera instalado en mí y ahora se disipara.
—Seguramente, pero no quiero pensar en eso ahora. Vamos a dormir, tienes que entrar en calor.
—Estoy bien. —Pero sigo un poco helada, la verdad.
Vamos hasta su cama y abre las mantas.
—Ropa fuera.
—¿Vamos a dormir desnudos?
—Claro, para que entres en calor. —Sonríe sobrado, me quito la ropa ante él y pone mala cara al ver las rojeces que me han dejado las cadenas—. No puedo hacer nada.
—No quieres hacer nada.
—No lo entiendes...
—Vamos a dormir, estoy cansada.
Me meto en la cama y al poco entra y me abraza por detrás. Solo lleva puesto el bóxer, pero su cuerpo está muy caliente, parece un horno. Me giro y acabo en su pecho notando como el frío se me va poco a poco y un sueño reparador me hace no poder seguir despierta.
«Estoy donde debo estar», pienso antes de dormirme, y me aterra tenerlo tan claro y sentir que es cierto.
A su lado soy solo Abbi, sin que importe mi apellido o de dónde vengo, y me gusta ser algo más que un peón en el juego de otros.